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Full text of "La Quimera"

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OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN, 

CONDESA DE PARDO BAZÁN 



LA QUIMERA 



EMILIA PARDO BAZA N 

OBRAS COMPLETAS. — TOMO XXIX 



LA 



QUIMERA 




Calle de San Bernardo, 37, principal. 

MADRID 



Es propiedad. 

Queda hecho el depósito que 
marca la ley. 



Imprenta LA EDITORA, San Bernardo, 19, Madrid. -Tel. 3.432 



PRÓLOGO 



Había prescindido en mis novelas de todo prefacio, 
advertencia, aclaración ó prólogo, entregándolas mon- 
das y lirondas al lector, que allá las interpretase á su an- 
tojo, puesto que tanta molestia quisiera tomarse; y esta 
costumbre seguiría en La Quimera si, apenas iniciada 
su publicación por la excelente revista La Lectura, no 
apareciese en un diario de circulación máxima un suel- 
to anunciando que "claramente se adivina, al través de 
los personajes de La Quimera, el nombre de gentes muy 
conocidas en la sociedad de Madrid, por lo cual el libro 
será objeto de gran curiosidad y de numerosos comen" 
tarios". 

Desde Pequeneces, se me figura que al público se le 
ha abierto el apetito. Fué Pequeneces (tendrán que re- 
conocerlo los más adversos al Padre Coloma) plato tan 
sabroso, que trabajo le mando al cocinero que sazone 
otro mejor. ¿Qué especias emplear? ¿Qué salsa com- 
poner? No vale cargar la mano en la guindilla, que no 
por eso saldrá el carrick más en punto. Pequeneces, á 
la verdad, y es justo decirlo, alborotó sin recurrir á tra- 
tar de aberraciones, perversiones y demoniuras con que 
hoy las letras van familiarizándose. Por ley natural de 
la escala de sensaciones, se piden nuevos estímulos; 
vibra irritada la curiosidad, y la musa ceñida de negras 
espinas, la de la sátira social, que levanta ampollas co- 
mo puños, aguarda su hora. A todo novelista que por 
exigencias del asunto tiene que situar la acción en altas 



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E. PARDO BAZÁN 



esferas ó sacar á plaza tipos más ó menos semejantes á 
los que por ahí bullen, se le pregunta con ahinco:"— Nos 
trae usted la continuación de Pequeneces? Eso sí que 
nos encantaría. Agotaríamos la edición..." 

Reconozco que en la sátira social pueden hacerse ma- 
ravillas. Remontémonos: ¿quién ignora que Dante, en 
la Divina Comedia, saca al sol los trapitos de sus con- 
temporáneos y conciudadanos, sin omitir lo gravísimo 
(recuérdese su conferencia, en el Infierno, con Brunetto 
Latini)? Los profetas de Israel, que iban clamando con- 
tra las iniquidades de su época, sin respetar ni á las 
testas coronadas, ¿qué fueron, descontada su sacra mi- 
sión, sino satíricos andantes? La antigüedad, más rea- 
lista cien veces que nosotros, no concibió el drama con 
personajes inventados; y los dramaturgos griegos fun- 
daron su teatro en sucedidos históricos y en interiori- 
dades regias. En la Odisea, y aun en la Riada, hizo 
algo semejante Homero; Shakespeare (siguiendo las 
huellas de Sófocles y Eurípides), en sus dramas histó- 
ricos dramatizó sucesos casi actuales y retrató á los re- 
yes, reinas y magnates con relieve cruel. Creo que basta 
de ilustres ejemplos, y que no será desdeñar el género 
si declaro que no pertenece a él La Quimera, ni fustiga, 
palabreja tan en uso, á nadie, ni verosímilmente pro- 
vocará, siquiera por ese concepto, comentario nin- 
guno. 

Si se me permite una breve digresión, antes de indi- 
car, por mi gusto y no porque interese, qué idea des- 
envuelvo en La Quimera, observaré que quizás no se ha 
definido claramente la sátira social, y solemos confun- 
dirla con la sátira de clase y la personal. Sátira social 
es aquella que, en los vicios y faltas de las clases ó de 
los individuos, sorprende los síntomas de decadencia y 
descomposición de la sociedad entera y se adelanta á 
la Historia; tales fueron algunas de Quevedo (no todas, 



LA QUIMERA 



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ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde re- 
suena el toque de agonía del Imperio romano. Sátira de 
clase es la que, del conjunto, ve sólo un factor, y á él 
endereza sus tiros. Así, Alvaro Pelagio lamentaba es- 
pecialmente los pecados y desmanes de la clerecía. La 
sátira personal amontona, sobre pocos ó sobre uno 
solo, las culpas de todos; es, de fijo, la más apasionada 
y sañuda, y, como ejemplo, citaré el Paralelo de Vil Jer- 
gas entre Espartero y Narváez. Para ser víctima de 
esta última clase de sátira, es preciso descollar. 

Pequeneces, aun cuando dejase entrever fisonomías 
que, no obstante las protestas del autor, parecieron co- 
nocidas, tenía alcance de sátira social; censuraba un 
estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás 
novelistas españoles se han limitado á la sátira de clase 
(aunque haya en Galdós no peco de sátira verdadera- 
mente social difusa). Y al escribir la sátira de clase (do 
la aristocrática, única que como clase ha sido satirizada 
en la novela), frecuentemente confunden á "la aristo- 
cracia" con "la buena sociedad", que no será todo lo 
contrario, pero tampoco es lo mismo. 

Circunscrita la sátira al Madrid de los salones, deja de 
ser de clase y es, á lo sumo, de círculo ó cotarro, dege- 
nerando en personal infaliblemente. Sin embargo, yo 
no he solido ver, en las novelas satíricas, esas seme- 
janzas parlantes con Zutano ó Mengano; y más bien 
sentí extrañeza al reconocer el corto tributo pagado á 
una realidad, ni difícil de observar, ni pobre en colores 
y formas sugestivas. Y discurriendo acerca de este efec- 
to, doy en creer que la intención de la sátira estorba el 
paso á la verdad, como la caricatura al parecido, y que 
para pintar lo que fuere, altas, medianas ó bajas clases 
ó individuos, es de rigor atenerse á la verdad sencilla 
(no á la verdad nimia), y entrar en la tarea con ánimo 
desapasionado. Sobre tQdas las cosas deberá evitar el 



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E. PARDO BAZÁN 



novelista el propósito de adular la maligna curiosidad y 
la concupiscencia de los lectores. 

Viniendo á La Quimera, en ella quise estudiar un as- 
pecto del alma contemporánea, una forma de nuestro 
malestar, el alta aspiración, que se diferencia de la am- 
bición antigua (por más que tenga precedentes en psi- 
cologías definidas por la Historia). La ambición propia- 
mente dicha era más concreía y positiva en su objeto 
que esta dolorosa inquietud, en la cual domina exalta- 
do idealismo. Es enfermedad noble, y una de las que 
mejor patentizan nuestra superioridad de origen, acre- 
ditando las profundas verdades de la teología, el dogma 
de la caída y la significación del terrible árbol y su fru- 
to. El mal de aspirar lo he representado en un artista 
que no me atrevo á llamar genial, porque no hubo 
tiempo de que desenvolviese sus aptitudes, si es que en 
tanto grado las poseía; pero en cuya organización sen- 
sible, afinada quizá por los gérmenes del padecimiento 
que le malogró la aspiración, revestía caracteres de ex- 
traña vehemencia. Ignoro lo que el desgraciado joven 
hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que le agitaba y 
enloquecía, cómo se dejaba arrastrar palpitante en las 
garras de la Quimera; y la batalla entre su aspiración 
y las fatalidades de la necesidad me pareció tanto más 
dramática, cuanto que, para un artista en quien la Qui- 
mera no tuviese fijos sus glaucos ojos, la situación de 
halagado retratista de damas hubiese sido gratísima y 
provechosa. El rapin bohemio, soplándose los dedos 
en su solitaria buhardilla, no me importa tanto como 
este otro bohemio rápidamente puesto de moda y cele- 
brado, invitado á las casas de más tono, envuelto en 
sedas y encajes, asfixiado de perfumes, pero agonizan- 
do de nostalgia, despreciándose y acusándose de trai- 
ción al ideal, y resignándose á la suerte y á la caricia 
de los poderosos, sólo porque esperaba que le propor- 



LA QUIMERA 



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donasen manera de encaminarse á la cima ruda, in- 
accesible, donde ese ideal se oculta. No de otro modo el 
soldado en vísperas de combate huye de los brazos 
amantes para correr á su bandera. 

Mientras notaba día por día la curva térmica de la 
fiebre de aspiración en Silvio Lago; mientras obsesio- 
naba mi imaginación La Quimera, la veía apoderada 
de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental 
(como en Clara Ayamonte), ya imponiéndose á las co- 
lectividades en el anhelo de una sociedad nueva, exen- 
ta de dolor y pletórica de justicia; y conocí que el deseo 
esta desencadenado, que la conformidad ha desapare- 
cido, que los espíritus queman aprisa la nutrición y con- 
traen la tisis del alma, y que ese daño sólo tendría un 
remedio: trasladar la aspiración á regiones y objetos 
que colmasen su medida. 

Por la índole del trabajo á que Silvio Lago se dedicó, 
su medio social fué en efecto prontamente el más smari, 
y no negaré que su vida se prestaría á un picantísimo 
estudio de costumbres elegantes. A mí me atrajo en pri- 
mer término el drama interior de su ensueño artístico; 
y por eso, lejos de sujetarme á la menuda realidad, no 
la he respetado supersticiosamente, adaptando lo exter- 
no á lo interno, p rocedimiento de todos los que preten- 
den reflejar la vida moral. No sería fácil aplicar nom- 
bres propios á los personajes de La Quimera, en el sen- 
tido que los curiosos exigen; y si asoman caras conoci- 
das, se las ve tan normales y sonrientes como en visita 
ó en el teatro; así las pintaba Silvio. 

De la contemplación del destino de Silvio he sacado 
involuntariamente consecuencias religiosas, hasta mís- 
ticas, que sin mezquinos respetos humanos vierto en el 
papel. No me complacen las novelas con fines de apo- 
logía ó propaganda; pero cuando, sin premeditación, se 
incorpora á la obra literaria lo que no quiero llamar 



10 E. PARDO BAZÁN 



convicciones ni principios, porque son vocablos inte- 
lectuales y militantes, sino sentires y llamamientos; si 
bajo la ficción novelesca palpita algún problema su- 
perior á los efímeros eventos que tejen el relato; si un 
instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué 
ocultarlo? ¿No es esto tan verdad como las funciones 
del organismo? 



La Condesa de Pardo Bazán 



SINFONÍA 



LA MUERTE DE LA QUIMERA 

(TRAGICOMEDIA EN DOS ACTOS, PARA MARIONETAS) 



PERSONAJES 

BELEROFONTE, hijo de Glauco, rey de Corinto 

YOBATES, rey de Licia 

un rapsoda 

Un pastor 

LA Infanta Casandra, hija de Yobates 

MINERVA, diosa de la Razón. 

LA QUIMERA, monstruo. (No habla.) 



30 años. 
60 » 
40 » 
20 » 
19 » 



ACTO PRIMERO 

El teatro repressnta una saía baja del palacio de Yobates 
AI través de la cohimnaía se ven los jardines. 

ESCENA PRIMERA 

Casandra, El rapsoda 

Casandra.— Bienvenido. Á ver si con tus cancio- 
nes me distraes un momento. Estoy enferma de pa- 
sión de ánimo. Dicen que soy feliz... Nada me fal- 
ta: tengo mis ruecas de marfil cargadas de lino finí- 
simo; mis arcas de cedro, llenas de túnicas borda- 



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E. PARDO BAZÁN 



das y de velos sutiles; los árboles del huerto me 
dan frutos en sazón; las vacas, densa y pura le- 
che... y yo, ni hilo, ni me adorno, ni gusto las man- 
zanas, ni voy al establo... Oprímese mi corazón; y 
cuando la pálida Selene cruza en su esquife de 
plata, y la brisa de primavera arranca perfumes á 
los nardos, siento que desearía morir, disolviendo 
mi alma en lo infinito. 

El rapsoda. — Tu estado, Infanta, es igual al de 
todas las doncellas y los mozos de este reino, des- 
de que vivimos bajo el terror de la Quimera, cuyo 
aliento de llama engendra la fiebre y el frenesí. El 
monstruo, á quien nadie se atreverse habrá apro- 
ximado á los jardines de tu palacio, rondando tus 
establos ó buscando quizás presa más noble, y te ha 
inficionado con ese veneno de melancolía y de as- 
piraciones insanas. ¿Cuándo un héroe, un nuevo 
Teseo, nos libertará de la Quimera maldita? 

Casandra. —Te aseguro que yo no le tengo mie- 
do á la Quimera. Al contrario, me agradaría verla 
y sentir su inflamada respiración. 

El rapsoda. — Ahí está el mal. ¡La Quimera no es 
odiosa como el Minotauro! El ansia del misterio 
de su forma te consume. ¡Ah, Princesa! Olvídala 
si quieres vivir. ¿Permitirás que, inmóvil ante ti 
como ante el altar de las divinidades, te recite una 
epoda? 

Casandra.— ¿Una epoda? No. 
El rapsoda. - ¿Un sacro Pean? ¿Un alegre diti- 
rambo? 

Casandra.— Tampoco. ¿Por qué no me recitas la 
historia de Cálice? 



LA OUIMERA 



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El rapsoda. — Porque acrecentará tu pasión de 
ánimo. 

Casandra.—Me\oY. No quiero estar triste á me- 
dias, ni á medias regocijarme. Deseo ahondar en 
mí misma y rasgar el velo de mi santuario. Recita, 
recita esa historia de amor y lágrimas. 

El rapsoda (recitando): 



Venus cruel, divina y vencedora, 
mira á Cálice, la infeliz doncella. 
Fué su delito amar: y el insensible 
á quien amó, la despreció riendo. 
Ante tus aras, Madre de la vida, 
Cálice se postró: tórtolas nuevas 
y corderillos tiernos ofrecióte. 
Nada logró: que tú también, oh blanca, 
pisas el corazón con pie de hierro. 
Y Cálice, una tarde (cuando Apolo 
su disco de oro y luz sobre las aguas 
reclina para hundirse lentamente), 
sola avanzó hasta el seno misterioso 
del azulado piélago dormido. 
Abriéronse las ondas, y tragaron 
el cuerpo de la virgen. ¡Oh doncellas 
de Licia! ¡Traed rosas! ¡traed rosas! 
No lloréis, que Cálice ya no sufre. 



Casandra — Gracias, rapsoda. Me has hecho mu- 
cho bien: estoy ahora triste del todo, y mi alma es 
como una estancia bañada por la luna. Mas ¿quién 
llega por el jardín? 



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E. PARDO BAZÁÑ 



El rapsoda.— Un extranjero, Infanta. 
Casandra.— Vé y dile que pase, que en este pa- 
lacio se ejerce la hospitalidad. 



ESCENA 11 

Belerofonte, Casandra 

Casandra. — Extranjero semejante á los dioses, 
¿qué buscas aquí? Pero antes de explicármelo, des- 
cansa y repara tus fuerzas. 

Belerofonte.— Tu vista es al caminante fatigado 
mejor que el baño y el alimento sabroso. Vengo, 
Infanta, de la corte del rey Preto, esposo de tu her- 
mana Antea, tan igual á ti en el rostro y en la voz, 
que me parece verla y escucharla. 

Casandra.— Nos asemejábamos tanto, que cuan- 
do su esposo se presentó para llevarla al ara, yo, 
por chanza, me envolví en el velo nupcial, y los 
propios ojos del enamorado me confundieron con 
ella. Mas ¿quién eres tú? ¿No serás el divino Apo- 
lo, que disfrazado baja á correr aventuras entre los 
mortales? 

Belerofonte.— Mortal soy, Infanta, y muy desdi- 
chado: la cólera de los inmortales me empuja lejos 
de mi reino y de mi patria. Mi noble padre es Glau- 
co, rey de Corinto, gran jinete y domador; herede- 
ro soy de su corona, y vago por el mundo sin tener 
dónde recostar la cabeza. 

Casandra.— La compasión, como un cuchillo 



LA QUIMERA 



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que hiere sin lastimar, me atraviesa las entrañas. 
Tus males ya son míos. Extranjero, aquí encontra- 
rás asilo y defensa hasta que la mala suerte se can- 
se de perseguirte. 

Belerofonte. — No se cansa. Como loba rabiosa, 
va tras de mí en las tinieblas. Pero aproxímate, y 
espantaré de la memoria el dolor. Pena olvidada es 
sombra sin cuerpo. Traigo para tu noble padre un 
mensaje de Preto, y quisiera entregárselo. 

Casandra.—Ya se acerca. 



ESCENA ffl 

Dichos, YOBATES 

Yobates.— ¿Conoces tú á este extranjero, Ca- 
landra? 

Casandra,— Hijo es de Glauco. Viene de la corte 
de Antea, y te trae letras de Preto. 

Fo&afes.— Salud á ti. ¿Dónde está el mensaje? 

Belerofonte ~ Recíbelo (le entrega, las tabletas 
unidas). Me ha encargado que lo abras á solas. Sin 
duda encierra altos secretos. 

Yobates —Cumpliré el encargo. ¿Qué hacías tú 
en el palacio de mi yerno? ¿Por qué no te quedaste 
al lado de tu padre, aprendiendo á sujetar corceles 
sin freno ni brida? 

Belerofonte.— Rey de Licia, no ignoro las hazañas 
de mi padre. Probé á imitarlas en mi primera ju- 
ventud, y me las hube con un corcel que no nació 
en la tierra. Dos alas blancas y luminosas arrancan 



íñ 



E. PARDO BAZÁN 



de su lomo; sus fosas nasales destellan rayos de 
claridad y despiden vaho de ambrosía; está loco de 
ansia de libertad, y no hay ave que así cruce el 
azul espacio. No sufre ancas, ni jinete, ni palafre- 
nero. Con sólo agitar sus vibrantes alas, despide al 
atrevido que intente cabalgarle. Ansioso yo de glo- 
ria, un día trepé á la sierra en que pace el divino 
caballo. Hay en lo más inaccesible de las monta- 
ñas, donde la nieve cubre los picos, valles diminu- 
tos que riega el deshielo, que el calor reconcentra- 
do fecundiza, y en que una hierba virgen, jamás 
hollada, crece con frescuras de flor. Allí, lejos de la 
bajeza humana, gusta de retozar Pegaso. Oculto 
detrás de una peña, esperé á que se hartarse del 
pasto delicioso; y cuando estuvo ahito, por sorpresa 
le eché á la cerviz pesada cadena, y, asido á ella, 
cabalgué. Furioso el corcel, relinchando de ira, co- 
ceaba y se encabritaba; apretaba yo los muslos; 
mis manos se agarraban á las alas, paralizándolas; 
mis talones le hincaban el doble aguijón en el ijar. 
Por momentos creí ser lanzado al precipicio; pero ya 
dos hilos de sangre rayaban el bruñido flanco del 
corcel, y, trémulo, espumante, sudoroso, tuvo que 
darse por vencido y domado. Entonces ofrecí el Pega- 
so á mi protectora Minerva. Dos veces ha intentado 
quitárselo Apolo, envidioso de tan inestimable don. 

Casandra. — Padre, la clemencia de los inmorta- 
les nos ha traído á nuestro hogar un héroe. 

Yobates. — ¡Un héroe! ¡Sea cien veces bienvenido* 
Y dime, extranjero igual á Marte, ¿no has encontra- 
do en tu camino al monstruo que nos tiene atemo- 
rizados? ¿No has visto á la Quimera? 



LA QUIMERA 



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Belerofonte— Me han hablado de ella los pasto- 
res en las majadas y los enfermos expuestos al borde 
del camino. Cerca del templo de Haiíestos he sen- 
tido su resuello ardiente en la espalda. Me volví, y 
nadie había. 

Yobates.— ¿Por qué dejaste el palacio de tu pa- 
dre? Ahora me acuerdo de haber oído referir una 
historia... ¿No fuiste tú quien sin querer atravesó 
con un dardo el corazón de tu hermano Belero? 

Belerofonte. — Pues es preciso decirlo, si: yo fui 
ese desventurado. Los dioses, oh Rey, nos tejen la 
tela del existir; suponemos que caminamos, y es 
que invisibles manos nos impulsan. En la Acrópo- 
lis de Corinto hemos elevado un templo á la Fata- 
lidad. La diosa tiene los brazos de plomo, las ma- 
nos de bronce, y en una lleva el martillo y en otra 
los clavos de diamante que fijan nuestro destino. 
Nuestras culpas involuntarias nos pesan como vo- 
luntarias: Edipo, sin delito en la voluntad, vagó 
ciego y perseguido por las furias; yo vago expatria- 
do y sin familia. 

Yobates — En el umbral de mi puerta la Fatali- 
dad se detiene. Te haremos grata la vida. ¿No es 
cierto, Casandra? 

Casandra.— Hilaré para tus ropas, y te daré miel 
de mis colmenas. 

Yobates. — Ahora, refrigérate y descansa. En esa 
estancia hay una pila de mármol, agua clara, aceite 
perfumado para ungirte, túnica y sandalias para 
mudarte, mientras se prepara el festín. Salve, Bele- 
rofonte, mi huésped. (Vase Belerofonte por una 
puerta lateral,) 

2 



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E. PARDO BAZÁN 



ESCENA IV 

Dichos, menos Belerofonte 

Yobaies.— Ya que se ha retirado, descifraré el 
mensaje de Preto. 

Casandra.— Te dirá que honres á Belerofonte 
como al propio Apolo. 

Yobates. — Eso será. Veamos. (Abre las table- 
tas; una pausa, en que descifra.) ¡Dioses! ¿Qué 
acabo de leer? ¡Desgracia, afrenta sobre nosotros! 
¡Maldición al hijo de Glauco! 

Casandra (le arranca las tabletas y descifra): 
"Belerofonte el fratricida ha deshonrado á tu hija 
y mi esposa Antea. Arbitra medio de darle segura 
muerte apenas llegue á tu palacio". ¡Ah! (Cae des- 
vanecida. Yobates la sostiene y la saca afuera 
por otra puerta lateral, frontera á la que acaba 
de cruzar Belerofonte.) 

ESCENA V 

Belerofonte, Yobates 

Belerofonte— He oído un grito... Era la voz de tu 
hija... ¿Corre algún peligro Casandra? 

Yobates. —Ninguno. Grita de terror porque ima- 
gina ver llegar á la Quimera. Es preciso que tú seas 
el héroe encargado de exterminarla. 



LA QUIMERA 



19 



Belerofonte.— La exterminaré, si me concedes 
llamarme esposo de tu hija. 

Yobates. — Después de que hayas vencido á la 
Quimera, puedo prometértelo todo. 

ACTO SEGUNDO 

Los jardines del palacio de Yobates. Una estatua de Bros. 

ESCENA PRIMERA 

Casandra, Belerofonte. (Viste aún el traje 
de viajero.) 

Casandra.— ¿Nadie nos ha seguido? ¿Nadie nos 
espía? 

Belerofonte. — Nadie. Rumor de hojas agitadas 
por el viento de la noche es lo que escuchas, amor 
mío, y sombras movedizas de ramas es lo que to- 
mas por cuerpos de perseguidores. 

Casandra. — Tengo miedo, miedo delicioso. 

Belerofonte. — Acércate á mí. No tiembles. Aquí 
hablaremos libremente. ¿Qué es lo que tanto an- 
sias decirme? 

Casandra. — Casi no lo recuerdo. Antes de verte 
componía mil discursos para recitártelos; y ahora 
que estoy á tu lado, ni una sola frase se me ocurre. 
Sin embargo, algo grave... (Dando un grito.) ¡Ah! 
Sí, ¡ya sé, ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de este 
palacio! Mi padre tiene encargo de darte muerte, 

Belerofonte.— ¿Encargo? ¿A mí? 



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E. PARDO BAZÁN 



Casandra. — Las tabletas que trajiste contenían 
un mensaje de Preto... ¿Comprendes? (Pausa. Be- 
lerofonte guarda silencio.) ¡Veo que comprendes! 
(Con horror.) ¿Era cierto? 

Belerofonte. — Sí, Casandra, No he de mentir; 
cierto era. 

Casandra.— ¡Mi hermana! 

Belerofonte.— Te amé en ella antes de amarte en 
ti misma. Es tan hermosa como tú, pero tú, piado- 
sa virgen, por dentro eres blanca como el vellón de 
las ovejas de tu aprisco; á ti, no á ella, aspiraba mi 
espíritu, ansioso de algo muy grande. La propuse 
que siguiese mi errante destino y rehusó: no quería 
dejar el palacio donde es reina, el lecho de marfil, 
las ricas estancias con artesonados de cedro. No me 
quería. 

Casandra. — Yo iré á donde tú vayas, y pisaré tu 
huella con los pies descalzos. Si esposa, esposa; si 
amante, amante; si esclava, esclava. La helada Es- 
citia y la Libia ardorosa, infestada de áspides, me 
son iguales contigo. Descender al reino de las som- 
bras reunidos, iqué alegría! Tu vista fué para mí 
como filtro de maga. Quisiera bajar á lo más secre- 
to de tu espíritu, como bajan al fondo del Océano 
los buzos para traerme las perlas de mis collares. 

Belerofonte.— Baja, y sólo encontrarás tu ima- 
gen celeste. Casandra, mañana á esta misma hora 
huiremos de aquí juntos. 

Casandra.— ¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. 
¿No ves que quieren hacerte morir? Pronto, pronto. 
Conozco el camino hasta la selva: he ido allí con 
mis rebaños. Te guiaré. 



LA QUIMERA 



21 



Belerofonte. — Antes de arrebatarte de aquí como 
el milano á la paloma, tengo que cumplir mi des- 
tino heroico: tengo que vencer y exterminar á la 
Quimera. 

Casandra— lA la Quimera! ¿Pero no ves que ése 
es el medio que han elegido para enviarte al reino 
de las sombras? Nadie vencerá al monstruo. Hace 
pedazos á quien se aproxima. No irás: te sujetaré 
con mis brazos. 

Belerofonte. — Iré y la venceré. Presiento que la 
sombría Diosa que me guía, la más poderosa de 
todas, la Fatalidad, cuyo templo se eleva frente al 
palacio de mi padre, ha decretado que al endriago 
lo extermine yo. La sola idea del peligro y del 
horrendo combate, la perspectiva del momento en 
que hundiré mi espada hasta el puño en el esca- 
moso pecho de la Quimera, mientras sus garras de 
acero pugnarán por clavarse en mi cuerpo y resba- 
larán sobre la tersura de la coraza, ¡ah! estremece 
mi corazón de gozo y de locura, como á la virgen 
el abrazo del esposo. Casandra, Casandra mía, ¿de 
qué nos sirve haber sido concebidos en el vientre 
de nuestras madres y haber visto la luz de Apolo y 
gustado el tuétano y el añejo vino, si hemos de vi- 
vir en cobarde obscuridad? Antes morir joven, es- 
piga segada verde aún, que envejecer en miserable 
inacción. Déjame ir á la Quimera. La adoro con 
rabia: ¡de otro modo que á tií ¡pero también, tam- 
bién la adoro! 

Casandra— Yo siento igualmente una especie 
de atracción extraña por el monstruo. Quisiera co- 
nocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde que 



22 



E. PARDO BAZÁN 



apareció por estos contornos, mi padre no me per- 
mite salir al aprisco ni visitar los establos. Teme 
que encuentre al monstruo y sufra la suerte de otras 
doncellas, que arrastró á su cueva para devorarlas. 
Y yo, sin pavor, anhelo verla: mis ojos tienen sed 
de ella, como tienen sed de ti. 

Belerofonte — Muerta te la traeré y á tus pies 
arrojaré sus despojos. Y mañana, á esta hora... 

Casandra. — ¡Juntos! 

Belerofonte. — Para siempre. 

Casandra. — ¡A pesar de todos! 

Belerofonte — De todos y de todo. 

Casandra. — De aquí á mañana, ¡cuánto tiempo! 

Belerofonte. — Acortémoslo. No me separo de ti 
hasta que amanezca. 

Casandra. — De aquí al amanecer, ¡qué corto 
plazo! 

Belerofonte— Ya declina la luna. 
Casandra. — Y el aroma del nardo es menos pe- 
netrante. 
Belerofonte. — Todavía embriaga. 
Casandra.— Desfallece con él rni espíritu. 
Belerofonte. — ¡Qué silencio tan dulce! 
Casandra.— Oigo los latidos de tu corazón. 
Belerofonte. — No; es el tuyo. 



LA QUIMERA 



23 



Mutación.- Sitio solitario y salvaje, donde se ve la entrada 
de la cueva de la Quimera. 

ESCENA II 
Casandra, Minerva 

Casandra. — Aquí debe de ser. Veo la boca del 
antro. Escondida detrás de aquellos peñascales 
asistiré al combate; y si mi amado perece, saldré á 
entregarme al monstruo para que me haga pedazos 
también. 

Minerva. — ¿Cómo en este paraje hórrido, Infanta 
de Licia? ¿Cómo has abandonado tus estancias 
atestadas de riquezas, tus jardines deleitosos, donde 
músicos y rapsodas, mimos y acróbatas, porfían en 
inventar canciones y juegos con que entretenerte? 
¿Ignoras cuánto valen la paz y el honor de que dis- 
frutas? ¿No piensas en la aflicción de tu padre, si la 
Quimera te destroza? Vuélvete. 

Casandra. -¿Quién eres para hablarme así? 

Minerva.— Un numen. 

Casandra. — No me suena tu voz cual suena la 
de los númenes y los oráculos. Voz me parece de 
la tierra, de la pedestre prudencia y de la senil sa- 
biduría. Los númenes deben alentarnos cuando un 
generoso arranque nos alza del suelo. Quizás en- 
tonces nos parecemos á los númenes. ¡Númenes 
somos quizás! 

Minerva.— ¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado 



24 



E. PARDO BAZÁN 



que no se haya arrepentido! Otro consejo, y des- 
óyele si quieres. La Quimera va á salir de su gua- 
rida... 

Casandra. —Sí; percibo el sofocante calor de su 
resuello. 

Minerva— Olfatea la presa. Apártate, huye: la 
atrae tu presencia. 

Casandra.— ¿La tuya no? 

Minerva— Ño. Para ella soy invulnerable. 

(Salen Casandra y Minerva.) 



ESCENA III 

Belerofonte (armado con coraza, espada y escudo), 

UN PASTOR. 

Pastor.— Estamos en la madriguera del monstruo. 
Esa es la entrada. Te he guiado bien; ahora déjame 
volver á mi aprisco. Me tiemblan las rodillas, y un 
sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, 
sino pobre pastor. 

Belerofonte.- -No temas, quédate sin miedo. La 
Quimera va á perecer. Verás su cuerpo deforme 
tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De pas- 
tores de ovejas han salido pastores de pueblos. 

Pastor. — Cuando la Infanta Casandra venía al 
aprisco, y con sus propias manos ordeñaba las ove- 
jas, yo deseaba haber conquistado un reino, para 
que no se burlase de mí y no me abofetease si la 
cogía por la cintura. Por temor al monstruo hace 



LA QUIMERA 



tiempo que no viene. ¿Volverá si la Quimera su- 
cumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes 
que tú, pelearé. 

Belerofonte. — Á tus rebaños, pastor. No son para 
ti estas empresas. Déjame solo. ¿No oyes un ron- 
quido extraño? ¿No percibes tufaradas de boca de 
horno? 

Pastor. — ¡La Quimera se revuelve en su antro! 
Mi vista se nubla, mis dientes castañetean... (Huye 
despavorido.) 

ESCENA IV 

Belerofonte, Minerva 

Minerva. — Alienta, hijo de Glauco, domador del 
corcel divino. Libra á la tierra de ese endriago que 
trastorna las cabezas y me impide hacer la dicha de 
la humanidad, apagando su imaginación, curando 
su locura y afirmando su razón, siempre vacilante. 
Muerta la Quimera, empieza mi reinado. Invisible 
estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga 
encima, no busques su vientre ni su pecho; métele 
la espada con rapidez por la abierta boca. Sereni- 
dad y puños, Belerofonte. 

ESCENA V 

Belerofonte, después la Quimera 

Belerofonte.— Un traqueteo horrible estremece la 
cueva. Ya se siente cerca el ruido... ¡Qué bocanada 



26 



E. PARDO BAZÁN 



elidiente! Me abrasa... Mi sangre se incendia... ¡Ya 
asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah! 

(La Quimera se arroja sobre Belerofonte, que 
vacila, pero se rehace, é introduce la espada por 
la boca del monstruo. Lucha breve. La Quimera 
exhala un rugido pavoroso, de agonía.) 

Bolero fonte.~\L<\ espada se derrite al ardor del 
hálito de la Quimera! ¡El metal quema sus entrañas! 

( Cae la Quimera, expirante. Se retuerce y que- 
da inmóvil.) 

ESCENA VI 

Belerofonte, Minerva, Casandra 

Belerofonte.— ¿Por qué he luchado con ella? 
¿Por qué la he matado? He corrido un riesgo es- 
pantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido á mí en 
tal empresa? 

Casandra. — ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me 
ha ocurrido dejar mi palacio magnífico, mi lecho de 
marfil cubierto de tapices de plumón de cisne? 
Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me 
han lastimado las plantas. ¡Cómo me duelen! 

Belerofonte. — Y en el palacio de Yobates quie- 
ren asesinarme vilmente, á traición. ¡No seré yo 
quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en 
salvo. (Vase por la izquierda sin mirar á Casan- 
dra.) 

Casandra.— Ea, yo regreso á mis jardines. Allí 
me lavarán los pies y me servirán leche y frutas. Me 
siento desfallecida de hambre. ¿Estaría loca, para 



LA 0UIMERA 



27 



no mandar que me esperase ahí cerca el carro, cu- 
yos caballos enjaezados de púrpura me trasladan 
de una parte á otra tan velozmente? En fin, no ha- 
brá más remedio que andar á pie. ¡Es divertido! 
(Vase por la derecha.) 

Minerva (ya sola). — ¡Gloria al héroe! ¡La Qui- 
mera ha muerto! 



LA QUIMERA 



i 

ALBORADA 

Los últimos tules desgarrados de la niebla ha- 
bían sido barridos por el sol: era de cristal la ma- 
ñana. Algo de brisa: el hálito inquieto de la ría al 
través del follaje ya escaso de la arboleda. En los 
linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, 
resaltaba aún la malla refulgente del rocío. El seno 
arealense, inmenso, color de turquesa á tales horas, 
ondeaba imperceptiblemente, estremecido al reto- 
zo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvi- 
liada de partículas brilladoras, cuadriculada á tre~ 
chos por la telaraña sombría de las redes puestas á 
secar, y festoneada al borde por maraña ligera de 
algas. A la parte de tierra la limitaba el parapeto 
granítico del muelle, conteniendo el apretado case- 
río, encaperuzado de cinabrio. 

Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, 
recio, llevaba del ronzal á un caballejo del país, 
peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el agua 
está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sor- 



30 



E. PARDO BAZÁN 



prendido, al oir que le hablaba alguien y ver que 
un señorito bajaba corriendo desde el repecho de la 
carretera de Brigos hasta los peñascales, término 
del playal. 

— iRapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adon- 
de cae? 

—Venga conmigo, se la enseñaré — contestó en 
dialecto el muchacho, tirando del ronzal del jaco y 
volteando hacia el caserío, en dirección á la plaza. 
Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las galli- 
nas, guió al forastero hasta la panadería, situada 
frente á la iglesia parroquial. La puerta del humil- 
de establecimiento estaba abierta. El forastero echó 
mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se 
quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el 
puño, temeroso quizás de que le pidiesen la vuelta. 
Al ver que el forastero entraba en la panadería sin 
acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamen- 
te, la escondió en el seno y partió disparado. 

La tienda del panadero, estrecha, comunicaba 
con la cocina y el horno; éste, con un salido á la 
corraliza. En la tienda no encontró el forastero á 
nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nue- 
vo, le alborotó violentamente el apetito. Una mujer 
todavía joven, sofocada y arremangada de brazos, 
se le presentó, saludándole con un "felices días nos 
dé Dios". 

— Muy felices, señora... ¿Está Rosendo? 
— ¿Qué le quería? 

—Soy su primo Silvio, el que ha venido de Bue- 
nos Aires— contestó el forastero. -Quería... nada; 
verle. 



LA QUIMERA 



31 



— ¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguar- 
dar un instantito. 

Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y 
mimoso de la tierra, gritó metiéndose adentro: 

— Sendo... |ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...! 

Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de 
harina, y no dijera nadie, al pronto, sino que era el 
propio Silvio, ó un hermano gemelo. La misma 
finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de me- 
nudo bigote dorado, de tez blanca, de cara oval, de 
pelo alborotado, sedoso, rubio ceniza. Mirándoles 
más despacio, se advertía que, bajo iguales másca- 
ras de carne, la cara verdadera, espiritual, era no 
sólo diferente: opuestísima. Sendo, al reconocer á 
Silvio, se había parado, receloso de lo desconocido; 
Silvio avanzaba con los brazos abiertos. 

— Y luego... ¿Tú por aquí?... — murmuró el pana- 
dero con retraimiento y precaución. 

Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un ara- 
ñazo leve. ¡Pobre primo! ¡Temía que viniesen á ex- 
plotarle! Se apresuró á situarse en terreno despejado. 

— Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Mo- 
leque. Voy á Alborada... 

—Vamos, ¿á las Torres? — asintió Sendo, tranqui- 
lizándose, con entonación respetuosa. ¡Buena se- 
ñal! Cuando Silvio iba á las Torres... 

— Y como no quiero llegar allí sin haber almor- 
zado, me daréis una taza de caldo, ¿eh? y un poco 
de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado. Toma — 
añadió precipitadamente; — esto lo compré en Amé- 
rica para tu chiquilla mayor. ¿Dónde anda? 

Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y per- 



32 



B. PARDO BAZÁN 



litas. La panadera exhaló un suspiro de admiración 
y placer. 

—Están ella y los hermanos en el arenal á se di- 
vertir, los pobriños. Mientras se cuece hay que es- 
pantarlos de aquí, que no dejan trabajar á uno. 
Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo 
en la cuna. ¿Lo traigo? 

—No— replicó Silvio. — Antes de irme los veré. 

—A ver luego el caldo, mujer— ordenó Sendo 
imperiosamente. 

Salió la frescachona á trastear por la cocina, y 
sentáronse los dos primos en la tienda, en sillas de 
paja desventadas y sucias. Hablaron. Cada tres mi- 
nutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un 
mollete de á libra ó una rosca de trenza. Levantá- 
base el panadero á despachar y cobrar, y era lento 
en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no obs- 
tante, con habilidad y soma aldeana, al fin lo con- 
seguía. ¿Qué tal le había ido á Silvio allá en esas 
tierras donde tanto dinero se gana? ¿Traería, de se- 
guro, un capitalito? 

—No.,.— y Silvio reía.— ¡Aquí os figuráis que 
allá llueven billetes de Banco! Allá también hay 
ricos y pobres.,. Yo no emigré por hacer fortuna. 

Viendo la sombra de preocupación que nublaba 
el gesto del primo, añadió prontamente, con algo 
de nerviosidad: 

— Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya 
ganaba para vivir. No pido limosna. ¿Dices que al 
segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí tienes 
para comprarle dulces... 

Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. 



LA QUIMERA 



33 



El panadero, radiante, después de varios "no te mo- 
lestes", lo recogió. Así como así, él iba á dar de 
almorzar á Silvio, iá obsequiar también! En una 
vuelta se acercó á la cocina, y por lo bajo: 

—María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del 
pilo... Es loco por ellas. Traerás un neto de vino 
tinto de lo mejor, ¿eh, mujer? 

Serían las once cuando María Pepa dispuso la 
pitanza, en la mesa de la cocina. Al ver sobre el 
mantel gordo y rugoso la fuente de barro llena de 
sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sin- 
tió que se le henchía de saliva la boca. Su estóma- 
go flojo, estropeado por privaciones y miserias en 
la primera edad, tenía súbitos antojos de golosina, 
como los niños y los enfermos, y le encaprichaban 
especialmente los platos ordinarios, los sencillos 
condumios regionales. Se arrojó á las sardinas; ayu- 
dadas por la bolla caliente, sabíanle á pura gloria. 
El vinillo del país, acidulado, hacía un maridaje de- 
licioso con la carne blanca, salada á granel, de los 
peces. María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al pri- 
mo devorar. 

— Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... 
Mire qué afición le llevan, Jesús! 

— Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se 
siente á almorzar con nosotros — suplicó Silvio. 

—Tiene cortedá— rió Sendo. — Como es la primer 
vez que te ve, hombre... Ya almorzará ella luego, 
ende acabando de servirnos... 

— Pero yo no me conformo. Es un favor que te 
pido. Que se siente. Anda, María Pepa; cuéntame 
de tus chiquillos. ¿Los crías tú? 

M : k _ illlll 3 



34 



E. PARDO BAZÁN 



— ¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?— excla- 
mó la frescachona. 

— Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra? 

— Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo 
el año que estuvo mi esposo muy malísimo de ca- 
lenturas. 

—¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada 
ó criando?— preguntó Silvio escanciando un vaso 
lleno á María Pepa. 

— ¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres... 

—¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas 
sardinas, María Pepa, que no las trocaría yo por 
ningún guiso de cocinero francés. Sendo, tu mujer 
vale mucho. Me parece que sois íeiices y que os lle- 
váis como áng eles; ¿no es cierto? 

— ¡Ay! Eso sí, alabado Dios— respondió Sendo 
por su mujer, la cual, avergonzada, se sofocó más.— 
Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo á reñir tene- 
mos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y enton- 
ces tú— porfió suavemente, con la insidiosa blan- 
dura del país, - ¿no traes de allá para vivir descui- 
dado? Si yo me fuese allá á amasar pan, algo trae- 
ría; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina! 

—Ya te dije que no iba en busca de cuartos- 
replicó Silvio, engolfado en una escudilla de caldo 
de berzas y patatas con espeso de harina de maíz,— 
¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como 
lo hace María Pepa! 

Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á pre- 
guntarle por qué se embarca un hombre cuando no 
va en busca de cuartos. 

—Algún día—sonrió Silvio» á quien la beatitud 



LA QUIMERA 



35 



del estómago alegraba el pensamiento— puede ser 
que tenga cuartos de sobra aunque no los busque. 
Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, 
y lo educo y hago de él una persona. 

—¿Y tus hijos? Te casarás— objetó Sendo pru- 
dentemente. 

—No me casaré. Sólo me casaría con una como 
María Pepa, lo mismito. Una que sepa hacer estos 
caldos— añadió. 

—¡No se burle!— arrulló cantando María Pepa. 
Oyóse el llanto de una criatura; corrió la madre al 
dormitorio, y un segundo después se desabrochaba 
el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, 
tenso, de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de 
bienestar, contemplaba el cuadro: la mujer, more- 
na, sana y dorada como el pan, lactando á un chi- 
cazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía 
curioso, con la boca untada de leche. 

— ¿Quién sabe si ésta es la felicidad?— pensa- 
ba. — Al menos, es la ley de naturaleza. 

Así que su crío se puso que no le cabía gota 
más, la madre, engreída por la expresión de simpa- 
tía de los ojos de Silvio, le llegó el pequeño á la 
cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño 
olía á descuido y á lo que huelen los nidos de pa- 
loma. Silvio, perturbado en su digestión y en su re- 
finamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se le 
desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el 
reverso de la megalomanía; soñar con ser menos, 
recortando la aspiración, espejismo de luchadores 
fatigados, 

—¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Al- 



36 



E. PARDO BAZÁN 



borada, para que me guie? — articuló con sequedad 
impaciente. 

— El nuestro, el mayor, puede ir -ofreció Sendo. 
— No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el 
niño. 

—Deja pasar la fuerza del sol, hombre. A tal 
hora, en Alborada estarán almorzando. 



A una revuelta de la carretera empezó á emerger, 
de la ramazón tupida del castañal, el alminar de 
las torres de Alborada. Poco á poco, la mole del 
edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de 
piedra granítica; al mismo tiempo olores finos, azu- 
carosos, de flores cultivadas, avisaron á los senti- 
dos de Silvio. Llamó á la campana de la verja y 
esperó, bañándose en un ambiente saturado de 
esencia de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: 
los perros, á distancia, presos, ladraban tenazmente. 

Cuando entregó, para solicitar una entrevista con 
u la señora", la carta de presentación del doctor Mo- 
ragas, notó despechado un encogimiento que le en- 
friaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúci- 
da fidelidad recordaba que en Marineda, antes de 
pensar en emigrar á la Argentina, todavía adoles- 
cente, entre colegiales, había dibujado una carica- 
tura insultante de aquella mujer, en quien deseaba 
ahora encontrar eficaz auxilio. Angustiado, volvió á 
ver el mugriento pupitre del colegio, los trazos de 
lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía 
la caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre 



LA QUIMERA 



37 



compositora? ¿Si le recibiría con desdén ó con re- 
pulsa severísima? 

La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el 
criado en una sala baja, amueblada de caoba y cre- 
tona, cubiertas las paredes de retratos viejos, bitu- 
minosos. En un ángulo aparecía el piano, resguar- 
dado de la humedad por una manta de seda ra- 
meada y entretelada. Los objetos ejercían sobre 
Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el instru- 
mento confidente de la inspiración artística, le im- 
presionaron. Prestó oído: creía escuchar pasos, ta- 
coneo, roce de faldas, y repitió en sus adentros: 
"Este es un momento muy solemne... Tal vez decide 
de mi porvenir... Entran". Entraba, sí, un singularí- 
simo perrillo, ladrando aguda y hostilmente; su ex- 
trañeza atrajo á Silvio, le distrajo. El chucho pare- 
cía uno de esos asiáticos monstruos de bronce que 
guardan las puertas de los santuarios japoneses. La 
idea de tomar un apunte se apoderó de Silvio; y ya 
buscaba su lápiz y su diminuto álbum, cuando, al 
volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofre- 
cía asiento. 

La reconoció. Apenas cambiada por los años 
transcurridos, era la baronesa de Dumbría, madre 
de la compositora. 

—Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo y 
que pueda usted retratar á mi hija— declaró, leída 
la carta que servía de presentación á Silvio. — Minia 
anda siempre escasísima de tiempo, y... además... 
La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan me- 
dianos todos... que siente aversión hacia los retratos. 
En fin, vamos á ver,,. La diré... Aguarde usted aquí. 



38 



E. PARDO BAZÁN 



Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descora- 
zonado, apuntó en dos de sus actitudes extrañas al 
asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra vez pa- 
sos, y la baronesa, expansiva, triunfante. 

—Minia dice que aquí dispone de algunos ratos 
libres, y que si usted tiene tanto empeño y cree que 
eso le puede ser útil, por su parte, con mucho gus- 
to... Pero es'aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia 
no dispone un instante... ¿A ver ese dibujo? ¿Es 
Taikun? 

— ¿Es japonés, señora? —preguntó á su vez Silvio, 
algo animado ya, respirando mejor. 

— Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á 
bordo; parió en Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibuji- 
to! Y ¡qué aprisa! 

El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; 
se colorearon un poco sus mejillas mates, rasuradas 
de una barba leve. 

- En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué 
hora he de volver para la primera sesión? No mo- 
lestaré mucho; á felfa de otro mérito, tengo la mano 
ligera... 

— ¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted 
de estar haciendo viajes á Marineda ó á Brigos? 
¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen 
habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha 
traído usted papel y lápices? Caballete lo tenemos 
aquí. 

—Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es 
mejor que me vaya, y vuelva con los trastos; ¿no le 
parece á usted? 

—Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un 



LA QUIMERA 



39 



propio á Brigos al instante. La distancia es una bi- 
coca. ¿No ha venido usted á pie? 

— Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan 
buenas son ustedes, á la hija de mi tutor, Lucía 
Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi blusa, 
los rollos de papel... 

^-Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted 
por aquí á mi escritorio.... ¿Ha almorzado usted? 
¿Quiere refrescar? ¿Cerveza? 

El corto día de otoño expiraba cuando el propio 
regresó de Brigos. Hasta las primeras horas de la 
tarde del siguiente, no se empezó el retrato al pas- 
tel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche 
anterior. A la luz artificial, sobre la maciza mesa de 
caoba de la sala, había bocetado ligeramente, á la 
pluma, la cabeza vigorosa, de incorrectas facciones, 
de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones pueri- 
les, jugó con la figura de la compositora, de la cual 
se estaba apoderando en una caricatura humorística 
y respetuosa, de extraordinaria semejanza. Diseñó 
también otra vez á Taikun, y á las once, cuando se 
retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Al- 
borada como si hubiese pasado allí la vida entera. 

Los preparativos, la colocación del modelo, se 
discutieron á la mesa, á la hora de almorzar. Era 
preciso graduar la luz por medio de cortinajes; y al 
plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que 
no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado. 

—Lo improvisaremos — añadió. — De cualquier 
manera. 

Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hom- 
bros de una nube de tul blanco sujeta con cintas 



40 



E. PARDO BAZÁN 



anchas color de mar, posó resignada la composito- 
ra. Suponía que el retrato iba á salir desastroso. 

Silvio disponía febrilmente sus lápices de paste- 
lista ante el pliego de papel grisáceo fijo en el ta- 
blero con doradas chinches. La prolongada blusa de 
dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las 
pupilas, frunció el ceño, contrajo la frente, registran- 
do en el modelo con avidez líneas y colores, y va- 
liéndose de las yemas de los dedos mucho más que 
de los lápices, principió sin delinear, aplicando lige- 
ras manchas. Dijérase que era la nebulosa de una 
cabeza y un busto lo que nacía, vago y fino sobre 
el muerto fondo cenizoso. 

Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en 
el trabajo del pintor. Sus ojos de miope descansa- 
ban en el familiar paisaje que encuadraba la venta- 
na. La cañada suave, el bosque de castaños, la es- 
pesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo 
tostado y realzado con oros rojos por la mano artís- 
tica del otoño, y á lo lejos el trozo de ría como frag- 
mento de rota luna de espejo, entraban una vez 
más por su retina en el alma, y la adormecían con 
sorbos de beleño calmante. El oleaje de notas mu- 
sicales que en ella se agitaba, aplacábase ante la 
naturaleza. Y eran los únicos instantes en que Minia 
reposaba algo; no percibía la música como tensión 
y esfuerzo de facultades, sino que la sentía como un 
Ho fresco, como baño de dulzura, y repetía mental- 
mente versos de Fray Luis. 



El aire se serena... 
¡Oh desmayo dichoso! 
¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido! 



LA QUIMERA 



41 



Llegó á prescindir enteramente de que la retra- 
taban, porque la idea del retrato más bien era des- 
agradable; de un modo mecánico, conservaba sin 
embargo la pose. La voz de Silvio la restituyó á la 
tierra. 

— ¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere us- 
ted mirar un momento? 

Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la ca- 
beza, los hombros blancos. Sonrió la compositora... 

— Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. 
Siempre hay que proceder así cuando se retratan 
mujeres. 

Como si le hubiesen pinchado en el punto sensi- 
ble, saltó Silvio, en un impulso de los que no sabía 
reprimir, desatándose á hablar, emocionado, ner- 
vioso. 

— ¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Us- 
ted de seguro comprende... Yo hermoseo á cuantas 
pinto: á usted, proporcionalmente, no la favorezco 
casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy 
á usted toda su edad, su corpulencia, — y su misma 
expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas. 

— ¡Falta hace! — interrumpió Minia festivamente. — 
No sé qué alfarero me amasaría la cara; escultor no 
pudo ser. 

— ¡Bah! ¡Las líneas! — continuó Silvio. — Corregir 
líneas, corregir tonos del cutis, hacer de lo ajado lo 
suavemente pálido y de las remolachas rosas... eso, 
cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en 
caras que no la tienen. El intríngulis es meter esa 
belleza del ensueño y del pensamiento en fisono- 
mías de modelos que están rabiando porque el ves- 



42 



E. PARDO BAZÁN 



tido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad 
que los retratos siempre parece que nos cuentan 
algo, algo muy melancólico y digno ó muy amoro- 
so? En cien casos, es que el retratista presta al mo- 
delo el espíritu de que carece. 

—Según— respondió Minia, interesada por la teo- 
ría. — Hay pintores muy realistas, por ejemplo, don 
Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz Hals, 
que retratan la naturaleza animal y la expresión 
vulgar... ¡Y hacen prodigios... Vaya! 

Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el 
pañuelo. Sus labios palpitaron al nombre de los 
dos pintores. 

—¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate 
de vanidad! ¡No se ría usted de mí...; también yo 
probaría á hacerlo! Eso es lo bueno, lo bueno: la 
verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que 
no necesitan falsificar nada! A veces, señora... 

— Mis amigos me llaman Minia — advirtió ella be- 
nignamente, apiadada por lo que ya iba adivinando. 

— Mil gracias... Decía que á veces leo en los pe- 
riódicos que echan el guante á un monedero falso» 
y me asombro de que no prendan á los infelices 
que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidia- 
ble suerte la de usted! Contra la corriente de los 
convencionalismos; desdeñando ataques y grose- 
rías, escribió usted sus famosas Sinfonías campes- 
tres, empapándose en el sentimiento aldeano: en la 
realidad. Así han llegado á todas partes, por la ver- 
dad que contienen. En Buenos Aires las oí tocar, las 
vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo 
más: creería que soy un adulador.., 



LA QUIMERA 



43 



Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se lle- 
naron un momento de infinito. 
— ¿Allí las oyó usted? 

— Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo 
hemos nacido en el mismo pueblo, en Marineda. 
Mientras no salí de él... experimentaba hacia usted 
hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban 
de usted continuamente... y yo era un niño, y á esa 
edad no sobra la benevolencia. ¡Al contrario! — Des- 
pués, cuando me vi tan lejos... la nombraban á us- 
ted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y 
me entraba alegría. 

— ¿Quiere descansar un momento? Me va usted 
á contar eso; su vocación, sus viajes. 

—No, señora -negó él en seco.— Perdone... Pri- 
mero he de poner el retrato á cierta altura. 

— Como guste; usted es quien ha de dispensar — 
respondió Minia en tono de cortés indiferencia. 

— ¡No adopte expresión enojada! La de antes, la 
de antes — suplicó Silvio, contrito, apurado como si 
le acaeciese la mayor desventura. 

—De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda 
de lo que producía esa expresión? Intentaré pensar 
en lo mismo que pensaba... 

Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso 
perderse, confundirse, diluir su personalidad en las 
lejanías color amatista de los montes que formando 
anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido mur- 
murio de notas, la efervescencia musical, era inven- 
cible. Hubiese deseado estar sentada ante el piano t 
traduciendo todo lo que— con la vaguedad del bo- 
ceto al pastel en que se afaenaba Silvio— hervía 



14 



E. PARDO BAZÁN 



dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la 
ola tras la ola, y aun del modo continuo y presuro- 
so que cae el surtidor en el tazón, los elementos de 
un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían. 

— ¡La expresión de antes! — pensaba para sí.— Si 
éste es artista, si posee sensibilidad, no ignorará 
que no nos bañamos dos veces en la misma agua, 
ni se reproduce el mismo minuto de nuestra 
vida. 

Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; 
tenía, en efecto, la mano ligera, la afluencia del to- 
que, la justeza rápida de la entonación; el parecido 
con el modelo se establecía desde el primer instan- 
te, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, 
salían al papel matices deliciosos, medias tintas de 
una armonía suave, comparable á la de los celajes 
cuando amanece, claridad ligeramente velada de 
niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encar- 
naba por un estilo inmaterial. Aquel pastel, que re- 
producía una cabeza de mujer, ni joven ni hermo- 
sa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, 
sin embargo, elegante á la moderna, exquisitamen- 
te elegante, por la manera de estar puesto, y tenía 
lo blando y fino del natural idealizado. 

Una serie de exclamaciones admirativas de la 
baronesa de Dumbria, que acababa de entrar, hizo 
levantarse á Minia. Se situó ante el caballete. El 
pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. 
La compositora, echándose atrás, dijo solamente: 

— Bien, bien. No tema usted que le diga "¡qué 
bonito!" Los planos de la cara son esos: la simpli- 
cidad del conjunto me agrada. 



LA QUIMERA 



45 



Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio 
descompuestas. 



Ya no estaban en la sala baja de la torre, de 
anticuado mobiliario, de paredes cubiertas por bi- 
tuminosas pinturas. Era en la terraza, bajo la bó- 
veda de ramaje de las enormes acacias, de las cua- 
les, no con violencia de remolino, sino con una 
calma fantástica, nevaban sin cesar miles de hojitas 
diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la 
menuda hojarasca que moría envuelta en regio 
manto áureo, desaparecía el enarenado del suelo 
completamente. Los sillones de mimbre que ocu- 
paban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de 
hierro enramada de viña virgen, sombríamente pur- 
púrea; Taikun, echado en la postura de las liebres, 
insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de 
enormes bombachos de pelambre fosca y fulva, le- 
vantaba de tiempo en tiempo su cabeza de alimaña 
de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola. 

— Tiene usted que perdonarme — decía Silvio — 
aquella negativa exabrupto. No quería adelantar 
nada, mientras usted no se convenciese de que no 
soy enteramente un desgraciado sin pizca de dis- 
posición. ¿Qué podrían interesar á usted las ambi- 
ciones y las ansias de esos míseros que no poseen 
elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me 
creyó uno de ellos. 

—Así es— respondió Minia lealmente, dejando 
sobre la mesa de piedra el libro. 

—Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me 



16 



E. PARDO BAZÁN 



escapa. |Ay, lo que pensará de mi presunción! Pero 
no importa, es cierto. Ejercito una especie de adivi- 
nación de los pensamientos y las intenciones. Co- 
nozco á los demás acaso mejor que me conozco, y 
de una palabra ó un gesto deduzco... ¡Asusta lo que 
deduzco! — Usted quería darme despachaderas, y si 
no es por la baronesa... 

—No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato... 

—Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está 
usted quejosa del suyo. 

—Al contrario. Contentísima. 

— Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... 
Deseo que ese retrato se lo lleve usted á Madrid y 
lo vean sus relaciones; quizás alguien me encargue 
alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, es- 
tudiando. No tengo otra esperanza en el momento 
presente. 

Minia reflexionó antes de contestar: 

—Mi madre conoció á su padre de usted, y cono- 
ce á su tutor. Por ella supe... Temprano fué usted 
huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna? 

—Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi 
problema no es de dinero. Es decir, necesito el pre- 
ciso para vivir y trabajar: no busco la riqueza por 
la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, 
me falta la casilla de la codicia. Se reiría usted si 
supiese cómo administro. ¿Bohemio? No; no es la 
nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en 
el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para 
cuatro días que se vive... Lo que me resta de la es- 
casa hacienda de mis padres, que será una miseria 
y rentará unas perras, lo liquidaré á escape... 



LA QUIMERA. 



47 



—¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque 
es usted bien joven...! 

— Veintitrés... — pronunció Silvio. 

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que 
de veintitrés la cara oval y algo consumida, entre 
el marco del pelo sedoso, desordenado con encan- 
to y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. 
El perfil sorprendía por cierta semejanza con el de 
Van Dick... Se lo habían dicho, y él se recreaba 
alzando las guías del bigote para vandikearse ntás. 

—A los ocho años pedía por favor que me per- 
mitiesen ver dibujar. A los catorce marché solo y 
sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor había 
resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía 
que pintar es oficio de holgazanes. En Buenos 
Aires... iqué lucha! ¿Se lo cuento á usted todo? Sí, 
sí; con usted, desde el primer momento, he desea- 
do la confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve 
hambre. Trabajé de peón de albañil, sirviendo caí 
y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde en- 
tonces tengo el estómago endeble; el día que digie- 
ro bien estoy de excelente humor. Lo malo no es 
haberse estropeado el estómago... Es que vi la vida 
tan en crudo, en feo y en duro, que se me despe- 
llejó el corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... 
Después embadurné frisos, escocias... decoré... ton- 
terías: pabellones, tocadores galantes... Ultimamen- 
te ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos 
y á alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mu- 
cho! ¡Oler lo que se guisa en tres ó cuatro talleres 
de París y de Londres! 

—¿Y quién le ha amaestrado en el pastel? 



4« 



E. PARDO BAZÁN 



— iBah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, de- 
dos,— y mucha triquiñuela y mucha picardigüela 
en el pulpejo; eso si... Mejor que nadie conozco yo 
que todo cuanto hago no vale un pepino. Agrada- 
ble, agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! An- 
sio subyugar, herir, escandalizar, dar horror, mar- 
car zarpazo de león, aunque sólo sea una vez. 

Minia meditaba,— una meditación palpitante. 

—¿De modo que vocación, no profesión? 

—¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece en- 
fermedad. Me posee, me obsesiona. 

— ¿Y... finalidad?— Interrogaba precavidamente, 
con tactación médica. 

—¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!— afirmó Sil- 
vio, cuvos ojos color de humo claro relucieron con 
reflejos de acero desnudo. — Creo que ni por la glo- 
ria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de ha- 
cerlo! Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. 
Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser alguien! ¡Ser fuerte, ser 
fuerte! 

Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio 
ceño se fruncía de un modo violento, casi torvo. La 
compositora guardaba silencio, el silencio de las 
cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar. 

—Malo, malo— dijo por último.— El caso está 
bien caracterizado. Todos los síntomas. Espero, en 
interés de usted, que rebaje la calentura. 

-¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es 
para eso, no tengo interés en existir. No crea usted: 
á ratos... se me quita la fe. Ayer mañana, por ejem- 
plo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo 
allí un pariente, hijo de una hermana de mi madre, 



LA QUIMERA 



49 



panadero... Yo venía desfallecido; me dio caldo, pi- 
fón y sardinas, y vi á su mujer y su patulea de cria- 
turas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están 
sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa 
manera. 

—Tenia usted razón en envidiarla— afirmó lenta* 
mente Minia.— Sólo que es un sentimiento inútil. La 
envidia no nos aproxima una pulgada á lo envi- 
diado. 

—Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandoli- 
natas pastoriles. Cada cual ha de vivir su destino; 
el suyo, nunca el ajeno— declaró Silvio.— No soy 
viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De 
aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí 
por esa calle tan larga de magnolias, y pasé debajo 
de estas acacias que llueven gotas de oro, y me 
hicieron esperar en la sala, frente al piano, -pre- 
sentí (soy muy supersticioso y fío en los avisos) 
que me encontraba en ocasión decisiva y que este 
rincón del mundo guarda para mi la clave de lo 
venidero... 

—] Pobre criatura!— murmuró Minia sin mirarle. 

—¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es 
que no cree usted que poseo condiciones de triun- 
fador. 

—Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo 
que usted es capaz de hacer, sospecho que tiene 
asegurado el cocido, un cocido sano, suculento, 
quizás una comida sólida... iy eso es mucho, ami- 
go!— [Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! 
El arte está espigado. La genialidad, la inspiración, 
si las viese usted en forma de improvisación, se 

4 



so 



E. PARDO BAZÁN 



equivocaría... Es el error de nuestros artistas: quie- 
ren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervu- 
dos. Y lo que deben ser es caballeros andantes, 
cumpliendo mil hazañas obscuras, mil pruebas, an- 
tes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubie- 
se infanta! Se dan casos de encontrar en vez de 
infanta una bruja. ¿Y sabe usted lo más curioso? Al 
artista caballero andante, después de tantas heroi- 
cidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor 
que le puede suceder no es acertar con la infanta, 
sino acertar consigo mismo, y autod esencantarse. 

—¿No podré yo? — Silvio cruzaba las manos con 
angustia. 

—¡A saber!... De antemano córtese usted las alas 
de cera; disciplínese la voluntad; precava el des- 
engaño. ¡Beba cada día un sorbo de decepción: el 
vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un 
sorbo es muy provechoso; aunque mejor sería no 
necesitarlo, no haber soñado, y ser como los ciápo- 
dos, que tienen la cabeza junto al suelo —lo más 
bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos 
se vuelven raíces... 

—Habla usted así porque ya ha llegado. 

—¡Hablo así porque estoy en un momento de 
sinceridad, virtud ó cualidad antipática por esencia, 
presencia y potencia...! Y quizás estoy en un mo- 
mento de sinceridad, porque anochecerá pronto, 
porque el aspecto del campo es solemne, y la hu- 
mareda de las cabanas flota con magia sobre el 
telón de selva. El paisaje, en mí, determina el esta- 
do de alma. No me haga usted caso. 

Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano 



LA QUIMERA 



51 



amargo y hondo, sin límites, lo que se asomaba á 
ios ojos, á la fisonomía de la compositora, lo que 
gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio 
fúnebre, amplio, del mar de Cantabria. 

—¡Aun así! —exclamó el artista. — ¡Aunque me 
cueste eso y más! 

— ¡Taikun!— llamó Minia, cambiando de tono, 
recluyéndose en sí.— ¡Aquí, monigote! Vamos, 
quieto... Ya tienes la lana llena de hojas, tonto; ven, 
te las quito para que te luzcas.— Y con placidez 
afectuosa, volviéndose al pintor:— Su aspiración de 
usted, ¿conformes, supongo?, es incompatible con 
la felicidad, que consiste en desear cosas accesibles, 
pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías 
inofensivas y obscuras, como reunir variedades de 
claveles y tulipanes, coleccionar botones ó hebillas 
de cinturón... Y usted renuncia á ser feliz: conve- 
nido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Re- 
nuncie. ¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde 
y puro, como los de los grandes artistas desconoci- 
dos de la Edad Media... y quizás...! Usted, hoy pas- 
telista, sería antaño miniaturista y monje. En su 
celda, después del rezo, diseñaría y policromaría 
lirios y mariposas; nacería una primavera en la vi- 
tela, un jardín sobrenatural como el del Cordero 
místico de Van Eyck. Cuando sonase el Angelus, 
¡qué está sonando ahora! ¿no lo oye? allá en la pa- 
rroquial de Monegro, —vería usted entre el azul de 
las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de 
alas tornasoladas, divino: ambos descenderían de 
sus pinceles á la página del horario... Nadie cono- 
cería su nombre de usted: muda la infame fama... 



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E. PARDO BAZÁN 



la imprenta por inventar... ¡Oh delicia! ¿Qué falta 
hace el nombre? El arte anónimo es el Romancero, 
es las Catedrales... Usted, de seguro, está dispuesto 
á batallar por la victoria de unas letras y unas síla- 
bas: ¡Silvio Lago! Veneno de áspides hay en el 
culto del nombre. Por el nombre nos desempeña- 
mos tras la originalidad— y el arte uniforme, po- 
deroso, se acaba; sólo hay el picadillo; falta la re- 
doma que nos integre y amase con el jigote la per- 
sona. 

—¿Y usted se ha contentado con arte anónimo? 

— No... Por eso he recibido en mitad del pecho 
todas las puñaladas. El arte anónimo era como el 
sayal: vestidura idéntica, que identificaba aparente- 
mente. Dentro latía el corazón, el cerebro funciona- 
ba, la inspiración nada perdía. Hoy... es un infier- 
no. Y en usted, además, ¡la complicación económi- 
ca! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde los 
catorce, y aún no ha juntado sus granos de trigo, 
pendiente de que en Madrid le demos á conocer 
por... por el aspecto industrial... ¿Me excedo? 

—No, no; siga... ¡Al fin, alguien que me habla 
así! Pegue usted fuerte, no duele; al contrario. 

—Le damos á conocer... retrata usted... ¿á cuánta 
gente necesitará retratar? 

— Cuatro retratos al mes, á doscientas pesetas; 
ocho ó diez días de trabajo... y me bastará. Los res- 
tantes veinte días... para dibujar mucho; academias, 
desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la 
pintura. Así que dibuje... como aspiro, ¡á un estudio 
de notabilidad! ¡á postrarme ante Sorolla, por la luz, 
el aire, la pincelada! 



LA QUIMERA 



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—¿Sorolla?—- repitió con extrañeza Minia. 
— ¿No le admira usted? iPinta tanto ó más que 
Velázquez! 

— No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla 
es enteramente adverso, me parece, á los gérmenes 
que usted lleva en sí. Cada cual debe abundar en 
su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No 
estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era 
Van Dyck, ante todo, un aristócrata? 

— No; yo sólo estimo la fuerza. Ó pintaré como un 
hombre, virilmente, ó soy capaz de pegarme un tiro. 

El Angelus seguía sonando; sus lágrimas de plaía 
caían en la atmósfera acolchada de bruma transpa- 
rente. Los obreros que trabajaban en terminar la 
torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada, 
se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de 
hormiguero dando las buenas noches, zuequeando 
y haciendo crujir la arena. Eran picapedreros, mozos 
la mayor parte, y el sábado les alborozaban la co- 
branza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. 
Obscurecían la terraza con sus cuerpos vestidos de 
telas pobres; olían acremente á sudor; el ambiente 
se enturbió cuando ellos desfilaron. 

— Tal vez éstos — observó Silvio,— si consiguen 
lo que se proponen, si llevan adelante sus colecti- 
vismos, traerán, andando el tiempo, otra etapa de 
arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas 
sus apremiantes necesidades, trabajarán sin exaspe- 
ración de la vanidad, sin el aguijón del nombre. En 
Buenos Aires he conocido á bastantes socialistas... 
Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del ano- 
nimato, idea á que no me puedo habituar. 



54 



E. PARDO B AZÁN 



Porque es usted todavía medio chiquillo. Si 
vive y paladea las ambrosías... ya me contará el 
sabor de boca que le dejan. 

Un imperceptible orbayo, un soplo frío que extin- 
guió la hoguera lejana del Poniente. La noche. Un 
globo de oro que al elevarse palidecía, se convertía 
en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran 
escenógrafa traía su telón romántico preparado, la 
Tachada lateral de las torres toda en sombra, el 
frontispicio luminosamente blanco, los detalles de 
arquitectura adquiriendo un realce y una significa- 
ción de misterio, el bosque ensanchado por la obs- 
curidad, las acacias más grandiosas con su desme- 
lenado ramaje, y allá en último término, el valle 
anegado en una nebulosidad azul que borraba los 
contornos y le daba apariencias de lago encerrado 
entre nubes y vapores de una delicadeza etérea. 



El domingo siguiente oyeron misa en la capilla 
de Alborada. Llovía, llovía; plantas y flores se ba- 
ñaban voluptuosamente, agradecidas; el otoño ha- 
bía sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra 
de las gárgolas, un chorro continuo descendía á es- 
trellarse en la enarenada tierra. El capellán no con- 
sintió, sin embargo, quedarse á comer en espera de 
la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado 
el último sorbo de agua donde se disolvían carame- 
losos residuos de azucarillo, se encasquetó el som- 
brero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y en- 
cajándose á lomos de su montura, salió hacia la 



LA QUIMERA 



55 



carretera, á trote corto, protegido por un paraguas 
monumental. Silvio presentó á Minia una hoja de 
álbum con la donosa caricatura ecuestre del clé- 
rigo. 

— ¡Pobre hombre! — sonrió la compositora. — ¡Bah! 
Su misa vale exactamente como si la dijese Lacor- 
daire, que era tan elocuente y tan apuesto. Nuestro 
corazón es soberbio; lo tenemos asediado por los 
sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; 
nos lo ha de consagrar un cura pulido, un cura bien 
—que no sea ese casi labriego, con tierra entre las 
uñas. 

— ¡Quién tuviese fe religiosa!— suspiró Silvio.— 
A mí el corazón, como le dije á usted, se me ha 
encallecido; otro inconveniente para ser el monje 
miniaturista, apacible en su celda. 

— Sí, la fe era una de las felicidades; y probable- 
mente, la única que no sabe á ceniza. Suponer que 
hoy no cabe tener fe, es igual á suponer que ya no 
nacen las azucenas aunque las sembremos. No re- 
pita usted esa muletilla cargante de la fe deseada é 
inaccesible. Humildad, purificación, preparar el nido 
á la golondrina: ella vendrá. 

—¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Va- 
mos á ver: ¿cómo se arregla uno si los dogmas re- 
pugnan á la razón? 

Minia guardó silencio un instante. Silencio des- 
alentado. La paralizaba aquel argumento pobre y 
mísero, pero que, para ser rebatido, exige una 
transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pen- 
saba que las almas son solitarias, incomunicables, 
huertos cerrados, selladas fuentes... Silvio se equi- 



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E. PARDO BAZÁN 



vocó: creyó que Minia, vencida, callaba por impo- 
sibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de in- 
currir en desagrado. 

—No debí discutir de tales materias con usted... 

—¡Discutir! — repitió Minia alzando los hombros. 
No hay discusión de este género que no sea un es- 
fuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la misma 
causa que impide á los enamorados, en la mayor 
ansia de íntima comunicación, trocar espíritu por 
espíritu. Somos nosotros mismos; lo somos deses- 
peradamente, fatídicamente, hasta la última gota, 
la última fibra. Y lo inefable es lo que más nos 
guardamos: el pomo de esencia divina, incrustado 
de gemas que fueron llanto, lo queremos en el seno 
á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Sil- 
vio: ¿discutiría usted acaloradamente de estética 
con Dalín, el bizco, que tiene en Areal un almacén 
de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba de 
decirnos la misa? 

Silvio se puso encendido hasta las orejas. 

—¿Soy, según eso, como Dalín? —pronunció re- 
sentido. 

—No; al contrario: es usted una naturaleza afi- 
nada, quintesenciada; está usted en las cimas; su 
vehemente aspiración artística le sitúa en la región 
donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó can- 
sarse, ó caer atravesados por el plomo: aguiluchos 
eran, con pico y garras... No se sobresalte usted: lo 
único que quise expresar es que un lado, un aspec- 
to de su sensibilidad permanece tan rudimentario 
como la sensibilidad estética de Dalín el bizco. Us- 
ted no ha perdido la fe: no la siente: no perdemos 



LA QUIMERA 



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un brazo cuando se nos queda tullido. No le ha 
faltado á usted sino negar el milagro— y es milagro 
todo.— ¿Por qué me contesta usted razón cuando 
digo azucenas? La razón, ¿le explica á usted el 
misterio de una azucena, que es el mismo misterio 
de la vida universal? ¿Es que no advierte usted 
hasta qué punto enraizan nuestros pies, aletean 
nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en el 
misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivi- 
mos y somos. Él nos refresca, nos arrulla, desarro- 
lla nuestro embrión en las entrañas que nos abri- 
gan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos 
recoge cuando caemos—no siempre tan sosegada- 
mente como las hojas amarillentas de las acacias. 
¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe 
sino cuatro casos de sucedidos y cuatro máximas 
roídas de orín! Su báculo tiene mugre secular; sus 
pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo me- 
jor que hace el hombre suele ser contra la razón. 
He oído que el mundo rueda porque le empuja la 
locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es fe. La 
razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en 
ciencia, los sistemas que cierran el paso á la libre 
indagatoria. ¿Quién ha reunido en haz, á modo de 
cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica 
con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. 
Cada cual con su razón, que decía el gran drama- 
turgo; y es que á la razón, si la concedo mucho, la 
concedo que sea (como la fe) esperanza — otro sub- 
jetivismo. 

— ¿Y si los subjetivismos se contradicen? — argü- 
yó Silvio. 



58 



E. PARDO BAZÁN 



— Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando us- 
ted necesite, de verdad, creer, y más todavía espe- 
rar; y esa hora llega para todos los que no son Da- 
lín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir 
con pachorra... 

—¡No hable usted mal de la digestión!— imploró 
festivamente el pintor.— Digerir es la beatitud. 

—¡Contento se quedaría usted si una sibila le 
predijese que su único porvenir era perfeccionar la 
función digestiva! j 

—¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río 
de lo demás! — respondió Silvio con alarde de pro- 
saísmo brusco.— ¿Sabe usted que escampa y cla- 
rea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasio- 
narias. ¿Me presta usted el librito que leía ayer? 

—¿La Tentación de San Antonio? Voy á casa y 
se lo envío. 



Provisto del volumen; sorteando los charcos que 
la tierra embebía poco á poco, el artista se refugió 
en el largo cenador tupido de trepadoras; allí no se 
oía más ruido que el cadencioso del caño de agua 
desahogando en el pilón semicircular para afluir 
después al estanque. Silvio alzaba la cabeza de vez 
en cuando; el chorrito ritmaba sus ideas; al menor 
soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las 
ramas; algunas se detenían en la cabellera del lec- 
tor. Por la abertura circular practicada en el follaje, 
se veía la señorial tristeza del jardín antiguo, de re- 
cortados bojes, de árboles ya senadores; y las zuri- 
tas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar. 



LA QUIMERA 



59 



bajaban á trancos cortos, inquietas, las escaleras 
del estanque, para llegar á sumir el pico en el agua 
revuelta por el aguacero, y donde flotaban, con len- 
titud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica 
estructura, de nadaderas azul empavonado, compa- 
triotas de Taikun. 

—Las palomas— calculó Silvio,— de seguro acos- 
tumbran beber en este pilón, y las estorbo. Me 
apartaré para que no tengan recelo. 

Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron 
franco el camino, se precipitaron, se atropellaron al 
borde del pilón semicircular, riñendo á picotazos 
por la vez, como las aguadoras en las fuentes pú- 
blicas. El pintor, abandonando el libro, sacó su car- 
terita y su lápiz y apuntó el rebullicio de las aves, 
el pilón sobre el cual se erguían esbeltas y lanceo- 
ladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustro- 
sas hojas y las flores duras y tersas del arurn ó 
cartucho. Encontrábase en lo mejor del apunte 
cuando llegó la baronesa. 

— Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á 
lo mejor cae otro chaparrón. 

— Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor 
sería irme ahora, aprovechando la mañana. 

— ¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada 
no es costumbre despachar á la gente con el estó- 
mago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene usted? 

— ¡Si al menos me utilizara usted para algo! 
¿Quiere permitirme que la retrate? Ha quedado un 
pedazo de papel, y lápices no faltan. 

— -¡BahI Descanse; no se ocupe en retratar viejas... 
y al pastel mucho menos. Ya me retratará usted 



60 



E. PARDO BAZÁN 



otra vez, si Dios quiere. Porque se me figura que 
usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aun- 
que sea sin ganas. 

— Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, 
hacia donde encuentre lo que tanta falta me hace. 
[Tengo que trabajar mucho! 

—Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud 
es lo que conviene. Quédese usted aquí hasta que 
nos vayamos á Madrid; duerma, coma y engorde. 
Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, 
y empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica 
que estará, si la amasan con manteca fresca, como 
he dispuesto. 

—Lo que me gusta— declaró Silvio riendo de 
complacencia— es la cordial franqueza que encuen- 
tro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo 
son? 

— ¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, 
no sea usted tonto, y píntelas á todas muy guapas. 
Así ganará usted dinero; leí dinero es tan indispen- 
sable! 

—¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos 
en Madrid? 

— Todo será que las señoronas se den unasá otras 
el santo y seña y que usted las saque preciosas. 
Esos retratos de la escuela moderna, exagerando la 
fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la 
cara, vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste 
una peseta en ellos! ¡Para verse más horroroso de 
lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al cabo 
de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era 
nadie; y siempre un retrato bonito... 



LA QUIMERA 



61 



— |Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo 
bonito, señora! 

™r¿Cómo? Pues no es usted especialista en... 

•—¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted... 

—¡Ahí mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de se- 
guro! ¡Es tan novelera aquella cabeza! De fijo no le 
predica á usted para que en primer término se gane 
el dinerito... 

— No por cierto...— repuso riendo otra vez el pin- 
tor.— No es eso lo que me predica. A mí tampoco el 
interés, así, descarnadamente, como interés, me 
arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á 
ver si junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, 
donde se pinta... en gordo. Tengo necesidades; pero 
al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta ayunar... 

—¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena 
comida. 

—¡Si viese usted qué poco me dura un duro! 
continuó Silvio con indolencia indiferente.— Ahora 
venderé unas finquillas... 

— ¡Vender! — clamó la baronesa, horripilada.— 
¡Por Dios, conserve usted lo que haya heredado, 
poco ó mucho! Su madre de usted tenía alguna ren- 
ta. Casitas... 

— -¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre 
reparos, contribuciones, administración... En fin, 
para que no ponga usted esa cara tan asustada, 
conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde 
mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡va- 
ya! y agua, y tres perales... Si algún día me hago 
célebre y opulento (dos bicocas), ahí me vendré á 
disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acá- 



02 



E. PARDO BAZÁN 



bar retirándome á Zais, que empiece por el final y 
me ahorraré un mundo de penas. ¡Tal vez! 

— ¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme! — exclamó Mi- 
nia, apareciendo precedida de Votán, el corpulento 
danés.— ¡Votan, al agua, picaro! — mandó imperio- 
samente. El perro ladró de entusiasmo, tomó vue- 
lo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el es- 
tanque.— ¿Pues quién lo duda? ¿No espera usted en 
Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese usted adelan- 
tado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la 
podría escamotear el destino. No, no; por si acaso... 
¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso de querer salir? Quietecito 
en el agua. Así; ¡guapo perro! 

—¡Qué afán de desalentar á la gente!— exclamó 
la baronesa. 

— ¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cual- 
quiera! No vaticinamos para desalentar; se habla, 
como se grita cuando se recibe un golpe: es invo- 
luntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mo- 
zo... Y á sacudirte lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. 
¡Allá, allá! Oiga usted, haragán de artista, ¿no que- 
ría usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacer- 
me una caricatura? 

— Con la cabeza enorme y los pies invisibles- 
respondió Silvio.— En cambio, me interpretará us- 
ted al piano una de sus sinfonías campestres. 



Silvio, recostado en el sillón, entornados los pár- 
pados, se encontraba todavía bajo el conjuro de la 
música, mejor dicho, de las músicas interiores que 



LA QUIMERA 



83 



una combinación de sonidos evoca. La composito- 
ra, sin alardes de virtuosismo, sin descoyuntar las 
notas ni obligarlas al paso al través de aros ni al 
salto mortal; sencillamente, de corazón, acababa de 
derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el 
aroma rústico de la tierra germinatriz. Silvio había 
percibido el olor húmedo de las fragas, después de 
que la lluvia las viste con una capa de hongos de 
terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en flo- 
ración, equívoco, extraño; el de las agridulces fresi- 
lias silvestres; el de la recién guadañada hierba; el 
de las colmenas, que reúne el deleite de la miel al 
misticismo del cirio; el de madera apolillada, cadu- 
ca, que se exhala de los viejos Pazos; el del humo 
que envuelve á las casuchas sin chimenea en túni- 
ca de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberren- 
china; el del rancio Borde, que conforta; y, domi- 
nando á todos, hercúleo, bravio, el del mar de Can- 
tabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta en la 
respiración, — y también nostalgia, la melancolía de 
las playas y las costas; sentimiento de penumbras, 
inquietud de las razas antiguas, superiores y deca- 
dentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de 
Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse 
en las volutas de la caracola, y recordaba estrofas 
de Heine, la Pregunta del mar del Norte: "Explicad- 
me el arcano..." 

Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un 
carro de bueyes penetró por la ventana abierta; á 
distancia, no es inarmónica la queja interminable 
del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan fami- 
liar ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, 



64 



E. PARDO BAZÁN 



con sentimiento, asociándolo á la música. Su ima- 
ginación se pobló de imágenes conocidas que, en 
aquel momento, eran rudimentos de arte; vio la- 
briegos y labriegas de duras piernas desnudas, 
arrancando del terruño la patata; jayanes sudorosos, 
dejando caer el mallo sobre la extendida mies; vie- 
jas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, 
rezuqueando ó pidiendo limosna; vió en el playal á 
los pescadores, negruzcos de cuello y cara, blancos 
de espalda y pecho, jalando del bou, que, como 
bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar 
al peso argentado de la sardina... Un transporte, 
una especie de deliquio de un instante, puso al ar- 
tista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, por- 
que en la habitación no entraba aire suficiente para 
respirar: ahogábase; pero el dogal era tan suave, 
que la sofocación parecía caricia. 

—¿Qué tiene usted?— preguntó Minia levantán- 
dose del taburete. 

—Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos 
años; con la obra realizada, ¡con mi obra! Haré en 
el lienzo— añadió palpitando —lo que usted en la 
música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de 
este país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fe- 
cha, en la pintura. 

—Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa 
—asintió Minia.— Aquí no se han producido pinto- 
res... Ello es que apenas los produjeron las demás 
regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha 
sorprendido bien el tono de los verdes húmedos 
de Asturias. Beruete, que es un realista sincero, 
ha reproducido exactamente algunos paisajes de 



LA QUIMERA 



55 



aquí: vea usted en mi estudio una Ribera de 
Vigo... 

—-Muy buena, muy seria— exclamó Silvio con la 
ardiente espontaneidad que caracterizaba sus elo- 
gios á los del oficio.— Sólo que yo no me reduciré 
al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelará 
todo lo que hay aquí; la poesía bucólica de este pe- 
dazo del mundo, como otros, por ejemplo usted, la 
revelaron en la música y en el verso. Descubriré la 
hermosura de esta ninfa dormida, para que se la 
admire. Me conquistaré un reino. Haré verdad, ver- 
dad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo! 

Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á 
la marioneta, uno de esos bailes ingleses extrava- 
gantes, cómicos— -zapateando el piso con las botas 
gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos lar- 
gos, huesudos, ágiles, habituados á tender el color. 
—La compositora le miraba danzar, y, en vez de 
reírse, experimentaba una especie de susto. El re- 
pentino arrebato de Silvio descubría la nerviosidad 
mal dominada, profunda como una lesión orgánica, 
el desequilibrio de aquel temperamento de artista . 
Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de mo- 
derarlo, parecíanle á Minia— idólatra del self con- 
trol—síntoma de debilidad. "¿Es lo físico? ¿Es lo 
moral lo que se opondrá á que este muchacho de 
dotes tan extraordinarias llegue á ser artista com- 
pleto? ¿Ó me equivoco, y no sé reconocer en el 
desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!" Deseó, 
con piedad inmensa. "|Dios le dé también el méto- 
do, la paciencia, la perseverancia!" 

Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el 



66 



E. PAKDO BAZÁÑ 



pañuelo, acortado el resuello, entrecortada la risa, 
excusándose. 

—No me diga usted nada; conocida es esa fie- 
bre... 

— Es que hay momentos... hay ideas... [Si se me 
ocurre que yo podría abrirme mi surco, el mío, el 
mío sólo! Porque el resto... patarata. Seguir á éste, 
al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí? 

—¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no 
vale la pena. Sólo que por ahí se principia. lY se 
ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan bien, que 
no será pequeñez eso del surco propio! Calma, cal- 
ma; aspirar; pero con serenidad resignada de ante- 
mano; si no, va usted á padecer como un réprobo. 

—No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué dian- 
tre! ¿Quiere usted hacerme el favor de abrir este li- 
bro de Flaubert y que leamos un poco en él? Ahí, 
ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge 
y la Quimera... 

Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página 
donde principia el diálogo. 

—¿Traduce usted bien á libro abierto?— -preguntó 
la compositora. 

—No; me costaría trabajo. 

—Entonces, yo... 

Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase 
que el pasaje se lo sabía de memoria; el libro ser- 
via únicamente para darle la certeza de no comerse 
un renglón ni un vocablo... excepto los que supri- 
miese de propósito. 



Y frontera, á la otra orilla del Nilo. he aquí que 



LA QUIMERA Oí 



aparece la Esfinge. Estira las patas, sacude las ven- 
das de su frente y se tumba vientre á tierra. 

«Saltando, volando, espurriando fuego por las 
fosas nasales, azotándose las alas con su cauda 
de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y ladra. 

„Los anillos de su cabello, de un lado se entrete- 
jen con el vello de sus ancas, de otro barren la are- 
na y oscilan al balancearse el cuerpo. 

n La Esfinge. (Inmóvil, mira á la Quimera).— De- 
tente: ¡aquí! 

„La Quimera. — ¡Jamás! 

n La Esfinge.— ¡No corras tanto, no vueles tan 
alto, no ladres tan recio! 

n La Quimera— \No vuelvas á llamarme, para 
que al fin te calles muy buenas cosas! 

n La Esfinge.— \No me soples fuego á la cara, no 
me ladres al oído: de piedra soy! 

„La Quimera.— ¡No me atraparás, pavorosa Es- 
finge! 

„La Esfinge.— ¡No te quiero conmigo, loca de 
atar! 

n La Quimera.— ¡Ahí te quedes, pesadota! 

n La Esfinge. — ¿Adonde bueno tan aprisa? 

n La Quimera.— A dispararme por las revueltas 
del laberinto, á flotar sobre las cimas, á rasar los 
mares, á brincar en el hondón de los despeñade- 
ros, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. 
Con mi rabo arrastradizo rayo la arena de las pla- 
yas; las colinas remedan la forma de mis hombros. 
Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabe- 
tos en la arena con las uñas de tus garras... 

n La Esfinge. -Es que guardo mi secreto: calcu- 



t>8 E. PARDO BAZÁN 



lo y reflexiono. El mar se revuelca en su lecho, los 
trigos ondean, las caravanas pasan, el polvo vuela, 
desmorónanse las ciudades— y la mirada fija de 
mis pupilas, más allá de los objetos, escruta inac- 
cesibles horizontes. 

„¿a Quimera— ¡Yo soy rauda y regocijada! Des- 
cubro al hombre deslumbrantes perspectivas, pa- 
raísos en las nubes y dichas remotas. Derramo en 
las almas las eternas locuras, planes de dicha, fan- 
tasías de porvenir, sueños de gloria, juramentos de 
amor, altas resoluciones... Impulso al largo viaje y 
á la magna empresa... Busco perfumes nuevos, flo- 
res más anchas, goces desconocidos...** 



Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía 
continuar, y, por otra parte, ya había recitado los 
párrafos decisivos. Silvio, con los ojos muy abier- 
tos, conteniendo la respiración, bebía el contenido 
del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la 
Quimera encendía sus sienes y electrizaba los rizos 
de su pelo rubio ceniza; las glaucas pupilas del 
monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola 
de dragón, enroscándosele á la cintura, le levanta- 
ba en alto, como á santo extático qu^ no toca al 
suelo. El artista se echó atrás, alzó los brazos y sus- 
piró desde lo más secreto del espíritu: 

—¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excep- 
to mi Quimera... ¿qué me importa el mundo? 

Gallada como la Esfinge, que enmudece justa- 
mente porque sabe, Minia se levantó; Silvio la si- 
guió, pues la compositora le había hecho una seña 
con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba 



LA QUIMERA 



09 



despacio, sin volver la cabeza atrás. Empujó la 
puerta de la sacristía que comunicaba con la sala, 
y estaba semiobscura, alumbrada por una lampa- 
rilla de aceite ante un crucifijo tétrico, de tamaño 
natural, de cabellera de mujer, también natural, en- 
redada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á 
la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla 
borrominesca, en contraste con la blancura de las 
paredes caleadas y del granito de los arcos. — Diri- 
gióse al de la izquierda, que era un sepulcro.— En 
la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas 
en el granito, las piñas de pino bravo y las vene- 
ras, símbolo de toda la naturaleza de Galicia, las 
selvas y las costas; el hueco que había de ocupar 
el sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Mi- 
nia, deteniéndose en aquel hueco y volviéndose 
después hacia el artista, fué tan elocuente, que Sil- 
vio entendió igual que si leyese un rótulo escrito 
en clara letra. 

— iLa única verdad!... —murmuró. 

— ¿Es usted de los que encuentmn desconsola- 
dora la perspectiva del no ser? -articuló bajito Mi- 
nia, que se cubrió la cabeza, por respeto al lugar 
sagrado, con el chai de lana ligera que llevaba al 
cuello para preservarse de la humedad. 

—Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mis- 
mo: estoy por decir que la muerte me parece absur- 
da—y miró al arco de nuevo, como si le fascinase.— 
Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Dé- 
jeme usted que cargue conmigo la Quimera y me 
lleve á la luna, al sol, á las islas fantásticas... — Re- 
pentinamente horripilado, se echó atrás y gritó: 



70 



E. PARDO BAZÁN 



— Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace se- 
ñas también... iVámonos: al aire, al soto... adonde 
se vea cielol 

Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta 
entre castaños y alfombrada de hojas y secos erizos 
entreabiertos, Minia, arrepentida, pidió excusas y 
bromeó para disipar la impresión que empalidecía 
más las mejillas delgadas de Silvio. 

—Acabo de cometer una tontería. No recordé 
que es usted supersticioso... Procedí impremedita- 
damente al enseñarle la isla de reposo, que dijo 
Espronceda... Me parecía tan estético mirarla sin 
temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella 
rosas como homenaje á las Parcas, á quienes pin- 
tan feas y viejas, pero que deben de ser, en reali- 
dad, unas ninfas seductoras! A rni edad, bueno... 
cabria que uno se impresionase... ¿A la de usted? 
A su edad la marea de la vida sube, sube, y es ca- 
lor en las venas, intrepidez en el corazón. ¡Bah! (Está 
usted entregado á las carcajadas y á los ladridos de 
la Quimeral 

— Le juro á usted— declaró Silvio - que * nunca 
creería que iba a sucederme cosa tal; debe de ha- 
ber pasado por mi algo que no sé explicarme. En 
América he velado á compañeros muertos, he pre- 
senciado escenas realmente trágicas, y me conside- 
ro insensible... y lo soy en mil cuestiones— de una 
insensibilidad de hipnotizado, según la frase de 
un médico amigo mío.— ¡Nunca nos conocemos! 
Lo que usted me enseñó nada tiene de espantoso: 
un arco románico de piedra labrada, parecido á los 
de San Francisco de Brigos... Un hueco vacío... 



LA QUIMERA 



Ti 



¿Será por eso, por vacío, por lo que me espantó? 
Sudo frío aún— añadió enjugándose con la mano 
las sienes. 

—Mi pañuelo.— Y la compositora se le presentó, 
estremecida también. Siguieron andando, pausada» 
mente, metidos en si; un espectáculo atrajo sus mi- 
radas. Más allá del soto, bastante cerca sin embar- 
go, apoyando uno de los extremos del semicírculo 
colosal en las honduras de la cañada que cobija ía 
presa del molino, la zona polícroma del iris ascen- 
día del suelo á lo más alto de la bóveda gris, y 
volvía á descender, diseñando un puente para tita- 
nes.— No llovería más.— Los aéreos colores, verdes, 
anaranjados, violados, de transparente y luminosa 
magnificencia, fueron apagándose con lentitud dul- 
ce; ya casi invisibles á fuerza de delicadeza, se es- 
fumaron al fin completamente, y el paisaje quedó 
como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado 
con la proximidad de la noche otoñal traidora y 
pronta en sobrevenir. 



II 



MADRID 

(Hojas del libro de memorias de 
Silvio Lago.) 

Noviembre. — Después de pasarme ocho días en 
la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin 
encuentro un taller, á precio aceptable, en la de 
Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del 
número de las que Balzac llama chauldes, y aun 
de las que echan lumbre: en mi vida he visto junta 
tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me 
importa lo que me arrullan cuando me retiro de no- 
che: pero ¿y si acuden á retratarse bellas señoras? 
En esta calle no entran coches: las bellas señoras 
tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y 
oyendo sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo 
cosa mejor, dentro de mis posibles. Traía unas dos 
mil pesetas para empezar á vivir—primer plazo del 
importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra 
hasta qué sé yo; — pero he encontrado aquí á Cri- 
velo, el pobre Crivelo, con su mujer, los niños, la 
suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba 
de establecer una litografía... y tuve que arriar sete- 
cientas y pico, porque á no ser de bronce... Tiene 
razón la baronesa de Dumbria, al llamarme el de 



74 



K. PARDO BAZÁN 



la mano horadada. Razón: y sin embargo, me ata- 
ca los nervios al darme consejos de economía; es 
como sí á una adelfa la dijesen: "Maldita, sé gar- 
banzo, que te conviene mucho". 

A propósito de garbanzos: mi comida es una 
desolación, y apenas digiero. Ando á salto de mata, 
hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me des- 
ayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no 
tengo te, no tengo una criada que me ponga á her- 
vir agua— ¡el te, una de las contadas cosas que me 
sientan admirablemente!— Me acuerdo de Alborada 
como los hebreos de las ollas de Egipto. La portera 
sube á barrer, de mala gana, á traerme agua y 
arreglarme la cama en un diván, á tropezones; es- 
tas mujeres son muy astutas: ha visto que mis mue- 
bles se reducen á dos caballetes, una caja de lápi- 
ces y veinte libros; que luzco un gabán raído, que 
no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas 
de cesante. La daré por adelantado dos duros, para 
que comprenda que el hábito no hace al monje. 

Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio 
es el frío. Me trajeron ayer un braserito. ¿Qué pinta 
un braserito en este inmenso taller? Se filtra un aire 
glacial por los paineles de cristales sin maderas ni 
cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubers- 
qui, aumenta la sensación polar. ¡Brrr! Aunque mer- 
me el fondo (vaya un fondo), habrá que comprar 
chubersqui. No: y lo diabólico es que después de la 
chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis de- 
bieran criar su combustible, como el borrego su 
lana. 

He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco 



LA QUIMERA 



75 



(estados que parecen difíciles de asociar). Entré á 
las diez, con ánimo de pasar dos horas, y á las tres 
todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del 
desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mor- 
tadela y queso de Gruyére: primeros momentos de 
estupidez: la digestión penosa del boa. 

Entre los afanes de la picara función fisiológica, 
restos de la fiebre de la mañana, un devaneo sin 
tregua, que va y viene, y vuelve y se enreda en tres 
nombres: Goya, Velázquez, Rubens. 

Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa 
usted de esos tres tiazos? 

En primer lugar, no experimento gran entusias- 
mo, en general, por la pintura antigua. Nos han fas- 
tidiado bastante con la admiración de lo antiguo, 
negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos 
eran otros embusteros, igual que yo. Hasta nuestro 
siglo, y bien adelantado, no se supo lo que era la 
verdad. Y no la tragan, no la tragan los condena- 
dos burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren 
cocida, guisada? Mejor se pinta hoy que se ha pin- 
tado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto del 
Museo destrozado de asombro? 

Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. 
Ese tío no pensaba; lo que hacía era copiar, pin- 
tando de una manera bestial: la pincelada, la santa 
pincelada, el santo natural, el santo dibujo, —y fue- 
ra ideas, que son una peste. 

Velázquez no debió de sentir calenturas. Veláz- 
quez se reiría de nosotros. Sano, equilibrado, corte- 
sano, creyéndose un funcionario y no un genio, no 
buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad 



76 



E. PARDO BAZÁN 



os una tontería. Pintar masque Dios y dejarse de 
originalidades. Si pintásemos, ¿eh? ¡digo pintar!, 
ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta nos hacía discu- 
rrir? La naturaleza no presume de original, ni discu- 
rre; el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es 
naturaleza pura. 

Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un 
soldadote velludo; su Vulcano, algún herrero de la 
Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas? Silvio, ¿te 
contentarías con haber manchado ese chucho? 

¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para 
mí: No, no me contentaba? 

Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia 
de Velázquez, bien; el desate de Goya, mejor. ¿Por 
qué mejor? No lo sé explicar; pero me gustaría te* 
ner un modo mío de sentir el natural, y me gusta- 
rían esas rarezas de sátiras y delirios, el infierno 
y el cielo, el amor, la muerte, la horca, el fanatismo, 
los asnos dómines, las duquesas histéricas y tísicas, 
con colorete, las familias reales retratadas hasta el 
alma, hasta la misma medula de sus huesos, ense- 
ñando la sensualidad de la reina y la inepcia bona- 
chona del rey. Me gustaría haber sido el primero á 
sorprender la luz rubia y acaramelada de las pri- 
maveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, 
dé las épocas de pelo empolvado y sedas tornasol. 
Me gustaría ser el primero que interpretase el colo- 
rido de España. (Goya! Sus cuadros patrióticos, sus 
fusilamientos, telones— telones divinos. ¡Qué arran- 
que! ¡Qué ímpetu! ¡Ese colmillo de jabalí, ese na- 
vajazo feroz de baturro airado! — ¡ah, qué envidia! 

¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pasteli- 



La qüimera 



77 



tos, de mis cochinas cromotipias, y pienso en la 
carne flamenca de Rubens, me daría de cabezadas 
contra la pared. Materia, materia; esplendor de la 
carne: y arrodillarse y adorarlo. 

El realismo de Rubens es más brutal que si nos 
presentase gente pobre y famélica. Sus hombres 
sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus mujeres de 
senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica 
y bien alimentada; y así quisiera yo desnudar y pin- 
tar á la high-life. Afuera tules. La carne, compacta, 
fresca; albérchigos y pavías. Verano de la vida; y 
por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por 
esas venas (¿no es triste que no tenga venas la 
gente que yo retrato?), por esas venas, circulando, el 
hierro y el calor de los siete pecados capitales. 

De todo esto saco en limpio... poca cosa: que 
quisiera ser Velázquez, Goya ó Rubens, ¡un nene! 
¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis far- 
sas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retra- 
tarse en esta calle sospechosa, en este taller des- 
mantelado, sin un trapo antiguo, sin un sitial co- 
quetón, sin alfombra... sin estufa? 

No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos! 

Hoy tirito. La noche cae, y como no he de co- 
mer—no era la digestión del boa, era la indiges- 
tión,-— no salgo; me quedo en mi rincón, me refugio 
en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que 
me sirve de manta de viaje y de cama. Me siento 
mal, muy mal; parece que dentro del estómago ten- 
go una barra de plomo; la cabeza me duele... 
Trataré de dormir. A cerrar los ojos, á no acordarse 
de riada. ¡Qué nuca y qué hombros los de la Hilan- 



E. PARDO SAZÁN 



dera! Lo asombroso de Goya, el misterio de las pu- 
pilas de sus retratos: tienen húmedo radical... Bue- 
no, ahora lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfer- 
maré de veras?... iNo me faltaba más que eso! 

Quebrantado aún (iqué indigestión, señores! ¡Yo 
creo que fué de admiración más que de otra cosa! 
Es bobo y ocioso admirar á los que ya pasaron; 
iarte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuare- 
listas á dibujar. Empiezo á conocer algunos del ofi- 
cio; muchachos como yo, tal vez con las mismas 
esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! 
Les veo que fuman, ríen, hablan de mujeres, — 
piensan con ahinco en algo más que el arte. — Hay 
uno, sin émbargo, rabioso, emberrenchinado como 
yo: se profesa impresionista (¡qué diablura!) y se 
llama Solano. Tiene unos ojos que giran, que miran 
azorados, insensatamente: ojos de raposo cogido en 
la trampa. 

Me han preguntado mis proyectos. No les he con- 
tado palabra de verdad. Me daba vergüenza confe- 
sarles que espero á que las bellas señoras me hagan 
con sus deditos una seña: "Retrátanos... y que sal- 
gamos arrebatadoras, celestiales". ¿Y si, además, 
por encima de todo, ¡humillación doble!, ni aun eso 
encontrase; ni aun le comprasen al charlatán sus 
mentiras, su agua de rosa y su blanquete? 

Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dum- 
bría me escriben que antes de principios de Diciem- 
bre llegan. 

Entretanto, como no debo perder tiempo, y como 
la labor de noche en la Sociedad no me basta y 
quisiera aprovechar algo las mañanas, que me paso 



79 



tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos 
en el aire — me determino á llamar una modelo y 
un modelo. Cuestan, pero no hay cosa mejor para 
formarse la mano y adelantar en estudios útiles— 
una mano, una pierna, la cabeza, el torso. 

Por suerte, en la tienda de marcos, donde me 
surto de lienzos, pinturas, pinceles, un caballete 
mecánico— comprendo que no se darán prisa á pa- 
sar la cuenta. Les he insinuado que los meses de 
Navidad y primeros de año no son á propósito para 
pagos, y en seguida comprendieron: deben de estar 
acostumbrados, por su clientela de artistas, á moro- 
sidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque pa- 
rece que no son nada estas fornituras — tubitos, fras- 
quitos, pinceles, palitroques,— y sólo el caballete 
representa un desembolso de treinta y cinco duros. 
El amigo que me he echado en la Sociedad, un 
chico paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado 
un apego decidido y se dedica á aconsejarme y pro- 
tegerme, al saber mis adquisiciones me dice que 
anduve precipitado; que como la miseria siempre, y 
ahora más, es tan acuciosa entre nuestros compa- 
ñeros, en el Rastro y en las casas de préstamos en- 
contraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. 
No le quise responder: a es que la tienda no me co- 
bra ahora, y lo de lance se pagará al contado". La 
penuria de dinero, á veces, obliga á gastar doble. 

La modelo;... ¡pch! un desnudo regular: de la cin- 
tura abajo, algo de morbidez; los brazos magros, 
los hombros puntiagudos, las manos encanalladas. 
Para estudiarla sinceramente y á trozos no me im- 
porta; pero si alguno quiere meterla en cuadros 



80 



E. PARDO BAZAÑ 



de ninfas ó de damas, icón esas manos, á morir! 

No sería yo quien me consagrase á damas ó á 
ninfas, y eso que desde mi llegada á Madrid me 
parece que siento menos la naturaleza, y la verdad 
áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay 
campo, y la ciudad, ni moderna ni majestuosamen- 
te antigua, no me atrae. Recorro sus calles, sus pa- 
seos—nunca salta la nota que me agradaría tomar. 
Vamos, ya estoy maduro para mi campaña de re- 
tratos. 

El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el 
de la mujer. Es un setentón que sería muy terne en 
sus mocedades, y que en vez de criar grasa se ha 
desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado ai 
sol. Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que 
aquellos clarobscuros y aquellos tonos de Ribera 
eran falsos. No: en la piel del viejo encuentro el 
mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la 
misma sombra calcinada de los ascetas riberescos; 
y su vello y su barba y su pelambrera— á las cua- 
les los artistas le hemos prohibido tocar: es nazare- 
no—son del mismo gris plomo, con toques blanco 
plata y los tonos y reflejos de una armadura. Al es- 
tudiar al viejo, cargo la paleta de colores á la espa- 
ñola; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me 
voy al estilo franco y á las grandes masas. Hasta 
me sugiere asuntos castizos y anticuados; ayer le 
boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la de - 
recha. 



LA QUIMERA 



81 



Final de Noviembre.— ¡Llegan, llegan las deDum- 
bría! Preciso era; porque se me iban acabando el 
resuello y la esperanza, y además, en todo este mes 
no he comido cosa que digiriese; noto el estómago 
tan frío, que — se lo conté ayer al hermano de mi 
amigo Cenizate, que es médico — padezco una apren- 
sión rarísima (él la calificó de alucinación, engen- 
drada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, 
sin interrupción, una glacial corriente de agua. 

Como he adquirido una tetera, me inundo de te 
para digerir las porquerías; estoy muy nervioso, 
sueño dislates, y de día miro mi taller desmantela- 
do, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa— y 
los planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran 
mundo femenino, se me representan como delirios 
de la calentura. 

Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta 
de ayer de mi romántico amigo de Marineda, Flo- 
rencio Goizán, es para desmigajarse de risa. Me ha 
cogido en un día de los de humor más negro, y me 
lo mitigó... Hay párrafos deliciosos. 

"¡Mortal tres veces feliz!"— me escribe. — "De este 
aburridero, este rincón donde no se puede ni soñar 
en ilícitas aventuras— porque detrás de cada vidrie- 
ra hay una vieja atisbando,~-te envidio el jardín 
que ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! 
Desde la altanera flor de lis purpúrea, hasta la ori- 
ginal orquídea modernista, no habrá flor de estufa 
que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro 
oriental. ¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus 
escaleras con el corazón palpitante; llamar á tu 
campanilla con trémula mano enguantada de Sue- 



82 



E. FARDO BAZÁN 



cia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que 
él solo estremece; inundarte el taller de oleadas de 
ideal y de brisas rusas; reclinarse negligentes en el 
sofá Luis XV, mientras tú te hincas de rodillas á 
sus pies sobre un almohadón de terciopelo y em- 
piezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (natu- 
ralmente, es de cajón) el refresco en el velador ára- 
be; allí sus emparedados, sus bombones, y allí su 
vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el 
celoso marido, la dama adoptará pose en el estra- 
do, tú agarrarás tus lápices, el retrato seguirá viento 
en popa, — y aquí no ha pasado nada, caballeros. 

u Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un 
necio orgulloso de sus blasones, con el pretexto tan 
socorrido de los retratos. ¡Porque cuidado que es 
socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. 
Si yo fuese padre, amante, marido, cualquier día 
consiento que tu la retrates y estéis solitos bebién- 
doos á tragos largos la mirada horas enteras. Va- 
mos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es 
epidémica, incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! 
No te pares en barras, no te achiques al tropezarte 
con las rimbombantes genealogías: la mujer es mu- 
jer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el fie- 
cherillo todo lo iguala; los antepasados de coraza ó 
ferreruelo no se alzan de sus tumbas, y tú acuérda- 
te de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales y 
borrar luego con los labios el carmín, á legar á la 
posteridad un nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién 
pudiese estar en tu lugar unos meses siquiera! Des- 
gana encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón, 
desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de 



LA QUIMERA 



£3 



raso, y Compadece á los amigos que se pudren le- 
yendo cartas sin timbre y sin ortografía, no llevan- 
do sus ambiciones más arriba del taller de costura, 
los dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más 
suerte tienes que un ahorcado; es de esperar que 
sepas agotarla, y que en el verano, á la sombra de 
los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos 
refieras episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver 
á las natales costas, y no te arrastra el torbellino del 
gran mundo hacia la isla de Vight ó los arenales 
de Trouville!" 

Así, copiado al pie de la letra. 

iGastan imaginación en Marineda, vaya si la gas- 
tan! lY lo cómico es leer esto en el camaranchón 
que llamo taller, amueblado con una estufa que no 
tira y el caballete mecánico, y visitado sólo — á tan- 
to la hora— por la modelo, la Eladia, que deja caer, 
al desnudarse, un corsé muy usado, color lagarto 
mustio, del cual reniego! 

—¿Chica, no tienes más corsé que éste? 

— No, sorito... 

El tono es tan triste, que arrío dos duros para un 
corsé nuevo y blanco; al otro día sube con el anti- 
guo. Que su madre está enferma, que tuvo que 
comprar una medicina "barbaridá de cara..." ¡Bien, 
adelante! De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y 
me sale regular; la modelo, destacándose sobre la 
luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con un 
movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la 
vuelvo á dar propina: la guita se me va que vuela. 



84 



E. PARDO BAZAN 



Diciembre.— Me he reanimado al ponerme al ha- 
bla con las Dumbrías. Me hicieron cenar allí la no- 
che de la llegada, las provisiones que traían en el 
tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco 
más ó menos, lo que hubiese comido en mi taller- 
fiambres, pastas. — ¿Por qué digerí mejor ya? ¿Es 
que mis nervios mandan en mí tan absolutamente? 

A la siguiente mañana me llamaron por teléfo- 
no—el teléfono del despacho de aguas minerales, 
en el piso bajo de mi casa, — para avisarme que 
vendrían á visitar mi instalación. Han venido, im- 
presionando á la portera, que al cabo ve aquí unas 
señoras; se han reído mucho de ver cuántas cosas 
me faltan. 

— Supongo — dijo Minia — que estará usted encan- 
tado, porque esta escasez es poesía. 

—No tal — grité.— i Ay, los soñadores! ¡Señora, esa 
fantasía de usted! Estoy perramente, y es imposi- 
ble, aunque llegasen á enterarse de mi existencia, 
que ninguna dama ponga los pies en tal desván. 

— Muchísimas gracias, por la parte que nos 
toca... 

— Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me en- 
tienden- 
Horas después llamaron á la puerta y entraron 

dos mozos cargados de trastos. Las Dumbrías, que 
justamente acaban de arreglar un salón-biblioteca 
y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían 
estantes para libros, cortinas, una cama de madera, 
un sofá, algunas sillas. "No nos caben en casa**, de- 
cía el billete. "Vaya usted á comer á las ocho, y no 
espere buen trato, estamos desorganizadas toda- 



LA QUIMERA 



85 



vía... No tenemos más convidado que usted..." In- 
terpreto: puedo ir con esta ropa. De perlas, la ropa. 
Es la misma con que vine de Buenos Aires; la hice 
á principios del verano de allí, que es el invierno 
de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invier- 
no, después de dos veranos empalmados, porque 
en Mayo me vine á España, cualquiera adivina el 
aspecto que ofrece, y lo que abrigará. "Poesía, poe- 
sía...", dirá Minia... "Pulmonía...", digo yo. Y ade- 
más, el único gabán se ha puesto del color indefi- 
nible del corsé de la modelo. Habrá que equipar- 
se.— ¿Habrá...? 

Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á 
la Sociedad, una digestión completamente feliz me 
despeja la cabeza. En fin, el caso es que dentro de 
unos quince días, el tiempo estrictamente indispen- 
sable para "arreglar" algo, darán tres reuniones por 
la tarde, á las cuales yo no asistiré; expondrán el 
retrato de Minia, y malo será— opina la baronesa— 
que no salten encargos. 

— Sea usted, al principio sobre todo, muy transi- 
gente. Cobre poco: en Madrid no se atan los perros 
con longanizas; las necesidades de apariencia de la 
vida son muchas, y los más ricos y empingorota- 
dos miran al microscopio lo que gastan. Préstese 
usted á ir á las casas á trabajar; vale más, ya que 
tiene usted el taller en malas condiciones... 

—Pero la luz... 

—La verdadera luz son los cuartos. Déjese de 
historias. 

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir es- 
caleras como los maestros de piano, esperar en la 



86 



antesala á que me mande pasarla señorita, retratar 
con luces de interior y á la hora que me orde- 
nen... Y lo más vil es temblar, no á esas humilla- 
ciones, sino á que no llegue el caso de sufrirlas; á 
que, al exponerse mi retrato, se encojan de hom- 
bros y pasen á tratar de asuntos de actualidad,— 
riéndose del mamarrachista y de la indiscreta bon- 
dad de las que le protegen. Ahora se me figura que 
infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de 
desaliento, me siento sufrir y rabiar, no por lo que 
temo que va á pasarme, sino (me ocurre muy á me- 
nudo) por cuanto de malo me ha pasado en la 
vida. Lo repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contra- 
riedades difuntas resucitan; ni aun las grandes, no: 
las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi suerte, 
ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, empren- 
der uñ viaje, recluirme en Zais; á pesar del conten- 
to del estómago, mi cerebro se ensombrece, y de 
puro nervioso echo chispas como los gatos. [Mise- 
ria, nulidad de la vida! 



Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de 
pulso. 

Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y 
cuidé de sentar también el pie derecho, ante todo, 
en el portal de Dumbría. 

Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el 
retrato sobre un caballete dorado, y drapeé la tela 
antigua, tul bordado de flores empalidecidas, con 
el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por 



LA QUIMERA 87 



mano de artista, al marco dorado y color madera. 
Me alejé, me acerqué, le corrí, le encontré al fin el 
punto de vista bueno; y al sonar las cinco, me es* 
condf , con huida de gamo al través de los matorra- 
les, en las habitaciones interiores: Minia se ría, afir- 
mando que en Madrid, cuando se avisa para las 
cinco, ni un alma antes de las seis y media. Y así 
fué.— A las siete, apostándome impaciente detrás 
de una cortina, escuché un zumbido de colmena, y 
destacándose de él, palabras sueltas, exclamacio- 
nes. Servían el chocolate, y lo que pude entender 
se refería á tal operación gastronómica. "Qué bue- 
no es este bizcochón..." A las ocho fué acallándose 
el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y las 
señoras de la casa que venían á buscarme, con el 
rostro destellando satisfacción. A mi interrogación 
muda, Minia alzó un dedo. 
— ¿Un encargo? 

—Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae 
trébol de cuatro hojas! La condesa de la Palma. Lo 
mismo fué fijarse en el retrato, que exclamar: "En- 
víeme usted sin tardanza ese prodigio". 

-—¿Ha dicho prodigio? 

—Textualmente. 

—¿Y cómo es esa señora? 

—Como le podía á usted convenir que fuese la 
primer gran señora que pide que la retrate. Moral- 
mente, encantadora; culta, de una cortesía y una 
lealtad en sus amistades, que escasean; con pres- 
tigio, con relaciones sobradas para imponerle á us- 
ted. Físicamente, un tipo para pastelista: rubia, 
blanca, ojos a2ules, facciones menudas, sonrisa de 



88 



E. PARDO BAZÁN 



inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya 
aceptado por esa señora, podemos quitarle á us- 
ted los andadores. Ella le guiará. No se alarme us- 
ted, no alteramos el programa: habrá otros dos cho- 
colates; verán mi retrato cuantos creamos que es 
conveniente para usted que lo vean; pero el paso 
inicial está dado con suerte. 

—Con el pie derecho- -murmuré, acordándome 
de mis precauciones, y sintiéndome tan gozoso que 
me volvía niño. — De pronto, una inquietud. 

—Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la 
condesa? 

— ¡La condesa, ya le he dicho á usted que es 
buena é inteligente!— insistió Minia.— No será ella 
quien se fije en eso; es decir, fijarse sí, no se le es- 
capará; pero se dará cuenta de lo natural del hecho 
y no se burlará ni por asomos. No por ella; por 
conveniencia general, encárguese usted algo. Le 
hace á usted tanta falta como los pinceles. 

iMinia llama algo á un traje completo de socie- 
dad, con abrigo; otro traje de mañana, corbatas, 
camisas, botas, guantes, el demonio! No hay reme- 
dio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre ver- 
gonzante: así no me admitirían. ¡Ah, mi gabán 
verdoso, mi pantalón color nuez, con rodilleras, mí 
sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! 
iYo que aborrezco el frac! 

Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, ne- 
cesito subsistir, y la subsistencia así viene, y entre- 
tanto á adelantar, ú adquirir impecable dibujo; el 
colorido, después.— Se me figura que he conquista- 
do hoy el pan, y he vuelto á casa con el júbilo in- 



LA QUIMERA 



89 



noble de un perro que caza un hueso circundado 
de piltrafas. 



Fin de Diciembre .—Además del retrato de ia 
Palma— que en efecto es como me la ha descrito 
Minia—han salido de los dos chocolates de casa de 
Dumbría otros encargos: una señora quiere el retra- 
to, de cuerpo entero, al óleo, de sus niños; otra, un 
pastel con manos y busto, envuelto en pieles de 
chinchilla. 

¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al 
óleo. En el pastel me desenredo; en el óleo estoy á 
ciegas. Antes de pintar al óleo un retrato, debo ir á 
lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á barrer- 
les el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo 
es la única pintura positiva. Estuve á pique de ne- 
garme en seco. Las quinientas pesetas de cada re- 
trato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dum- 
bría no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, 
quinientas! y con el sastre amenazando... 

En La Epoca, por primera vez, leo mi nombre, 
flanqueado de epítetos lisonjeros. Es una crónica de 
las reuniones de Dumbría; elogian el retrato de la 
compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan 
las tradiciones aristocráticas del pastel, consignan 
que después de la muerte de Madrazo no ha que- 
dado en Madrid un retratista de damas— y pronos- 
tican que ese retratista puedo ser yo. 

íLagarto, lagarto! Otro es mi sueño... 

El Imparcial también me dedica un párrafo. Me 



do 



llama "modesto artista". ¡Modesto! iRayo! Modesto, 
no; (cargue Satanás con la modestia! 

A la siguiente noche, en la Sociedad, mientras 
Cenizate me suelta un fogoso abrazo de felicitación, 
percibo en los demás, y especialmente en los que 
creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa 
malévola, gestos impertinentes. En un grupo se dan 
al codo y ríen; en otro bajan la nariz y se chapuzan 
en el dibujo. Solano, el impresionista, me vuelve la 
espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? 
Ellos lo único que deben envidiar es la gloria; eso 
si que lo envidio yo, con rabiosos transportes y con 
respeto fanático á los gloriosos (si es contradictorio, 
también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un 
pan tan triste? iMiseria, miseria, miseria! 

Además de la envidia, percibo otra cosa todavía 
más mortificante, ¡el desprecio! 

La simpatía de mis compañeros me animaba. 
Hoy parece que me miran por cima del hombro; no 
desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al 
intrigante. 

— No hagas caso — aconsejó Cenizate cuando sa- 
limos juntos. — Tonterías. Uno de esos amanera- 
mientos de taller. El estribillo de que para ser artis- 
ta hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero 
y en chulo, no tratar sino á las modelos. Mejor si 
te llevan en palmas en los salones y te sonríen las 
deidades. 

¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán! 

La Palma — noto que aquí nadie dice la duquesa 
de Alba, sino la Alba, la Osuna, la Laguna,— la 
Palma me acoge con bondad suma, y está muy 



Úí 



contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su 
casa es un palacio, en una calle anticuada y solita- 
ria, donde se ignora el ruido de los tranvías. En 
otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora 
sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida— se- 
gún me dice la misma condesa. Ella ha hablado de 
mí á su círculo, y espera decidir á alguna elegante 
á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré muy 
rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son 
esas y en qué se diferencian de las otras damas; si 
son más bonitas, más ilustres, ó se visten por otro 
estilo; qué tienen de particular para que si se enca- 
prichan le pongan á uno en candelero. La Palma 
sonríe; sus ojos azules chispean picaresca é indul- 
gente jovialidad. 

—Amigo artista— me dice en su correcto y repo- 
sado tono habitual, — no quiero adelantarle á usted 
impresiones de sociedad, porque usted no es de los 
que necesitan que les den la sopa con cuchara de 
bayeta. Me alegraría mucho, por usted, que Lina 
Moros consintiese; es una hermosura... ya verá us- 
ted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la lí- 
nea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas 
profesionales. 

Pedí detalles, rasgos. 

—¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía. 

Quedé deslumhrado. Aunque conozco las triqui- 
ñuelas de los fotógrafos de alto copete, y cómo po- 
nen y cómo hacen... lo propio que yo hago, ¡infeliz 
de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habili- 
dad; sé descontarla. No es mujer, es una hurí. Las 
huríes me figuro yo que se diferencian mueho de 



92 



K. PARDO BA2AN 



los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas solivian- 
tan. La Palma ve el efecto y me embroma. 

— No vaya usted á prendarse; Lina hace es- 
tragos... 

iPrendarme! No tengo confianza bastante para 
explicarle á la condesa mi interioridad en estas ma- 
terias; lo único que se me ocurre es exclamar: 

— La semana que viene espero adecentarme; y 
entonces, ya que es usted tan bondadosa para mí... 

El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el 
traje de diario y el abrigo, lo que me corría más 
prisa. Las corbatas, las camisas, ¡maldición! hay 
que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como 
tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un 
sobrecito billetes, el precio de su retrato. Los óleos 
de los chicos adelantan: van desastrosos... pero, in- 
greso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha con- 
quistado? 

Al retirarme de la Academia me acompaña siem- 
pre Cenizate; charlamos de mis esperanzas, y se 
toma por ellas interés vehemente. Frustrado en 
cuanto artista (se me figura que no irá más allá de 
lo que hace hoy, paisajitos grises, con troncos ro- 
jos, una lamedura de Haes), teniendo lo suficiente 
para vivir, porque es económico, ha concentrado en 
mí la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta 
propia. Un modo de engañarse á sí mismo como 
otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena los sue- 
ños. Ello es que Cenizate se pelea desesperada- 
mente por mí, defiende mis pasteles— que atacan 
sín haberlos visto— y se pasa en mi taller las horas 
muertas forjando planes y enunciando hipótesis. 



LA QÜÍMERR 



"Has de tener que abrir las ventanas para que se 
vayan los perfumes de tanta cliente..." Todo el 
mundo me envuelve en perfumes... y aquí no huele 
sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, 
por la tarde, subió con un recado la portera, y Ce- 
nizate saltó: "La seftá marquesa de Regis, por el 
teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por 
su casa..." ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... 
Buenos oficios de la Palma, ¡de fijo! "¿Lo ves?", re- 
petía Marín. Por la noche, en el café, viéndome en 
un instante de abatimiento, me interrogó: 

— ¿No estás contento, ahora que los peces pican? 

— ¡Contento! Lo estaré así que me vea por el 
mundo adelante, metido en harina de verdadero 
trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra 
con la batahola de los periódicos. Solano es capaz 
de escupirme á la cara... 

Cenízate se encogió de hombros, repitiendo: "¡So- 
lano, Solano!..." en tono de mofa. Entró un chiqui- 
llo, uno de esos golfitos, industriales al menudeo, y 
se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecemos 
fotografías libidinosas. No; eran tablitas proceden- 
tes de cajas de puros, donde una mano febril había 
indicado, á manchas de abigarrados colorines, un 
árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos 
y tiestos, una cabeza de chula con orejeras de cla- 
veles. 

—Dos pesetillas, señoritos... Pintas á la mano, 
firmás... Pá adornar la sala, señoritos... 

Mi amigo me agarró del brazo riendo con malig- 
na satisfacción, señalándome á la "firma", una T 
gótica. 



9i 



E, PARDO BAZÁN 



—¡De Solano!— exclamó. — ¡Qué si, hijo, que las 
conozco á la legua! Se embadurna tres ó cuatro en 
otros tantos minutos todos los días, sin firma, con 
esa T que significa Trigo... y tiene infestados los 
cafés, el Rastro y la calle de Alcalá... lY el tupé de 
torcerte la cara á ti porque retratas marquesas! iEs 
un fantoche! Y no llega: te digo yo que no llega. 
No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: lun 
cursi, un cursi! 

Me puse encarnado y compré sin regatear la me- 
dia docena de tablas al chiquillo. Que viva Solano, 
porque—aunque no lo crea Cenizate— él mendiga 
más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en 
la calle, yo en los palacios. 

Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Re- 
gis. La marquesa, señora á la antigua, madre de fa- 
milia cariñosa, quiere un retrato de la mayor de las 
muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes 
de casarse — la boda está fijada para la primave- 
ra. — Pastel género romanza de Tosti: traje rosa, es- 
cote virginal, bandos Cleo, rostro inclinado á la de- 
recha, sonrisa Cándida. Ventajas: la señorita vendrá 
á mi taller con la miss, y la despabilaré en dos se- 
siones, y podría en una, porque esto es coser y can- 
tar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil. 
Y adivino la escena: reunión de familia admirando 
la "preciosidad", apretón de manos del padre, feli- 
citación y palmada en el hombro del novio, marco 
Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; 
¡Lina Moros consiente! Pero esta semana, imposible; 
dos comidas de Embajada y Legación, acostarse 
tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas 



LA QUIMERA 



95 



en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me 
avisará —Con mi facultad de leer entre líneas, desci- 
fré de corrido: "hacerse valer un poco; no se le abre 
á la gente la puerta asi de golpe". Y experimento 
de antemano hacia la. beldad una prevención hos- 
til, una antipatía nerviosa, complicada de atracción. 
Sus líneas me incitan á estudiarla; su carácter... ¿qué 
sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal 
base, tendría la mitad del camino andado para ena- 
morarse como un pelele. 

Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico des- 
pacho de aguas minerales, que parece una zahúr- 
da, y comunico, después de bregar cinco minutos 
con las telefonistas. 

—¿Oye? 

—Oigo. 

— ¿Sabe que La Epoca ha vuelto á dedicarle un 
buen retazo de Ecos? 

—¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama 
no, no. 

— Es lo mismo para el caso. Un periódico de allá, 
de la región, también habla de usted. 
— ¡Sea por Dios! 

— Hay además para usted dos recados, y con apu- 
ro. Esto va más aprisa de lo que creíamos: viento 
en popa. Dice mi madre que esta noche tenemos... 
Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el 
nombre de platos clásicos en la tierra, y la invitación 
adivinada. 

-Iré, iré, y así me enteraré de los recados. 
Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de 
Ayamonte, el del menorcito de lts niños de Fadri- 



96 



E. PARDO BAZÁN 



que Vélez... Nombres de ruido sonoro, que parece 
que acarrean historia. 

—Como no saben sus señas —advirtió Minia- ~ 
preguntan aquí; en este papelito encontrará usted 
la dirección de ambos clientes, para que con ellos 
se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse 
de oro! Hablan de usted en el foyer del Real y en 
las tertulias. Ayer, en el te de casa de Camargo, en 
dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto. 
Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de 
la novedad, van estando pirradas por conocerle á 
usted. 

— Si ven mi taller, salen pitando. 

Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me 
revolvía en la cama furioso, al observar cómo mis 
actos se acompasan servilmente á la marcha de la 
realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la 
Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos 
al mes para vivir, debiera bastarme y consagrar to- 
das mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí que en mi 
cerebro, excitado por el insomnio, danzan y con- 
tradanzan proyectos inspirados por lo que viene de 
fuera; mejoras en mi instalación, en armonía con 
los gustos y las exigencias de esa multitud que va 
a echárseme encima, y que al proporcionarme re- 
cursos me impone desembolsos. Los recursos por 
ahora son semifantásticos, y lo otro urge. 

Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticua- 
rios. Llevo una lista de lo más apremiante. 

Sofá (Luis XVI ó Imperio). 

Dos sillones (ídem). 

Un tapiz para el suelo. 



LA QUIMERA 



97 



Un mueble que sirva de escritorio. 

Un par de taburetes ó sillas bajas. 

Después de mil regateos, y á plazo de mes y me- 
dio la cuenta (sin garantía alguna: estos anticuarios 
parecen confiadísimos), me decido por dos fraile- 
ros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un cana- 
pé Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero 
de colorido grato, un contador italiano aparatoso 
— falso quizás,— dos ó tres Talaveras recompuestos 
un arcón tallado, basto, que me servirá de carbo- 
nera. Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probable- 
mente me han trufado; entiendo poco de regateo, y 
y Cenizate menos, á pesar de sus alardes de inteli- 
gencia y sus reiterados "con esta gente hay que ser 
muy escamón... Entre gitanos... No te fíes..." El en- 
gaño no me importa; lo malo es que actualmente 
no tengo un real, y sacar de la yema de los dedos 
tantas pesetas se me figura imposible. 

Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á 
quien tengo solícita á fuerza de chorrear propinas, 
las acomoda á mi gusto, arregla, barre. El camaran- 
chón se transforma. Con mis estudios y bocetos, su- 
jetos por tachuelas, alegrando la pared; con la gui- 
tarra y los palillos en panoplia; con los cuatro tras- 
tos antiguos, bien agrupados, formando un rincón 
caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya 
nido de artista. Salgo, me lanzo á la calle del Ca- 
ballero de Gracia y compro una palmera y una ca- 
melia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las 
de Dumbría, que vengan á admirar... 

Minia y su madre, que me inspiran una especie 
de culto, á veces me exasperan: me entran tenta- 

7 



98 E. PARDO BAZÁN 



clones de contestar desagradablemente á lo que me 
dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Ma- 
drid, y no la pude reprimir cuando se resistieron á 
aprobar mis gastos. 

- Sillas, bueno; pero sillas de á diez pesetas— de- 
claró la baronesa. — Así nunca tendrá usted un fon- 
do para un imprevisto. 

—Se ve que no quiere usted ser libre y dominar 
al destino—advirtió Minia.— No me alarmaría este 
mueblaje, si no revelase su adquisición que no tie- 
ne usted paciencia para esperar á ver reunido el 
dinero. Derrochando, se ata usted de manos y pies. 
Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la 
moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen 
suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, 
que va segura y posee el mundo. 

Lo que me irrita es justamente la conformidad de 
estas ideas con las mías; con las mías íntimas, y 
que no practico porque no puedo. No hay cosa que 
nos fastidie, a ratos, como encontrar encarnado en 
otra persona el dictamen secreto de nuestra con- 
ciencia. Ante Minia, me avergonzaré de mis paste- 
íes comerciales, corno de una desnudez deforme. Su 
mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incu- 
rable desencanto, es un espejo donde me veo.,, y 
me odio. 

Esto se formaliza. A mi taller, ya amueblado con 
cierta coquetería, me atrevo á citar á los parroquia- 
nos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El menorcito 
dé Fadrique Vélez es un querubín: me han contado 
que es fruto de amor, no de la coyunda, y en una 
familia contrahecha y esmirriada, forman extraño 



LA QUIMERA 



99 



contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su 
tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo 
azul, cuello de encaje de Irlanda, tirabuzones á lo 
Luis XVII... La madre, que no se aparta de allí 
mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al 
retrato y al modelo. 

La Ayamonte es la primer alta señora que con- 
siente en acudir á mi casa. La propondré sesiones 
cortas y más numerosas; si no, cree el buen públi- 
co que esto se hace como buñuelos... y lo peor es 
que acierta. Además, he de reservarme horas para 
rni dibujo y mis estudios de óleo. 

Una modelo nueva— he despachado á la del cor- 
sé feo; la he estrujado ya hasta el alma... que no 
tiene. Me queda de ella un estudio mediano: A¡us' 
tundo el corsé; — ¿qué más había de quedarme? 

La de ahora no gasta corsé. Gitana— auténtica, — 
y veinte años. Tipo de raza admirable. Pelo azul, 
aceitoso, mordido por peinetas de celuloide imitan- 
do coral; tez de cuero de Córdoba— negra soy, pero 
hermosa, hijas de Jerusalén;— dientes de chacal jo- 
ven; nariz y labios de escultura egipcia; y, como 
está fresca aún, senos parecidos á dos medias na- 
ranjas pequeñas, bruñidas por el sol. 

Cualquier combinación con esta zíngara hace 
asunto. El pañolito de espumilla y el mazo de cla- 
veles tras la oreja; la montera y la chaqueta del to- 
rero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la tela 
de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el to- 
cado de las esfinges, con el cual, su perfil adquiere 
la nobleza délo secular y primitivo, la precisión del 
camafeo; sus ojos se ensombrecen.— ¡Pobre Chu- 



100 



E. PARDO BAZÁN 



rúmbela! (la llamo asi). — Cuando yo fije, en peda- 
zos de lienzo ó de cartón, todos los aspectos de su 
típica figura y los clave en la pared, como el ento- 
mólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy pedi- 
güeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir 
la buenaventura, y de pronosticarme fortunones y 
noticias felices que van á yegá po el correo. 

Enero.— Más recados. El teléfono de Dumbría y 
el de Palma empiezan á activarse para mí. De esta 
semana saldrán diez ó doce encargos por lo menos. 
La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las 
consabidas y esperadas deidades! Se lo agradezco 
tanto, que me propongo esmerarme en su efigie, y 
así se lo digo en términos penetrados de agradeci- 
miento entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, 
cuando me pesa; conozco que acabo de dar base á 
una situación embarazosa. — ¿Embarazosa? ¿Por 
qué? En fin, tonterías... 

La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; 
parece contar de treinta y seis á treinta y siete años. 
¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante. Fijándose 
(como tiene que fijarse el retratista para sorprender 
lo que late en la fisonomía), produce impresión; 
atrae. Es descolorida, y cuando se emociona aun se 
pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo, que ha de- 
bido de ser rubio, ahora es de un castaño muy sua- 
ve, apagado, sin ondulaciones, fino y limpio, reve- 
lando el esmero de la mujer cuidadosa. Viste bien, 
pero la falta chic. (El chic lo adivino yo; tengo ese 
don fatal de inclinarme al chic, y á la vez lo detes- 
to, porque el chic es la mueca de la belleza.) Pero 
lo que me llama la atención de esta mujer, que á 



LA QUIMERA 



101 



primera vista pasa inadvertida, es que encuentro en 
su cara la misma expresión que en la mía, lo cual 
crea una especie de semejanza. 

Nadie notará este paVecido, que no está en el 
dibujo ni aun en el color; yo, sí. Con la imagina- 
ción, la corto el pelo y se lo revuelvo como el mío; 
la aplico un bigotillo rubio, vandikista, sobre el la- 
bio superior; la enjareto una blusa... y se me figura 
un hermano— mayor ó menor ¿quién sabe?— por- 
que las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen, 
cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... 
mientras pongo sobre el papel gris las primeras pla- 
cas de color. 

Si en vez de escribir este libro de memorias ha- 
blase con alguien, miraría lo que dijese, no rae lla- 
maran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me confieso con- 
migo mismo. 

La mujer es un peligro en general; para mí, con 
mis propósitos, sería el abismo. Por fortuna, no pa- 
dezco del mal de querer. Hasta padezco del contra- 
rio. No hay mujer que no me canse á los ocho 
días. Cuando estoy nervioso me irritan; las hartaría 
de puñetazos. ¡Concilien ustedes esto con mi cara 
soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica, 
que tantos timos han dado involuntariamente! Lo 
malo es que no doy el timo sólo con los ojos; lo 
doy, sin querer tampoco, con la voz, con el gesto y 
con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso 
que no es un proceder honrado, y sigo adelante, y 
recargo la suerte... Fatalidad, ya irremediable. No 
lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los 
crueles brazos de la Quimera! 



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E. PARDO BAZÁN 



Cuanto más tierno é insinuante me pongo al ex- 
terior, más crudas se alzan en mi interior las pro- 
testas de mi desdén hacia ese instinto natural que, 
convertido en ideal, tanto disloca á la especie hu- 
mana. ¡Darle á eso trascendencia, existiendo el 
arte! 

Al caso: la Ayamonte, desde las primeras pala- 
bras que hemos cruzado, comprendo que se ha con- 
movido algo por mí. 

¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? 
¡Bah! Trasparente es el vidrio, el agua, los tules- 
Más transparente un alma de hembra. Nunca he 
dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo 
que no me importa, que no me ciego, adivino, adi- 
vino... Hasta he solido prever cómo va á desarro- 
llarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, 
qué bordados llevará la orla. Lo cual me enfría más 
aún. Y miro á la Ayamonte, y siento de antemano 
el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la miro 
— de otra manera que como se mira para retratar, — 
y absorbe en mi mirada qué sé yo cuántos quinta- 
les de ilusión... 

El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; 
más bajo de las rodillas. Discutimos el traje, la 
posición, mientras yo descanso de haber indicado 
ligeramente la cabeza. Convenimos — con efusión de 
temprana complicidad — en que retiataré despacio, 
despacio... La Ayamonte me ruega que no la avise 
ningún miércoles; es el dia que almuerza en casa 
de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún 
viernes, es el día en que saca á paseo á la sobri- 
nita, una criatura de diez y siete años á quien ten- 



LA QUIMERA 



103 



dré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro, raso 
gris, chiné rosa? 

—¡Qué colores para usted! — grito desesperado.— 
¿No tiene usted algo crema... algo marfil? 

—Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mu- 
cho encaje y moños de cinta nacarada. 

—Ese. Y perlas. 

A la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el 
traje. Las perlas las trae ella misma, en su bolsa 
de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto que he 
habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen 
tocador te dé Dios!-— Polvos, horquillas, y sobre 
una mesa de pino, un espejo de siete pesetas... 
Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se 
presenta en el taller, la felicito, y empalidece. 

El conjunto me satisface: los tonos marfileños de 
la piel los suavizan el encaje, y la carlanca, de per- 
las redondas y menudas; el pelo liso es una nota 
intensa y dulce; las manos, admirables, de un di- 
bujo perfecto; y al considerarla atentamente, así en 
conjunto, comprendo el interés de su figura, la ex- 
presión apasionada y soñadora de los ojos y los la- 
bios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía? — Den- 
tro del género, este retrato puede ser más que los 
otros; ¿por qué no intentar que resulte algo delicado 
y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los 
párpados, alejándome, acercándome, reposando y 
conversando. La voz de la Ayamonte es simpática, 
afectuosa, algo velada; la emoción la enronquece 
en seguida; su conversación revela cultura extraor- 
dinaria en mujer, hasta sensibilidad artística; ad- 
vierto que es la suya una organización fina y ner- 



101 



viosa hasta lo sumo.— ¿Se parecerá en esto también 
á mi? 

— ¿Señora, no ha notado usted qué... es ridiculo, 
no se burle... que hay una vaga semejanza entre la 
expresión de su cara y la mía? 

—Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso 
nos asemejemos— contesta con calma triste. 

—¿Tan mala es usted por dentro? 

— Mala... no. Malaventurada. 

Pausa. 

—¿Malaventurada...?— repito mientras empiezo á 
indicar muy en esbozo las tintas amarillentas del 
blando y rico encaje, para entonar mejor después 
el rostro. 

— ...ísima — afirma sonriendo un poco. 

No me resuelvo á insistir, y íá miro, vertiendo 
mis pupilas en las suyas. Se demuda, se estremece. 
Visiblemente se ha estremecido. 

¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para 
mirar el retrato no la paso el brazo por el talle, ó 
más bien la tontería consiste en meterme en la ca- 
misa de once varas del galanteo? 



La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta 
y no vendrá en unos días. Acuden otras señoras, sin 
preocuparse de la calle; no he notado más síntoma 
de aprensión en ellas sino que al apearse del coche 



LA QUIMERA 



105 



(lo he visto por la ventana) se remangan mucho el 
traje y pisan con melindre. 

Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una re- 
gordeta campechana, teñida de caoba; en realidad, 
lo que quiere retratar es su abrigo, de chinchilla y 
armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas 
bonitas al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y 
saco de esa mujer vulgar un pastel de los mejores, 
en el cual hay algo de brío. Me siento de buen 
humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre 
el retrato empezado de la Ayamonte, y me cuenta 
mil chismes. La conoce desde pequeña. 

—Pretenciosa, espiritada, romántica... La ha edu- 
cado del modo más estrafalario su tutor... 

Aquí, tos afectada. 

—¿Tutor? —repito para estirar una lengua que no 
lo ha menester. 

— Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor 
Luz, D. Mariano; el último figurín de la medicina, 
el que nos trae las novedades de Alemania. A mí 
me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría 
usted, ¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una 
amasadora muy borrica, que le pega á uno cada 
cachete... En fin, que el doctor era el ami^o de la 
casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, 
de resultas del cual murió; que apadrinó á la chica; 
que, según dicen, ayudó á salvar la fortuna, algo 
comprometida por las tonterías del Coronel, el... 
papá, que, por fortuna, también se las lió pron- 
to; y lo cierto es que Clarita tiene una posición ex- 
celente. — Sólo que, la educación! Aquella cabeza 
es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió,.. 



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E. PARDO BAZÁN 



Leyó cuanto quiso, estudió extravagancias... pero... 

Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á 
un galápago una mitra. 

—Pero... corrección... y religiosidad... ni pizca! 
Más shocking! 

Cambio de frente, inspirado por la cara que yo 
debía de poner: 

—Y... ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se 
viste como una portera... 



Ya voy teniendo en mi taller, no sólo á los que 
se retratan, sino á algunos curiosos, aficionados, 
inteligentes, ociosos, flanistas, cronistas, clubistas. 
Vienen desperdigados; no tertulian. Desde el primer 
día he establecido rigoristamente que si hay una 
señora retratándose, no se pasa. Los encargos arre- 
cian; he abierto un libro con fechas, plazos, indica- 
ciones. A no ser así, no me entendería. 

Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me 
he puesto de moda en un par de meses, y llevo ca- 
mino de que se me disputen, pues ya comienzan los 
recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los 
gritillos nerviosos, por teléfono, que indican la exas- 
peración del deseo. "¿Qué dice? ¿Que no puede 
hasta dentro de dos semanas? ¡Pero si para enton- 
ces tengo que irme á Sevilla! Ahora, ahora mismo". 
Según creen personas expertas, no deja de contri- 



LA QUIMERA 



107 



buir á este apuro el rumor de que voy á subir los 
los precios. Noto que en Madrid la gente, al abrir 
el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es 
que la vida moderna entra aquí con sus exigencias 
y refinamientos, y no encuentra preparados ni los 
bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se 
ha vegetado entre orgullo é inercia, esperando qui- 
zás estacionarse en el período de la alcarraza y el 
coche de colleras, mientras en Europa se multiplica 
el goce y los automóviles echan demonios; las fortu- 
nas aquí deben, pues, de ser mediocres, y, en gene- 
ral, desproporcionadas con la posición y las ansias 
de confortable. La gente vive de pantalla: palcos, 
coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con 
esto (mis pasteles, verbigracia) es un renglón extra- 
ordinario... Total, que me asaetean á prisas, por si 
subo. Total, que debo subir. 

No por eso espero mejorar mucho mi situación 
económica. He cobrado dos ó tres retratos ya, he 
dado un ten-paciencia á los anticuarios y estoy con 
el agua al cuello. Aún no he podido abonar la fac- 
tura del sastre, que ya me la ha presentado política- 
mente una vez; las cuentas de carbón y plaza, ad- 
ministradas por la portera, hinchan, hinchan; el de 
la tienda de marcos también echa sus indirectas; y 
hay mil imprevistos, y el segundo plazo de la venta 
de mis cuatro terrones aún falta tiempo para que 
llegue á mi poder. Y entretanto mi estudio se ve vi- 
sitado por gente de buen tono; á veces me deslizo 
á ofrecer una taza de te incorrectamente servida, 
cachifollada, entre el revoltijo de los lápices, los bo- 
cetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; 



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me han invitado á algunos saraos; no he ido, tengo 
pocas ganas— y evitaré prodigarme y ser pintor fal- 
dero, al monos en este respecto... — ¡Ah! el mote de 
pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, 
donde cada vez soy más impopular; los bombos de 
Montcamor en La Época me cuestan ver muchas 
caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Ce- 
nizate sé lo que de mí se murmura. Nunca seré 
nada; no tengo de talento ni tanto así; soy un adu- 
lador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, 
porque mi tipo afeminado encapricha á las señoras 
— á las bribonas, es lo literal; — sigo la brillante ca- 
rrera de retratista guapo... etcétera. 

Nadie se acusa con mayor severidad que me acu- 
so yo; pero, al fin y á la postre, cuando me azotan 
así, es cuando me sublevo. ¿Qué hicieron ellos, va- 
mos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara 
una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tan- 
tas obras maestras las Exposiciones? Ellos y yo, por 
ahora, garrapateamos, manchamos, tanteamos... 
Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de 
los retratos fáciles, no continuarían abrasándose, 
como yo, en el ansia devoradora de lo otro... 

Al enterarme de estas chismografías bohemias, 
no pegué ojo en toda la noche; me levanté tempra- 
no, con el estómago revuelto, amarilla la tez; me 
parecía tener calentura; di orden á la portera de 
que despachase á todo el que viniese, diciendo que 
me encuentro algo indispuesto y no puedo recibir 
— á pesar de ser el día en que me pide otra vez se- 
sión la Ayamonte. — Y, dominando un jaquecón 
que me parte las sienes, atiborrándome de te, con 



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el pulso temblón, vuelvo de cara á la pared los re- 
tratos empezados, sin precauciones para no borrar- 
los, y cogiendo un lienzo, armando mi paleta, em- 
piezo á bocetar un cuadro al óleo— Recolección ele 
la patata en la Marina. 

Este cuadro puedo decir que lo tengo en apun- 
tes, en notas tomadas directamente, aldeanas. Al 
volver á verlas, después de tanto tiempo y tan le- 
jos de donde las recogí, ¡qué alegría! — me parecen 
fuertes y sinceras. La vieja que se cubre con el pa- 
raguas de algodón azul; la mozallona que se incli- 
na al suelo marcando sus groseras formas; la otra 
labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y 
curtida ya por el sol y la labor; y sobre todo, el pai- 
saje, un paisaje sin engañifas ni trapacerías; el te- 
rruño bermejo, craso, destripado por el azadón y 
enseñando sus ríñones, las patatas; allá en el fondo, 
el cámaro que limita el predio.— Y los colores chi- 
llones de las ropas, y el verde insolente de la vege- 
tación, y el cielo brumoso —y la augusta verdad. Me 
embriago componiendo, olvido las mezquindades 
ajenas y propias; el cuadro adelanta; me parece que 
lo saco de mis entrañas; lo besaría. 

A las doce, la portera me sube un par de huevos 
estrellados y un chorizo frito. 

—Déjelo usted ahí... 

Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción 
del estómago, una onda de saliva en la boca, me 
avisan de que la bestia pide su ración. Trago los 
huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. 
¡Es que sale bien de veras! A las dos, la velada voz 
de la Ayarnonte en la antesala: 



110 



E. PARDO BAZÁN 



-¿Que está enfermo? 

—No, señora; un poco indispuesto ná más... Se 
ha acostao. 
Y la voz, enronquecida: 

—Si se empeora, avíseme, calle... número... 
Anochecido, volveré á preguntar. 

¡Al diablo! A mi recolección de patatas. Sin mo- 
verme, he pintado desde la siete de la mañana has- 
ta las cuatro de la tarde; y ya no veo, siento vérti- 
go, me duele todo; pero el cuadro está ahí, plantea- 
do, completo, faltando únicamente pormenores de 
ejecución. Me enderezo; las piernas me tiemblan; 
obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi al- 
coba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin 
transición, me quedo dormido con sueño profundí- 
simo, de piedra. 

¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. 
Despierto aturdido, en la obscuridad. Doy luz eléc- 
trica, y miro el reloj. Alboroto á la portera. 

—Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... 
Chuletas, magras, tortilla .. 

—Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á 
preguntar... 

Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. 
Que la lleven mañana temprano. Devoro la cena 
con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y otra 
vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. 
Esto ha sido una orgía nerviosa, y claro, al salir de 
ella, la sedación se impone. 



LA QUIMERA 



111 



Febrero. — ¡Incidente! La Ayamonte acude pun- 
tual al otro día, á las dos y media, á pesar de que 
hace un frío espantoso y cae una ligera nevada. 

— ¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos 
piececitos... Prolongaremos la sesión, porque hoy 
no vendrá, de seguro, nadie más que usted. Las 
demás modelos, con este día, y atravesar á pie la 
calle de Jardines... 

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo 
noto, porque la veo fruncir el ceño; sus pupilas se 
llenan de sombra. Viene envuelta en pieles: jaque i- 
te de nutria, abierta sobre un corpino de raso ne- 
gro; boa muy largo, manguito enorme. 

—¡Por Dios! No se vista hoy, señora— murmuro 
para hacer olvidar mi tontería.— Se agriparía us- 
ted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me permite 
usted que?... 

Avanzo y se las coloco; a mi proximidad la veo 
conmovida, y escucho distintamente, al través del 
raso, el salto impetuoso del corazón. 

—Vamos, ya está... 'Me quiere... — pienso con 
marmórea indiferencia. 

Y, en alto, la sarta de imbecilidades: 

—Descansemos. Hablemos un momento... ¿Ver- 
dad que usted me lo permite? Tiene usted una 
mano divina.— En vez de besarla, me bajo y rozo 
con la boca la frente descolorida, tersa, el lacio 
pelo. 

Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de 
echarse atrás; luego, una sonrisa de resignación, 
aceptando probablemente la fatalidad de que el 
sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno, 



112 



E. PARDO BAZÁN 



monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría 
de las almas. Yo, que por lo mismo que no siento 
hondo soy apremiante, nada trovador, veo la son- 
risa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que 
hay respeto y arrullo: medio sentado, medio incli- 
nado, la rodeo el talle con un brazo, y mi mano 
busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso el 
contacto con la densa piel del animal es lo único 
que me produce grata sensación. Por lo demás, 
empiezo á encontrar que todo esto es ridículo, y 
que lo mejor sería estudiar las manos concienzuda- 
mente. Mientras discurro así, conservando mi dura 
lucidez, la rutina me obliga á murmurar al oído de 
Clara cosas tiernas, los inevitables "¿Verdad que 
tenía que suceder?"— los— ¿A que no te lo figura- 
bas cuando entraste aquí?" La chubersqui, mal arre- 
glada hoy, calienta poco; y el frío que me engarro- 
ta bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á 
acercar la cara á otra cara fría también como el hie- 
lo, y por la cual veo, con asombro, deslizarse des- 
pacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas. 

Con un movimiento de desagrado, compruebo 
en mi interior la extraña impresión de siempre: el 
instintivo desprecio hacia la mujer que se me rinde. 
¿No hay en esto algo de anormal, no es una infe- 
rioridad de mi alma? — ¿O es que me ha embruja- 
do, al nacer, la celosa Quimera? 



LA QUIMERA 



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La Vizcondesa de Ay amonte, al Doctor D. Ma- 
riano Luz Irazo, en Berlín. 

Madrid. 

Padrino mío querido: ¿á quién sino á tí ha de 
volver los ojos la pobre Clara, cuando se ve otra 
vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas mi 
huracán? 

Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. 
Y mira si es triste repetir esta verdad, al punto en 
que el huracán sopla y me lleva en volandas. Los 
condenados por pasión, en el remolino del Infierno 
de Dante, van siquiera dos á dos, eternamente en- 
lazados; á fe que eso sólo convertirá el infierno en 
cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á incalculable 
distancia de quien debiera ser su compañero hasta 
más allá de la vida terrestre! 

Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que 
pones. Ahora te explicas por qué he dejado pasar 
tres ó cuatro semanas conformándote con postales 
lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quie- 
ro más y de otro modo que á un padre— iya lo 
creo! ¡con qué padre se tiene semejante confian- 
za!,— y á pesar de todas tus doctrinas, experimento 
siempre confusión, sobre todo en los comienzos, 
mientras dura la penumbra y la indecisión del ama- 
necer, y me da á un tiempo alegría y pena que te 

8 



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E. PARDO BAZÁN 



enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia 
admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan 
probado. 

¡Cuidado que íe debo favores en este mundo! Dé- 
jame que los recuente: si no es por agradecerlos, 
no: si es por acariciarme el corazón con la memoria 
de que alguien me ha querido de veras y me segui- 
rá queriendo sin cambio ni tibieza posible. — Si la 
desgracia de quedar huérfana tan temprano pu- 
diese compensarse, me la hubiese compensado tu 
abnegación. Al principio dedicaste toda tu ciencia 
—¡mira si es dedicar!— á robustecerme: tuviste que 
pelear como una fiera, mejor dicho, como un héroe, 
con mi delicadísima complexión y mi propensión á 
recoger el contagio ó el germen infeccioso que pa- 
sase. ¿Te acuerdas de mi ataque de angina diftéri- 
ca? ¿Querrás creer que constantemente te veo incli- 
nado sobre mi camita, como eras entonces, con la 
tez morena, las barbazas negras, el pelo revuelto, 
negrísimo también, la frente pequeña, que ya sur- 
caban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu 
frente inteligente, y estás más simpático aún, pa- 
drino! 

En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te ca- 
saste? Nadie me quitará de la cabeza que por me- 
jor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas 
de formarme una sangre rica, unos pulmones an- 
chos, me cultivabas— ¡con qué precauciones de flo- 
ricultor! — el entendimiento. Sin sujetarme á promis- 
cuidades de colegio, enemigo de conventos, me 
educabas en casa, trayéndome aquella governes, la 
célebre y buena Miss Butter (á la cual ni tú ni yo 



LA QUIMERA 



115 



reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo 
para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando 
me daban lección profesores varones, escogidos. Y 
después de las lecciones, tú charlabas conmigo, me 
metías libros en las manos, me los quitabas apenas 
creías que me fatigaba la lectura; me llevabas á ju- 
gar en el Retiro, al concierto. El método lo aborre- 
cíamos. Me decías tú: 

— El estudio es igual que la comida. Si el estó- 
mago no está prepctrado, no apetece, no secreta el 
juguito que lo dispone á la función... se indigesta lo 
que se come. 

En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. 
¡Qué de cosas aprendí, al correr de mi capricho, tan 
diferentes de las que suelen formar "la educación 
de las señoritas!" "Nada de método", repetías. "Tú 
no has de seguir carrera; sólo necesitas conocimien- 
tos varios, útiles, hermosos, para que te sazonen el 
vivir y te afirmen la razón. No me he de meter yo 
en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tie- 
nes mucho pesquis, Clara". Pesquis yo, ¡pobre pa- 
drinito!... 

Y toda esta independencia intelectual que me 
otorgaste, unida á solicitud incansable para facili- 
tarme el aprender; á cuidados exquisitos para crear- 
me "un cuerpo y una cabeza"... ¡la frase es tuya! — 
quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno 
material; te volviste por mí lo que jamás has sido, 
hombre práctico y calculador; defendiste con dien- 
tes y uñas, hecho un curial, la herencia embrolladí- 
sima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á 
flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y 



116 



E. PARDO BAZÁN 



yo no hay nada secreto, Doctor del alma!— Para ir 
colocando á interés los réditos de mi hacienda, con 
tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gas- 
tos de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ocha- 
vo se mermó mi caudal! Por ti me encuentro rica. Y 
mira si estoy convencida de tu ternura, que no me 
pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado 
que en materias de dinero la delicadeza es un gra- 
do de la moral, y el grado superior la supresión de 
la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, 
jtan puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese 
aspecto más. Mientras yo viva, no tengo hacienda: 
la tenemos. Pero no alimento esperanzas de darme 
nunca el gusto de corresponderé en este particular. 
Acuñas mucha moneda con esa sabiduría portento- 
sa; y aunque derroches en suscripciones, libros, apa- 
ratos y viajes á las clínicas, siempre te sobra para 
traerme finezas caras de París. 

Mira: donde he visto más de relieve el alcance 
de tu bondad para mi, no es en ninguna de estas 
cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan singular, 
que sólo de ti para mí puede conferirse, porque na- 
die, ¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpre- 
tarlo con la elevación en que tú lo colocas... ¿Ver- 
dad que ya adivinas? 

Mientras duraron mi niñez y mi primera juven- 
tud, me diste enseñanzas que revestían la sinceri- 
dad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en 
ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste res- 
petar mi pudor, que mi imaginación se conservó 
limpia: más limpia acaso que la de muchachas á 
quienes se pretende rodear de misterios y mentiras 



LA QUIMERA 



117 



ñoñas. Entretenían mi imaginación tantas cosas; me 
distraías tanto, estaba yo tan fuerte y tan alegre!— 
Por experiencia he sabido lo que es la vida blanca. 
Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ra- 
mos de violetas y reseda que me ponías sobre el 
tocador. 

Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa 
del Sardinero. No tenías tú gana ninguna de que 
me casase tan pronto; pero la parentela de mi ma- 
dre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede 
decirse que me llevaron de la mano al ara para 
unirme á mi primo Víctor Ayamonte. Lo del paren- 
tesco era lo que a ti te escocía más; confesabas que 
el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal 
bastante, carácter agradable y franco, vicios ignora- 
dos... "Pero, si tuvieseis hijos, el parentesco puede 
jugarnos una partida serrana..." En fin, con tu espí- 
ritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusis- 
te cerradamente, y yo fui al altar gustosa, lisonjeada 
por el novio simpático y fino, que me envidiaban 
todas;— sin poner más condición sino que tú segui- 
rías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusie- 
ron las necias de las tías; vamos, que armaron una 
gresca y soltaron unas pullas... ¡Brujas más raras! Y 
yo empecé á entusiasmarme con Víctor cuando ex- 
clamó: "Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gober- 
nar en nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freír es- 
párragos. Eso de que la parentela se meta á dispo- 
ner en lo más íntimo, sólo en los dramas se ve... El 
padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelen- 
tes migas con el padrino". 

Recapacitando, yo afirmaría que los dos años es- 



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E. PARDO BAZÁN 



casos que duró mi matrimonio fueron felices. No 
hubo tiempo de que se acusase la profunda, irre- 
ductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y 
yo; no hubo tiempo de que su afición al bullicio y 
su ligereza le apartasen de mí. En treinta meses 
sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro, 
su inagotable buen humor. Me trataba amigable- 
mente; quería llevarme consigo á todas partes. A ti 
te respetaba y te profesaba una deferencia y una fe 
que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpa- 
tía. Su hermana Adolfina, la hoy señora de Mendo- 
za, era para mí una amiga; y sabes que todavía lo 
es: amiga superficial, amiga que no me pesa... Gen- 
tes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. 
Conservo de Víctor el recuerdo que se tiene de una 
visita grata, en que no nos hemos aburrido un mi- 
nuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué 
la única impresión honda que de él he recibido. 
¿Qué tendrá la muerte, padrino, que así lo solem- 
niza y lo engrandece todo? 

La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la 
realidad, pero que no por eso dejó de abrir surco 
en mí; según tu parecer, hasta trastornó mi equili- 
brio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víc- 
tor y yo á pasear en coche; él guiaba. Aquella tar- 
de quiso probar un potro andaluz, ya domado, se- 
gún decía. Tú recelabas que yo asistiese á la prue- 
ba; y Víctor, con su finura y su complacencia de 
costumbre, se adhirió á tu opinión. "No, chiquilla, 
no vienes... Ya sabes que te llevo siempre; hoy, no. 
Padrino acierta en eso como en todo". Hora y me- 
dia después nos traían en parihuelas un cuerpo 



LA QUIMERA 119 



inerte, cubierto del polvo de la carretera. En la fren- 
te, con amoratada huella, se señalaba la herradura 
del caballo... 

Cuando me viste envuelta en crespones, callada 
y abatida, el egoísmo del afecto se despertó en ti. 
"Oye— me decías,— no repruebo la tristeza, si sirve 
de algo; pero, estéril, debemos combatirla como en- 
fermedad; y lo es. ¡A viajar! Te vienes conmigo, 
por Europa..." Viajamos; me enseñaste Italia, Sui- 
za, parte de Alemania... En este memorable viaje 
empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta in- 
fluencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio 
les encontraba el amargor de la quina; poco á poco, 
mi paladar se habituó á ellas, y hasta las saboreó. 

—La casualidad — dijiste —te ha dejado viuda á 
los veintitrés años. Soltera, no me atrevería á ha- 
blarte así hasta los treinta. Viuda, es otra cosa. Lee 
el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus 
acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas 
debierais desear la viudez. 

—Lo que es yo... 

—¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, mas que 
le has amado vivo. El caso es frecuente, y también 
se da el contrario. Tus sentimientos son propios de 
tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo 
que había en él de peligroso para tu porvenir, no 
saldrá á luz. ¡A lo presente! Triste ó contenta, eres 
libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance de la palabra? 
Y no sólo eres libre por la situación legal en que te 
hallas, sino por la posición social; porque la fortuna 
es libertad, y la clase elevada, libertad también si 
se saben aprovechar sus privilegios y hasta sus for- 



120 



E. PARDO BAZÁN 



mulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa esencia 
de la libertad no has de extraerla de esas circuns- 
tancias externas, sino de tu voluntad misma, de tu 
ánimo resuelto á no dejarse encadenar. De poco sir- 
ve poseer las condiciones de la libertad, si no tene- 
mos un alma libre. 

iYa ves que no he olvidado tus palabras! Me de- 
cías esto en Ginebra, en la terraza del hotel, desde 
el cual veíamos la azul extensión del lago. Te ha- 
bían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de 
encender el cigarro, desarrollabas la idea que yo al 
pronto no comprendía. 

—Padrino—exclamé,— ¿eso significa que, para no 
enajenar mi libertad, no debo volver á casarme? Te 
aseguro que si hay algo que esté á mil leguas de 
mi pensamiento- 
Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en 
la garganta las frases! Con decisión de operador, al 
fin fuiste penetrando en los tejidos, cortando y rese- 
cando lo que te parecía que me dañaba. 

—No es eso precisamente; no se trata de una pre- 
caución material para asegurar la libertad; yo qui- 
siera ir más allá y libertarte en lo íntimo de tu con- 
ciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, 
para el hombre, es desde muy temprano escuela de 
libertad, hasta de licencia. Pero tú, ¡pobre mujer! 
dentro de ti misma están tu cadena y tus hierros.— 
No te alarmes. Ahora empieza tu juventud, y es ve- 
rosímil que se despierte en ti el sentimiento amoro- 
so, con toda la intensidad que tu idealismo ha de 
prestarle.,. 
—¡No lo quiera Dios!— exclamé. 



LA QUIMERA 



121 



— Supón que lo quiere...-— contestaste con la voz 
atascada por la faena de encender tu Londres.— 
Cuando eso suceda, niña, es preciso que tengas 
formada la convicción de que tan natural fenómeno 
y... sus consecuencias, ni rebajan tu dignidad, ni 
quitan ni ponen á tu personalidad moral, mientras 
se desarrollen en el terreno propio de tu carácter, 
que es generoso y bellísimo. Tus pasiones, siendo 
como tuyas, en nada te deshonrarán: si las sustraes 
á la malignidad del mundo, procederás con cordu- 
ra, como procede el que se defiende de una fiera 
dañina; pero eso no es lo que importa: es que en tu 
interior no te creas humillada ni culpable porque te 
suceda lo que viene sucediendo á la humanidad 
desde su origen. Contra esa falsa, injusta preocupa- 
ción, quisiera defenderte, pertrecharte... 

—Padrino—dije de muy buena fe,— se me figu- 
ra que no llegará el caso. Contigo, y dueña de mí, 
es como seré dichosa. 

Sacudiste la cabeza, sonreiste. 

—El caso llegará, Y aun es fácil que sea, no ca- 
so, sino casos! 

lAy, padrino! Me pareciste brutal; protesté con 
enojo. Si no lo has olvidado, perdónalo. Me levan- 
té, y dejándote solo en la mesa, rae puse de codos 
en la baranda. Anochecía: algunas luces empeza- 
ban á brillar en las quintas que rodean el lago y lo 
ciñen de verdor con las altas coniferas de sus par- 
ques; la nieve de los picachos, en segundo térmi- 
no, era como reflejo vago, luminoso, que de repen- 
te vino á colorear de rosa y naranja el último rayo 
frío del sol; debajo de mí, casi á plomo, una barca 



122 



E. PARDO BAZÁN 



se deslizaba por el Lemán, acercándose al embar- 
cadero: un barquero remaba, y una pareja de tu- 
ristas (sin duda jóvenes, aunque ya la semiobscu- 
ridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de 
ta embarcación, á popa. Me pareció que iban em- 
belesados en coloquio de amor, y me quité de 
la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, 
de todo. 

En algún tiempo no volviste á tocar la conversa- 
ción peligrosa; seguimos viajando; recorrimos otros 
lagos, otras ciudades... y con habilidad que me ad- 
mira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; 
no desperdiciando ocasión; aprovechando los re- 
cuerdos y las impresiones de historia y de arte, 
humorísticamente unas veces, con gravedad otras, 
fuiste trayéndome al terreno en que deseabas 
situarme, y gastando con la lima de una discu- 
sión serena mis ingenuos radicalismos. Penetraban 
en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me 
hubieses preguntado entonces, respondería con sin- 
ceridad que nos encontrábamos en completo des- 
acuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáti- 
cas para mí. Encontraba placer en repetirte que no 
estábamos conformes, en refutarte (asi lo creía) 
con argumentos de un exaltado romanticismo; y 
mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más 
recóndito de mi pensar, como flechas certeras que 
rasgan la carne y cortan el hueso hasta el tuétano, 
penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus in- 
dignaciones contra la mentira social, los conven- 
cionalismos absurdos y las leyes del embudo, acep- 
tadas dócilmente por sus propias víctimas. Dos ra- 



LA QUIMERA 



Í23 



zones imagino que se aunaron para predisponerme 
á recibir tan amargo evangelio. Una, que me pare- 
cía inadaptable á la realidad, pues yo había deci- 
dido que nunca semejantes doctrinas tendrían para 
mí aplicación práctica, y las escuchaba como el te- 
rrestre, que ni sueña en embarcarse, oye bajo los 
plátanos de un paseo el relato de naufragios que le 
hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo 
de tus enseñanzas venía lo tónico de la idea de 
justicia, que me habituaste desde la niñez á con- 
siderar eje del mundo moral; y á favor de esta 
idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de 
ella deducías. 

Tuviste el acierto de aparentar creer que no me 
habías convencido; y cuando volvimos á Madrid 
renunciaste á tus predicaciones, dejando que lo sem- 
brado germinase poco á poco, al calor de la vida, 
la gran germinatriz. El retiro que me imponía el 
luto se hizo menos severo. No ignoras quién empe- 
zó á sacarme de mis casillas. La propia hermana 
del muerto, Adolíina Mendoza, que me encontraba 
ridicula con mi eterna lana negra y mis paseos por 
la Moncloa y el Pardo: 

— Hija, todo lo que se exagera... Año y medio 
pasado... Ya debías usar seda y pailletés ne- 
gros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi 
modista. 

Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pa- 
reció renacer, al soltar la librea de la muerte. Sin ra- 
zonar la causa, me sentí alegre, dispuesta á sacar 
partido de lo más insignificante, para gozar como 
una chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas dis- 



124 



E. PARDO BAZÁN 



posiciones. ¡Qué admirado estabas tú de verme tan 
disipada! 

—Me gusta que te diviertas, niña... pero el vér- 
tigo de Adolfina no está en tu naturaleza; te can- 
sarás. 

Se realizaron tus presunciones; á fines del invier- 
no, sentí necesidad urgente, física, de calma y so- 
ledad, y nos refugiamos en Toledo, donde pasamos 
aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, re- 
corriendo callejas y revolviendo historias. El fondis- 
ta, al hablar de ti, me decía: "Su papá..." Nos reía- 
mos; saboreábamos el bien de encontrarnos solos, 
libres del visiteo, del mentíreo, de la frivolidad, de 
la nada. Una tarde, sentados en el admirable Mira- 
dero, volviste a la tema antigua. "Revístete de fuer- 
zas, pequeña, porque amaga la crisis... Te acercas 
á los veinticinco años. Experimentas ansia de reco- 
nocerte á ti misma; te vas á reconocer por el senti- 
miento. Este afán de huir de Adolfina y del mundo 
es un mal síntoma..." Te contesté chanceando, y 
nunca supiste que aquella misma noche, al ence- 
rrarme en mi habitación, al abrir, como siempre, la 
ventana, antes de mi aseo nocturno,— vi claro en mi 
arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acaba- 
rá conmigo... 

No revistió el acceso forma penosa; al contrario. 
Fué una exaltación, una embriaguez dulce y vio- 
lenta de mi espíritu, que comunicaba á mi cuerpo 
ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, 
de la tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana 
encuadraba, figurábame yo tener alas para cruzar- 
lo. En estados de ánimo así conciben los hombres 



LA QUIMERA 125 



las empresas reputadas imposibles, los altísimos 
hechos, las sublimes locuras. 

Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, 
y al otro día tú me viste tan descolorida, que resol- 
viste la vuelta á Madrid, donde te reclamaban tus 
tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivi- 
nar por qué!, la noche de Toledo, la revelación de 
mi estado de alma, se me antojó que era devaneo 
de la imaginación; que no respondía á nada real 
La frialdad absoluta con que veía á los galanes de 
sociedad, me tranquilizaba enteramente. Aún no 
había yo observado entonces este rasgo caracterís- 
tico mío: el extremo del indiferentismo... hacia los 
indiferentes. A él debo el respeto con que se me 
trata, á pesar de murmuraciones. Tal vez los galanes 
creen que cuando ellos no nos impresionan, es que 
no somos impresionables. 

iAy, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y 
es hora de llevarla al correo... Se continuará, pa- 
drino; escríbeme, confórtame. Lo necesito más que 
nunca. 

Clara 



El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Viz- 
condesa de Ayamonle, en Madrid. 

Berlín. 

Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de 
quehacer con los estudios y experiencias objeto^de 
mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta, que he 



126 



E. PARDO BAZÁN 



quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo 
que hoy te sucede. No me sorprende tu proceder: 
conozco su origen. Es el pudor, una creación arti- 
ficial y, sin embargo, fuerte como los instintos na- 
turales en el alma femenina. Deseas hablarme de 
lo único que hoy existe para ti, y te da vergüenza, 
y lo retardas con esas excursiones por el pasado. 
¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pe- 
queña; y además, isu terrible profesión le ha dado 
tantas ocasiones de analizar! 

Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicó- 
logos y psicólogas de salón, que pierden el pudor 
las mujeres cuando quieren de veras más de una 
vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por 
el contrario, la susceptibilidad pudorosa se les exa- 
gera. A tu inteligencia no se oculta la razón. 

Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he 
dicho y te lo repito, en un exceso de elevación 
moral unido á una sensibilidad demasiado viva. 
Ojalá—no me llames bruto —fueses una mujer de 
más bajas y materiales inclinaciones. Lo inferior se 
encuentra donde quiera. Lo inaccesible es ese en- 
sueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la 
mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te 
he visto en el suelo, magullada, palpitando, rotas 
las alas, he lamentado que seas ave y no insecto 
ni alimaña. Así, sin más retóricas. 

Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya 
tales anhelos, y tendría tu vida direcciones objeti- 
vas, algo que la llenase y en que gastases tu activi- 
dad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. 
Sentí... como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero 



LA QUIMERA 



127 



dolores, y el trabajo y la ciencia me salvaron. Eres 
mujer: no tienes refugio. 

No necesito aplicar á tu alma los rayos con que 
registramos pulmones, arcas de pechos y cañas de 
huesos en esta sorprenderte clínica. Te he estudia- 
do día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al 
conocerte, te quiere más, con piedad y ternura más 
sagrada. Tus males proceden de que eres superior, 
en la esfera del sentimiento, á las mujeres que te 
rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los 
estímulos de la vanidad ó la impulsión orgánica. 
Tú padeces una idealitis crónica. Este padecimien- 
to no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas organi- 
zaciones. Yo esperé que, pasada la primera ju- 
ventud, pactarías con la realidad en una forma ó en 
otra... ¡En la que te fuese más grata y fácil! Veo que 
no: y ante el hecho, me inclino — pues para ti, la sola 
realidad, es ese mundo que llevas dentro. 

¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño 
que no te diga el recuerdo de tan rudas decepcio- 
nes? Y mira, Clara, decepciones han sido; pero no 
acuses á los que te las causaron: acusa á tu exi- 
gencia de grandeza, de heroísmo sentimental,— pa- 
recida á la del artista, que en cada modelo fantasea- 
se la perfección absoluta de la forma.— Tú eres in- 
teligente; y cuando tu corazón no está interesado, 
sabes observar los defectos y miserias de la gente 
con la agudeza propia de tu sexo. Así que intervie- 
ne la pasión, esta facultad queda abolida. El que 
encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas 
las cualidades y excelencias de tu magnánima con- 
dición, todas las vibraciones exquisitas de tu alma 



128 



E. PARDO BAZÁN 



soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas 
alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad 
más generosa, das por hecho que está bebido el fil- 
tro, y que como Tristán é Iseo, cruzaréis la existen- 
cia sin atender más que á la virtud del conjuro. 
¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hom- 
bres, muñecos de barro, de ese barro que cada hora 
desorganiza — ¡si lo sabrá un médico!, — de ese barro 
concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos 
y mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conser- 
va, la obra del alfarero prehistórico llega á nosotros. 
El barro humano es limo corrompido. No puede 
darle consistencia ni el fuego de la pasión más su- 
blime. 

¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi pre- 
sencia puede servirte de algo, á pesar del compro- 
miso de honor profesional en que estoy metido, á 
pesar de ciertos ensueños—también los tengo yo,— 
lo plantaré todo y me largaré. Aciertas: no tienes 
más que á mí; dispon de mí: me harás dichoso. Y, 
en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás 
persuadida de que deploro y maldigo tu mal; pero 
te estimo, justamente por él. Es lo que yo quería in- 
culcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles tor- 
turas morales, en nuestro viaje por Suiza, y des- 
pués, y siempre... Estímate, estímate mucho: la es- 
timación propia es el tónico más eficaz que conoz- 
co. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su pro- 
sa, y no su edad, tu amantísimo padrino, 



Mariano 



LA QUIMERA 



129 



La Vizcondesa de Ay amonte-, al Doctor D. Maria- 
no Luz Irazo, en Berlín. 

Madrid. 

Padrino querido: Me defines muy bien en la carta 
que acabo de recibir, y, con todo, un alma es selva 
tan obscura, que voy sospechando si hay en la mia 
rincones donde no penetran tus rayos X. El día en 
que en Toledo me asomé a aquella ventana, y sin 
fijar en nadie mi pensamiento sentí la revelación de 
la pasión con todo su poderío, lo que me causó una 
alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir 
tanto, tanto. Descubrí tesoros, que me asustaron, 
pues todo lo inmenso asusta; pero me inundó un 
regocijo como el que experimentan los héroes al 
convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, 
hasta entonces vacío y sin sentido, se dilataron, iri- 
sándose con tintes mágicos. Ya ves, yo á ningún 
hombre quería; después de aquella memorable no- 
che, aún tardé bastante en concretar mis indeter- 
minadas esperanzas; la revelación fué, pues, de mí 
misma, de las profundidades de mi propio corazón. 

Al pronto no me di cuenta exacta de esto, pa- 
drino. Equivocándome, busqué fuera de mí el ma- 
nantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi 
parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su 
nacimiento... Culpa mía fué, seguramente, porque 
mi locura igualó á la del que, poseyendo una perla 



130 E. PARDO BAZÁN 



única» quisiese descubrir la compañera en la primer 
joyería que encontrase. Yo tendré, allá en cual- 
(inier país, mi compañero; mas ni él sabrá de mí, ni 
yo de él El filtro de Tristán é íseo se bebe, pero no 
lo beben dos juntos. Uno solo, padrino» 

Cansado estás de conocer los episodios de mi 
historia. Hemos convenido en ponerles una cruz ne- 
gra, emblema de lo que murió; el caso es que no 
basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: 
la ilusión, la fe, la ternura. No murió lo infinitamen- 
te malo, lo que ha depositado en mí un sedimento 
que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino, si 
te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamien- 
to. Hacía tiempo que te hallabas contento viéndome 
descansar y reponerme de aquel último golpe, el 
más traidor y el más imprevisto. No podrás adivi- 
nar qué género de trabajo lento, insensible, se pro- 
ducía en mí, ni cómo la desesperación desordenada 
de los primeros instantes, que tanto te dió que ha- 
cer como médico, se transformaba en la apatía sor- 
da, en la depresión hondísima, predecesora de las 
grandes crisis. Así calificas tú este fenómeno... y en 
mí, ¿lo has adivinado?... 

Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra 
vez. Es un artista genial, joven, cuyas facultades no 
han podido desenvolverse y afirmarse todavía. La 
necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un 
trabajo que forzosamente ahogará los gérmenes de 
su gran talento. Retrata al pastel, adulando á sus 
modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de 
luchar como corresponde para ganar su puesto al 
sol de la gloria. 



LA QUIMERA 



131 



La prueba, padrino, del cambio que se ha verifi- 
cado en mí, es el propósito que tengo y que sólo 
depende de tu aprobación... Se acabaron las tonte- 
rías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en 
el remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. 
Mejor dicho: lo presiento, lo comprendo, y lo úni- 
co á que aspiro hoy, ya que mi mal es incurable, 
es á que me permitan hacer bien al ser querido. He 
pensado ofrecer á este artista (el hombre más des- 
interesado de la tierra) mí mano. Con ella va la for- 
tuna, el medio de realizar su vocación. Conozco lo 
arriesgado del paso que voy á dar; conozco que 
enajeno mi libertad, y cometo (así te expresarías tú) 
la única locura hasta la fecha milagrosamente evi- 
tada. No puedo menos. Me avasallan con violencia 
dulce dos sentimientos: ansia de purificación y an- 
helo de sacrificio. Es la forma actual de mi apasio- 
namiento; ahora mi fuego arde así. Cierta de no en- 
contrar en los demás la abnegación, la descubro en 
mí, en mis propias entrañas. 

Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque 
me quieres demasiado, con excesivo egoísmo aman- 
te. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios, mi 
sentir; no me protejas contra lo que me ha de ha- 
cer algo menos indigna de esa estimación de mí 
misma, que tanto recomiendas á tu 

Cuira 



132 



E. PARDO BAZÁN 



El Doctor Mariano Luz lrazo, á la Señora Vizcon- 
desa de Ayamonle, en Madrid. 

Berlín 

Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no sal- 
go hoy mismo, porque debo despedirme de mis co- 
legas y de algunas personas que me han dispensa- 
do atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para 
llegar junto á ti. Eres en este momento mi enferma 
de más peligro. 

iCasarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que 
mientras yo preparaba sueros en la clínica, tú adop- 
tabas esa resolución insignificante? ¡Y pensar que 
no se me pasó por las mientes que esto tenía que 
suceder, que el día en que fantaseases hacer un 
bien muy grande á alguien con la entrega de liber- 
tad, hacienda y persona, no serías tú quien se pri- 
vase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso 
el frío del cuchillo a la garganta! 

Allá voy. Lástima no poder ¡r en globo. Voy, no 
á imponerme, sino á cumplir el deber de observar 
y exponerte lo observado. Veremos qué artista ge- 
nial, qué hombre "el más desinteresado del mun- 
do" es ese- Sí que abundan los desinteresados. No 
te enfades conmigo, tirana, si una vez más me vie- 
se precisado a pisarte con suela doble las florecillas 
de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padri- 



LA QUIMERA 



133 



no, que por abrazarte antes manda á paseo sin pro- 
testa sus alquimias endiabladas. Tuyo, 



Mariano 



Marzo. —En el taller de Silvio, á las tres de la 
tarde de un día marzal, de esos de cielo azul agrio 
y frío puntiagudo, acaban de entrar dos damas, 
cuyo saludo seco y altanero, en contestación al ob- 
sequioso del retratista, evidencia cierto espíritu 
agresivo. El origen del mal temple de las señoras 
se descubre por la exclamación de la más alta, la 
marquesa de Camargo: 

- ¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalenta! 

La malicia ya afinada de Silvio interpretó. A las 
señoras bien tratadas por la naturaleza, había él no- 
tado que no las molestaba el trecho de calle equí- 
voca que era preciso cruzar á pie para llegar á la 
casa. Pasaban retadoras ó reservadas, provocando 
ó desdeñando el dicharacho procaz de las mujer- 
zuelas. En cambio, las clientes de incierta edad y 
escasos atractivos llegaban siempre al taller irrita- 
das contra la calle y la subida, enviborado el genio 
por las desvergüenzas oídas al abandonar el coche 
protector. "Habré de mudarme" pensaba Silvio; y 
en alto; 



134 



E. PARDO BAZÁN 



— Busco otro taller, con ascensor... No lo he en- 
contrado por ahora. 

La verdad era que, á pesar de la afluencia de re- 
tratos, andaba todavía alcanzadísimo de moneda, 
sangrado por los sablazos de parásitos y zánganos 
como Crivelo, convencido de su incapacidad para 
la crematística. A fuerza de sermonearle la barone- 
sa de Dumbria, había resuelto hacerla su deposita- 
ria, y la confiaba, al cobrar un retrato, pequeñas su- 
mas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes, 
enfermedades posibles... 

La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lu- 
nar, era la duquesa de Calatrava, ex-belleza del rei- 
nado de Alfonso XII. La obesidad, desbaratando 
las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que 
pudo ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba 
á desfigurarlo espesa capa de blanquete y dos tiz- 
nones que se proponían agrandar los ojos. La Ca- 
margo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por 
el artritismo, bien corsetada, silueta aún elegante y 
juvenil, indignó á Silvio un poco menos. 

- A ésta— calculó,— escogiendo bien la trapería y 
sacando partido del talle... Pero el otro fardo, jen 
cuántas triquiñuelas va á meterme! Tendré que re- 
construirla según seria en 1876... No transigirá con 
menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los 
encantos, como dos medias vejigas de grasa- 
Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó 
al socorrido abrigo de pieles, negligentemente 
echado... 

Mientras hacia para sí estas reflexiones crudas, 
Silvio, defiriendo á una indicación de las dos da- 



135 



mas, enseñaba los retratos comenzados, los volvía 
de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían, 
cuchicheaban burlonamente: 

— ¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo* 
No han engordado poco. Parecen las que venden 
en La Ciudad de Consiantinopla á peseta la sarta. 
¿Las vió usted por vidrio de aumento? 

Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguia exhi- 
biendo sus pasteles. 

— ¡Lina Moros! — exclamó la Camargo. — ¿Ha ve- 
nido por fin? Pues si nos dijo que, á pesar del em- 
peño de la Palma, no vendría; que no la daba la 
gana de estarse aquí las horas muertas aburrién- 
dose. 

Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á am- 
bos lados del primer retrato de Lina otros dos en 
preparación: uno de blanco, vivo contraste con la 
beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que 
moldeaba las airosas formas estatuarias. La Camar- 
go y la Calatrava se miraron, y el comentario fué 
una ligera carcajada. 

— I Garita Ayamonte! — dijeron después, al presen- 
tar Silvio un alto cuadro, casi de cuerpo entero. — 
iQué bien está! La hace usted mucho más guapa, 
y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre 
valió poco, y está atropellada como si tuviese cin- 
cuenta años; pero así y todo hay parecido, además 
de una creación poética. 

Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tra- 
tar con miramiento á las damas, muy influyentes en 
sociedad: la Calatrava, por el altísimo copete; la Ca- 
margo, por el círculo escogido que sabía formar á 



E. PARDO BAZÁN 



su alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se 
encalabrinaban, el demontre. En su interior re- 
solvió: 

— - ¡Si éstas suponen que he de retratarlas!... 

Justamente, un segundo después la Calatrava 
manifestó su deseo. Lo hizo con cierta displicencia, 
segura de dispensar un favor. 

—Vendríamos... La hora se la avisaríamos á us- 
ted por teléfono cada vez... Porque si no, no seria- 
mos nada exactas, ¿verdad, Angustias?— anadió, 
volviéndose á la Camargo. — En esta época del año 
no sé cómo se arregla, que está uno ele un ocupa- 
do... ¡Es terrible! 

— Lo siento en el alma, duquesa — respondió Sil- 
vio expeditivamente. — Ni fijando hora ustedes, ni 
fijándola yo, me sería posible, en mucho tiempo, 
encargarme de su retrato. Yo estoy de un agobia- 
do de encargos, que ustedes no se pueden formar 
idea... 

— ¡Ah!— repuso, mordiéndose el labio y dando al 
codo á su amiga, la Calatrava. Un instante la sor- 
presa las paralizó. Ya se entendían las dos para una 
retirada hábil, que no dejase transparentar despe- 
cho, cuando la puerta del taller dió paso á un ca- 
ballero de buen porte, no atildado, de aventajada 
estatura, de madura edad, de pelo y barba grises, 
casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese 
afable apresuramiento que en Madrid, tierra de gen- 
te expansiva, se tributa á los que han estado ausen- 
tes, al regresar. 

—Doctor, Doctor... ¡Bienvenido! 

—¡Gracias á Dios!— repetía la Camargo— ¡No nos 



LA QUIMERA 



137 



estaba usted haciendo poca falta! Yo no he tenido 
un día bueno mientras usted rodó por esos mun- 
dos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa? 

- Desde luego, marquesa. 

—¿Viene usted á admirar el retrato de la ahi- 
jada...? 

— No á eso sólo— declaró Luz, saludando á Sil- 
vio y presentándose con sencillez á sí mismo.— 
Vengo á que también me retraten á mí: digo, si el 
artista está conforme... 

— ¿Pues no he de estar?— gritó aturdidamente 
Silvio, emocionado.— No sabe usted qué satisfac- 
ción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos? 

—Dé usted las gracias, Doctor— pronunció la in- 
cisiva voz de la Calatrava. — Es una distinción ex- 
traordinaria la que merece usted. Acaba de desahu- 
ciarnos á nosotras porque no tiene hora dispo- 
nible... t 

Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la 
irritación, en la dama, y dijo categóricamente, con 
la franqueza palurda que en ocasiones le subía, 
irresistible, á la boca: 

— El Doctor es persona que trabaja mucho; y» 
respeto su trabajo y le sujeto el mío. Ustedes, en 
cambio, estarán tan desocupadas dentro de un año 
como ahora. 

Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la 
Camargo, saludando para despedirse, soltó en voz 
agridulce: 

— La prueba de que estamos desocupadas Leo- 
nor y yo, es que hemos venido á perder el tiempo. 
Doctor, adiós. No se moleste, Lago... 



E. PARDO BAZÁN 



Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puer- 
ta. En el recodo del pasillo, la Calatrava, desdeñán- 
dose de parecer picada y de guardar un silencio 
que lo demostrase, cuchicheó: 

—Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que 
resta de su familia... 

—No entiendo, duquesa. 

—Es usted muy nuevo en estos círculos— lanzó 
la Camargo, que no quiso guardarse la pulía. 

Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio 
no tuvo la ocurrencia de cerrar, seco porrazo. El 
pintor, no obstante, había comprendido, recordan- 
do insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó 
los hombros, y minutos después buscaba en la fiso- 
nomía, bien delineada é interesante, de Mariano 
Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á 
fuerza de pasión. La conclusión fué ésta: 

— Me gusta más él que ella. Él, con esos mecho- 
ues grises, arremolinados, esa tez morena, esa fren- 
te pequeña y surcada, tan inteligente, tiene una ca- 
beza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de en- 
cajes y rasos. 



138 



Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en 
la serré, á la hora del café. La condesa llamaba con 
discreto siseo á Silvio, y le arrinconaba, cerca de 



LA QUIMERA 



139 



una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de 
tela rameada, de colorido suave. 

— Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... 
Me han contado muchas cosas... ¡Todo se sabe!... 
En primer lugar, ¿qué ha hecho usted á Angustias 
Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las 
tiene? Ahí está una cosa que deploro: las dos nos 
convenían mucho para la campaña; y si van dicien- 
do pestes de usted, y que recibe usted á la gente 
punto menos que á tiros... 

—¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado 
á esas señoras como debía, con respeto; lo único 
que hice fué negarlas turno. Francamente, prefiero 
otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La 
Angustias parece un mango de escoba tiznado de 
almazarrón, y la Leonor un clown acabado de en- 
harinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis. 

Divertida y sin querer confesarlo, la Palma pro- 
testó: 

—¿Y para qué sirve el arte, Ja mañita? Hay que 
congraciarse con cierto círculo; ya sabe usted que 
es reducidísimo, y una sola enemiga nos puede ha- 
cer mucho daño. 

— Con protectoras como usted nada temo. ¡Déje- 
las usted! Asi que desapecieron del taller, me puse 
de buen humor. ¿Se representa usted mis apuros 
ante los huesos de los codos de Angustias Ca- 
margo? Cuando veo á esa Angustias, ¡me entran 
unas ídem! 

Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más 
lejos, á un rincón solitario del gabinete árabe que 
con la serré comunicaba. 



110 



E. PARDO BAZÁN 



— Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada 
me tiene usted- dijo al artista;— no he visto á na- 
die que cayendo aquí de improviso se desenrede y 
conozca las menudencias de sociedad como usted. 
¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de 
elegancias! Pero conmigo no valen disimulos; me 
han informado perfectamente. Lo que ocasionó que 
á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué 
que dijeron algo poco amable de la simpática 
viuda... 

—¿Qué viuda? ~ murmuró Silvio, muy atorte- 
lado. 

—Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Cla- 
rita... No, es aparte; hizo usted bien en defen- 
derla... 

— Pero si ni la atacaron, ni la defendí... 

—¡Es muy buena Clara!—declaró la condesa con 
su seria indulgencia de mujer intachable.— Es bue- 
na, á pesar de la educación desastrosa y sin freno 
recibida de su padrino, que será un sabio profun- 
do, no lo niego, pero en ese particular... 

— ¿Padrino?— recalcó Silvio con afectada inge- 
nuidad, que velaba una curiosidad caprichosa. 

— ¡Cuando digo que ha tomado usted tierra de- 
masiado pronto! ¡Nada se le escapa á usted!— re- 
plicó la Palma. — A un lado maledicencias é histo- 
rias añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha en- 
contrado, por ahora, quien fije definitivamente su 
corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el presenti- 
miento de que sería usted muy dichoso! Además, 
su posición... 

—Pero, ¿de dónde sacan todo eso? — protestó 



LA QUIMERA 



141 



Silvio.— Quisiera yo averiguarlo... iPues es una 
friolera! 

— Amigo artista..... Los impulsos del querer nos 
venden... Acababa usted de negarles turno á An- 
gustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela 
usted y se lo concede inmediato. 

—Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á us- 
ted que se moleste en subir mis escaleras y ver el 
retrato del Doctor ¡He sido tan feliz con ese trabajo! 
Una cabeza viril, seria, algo que he podido retratar 
y no contrahacer... Un estudio de lo real... Es lo 
primero de que, en el pastel, estoy menos descon- 
tento; lo único que expondría sin gran bochorno. 
Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado 
que Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí 
que estoy prendado. Nos hemos entendido. Me ha 
tomado cariño en poco? días. Con él, al fin del 
mundo... — añadió sin desconcertarse bajo la mira- 
da azul, penetrante, de la dama, que, cortando el 
aparte con su maestría de salón, retrocedió lenta- 
mente hacia la serré, á depositar sobre una mesi- 
lla la taza de porcelana blasonada donde aún se 
enfriaba un tercio de café. 

A la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á 
sacar á paseo á su sobrina Micaela Mendoza. Mien- 
tras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos trapos 
de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte 
en un abono á unos jueves de moda-— "real orden 
de Julieta Montoro; hija, no hay remedio, no se 
puede faltar"-— la muchacha se prendía el sombre- 
ro, se calzaba los guantes, pedía el manguito, y un 
cuarto de hora después, en la estrecha berlina de 



tiá fe, PARDO 6AZÁN 

Ciara, al trote del bonito tronco flor de romero, ba- 
jaban inundadas de sol por la Carrera de San Jeró- 
nimo, hacia el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Cla- 
ra hizo paral el coche, saltó á la acera, entró en 
( asa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de 
primavera en pleno invierno, y salió con dos grue- 
sos ramos de violetas y gardenias y un mazo de ro- 
sas rubí y tallos diminutos de combalaria. El coche 
se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y 
acomodó su ramillete en la ranura, ostentándolo. 

—Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy 
guapa, muy sonrosada; te relucen los ojos y has 
comprado doble surtido de flores. Siempre las com- 
pras sólo para mí, diciendo que son propias de mi 
edad- 
Clara rió, excusándose. 

—No, á mí no me engañas—insistió la chiqui- 
lla.— Yo no me las trago como mi madre. Te pasa 
algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es digno 
del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; 
ni con tenazas me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, 
Lope Donado, que te persigue? 

— iQué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flo- 
res son para ti y para Adolfina; tú se las entregarás 
al subir á casa. Ya sabes, Micaelita, que estoy fue- 
ra de juego completamente. Amoríos, A las niñas 
como tú. 

— iQuiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las 
emociones es la tuya; á la mía no hay sino sosera. 
Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que 
entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me ca- 
saré; ellos ya están casados hace rato; la prueba á 



LA QUIMERA 



143 



la vista la tienes. ¿Emociones á mí? Ni las siento ni 
las concibo. Dicen que después aparecen las mal- 
ditas. Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para 
desemocionarse, y vuelta otra vez á la noria, y sube 
el cangilón de abajo, y baja el cangilón de arriba, 
y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y en- 
fermarse de un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; 
¡no hay tío que valga eso! 

—¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás 
alguna aspiración, criatura — pronunció reflexiva la 
Ayamonte. 

— ¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. 
Eso nunca estorba; después, muy bonita casa, jar- 
dín, instalación de verano en Zarauz ó por ahí, 
viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en 
invierno; pero menos jaleo que mamá, menos pin- 
gos, y en cambio, un cocinero; ¡oh, ideal! Soy golo- 
sa... — y pasó su lengua roja y húmeda por los 
labios. 

— ¡Pasión de vejez!— exclamó con extrañeza 
Clara— ¡A los diez y siete no cumplidos!— Y, tran- 
sigiendo, indiferente, añadió: —Al volver iremos á 
Lhardy. 



Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, di- 
rigiéndose á Recoletos, donde ya bullía la gente 
mesocrática, trapitos al sol, paseando ó sentada 



144 



E. PARDO KAZAN 



cara á los coches, curioseando ávidamente un per- 
fil conocido, un abrigo de última. La berlina torció 
hacia el Retiro. Los cascos de los caballos percutían 
con ruido rítmico, pleno, el suelo raso, bien nivela- 
do; el correaje de los ameses crujía de flamante; 
ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impre- 
sión de superioridad, de existencia amplia y lujosa, 
surgía, no sólo del paso raudo de los trenes, sino del 
parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto 
de la vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuer- 
tes, de las canastillas en temprana florescencia, de 
las blancuras de estatua entrevistas sobre el verdor 
del grass. Ni siquiera formaba contraste la aparición 
de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, 
que postulaban familiarmente, llamando á los aris- 
tócratas por su nombre, poniendo cara de risa, 
colocando chistes de teatro y almanaque, porque 
allí, entre los señorones, no vale pordiosear con 
lástimas. Los golfillos, conocedores de su clientela, 
iban limpios, lavados, y deslizaban, entre su pos- 
tulación, al oído de alguna señorita: "Por ay viene 
el sito Andrés, á caballo... Junto al Angel queda- 
ba". A Micaela Mendoza nada tenían que avisarla 
los golfos correveidiles. Era de esas hijas de madre 
bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de 
su salida al mundo envuelve y eclipsa el remolino 
maternal. No se impacientaba Micaelita: sentada 
la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguarda- 
ba la hora... 

A inconmensurable distancia espiritual del cuer- 
po juvenil que rozaba con el suyo, Clara, asomando 

la cabeza por la abierta ventanilla, miraba hac ia la 



LA QUIMERA 



145 



avenida donde pasea la gente de á pie, menos nu- 
merosa, algo más selecta que en Recoletos. Una 
vuelta... pero nada divisó. Experimentó esa sensa- 
ción de vacío y aridez que producen las multitudes 
cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á 
la segunda vuelta, cerca ya del grupo de rebajuelos 
pinabetes, vió Clara algo... Su delicada palidez se 
acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo, 
impetuoso, como jamás lo había experimentado 
cerca del mismo Silvio, activó el curso de su sangre 
y aceleró su respiración, al divisar al artista, al cam- 
biar con él una sonrisa de saludo y una seña im- 
perceptible. 

— ¡Hola! ¡El retratista guapo!— exclamó Micaelita. 
—¿Vas allí, eh? Hay bebedizos en sus pasteles. Di- 
cen que es un modisto delicioso. Mamá empeñada 
en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella 
con su gran caparazón vert amande, de Laferriére... 
¡Y qué bien se arregla ahora! ¡Si va hecho un go- 
moso!... 

Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar 
rosa el marfil de la piel de la Ayamonte; y su voz, 
enronquecida, subía del moderado diapasón habi- 
tual cuando pronunció: 

— Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso 
no está ni medio bien. A tu edad más vale callar 
cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago no es 
un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el 
retrato de mi padrino que está terminando; pero la 
gente no entiende y sale del paso con vulgaridades. 

—Perdona, tiíta — murmuró Micaela, entre confu- 
sa y avispada.— Si sospechase que ibas á molestar- 
lo 



146 



E. PARDO BAZÁN 



te...— Y la sorprendió con un abrazo para conven- 
cerse de que palpitaba toda. 

—Molestarme, no... Es que me da pena que te 
inspires en Angustias Camargo y los bobos de su 
trinca... 

El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de 
una manera forzada. Ni en Lhardy, al mordisquear 
los petits fours, se aflojó la tirantez. Micaela rumia- 
ba el descubrimiento; Clara no podía calmar el her- 
vor de la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya 
en el coche, habiendo dejado á la muchacha á la 
puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó las ma- 
nos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuan- 
do ella le colocase en situación de desplegar las 
hermosas alas de su genio! 

Disipó prontamente esta idea el remolino de las 
otras. La dulce calentura de la esperanza, una vez 
más, abrasó las venas de la Ayamonte. Al rodar de 
la berlina, que se abría disputado paso por las ca- 
lles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, 
cayó én una de esas meditaciones del porvenir que 
jamás supera, ni aun iguala, la realidad. Era un en- 
sueño amoroso que mucho tenía de heroico, en el 
bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y 
paladeaba el sacrificio. "Todo por él... Con él, á las 
Mecas del arte: París, Florencia, Amberes... Los me- 
dios de estudiar, de combatir, de vencer... Su triunfo, 
debido á mi; su gloria, obra mía..." Y el sabor de 
la abnegación era como de miel, y su fragancia 
como de vino puro y añejo, que embarga los sen- 
tidos. 

Al encontrarse el padrino y ella sentados fronte- 



? I¿A QÜINÍERA 



147 



ros, áia mesa del comedor, demasiado amplia para 
dos personas, por cima del centro de mesa de ja- 
cintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, 
y lo encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta rique- 
za espiritual había brillado en aquellas pupilas ra- 
diantes. 

—¡Tal vez ahora sea feliz!— pensó el Doctor.— Y 
en voz alta, deseoso de traer la conversación á te- 
rreno simpático: 

— ¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? 
¡Desde que tiene toda la intensidad de los toques de 
color, me parece tan franco, tmr sincero* Uan yo! 
Obra maestra, niña. 

No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y 
la ojeada, imperiosa y expresiva, penetró en la vo- 
luntad del sabio como un cuchiHo. 

— El talento es innegable—prosiguió éí.— Sólo 
necesita ambiente, y... salud. No es fuerte, no es de- 
masiado robusto nuestro artista... Tengo el deber 
de decírtelo, Clara, antes de que... Noto en él pre- 
disposiciones nada tranquilizadoras. 

Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su 
copa de Saint-Galmier, carminada con Burdeos. Y 
fresca la garganta, en tono resuelto, con ía lentitud 
que da á las palabras gravedad solemne: 

—¡Padrino— articuló,— lo que ilotas en él son ras., 
tros de la miseria, heridas de la batallal ¡Si estás 
conforme y ratificas tu benevolencia, habrá ambien- 
te, y salud, y celebridad y todo! 

—Sea como tú quieres — exclamó él, enviando 
á Clara una sonrisa de indulgencia y bondad in- 
finita. 



148 



E. PARDO BAZÁN 



Sin preocuparse de la presencia del criado que 
senda, correcto é impasible, Clara se levantó de sú- 
bito, y fué A besar la frente y el arranque del pelo 
ya casi blanco, todavía arremolinado con brío ju- 
venil, del Doctor 



A las diez y media de aquella misma noche, el 
taller de Silvio Lago se encontraba plenamente ilu- 
minado por la luna, que se filtraba al través del 
amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comu- 
nicaba con el pasillo se abrió despacio, y un grupo 
de dos figuras estrechamente enlazadas fué á recli- 
narse en el canapé Imperio, sembrado de fofos al- 
mohadones, y donde la claridad del satélite recaía 
con prestigios de teatral decoración. Un momento 
Ja mujer permaneció recostada en el pecho del 
hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgan- 
do de la pared una guitarra que formaba trofeo con 
dos caretas japonesas, y arrimando al canapé una 
silla bajita, empezó á puntear distraídamente una 
jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en 
gracia de lo atractivo del escenario. Los muebles, 
los objetos de arte, el contador, el arcón, adquirían 
en la penumbra suave dignidad y misterio. El so- 
berbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del 
estrado, recibe un rayo de plata en fusión y parece 
moverse y respirar. Y la mujer reclinada sobre los 



LA QUIMERA 



almohadones, sonriente, marmórea, alargando los 
brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que lla- 
ma y atrae, para murmurar al oído la última rega- 
lada confidencia. 

—¿Te aburre mi guitarreo? — preguntó Silvio con 
resignación.— ¿Quieres que te traiga una copa de 
Málaga y unos dulces? 

—No... — respondió Clara.— Quiero que vengas 
aquí, aqui. 

Ojos menos vendados que los de la Ayamonte 
hubiesen observado en el movimiento de aproxima- 
ción de Silvio una violencia nerviosa, rayana en re- 
pugnancia. * ¡Todavía!" La cruda palabra no asomó 
á los labios; se quedó en los recovecos del cerebro, 
donde el pensamiento se desnuda cínicamente. 

Clara pasó el brazo alrededor del cuello del ar- 
tista, atrajo hacia sí la frente y halagó con su mano 
de raso las sienes húmedas. Los dedos de la ena- 
morada entrejugaron con el rizado pelo rubio obs- 
curo, despeinado y revuelto entonces. 

— ¿Quieres que dé luz, nena?-— interrogó el pri- 
sionero, deseoso de evadirse. 

— iNo! Si está divino el taller ahora; y además, 
para lo que vamos á charlar... [prefiero el misterio! 
Súbeme el abrigo... así... 

Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de 
seda acolchada, obscura y modesta por fuera, al in- 
terior forrada de riquísimo brochado azul moder- 
nista. Clara echó sobre los hombros del artista un 
pedazo de la fastuosa envoltura, y al sentir r úe el 
mismo tibio ambiente les rodeaba, se decid i i: 

—Vamos á tratar de cosas formales... Déjame 



150 



E. PARDO BAZÁN 



enterarme... ¿Tienes probabilidades de romper la 
cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á los re- 
tratos y dedicarte á lo serio? 

— ¡Pchl — murmuró Silvio, interesado en la con- 
versación. ¡Hija mía, eso es fantástico!... ¡Por ahora 
al menos... y hasta sabe Dios qué fecha!... héteme 
cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y 
gasto; ¡no sé cómo lo arregla el demonio! Tengo 
un ahorro insignificante en poder de la baronesa 
de Dumbría, que me lo guarda para que no lo de- 
rroche, pero es por si enfermo y muero, no tengan 
que enterrarme de limosna... 

—¡Calla! —gritó Clara, estremecida.— ¡Loco! á ver 
si te pego en la boca para atajarte el disparatar... 
Si yo me alegro, me alegro, de que el remolino de 
los retratos smart no te dé resultado para cumplir 
tus anhelos... ¿No sería, bonito— di --hacerles una 
reverencia de corte á todas las majaderas que vie- 
nen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte años 
perpetuos, y volar adonde la vocación te llama? 
Vi Silvio inclinó la cabeza con desaliento. 

— ¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me en- 
cuentro tan harto ya de producir calcomanías! Per- 
dona; tu famoso retrato, que nunca se acababa por- 
que no queríamos que se acabase! ese... calcoma- 
nía pesetera... ¿Á qué discutirlo? El de tu padrino... 
regular... Le falta... algo le falta, ¿eh? no pienses 
que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño, 
arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un 
día! Bueno: también creo algo aceptable ese estu- 
dio de Lina Moros con el traje ceñido de paño 
prune. Verdad que las líneas de esa mujer son de 



LA QUIMERA 



151 



una perfección desesperante. Nunca las copiaré en 
todo su hechizo. 

Clara se desvió del artista, rápida, involuntaria- 
mente. No era la primera vez que sentía celos bajos 
y degradantes, por lo mismo más torturadores, de la 
beldad profesional con tal insistencia reproducida 
por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogia- 
da por su boca. 

—He dicho una tontería — murmuró él, percibien- 
do el movimiento retráctil de la dama.— Es que 
Lina es para mí como un modelo: la estudio y la 
estudio, pues entre las que cobran no hay formas 
así... No estés triste —continuó apiadado, acercán- 
dose á Clara con cierto infantil mimo.— Eso es arte, 
y yo... artista me conociste y artista seré. 

Ella adquirió entonces un poco de valor. Desea- 
ba sobreponerse á todo egoísmo, elevar, acendrar 
su pasión humana. Suplicante, precipitada, lanzó el 
gran propósito. 

—De ti sólo depende redimirtede esta esclavitud... 

—¿Cómo? 

Un susurro, especie de caricia al oído. 
- Casándonos... 

La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! 
Los ojos, ¡qué humildes, qué imploradores! 

Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no 
había entendido. Al fin... Clara trepidaba de ansie- 
dad... Al fin, se echó á reír jovialmente y se puso 
en pie de un salto. 

— ¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se 
te ha ocurrido? ¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del 
padrino... ó tuyo? 



152 



E. PARDO BA2ÁN 



— ¿Por qué me contestas así?— repuso Clara ir- 
uniéndose á su vez, recobrando energía ante lo que 
tomaba por burla.— ¿Qué motivos tienes? ¿Quieres 
á otra? ¿Me desprecias mucho, porque.,, por lo que 
hay entre nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad. 

—¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo 
mereces, jamás tendré que acusarme. Se les miente 
á las coquetas, á las tunantas... Á las buenas... no. 
Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo 
que te diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo 
casarme, ¿sabes? ¡No sirvo para tal vida: serias la 
mujer más infeliz! 

— ¡No importa! - gritó Clara descubriendo toda 
su sed mortal de sacrificio.— No pienses en mí. Que 
triunfes... y me basta. Soy tu pedestal. Písame... No 
voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla 
queriendo. ¿Te acuerdas del primer día? Ltoraba... 

— ¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!— 
articuló Silvio, algo conmovido, abrazándosela.— 
Hay verdades demasiado descarnadas... Bueno, ¡qué 
remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz 
yo. Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, 
viéndola peinarse, comer, toser— no hay mujer que 
no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me 
juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me 
conoces. Soy muy bárbaro, mucho. Además estoy 
embrujado. Sólo existo para mis sueños... 

— ¡Ay de mí!— sollozó Clara.— ¡Yo también! 

— Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos 
parecemos... en la expresión de la fisonomía! Tu 
sueño es de amor, el mío... de belleza, de gloria; 
el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabó- 



LA QUIMERA 



153 



Iico. Venga del infierno ó del paraíso, le pertenezco! 

— Es que no me querrás— balbuceó Clara. 

— No; de esa manera que tú desearías... no —re- 
pitió ferozmente Silvio.— Perdona; ya convinimos 
en que todo, excepto mentir. No te quiero así, y 
llegaría ¡yo qué sé! |á odiarte! 

Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo 
el golpe. 

—Lo sabía— arrancó con dolor inmenso.— Sólo 
que no quería saberlo... iHaces bien en no enga- 
ñarme! 

—No lo mereces. Si te engañase, seria aún más 
malo de lo que soy. ¡Ah! Soy malo: por éstas*, malo, 
desalmado. Sólo tengo entrañas para mi loco 
deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de 
conseguirlo... mira... á mi propia madre hubiese 
echado al arroyo, como á un perro. ¿Y qué tiene de 
extraño? El sentido moral se suprime ante estas 
ideas fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un 
marido que te preparabas! 

— Escucha, Silvio -imploró Clara con humilde 
mansedumbre. — Expliquémonos sin rodeos. Lo que 
te ofrezco es justamente el único medio que existe 
de que sigas tu vocación. Te estás incapacitando 
para ella. No creas que no entiendo algo de arte. 
Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un 
año; pero á la larga, te amanerarás. Rompe los gri- 
llos. Yo seré feliz si tú eres grande. Necesito un ob- 
jeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura, 
una estepa de soledad. Mi propia vida no me im- 
porta casi. Hacer de ti lo que estás llamado á ser, 
me bastará para recompensa. Si te hastías... viaja- 



154 E. PARDO BAZÁN 



rás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo 
alguno... ¡Te quiero tanto! 

Al exclamar asi, Clara arrastró dulcemente á Sil- 
vio al canapé. Á fuer de legítima apasionada, dolo- 
rida aún por el desamor, siempre fiaba en los ardi- 
des de su corazón, en el contagio de su ternura. El 
artista frunció el ceño y volvió á desceñir los blan- 
cos brazos, que surgían de las holgadas mangas de 
encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie frente 
á Clara, alzó los hombros. 

— Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón 
suprema! Las mujeres, cuando os encapricháis... 
Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más que la 
impresión del momento. Casarnos, y tenerme siem- 
pre contigo. ¡Te lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi 
cuerpo siquiera...! 

Silvio comprendía que se expresaba desvergon- 
zadamente, y no acertaba á remediarlo... Sus ner- 
vios, como siempre, mandaban en él; los sentía 
tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de 
una mujer dispuesta á coartar su libertad bohemia, 
unciéndole á un yugo áureo. w ¡Dinero! * pensaba. 
"¡Todo lo resuelven con dinero!" Y la aspereza, la 
brutalidad, crecían en él; á puñadas se hubiese de- 
tendido. 

—¡Ni mi cuerpo!— repitió.— Es preciso que me co- 
nozcas á fondo, y que me dejes por cosa perdida. 
Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese mismo ca- 
napé, estaba sentada la modelo de pago, una gita- 
na que huele á bravio; y yo... sin acordarme de ti, 
como no me acordaría de otra, aunque fuese la 
misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu 



LA QUIMERA 



ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de 
melancolía sublime... ¡Si supieses! Tengo un primo 
panadero, que es mi retrato. Estoy por escribirle: 
"vente, repartiremos las conquistas..." ¿Qué diría él 
amasando sus roscas? 

Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del ca- 
napé no salía ni protesta ni sollozo. Clara se arre- 
bujaba apresuradamente en el abrigo; largos esca- 
lofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrecho- 
caban. El ruido imperceptible, rítmico, que produ- 
cían, aterró á Silvio al modo que aterra á los me. 
diosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la 
dama, prosternado. 

— Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil mise- 
rable; no hagas caso, desprecíame. Hay horas en 
que no sé lo que digo ni lo que hago. ¡Perdón, 
perdón! 

Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, tem- 
blando, tartamudeó muy quedo: 

- Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. 
¡Qué vergüenza! 

Y añadió con imperio, irguiéndose: 

- Enciende... Voy a vestirme. 

Obedeció el artista. Conocía que era imposible 
destruir el efecto de sus palabras, de su impreme- 
ditada confesión. Hay cosas que una vez dichas... 
Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura 
claridad positiva, se comieron la de ensueño de la 
luna, y la Ayamoníe rompió á andar, volviéndose 
desde el umbral para contemplar por última vez el 
taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente 
de bronces, sobre el cual una Madona gótica, de 



156 É« PAKDO BAZÁN 



madera pintada y estofada, sonreía con celeste in- 
genuidad, disputando una manzana al Infante. Per- 
maneció Clara en el tocador pocos minutos; salió, 
arropada la cabeza en la mantilla negra, oculto el 
cuerpo por la holgada pelliza uniformemente obscu- 
ra. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgaza- 
do súbitamente, y sus ojos, enrojecidos, ardían, 
mientras la boca se consumía, y se afilaba, como en 
las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó ha- 
cia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría 
de caricias arrebatadas aquella mascarilla trágica, 
fría, sepulcral. 

—¡Nunca te quise sino ahora! — repetía, persuadi- 
do de sentir así, en aquel pronto,— nena, nena; me 
hace daño verte tan pálida. ¡La boquita! ¡Quédate! 
¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré... 

Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó 
á andar pasillo adelante, llegó á la puerta, desco- 
rrió el cerrojo, tiró del resbalón... 

—Dame al menos tiempo á coger sombrero y ga- 
bán... ¿Vas á ir sola hasta encontrar coche? 

Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y 
desde él, entre la obscuridad, murmuró sencillamente: 

— Adiós, Silvio. 



Marzo-Abril.— Silvio se levantó de humor endia- 
blado, rabioso contra sí mismo, al día siguiente de 
la ruptura con Clara. Por su gusto no saldría del 
abrigo del lecho; pero justamente, tenia citada á 



LA QUIMERA 



157 



una cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos 
baldosines, renegando de la dura ley. Mientras se 
chapuzaba en la palangana, estremecido, redactaba 
mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamon- 
te. No para reanudar, ni menos para aceptar la pro- 
puesta... Para repetir que la quería como nunca la 
había querido; que se reconocía un miserable, y so- 
licitaba de rodillas absolución. 

—No pondría otra cosa el hombre más prenda- 
do - pensaba media hora después, al lacrar,— y en 
este instante me sale de dentro escribir así...; y si 
ella me contestase "bueno, iré á firmar las paces../, 
soy capaz de volver á ofenderla para que se largue 
pronto. No; ella no es como yo; ella tiene distinto 
carácter; no pone aquí los pies. ¡La he precipitado 
desde tan alto! iBah!— añadió, viendo entrar á la 
portera con el servicio del te.— Así emigrasen todas 
á Cochinchina... No sirven más que para levantar 
jaquecas como la que me está amagando. Se pre- 
para el gran día... Oiga usted— añadió, dirigiéndo- 
se á la comadre.— Vaya usted á la botica por esta 
receta de migranina... ¡No ponga usted cara atonta- 
da! AI Continental, calle de Tetuán, que lleven esta 
carta... Encienda bien la estufa... Pásese por la tien- 
da de marcos, que envíen lo que les encargué... 
¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de 
comida sana, para hoy?... ¿No entiende? 

—Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero 
no alcanzará el tiempo, señorito... Primero que des- 
pacho tanto divino recao... Y la portería abandoná, 
porque á mi esposo hoy le han avisao de la Minis- 
tración pa unos papeles... 



15S 



E . PARDO 1 B AZÁN 



— Bueno; otro día de comer frío...- calculó ener- 
vado el artista. —¡Cómo se multiplican las necesi- 
dades!... Habrá que tomar un criado... 

Respondiendo á sus pensamientos, la portera ad- 
virtió: 

—Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie. 

Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... ti- 
lín: la apremiante campanilla. 

- j A estas horas! -refunfuñó, corriendo á la puer- 
ta.— ¡Ah, eres tú! — murmuró desalentado, al vis- 
lumbrar la castiza jeta de Crivelo tras el emhczo de 
una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía 
más que nunca á un retrato antiguo, cuando subía 
tres dedos de chafado terciopelo carmesí á la altura 
del mostacho. 

— Vienes en mala ocasión -declaró Silvio, atra- 
vesado en la puerta, como obstruyéndola.— Me 
encuentro sin un céntimo, chico; sin un cén- 
timo. 

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose 
con gallardía hidalga. Era un completo tipo espa- 
ñol, entre alabardero y soldado de los tercios inven- 
cibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituido 
por abollado hongo. 

—¿Quién te pide nada?— pronunció en tono de 
herida dignidad.— ¿Ó te desdeñas de que entre á 
informarme de la salud? 

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había 
cosa más contra su genio que humillar á los menes- 
terosos. 

— iQué*disparate! Adelante, hombre. Ven á mi 
cuarto. En el taller no han encendido aún. 



LA QUIMERA 



159 



—Llévame un momento á ver las duquesas y las 
princesas que retratas... 

— ¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja 
esas mentiras?— gruñó Silvio, exasperado otra vez. 

—Anda; como si no supiésemos que aquí tienes 
á lo más cogolludo de la corte. ¿Qué te haces con 
tanta guita como te llueve, hijo? No lo entiendo. 
¡Quién tuviera tus manos! A estas horas era yo ren- 
tista. ¡Y solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué 
dirías si te despertases padre de siete criaturas? 

—Que era un fenómeno muy raro. 

—¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por 
mi casa, Madera, 13, cuarto. Mi suegra, baldada de 
una ciática; mi señora, yendo á la compra y gui- 
sando; ya sabes que ella nació en pañales muy fi- 
nos... Los chiquillos, rabiosos por tragar... 

La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó 
aflicción verdadera. Se conmovía al detallar sus 
ahogos, y no creía faltar á la sinceridad callándose 
que en parte eran fruto de su afición al café, al co- 
peo de coñac y á matar el tiempo en teatruchos, de- 
jando litografía y cuentas al cuidado del depen- 
diente. 

— Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... 
Aquellas paredes se me caen encima. El negocio, 
de remate. No se trabaja, no saltan encargos. Dicen 
que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahor- 
co? Van á vencer los pagarés del material. Mañana 
mismo he de recoger uno. Como no lo recoja con 
pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!— excla- 
mó sin transición, extático ante el retrato de Lina 
Moros, que Silvio acababa de volver para enseñár- 



160 



E. PARDO BAZÁN 



?olo.— ¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á éstas y en- 
cima te pagan! 

Tilirin... La campanilla. Crivelo se precipitó. 

-No te molestes... Yo abro... 

Se encuadró en el marco de la puerta un criado 
de buena casa, rasurado, limpio, serio. 

—De parte de la señora vizcondesa de Ay amon- 
to, aquí está el importe de dos retratos, y deseo en- 
tregárselo al señorito Lago en persona, y que tenga 
la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta. 

El pedigüeño palideció de emoción. 

— ¿Cuánto trae usted?— preguntó balbuciente. 

—Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito 
Lago me hará el favor de recogerlas? 

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le 
asfixiaba la vergüenza. Si Clara hubiese estudiado 
cómo humillarle, no procedería de otro modo. ¡Di- 
nero; doble suma de lo convenido! 

—Diga usted á la señora— pronunció extendien- 
do la diestra para rechazar el sobre— que los retra- 
tos nada valen y que le ruego me permita enviárse- 
los como recuerdo. 

—¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?— saltó Crivelo, 
agarrándole de la manga.— ¡Dos mil pesetas! iQue 
son dos mil pesetas! 

— ¡Al diablo!— Y Silvio dio un empellón al litó- 
grafo, mientras el criado, después de saludar, se re- 
tiraba pausadamente.— ¿Quién te mete en mis asun- 
tos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo 
tiro á la calle lo que me da la gana, y esas pesete- 
ras pesetas lo primero. — ¡Á ver! 

Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la paño- 



LA QUIMERA 



Í61 



sa en actitud gentil de galán de comedia caldero- 
niana, se encaró con el artista. Le conocía bien y 
sabía tocar el registro conveniente. 

—Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te 
has engreído, se te han subido á la cabeza las mar- 
quesas. De poco sirve que sea uno amigo viejo, el 
que pasó contigo tantas crujidas allá en América, 
cuando comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y 
subías al andamio á embadurnar paredes... Tú aho- 
ra eres opulento, yo no tengo de qué... Si esas dos 
mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se 
hartarían los nenes; el pequeñín no se nos moriría, 
porque se nos ha largado el pendón del ama; mi 
señora se compraría calzado y un mantón de abri- 
go; consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. 
Lo que unos desprecian, á otros les daría la vida. 
Así es este mundo amargo... Conque, abur, hijo; 
dispensa- 
Silvio se aplacó, se encogió de hombros. 

—Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pese- 
tas no puedo dártelas! A ver... ¿Con cuánto remedias 
lo más urgente? 

El sablista, palpitante, indicó: 

— Unas mil y cien... Menos de eso... 

—Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á 
esta hora; y ahora lárgate... lárgate, y no pidas nada 
en diez años. 

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos des- 
pués, en la acera de la Puerta del Sol, exclamaba 
loco de alegría, parándose ante una señora morena 
y pasada, que lucía monumental sombrero: 

— ¡Ole las jamonas hermosas! 

U 



162 



E. PARDO BAZÁN 



En aquel mismo punto, itirilirín! hacía irrupción 
en casa del artista el fiel Marín Cenizate. Como la 
inmensa mayoría de los hombres, Cenizate en sus 
actos partía del dato de sus propios sentimientos, 
importándole los ajenos un comino; y siéndole infi- 
nitamente agradable la compañía de Lago, no se 
fijaba en si Lago estaba á la recíproca. Verdad que 
al decirle el artista: "Chico, vete", ningún sentimien- 
to de amor propio lastimado mordía el corazón del 
adictísimo amigo. Desfilaba... y hasta otra. 

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese tras- 
teando para arreglar sus desparramadas cajas de 
colores, Cenizate agitó los brazos ante los retratos 
concluidos de Clara y Mariano Luz. 

—¡Canela fina!— repetía entre dientes, con sofo- 
cación de entusiasmo.— iCanelita en rama, caballe- 
ros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que se limpien loe ojos 
los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora 
con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del 
señor tiene redaños, redaños! A quitarse el som- 
brero... 

—¡Por Dios!— replicó Silvio, revolviendo febril- 
mente en una mesa atestada de papeles, libros y 
cachivaches.— Me duele la cabeza... ¡No me ma- 
rees! 

-^■Los exponemos — insistió Cenizate. — Dentro 
de un par de meses, van á exhibir en el Hipódro- 
mo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú 
este par de documentos y me los revientas. ¡Boca 
abajo todo el mundo! O, escucha: mejor aún: ¿á qué 
aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras cosas 
bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los con- 



LA QUIMERA 



163 



duzco yo ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen gol- 
pe, buen estrépito! 

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, 
echando lumbre de sus ojos, en tal momento fe- 
linos. 

— ¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Es- 
tán cobrados... 

—Solicitando autorización... 

— ¡Necio! ¡Imbécil! -gritó el artista. A pesar de su 
longanimidad, más que el calificativo, el tono dolió 
á Cenizate, que retrocedió algo inmutado. Silvio, de 
repente, se mesó el pelo, gimió. 

—No sé lo que me digo... Si no te empeñas en 
atormentarme, no me hables de esos retratos. No 
te importe por mí. ¿A qué viene tanto afecto? ¿Pien- 
sas que te correspondo? Te engañas. A mi nadie 
debiera quererme. Doy mal pago. Los cariños me 
apestan. Prefiero á los envidiosos que dices tú. ¡Oja- 
lá tuviese verdaderos envidiosos! No me envidian: 
me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la 
tuya de ensalzarme! Y es que no entiendes de arte 
una patata. ¡Te mataría! 

Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se 
acercó á Silvio. 

—Arrechucho tenemos... No se hable más del 
caso. ¿Te hago tila? ¿Te arreglo esa mesa, te pre- 
paro las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El día 
está magnífico. 

—¿Querrás creer— dijo Silvio, cambiando de tono 
con su acostumbrada movilidad, y abriendo y ce- 
rrando á golpes los cajones del contador— que me 
ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con 



164 E. PARDO BAZÁÑ 



el monograma de rubíes, el regalo de la Sarbonet? 
Lo que me indigna es que, sin duda, se la ha lleva- 
do el nial bicho de la gitana. ¡Qué mañitas! 

— La dejas meterse aquí con una libertad... 

— ¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Sa- 
leta? Esa egipcia se encapricha de todo... No ve 
fruslería que los ojos no se la encandilen. Me tiene 
harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y 
vuelve y vuelve... jQué calamidad, un taller de pin- 
tor! Es una vega abierta... 

—Pues bien pagada y bien recompensada está 
Churumbela, hijo, para que venga á quitarte co- 
sas. La semana pasada, sin que te sirviera de mo- 
delo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. 
¡Llevarse la petaca! ¿Te parece que demos un 
parte? 

—No— contestó el artista. 

¡Tilín! La portera, resoplando: 

—Aquí tié usté el remedio... El recibí del Conti- 
nental!.. De la tienda, que están con los marcos; 
que los remitirán cuando acaben. Unas lonchas de 
pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encen- 
deré? 

Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio 
empezaba á sosegarse, cuando ¡tilín, tilintín! — pa- 
sos precipitados, una ráfaga de aire frío de la calle 
y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... 
La gitana en persona. 

Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de 
aparición tan pintoresca. Churumbela, con la palma 
apoyada en el talle, el mantón atado atrás, el pelo 
indómito alisado, con reflejos de empavonada ar- 



LA QUIMERA 



165 



madura, la expresión melosa y capciosa, propia de 
su raza, en el perfilado semblante cetrino y en las 
largas pupilas de sombra; entreabierta la boca ber- 
meja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los sa- 
nos dientes, — no le iba en zaga á ninguna de las 
bohemias seductoras del romanticismo. 

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas 
se fruncieron; mas ya el artista se lanzaba hacia 
ella, porque al verla había sentido ciego impulso 
de cólera, la animosidad que engendra un largo 
hastío— hastío, en este caso, de pintor fatigado de 
reproducir un tema, que se complicaba con náusea 
moral, indefinible; especie de desagravio involun- 
tario á la Ayamonte. 

—¡A ver!— gritó.— ¡Si no quieres que avise á la 
delegación, ya me estás devolviendo ahora mismo 
mi petaca! 

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando 
los ojazos. 

—¿Qué dise, señorito? ¿La petaca? 

—Tú te la has llevado. ¡A devolverla! ¡Perdida, 
tuna! 

—¡Señorito... que yo no he cogió semejante mar- 
desía petaca! ¡Por la gloria e mi madre y por las 
yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene y me 
jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me sa- 
quen er corasón con cuchillos afilaos! ¡Sinco años 
llevo de andar entre pintores; er señorito Marín lo 
dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como 
usté me yama, ha tomao valor de un perriyo que 
no sá suyo! ¡Soy honrá, señorito, más honrá pué 
ser que muchas seflorasas que usté pinta!— Y el mi- 



166 



E. PARDO BAZÁN 



rar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los 
retratos. 

~ iO te callas, ó...!— rugió Silvio, avanzando con 
los puños cerrados y los dientes prietos. Se interpu- 
so, asustado, Cenizate; retrocedió la egipcia, y des- 
de la puerta, con respingo de sierpe pisada, se vol- 
vió para vociferar: 

—¡Soy honra por sima e la luna! ¡Negro día aqué 
en que te conosí, para que me quitases er sentío! 
Eso é lo que tú me has robao, y no yo a ti la susia 
petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti 
y á eya, y á mí por sé una probé esgraciá, que no 
viste sea ni carsa guantes! Er pago que me das, 
meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen 
te perdonen, esaborío, que mas sortao güeña pu- 
nalá! 

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela 
huyó á tropezones, batió la puerta exterior, hacien- 
do retemblar las paredes de la casa. Desde la esca- 
lera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba son- 
riendo á Silvio. 

—¿Conque ésta?... 

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén. 

— Pues chico, hasta la fecha no se sabia... Solano 
y varios la han apretado bastante, y ella, nada. Mo- 
delo, corriente; otra cosa, no señor. 

— ¡Bah!— murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia 
sucedía la postración.— Ello es que mi petaca... ¿En 
qué casa de empeños ó cueva de ladrones parará? 
Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando! 

Media hora después Silvio despachaba su fiam- 
bre é incpnfortable almuerzo, y bebía precipitada- 



LA QUIMERA 



167 



mente otra taza de te. ¡Tilirirín! La govemess de 
casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Sil- 
vio, con el estómago helado, a pesar de la infusión 
caliente, corrió al taller, retiró del caballete á la 
Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y ya de- 
licioso esbozo de una cabecita morena bajo una 
lluvia de bucles negros—la niña Celi. Roberto, el 
varoncito, protestó. La govemess le echó una pelu- 
ca sobre el tema de la galantería. 
— Las damas, primero. 

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de 
Celi, Robertito se dió á curiosear la mesa, atestada 
de revistas ilustradas, de libros con grabados, re- 
vueltos con bujerías y cachivaches tentadores. 

— Pray you, Robert...— refunfuñó la miss, vol- 
viéndose;— y como Silvio, maquinalmente, se vol- 
viere también, vió algo que le dejó un instante 
hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, 
la petaca oxidada, donde brillaba el monograma de 
rubíes, y avanzaba á entregársela á su legítimo 
dueño! 

—Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede 
estropiar... 

Para una caricatura, la expresión de la inglesa 
viendo que Silvio se echaba á Ja cabeza ambas ma- 
nos, en desesperado ademán, al mismo tiempo que 
exclamaba, guardándose la petaca: 

— Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... 
Diga al conde que, si gusta, envíe mañana los 
chicos... 

—¿Se siente malo? 

—Sí» algo indispuesto, 



168 



E. PARDO BAZÁN 



Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus 
alumnos, Silvio corrió al dormitorio, recogió abrigo 
y sombrero, lastró el bolsillo con un puñado de du- 
ros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las 
escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á 
tomar un coche de punto en el puesto de la Red de 
San Luis, dando al cochero las señas de una calle 
mísera, en barrio extraviado y pobre. 



Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, 
que á solas descifraba un nocturno de Saint Saens 
en un armonio chico y cansado, se encontró sor- 
prendida con la visita de Silvio. 

—¿Por qué no ha venido á cenar? — preguntó la 
compositora. 

—Porque tenía el estómago revuelto y estoy á 
magnesia, á migranina, á drogas. ¡Ay! — exclamó im- 
paciente, sentándose sin ceremonia en el sofá.— 
¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el 
fondo carmesí del damasco! Y ¿por qUé se pone 
usted esta bata á rayas violeta? La sienta como un 
tiro. 

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia 
una ojeada al florero y á su deshabillé de seda lis- 
tada, holgado y sin pretensiones. 

—Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, car- 
mesí, violeta! Pero si usted no estuviese tan deses- 



LA QUIMERA 



169 



perado hoy, no le sobresaltarían semejantes menu- 
dencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi 
teoría: todos se confiesan; sólo que usted, equivo- 
cándose, ha escogido confesor lego... ¿Cierro ta 
puerta? Así... Bien- 
Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin 
estalló la bomba. 
—¿Está en casa la baronesa? 
—No; en el teatro. 
—¿Volverá pronto? 

—La última de Lara se acaba cerca de la una. 

— Aguardaré hasta entonces... Necesito verla in- 
mediatamente. 

—Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad? 

—¡Cómo me conoce usted!— suspiró Silvio, to- 
mando la diestra de su interlocuíora y estrujándola 
con angustia de náufrago. 

— ¡Sus manos están hechas carámbanos! Acér- 
quese á la estufa... Mi madre le soltará á usted una 
filípica tremenda, merecida; pero le entregará al 
punto lo que le haga falta.™ Tranquilícese. Salga 
ese embuchado... 

— ¡Embuchado! Los embuchados y las contrarie- 
dades importan un bledo, señora, cuando aquí den- 
tro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay serenidad» 
hay esa flema de usted... 

—¡Mi flema! — repitió Minia, hablándose á sí 
propia. 

— Hoy fué un día desastroso para mí, un día ne- 
gro; para otro, quizá fuese un día^como los demás. 
Á mí, esta tarde, volviendo de mi excursión a las 
Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías, 



170 



E. PARDO BAZÁN 



hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas 
humoradas que leemos en la prensa, y que entran- 
do por la boca se alojan en la masa encefálica. ¿No 
le parece á usted que esto es grave? 

—Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nervio- 
sos, lesiones ya profundas! Es propia de degenera- 
dos superiores, como usted. Sin embargo, á pesar 
de la relación que existe entre la sensibilidad pecu- 
liar de usted y tal impulso, las circunstancias... 

—¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera 
se larga á recados, y me quedo abriendo: lo más 
aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno de mis 
jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demo- 
nio la enreda de suerte que no puedo negarle un 
préstamo de 1.000 pesetas... 

—¡Incorregible! — gritó Minia, condolida de la 
hemorragia provocada por el certero tajo de sable. 

— Bien, suprima los regaños: con la baronesa 
basta... En seguida echo de menos la petaca de 
plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que me 
la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le 
hace á usted, la Churumbela; se aparece en aquel 
momento llovida del cielo, y la harto de imprope- 
rios; me pongo hecho una hiena; la pego casi... 

— ¡Pobrecilla! ¿Y no era ella? 

— Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empe- 
zando! Para desengrasar, Marín Cenizate (el adicto 
que me abruma con todo el peso de su adhesión) 
se empeña en exponer dos de mis retratos en el 
Salón Amaré, para dejar bizcos á mis envidiosos, 
Así dijo el muy simple: á mis envidiosos* 

—¿No los tiene usted? 



LA QUIMERA 



171 



—No. En el verdadero sentido de esa palabra, 
no. iY usted no lo ignora! Sigo la relación. Vienen 
los chiquillos de Torquemada, y el Robertito re- 
vuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? 
(La petaca, la petaca! 

—¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de 
sospechar de los pobres. Toda nuestra relación con 
ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña! No sé 
cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, 
porque si al cabo les hemos de tener por ladrones... 

— Cierto. Yo menos que nadie, pues fui tan po- 
bre, debía... En último caso, ese modo de insultar 
porque nos quiten un dije inútil, esa indignación 
ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró 
tal fatiga, que á las Yeserías me fui, y en la zahúr- 
da de la gitana casi me arrodillé para que me ab- 
solviese. 

—¿Y absolvió? 

—Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me 
tiró á la cara el dinero que la llevé. Y debe de ha- 
cerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto churumbel color de 
aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo 
con haber reconocido mi yerro. "Pégame" la dije. 
U A no matarte, desalmao, no te toco"... fué la con- 
testación; y allí se quedó llorando. 

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo su- 
bían acordes, trozos de música, amortiguados pol- 
la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La com- 
positora, mirándole fijamente, articuló por fin: 

— Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado? 

—Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo 
fuese, ya se acabó! ¡Ñac, ñac! Trueno... 



172 



E. PARDO BAZÁN 



Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles. 
Minia, repentinamente grave, prorrumpió: 
—Culpa de usted, de fijo. 

— Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiada- 
do, tremendo... 

— ¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal! 

— Y no se equivoca usted— declaró Silvio con 
calor. — Por eso me odio. Debí producirme de otra 
manera. Eso, eso es !o que me puso los nervios 
locos. 

— Si es sólo una riña... se arreglará— murmuró la 
compositora. 

— ¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me 
felicito. Lo que me escuece son las formas que em- 
pleé. No procede así un hombre. Y es que á cada 
hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto 
me las apostaría con los de la Tabla Redonda, como 
me sería indiferente hacer méritos para ir á pre- 
sidio. 

— ¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha 
ocurrido— repuso Minia, curiosa de lo sentimental, 
como todas las mujeres. 

—Atención... Ka ocurrido... ¡el diablo son ustedes! 
— que quería... quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal? 

De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, 
proverbial, la repugnancia de Clara Ayamonte á las 
segundas nupcias, y de esto, como de otras cosas, 
se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disol- 
vente. 

— ¡Casarse con usted! — repitió. —¿Es de veras? 
—Y tan de veras. Para darme medios de seguir 
mi vocación: para que no haya más cromitos, 



LA QUIMERA 



173 



La confidente, con vivacidad, pegó una palmada 
en el borde del sofá, y exclamó: 

—¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! 
Ese conato generoso, óigalo bien, no lo tendrá nin- 
guna de las que usted ha de engatusar todavía, á 
pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi 
opinión) sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la mal- 
trató por tal ocurrencia? Pues, sencillamente, le re- 
solvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo primero que 
hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y 
trazarnos la vía. 

— Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir 
pisando brasas...! 

— ¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño 
muerto? Aspirar no es querer. Fíjese: vino usted 
aquí con el pío de que tres ó cuatro retratos al mes 
le diesen para subsistir mientras ahondaba en la- 
bor más seria. Por un golpe de varilla mágica, en 
vez de tres ó cuatro, son treinta, cuarenta, cien en- 
cargos los que, apremiantes, le caen encima. ¡Y qué 
clientela! La crema, la espuma, el éter de la socie- 
dad. Se susurra que ya fermenta el encargo de Pa- 
lacio... Muy bien. ¿De qué le sirve para la aspira- 
ción tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni un azado- 
nazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de 
guerra? De su ensueño se halla usted á mayor dis- 
tancia que el día en que, con ropa raída de verano, 
en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á 
usted condiciones vulgares, y acaso reúne faculta- 
des extraordinarias. Ni sabe ahorrar, ni reservarse, 
ni metodizar el trabajo. No será usted snob, no 
adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y 



174 



E. PARDO BAZÁN 



será vencido. Está usted cogido en un engranaje 
enteramente incompatible con las altas inquietu- 
des que me descubrió en Alborada... Y viene una 
mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa ha- 
cienda, distinguida, intelectual, sensible, a acercarle 
al ideal, suprimiéndole toda preocupación del orden 
práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés. 

El artista, preocupado, se mordía el rubio bi- 
gote. 

—¡Y mi libertad!— clamó. — iSeñora, usted es muy 
ilusa! Clara, probablemente, lo que buscaba era im- 
pedir que yo retrate á otras; en una palabra, hacer- 
me suyo... comprarme. 

—Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... Vaya unas 
deducciones bonitas! ¿De dónde saca tales supues- 
tos?— replicó Minia, indignada.— Clara es incapaz 
de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como 
quieran, y sin que yo la canonice, su carácter y su 
corazón valen oro. Esa mujer lee en su destino de 
usted y lo interpreta mejor que el interesado... 

—Diga usted, al menos, que el desinteresado...— 
objetó Silvio. 

— ¡Conforme!— prosiguió ella, riendo otra vez, á 
su pesar, como se ríe la salida de un niño.— Confie- 
se que Clara pudo encontrar novio, novios más 
brillantes, en su esfera social, que usted... Los mó- 
viles de su proposición la honran: asociarse á una 
vocación de artista, dar alas al genio... ¡La libertad, 
dice usted! ¡Ah, bobo! [Ya verá qué libertad le 
aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un 
eslaboncito de cadena para soldarlo al anterior. 
Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de diamantes 



LA QUIMERA 



175 



roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos 
eslabones. iEl tiempo me dará la razón! 

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Mi- 
nia, persuasiva, apretó. 

—Ahora empieza el sermón... La idea de Clara 
no representaba para usted solamente la libertad 
económica: representaba algo superior: el arreglo 
de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á 
usted en nombre de cosas... en que usted no cree; 
no se trata de eso...! 

—¡Sí se tratará!— rezongó Silvio.— [Siempre res- 
pira usted por la herida! El otro mundo, ¿verdad? 
¿La cuenta que hemos de dar, etcétera? 

— iAh! ¡Si yo pudiese inculcarle eso!— Y Minia 
bajó la fervorosa voz.— Pero eso no se inculca. Eso 
es lo más inefable: es la gracia... Dice Fray Luis 
de Granada que la gracia cura el entendimiento y 
sana las llagas de la voluntad; pero no dice que el 
entendimiento y la voluntad basten para recibir el 
don de la gracia. Hay quien puede otorgárselo á 
usted. Él se lo otorgue.— Así es que hablaremos... 
en profano, en mundano y en crudo.— ¿Se figura 
usted que su aspiración no sucumbirá, más ó me- 
nos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted 
que su salud no se resentirá también? 

— ¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabre- 
ja cursi! Ni que fuese usted Goizán, el de Marine- 
da, que me escribe retahilas de desatinos y me 
cuelga la lista de las mile e tve... ¿No se ha 
enterado, señora, de que no gasto pasiones vol- 
cánicas? 

—¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto 



176 



E. PARDO BAZÁN 



más árido y seco el corazón, más expuesto un hom- 
bre en su situación de usted al desorden moral... y 
físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que 
tenga razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, 
donde falten cariños hondos que, á defecto de me- 
jor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted pica- 
do al juego. Se arruinará usted gastando perros chi- 
cos... pero se arruinará. Con Clara, el arte y la exis- 
tencia tranquila; por añadidura, el amor. 

—Ta, ta, ta...— Señora, señora... No la conocía á 
usted casamentera. iVaya un nuevo aspecto de su 
eximia personalidad! Ahora me permitirá que ha- 
ble. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su 
generosidad; no se deje engañar; yo calo más: eso 
se llama... que me quiere. Hoy, mucho de dar alas 
á mi genio; mañana, las recortará con sus tijeras de 
tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy 
noble; corriente... pero es mujer, y para ella, lo pri- 
mero, el amor; lo segundo, el amor... y lo tercero, 
el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal 
base. Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. 
Atrévase usted á jurar que, en mi pellejo, diría sí. 
iQuiá! Los que la Quimera roza con sus alas gus- 
tan de ser independientes, con feroz independencia, 
y luchar y morir; y si no llegan adonde pensaron... 
pensar en llegar les basta. Supone usted que puede 
arrastrarme la sociedad... que no me reservo... ¡Pues 
si no me reservase un poco! ¡A mí déjeme usted: 
los consejos me crispan! 

— Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á 
hacerme confidencias? Fúmese ese cigarrillo mu- 
sulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio, le 



LA QUIMERA 



177 



servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa 
que aún falta el consejo mejor. 

— ¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que sol- 
tó algún fraile. 

— Una sentencia de Sancho Panza. Que en aten- 
ción á que sus pasteles le proporcionan dinero, elo- 
gios y relaciones cada día más altas, á ellos se 
atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de an- 
dar contando á la gente que sus retratos son cro- 
mos: en primer lugar, no lo son; en segundo, la 
gente se apresura á creer cuanto malo decimos de 
nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese 
género delicado y aristocrático y algo artificioso 
fuese el que la Naturaleza ha querido que usted re- 
presente dentro del arte. Es usted el único que lo 
cultiva hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está 
bien; así habló Zaratrustra. 

— ¡Ya sabe que no puedo! Cuantos obstáculos se 
me opongan los arrollaré; y pues el más frecuente 
es la mujer, la mandaré al demonio. Para el traba- 
jo que me cuesta... 

— ¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro 
enigma. Silvio, aunque no le llegue á usted al al- 
ma la mujer — está usted en sus manos— Es el gra- 
ve inconveniente de su especialidad; yo al pronto 
no lo sospechaba. Por la mujer gana usted nombre; 
por la mujer, dinero; por la mujer, llegará á entrar 
en las casas más inaccesibles; á la mujer se en- 
cuentra usted sujeto; la respira; la lleva ya en las 
venas. Es la invasión lenta, de cada segundo, á la 
cual no se resiste; el proceso orgánico. Sueña usted 
rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, 

12 



178 



E. PARDO BAZÁN 



y la mano se le va, sin querer, hacia la dulce men- 
tira de la dama; mentira de formas, mentira de eda- 
des, mentira de figurines, mentira, mentira... Sólo 
le salvaría el amor, un amor bueno, digno, total...; 
iy cuando asoma, le pega usted azotes al pobre chi- 
quillo! 

Un suspiro profundo del artista comentó las ob- 
servaciones, demasiado exactas, de la compositora. 
—Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón! 
— La tengo. Reconcilíese con Clara. 
— Imposible. Eso no tiene compostura. Tampoco 
me gustaría que la tuviese. Reconózcame alguna 
buena propiedad: no soy capaz de representar la 
farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á 
flote con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que 
se me gangrenaba, que se me caía, y que me veía 
obligado á mendigar á la puerta de Fornos. 

—¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de 
eso estoy segura. De vengar á Clara se encargarán 
otras mujeres, que le aniquilirán á usted. 

— Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un 
retrato se paga mejor que aquí. Allí, con un retrato, 
vivo un mes... y á cavar hondo. Y su madre de us- 
ted, ¿se queda hoy á dormir en Lara? 

Como si la evocasen estas palabras pronunciadas 
con impaciente nerviosidad, oyóse ruido de puer- 
tas, un andar vivo y seguro, y la baronesa hizo 
irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los 
chistes de la piececilla por horas y lamentando que 
Minia no hubiese compartido tal placer. "Estaban 
las de Tal, las de Cual, las de Be y las de Hache..." 
Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido 



LA QUIMERA 



179 



y exasperado á la vez como se sentía, comparaba 
su juventud dolorosa á aquella ancianidad exube- 
rante, sana, lozana, divertible y divertida tan fácil- 
mente» abierta á las impresiones gratas y exagerán- 
dolas para compensar las decepciones y los desen- 
gaños. El mismo pensamiento ocurría á Minia; tam- 
bién Minia, cautiva entre las garras de la Quimera, 
había deseado á menudo recortar su espíritu ence- 
rrándolo en círculo más estrecho; en vez de tender 
á lo inaccesible, buscar el contentamiento que se 
viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcan- 
ce, es la sabiduría suprema — discurría la composi- 
tora. — Salimos muy de mañana en busca de regio 
tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio 
día los pies nos sangran y el calor nos deseca len- 
gua y paladar; á orillas del sendero mana un hilo 
de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros 
corales; nos recostamos, y la magia humilde del 
agua pura, del fruto jugoso, ponen olvido de la am- 
bición lejana... Amemos lo pequeño; nos escudare- 
mos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... 
En la mirada que trocaron Silvio y Minia se dijeron 
esto claramente, y también otra cosa: "No depende 
de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el 
cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la be- 
lleza soterrada y guardada por los genios". 

La palabra rara vez manifiesta este género de 
ideas. Ni ideas son: bruma de pensamientos y 
de ansias. Cuando más claras se formulan dentro, 
es cuando la lengua pronuncia las frases más in- 
significantes, que menos relación guardan con lo 
íntimo. 



180 



E. PARDO BAZÁN 



—Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo... 
—Baronesa, ¡no me pegue usted! 
—Se trata del capital... 
- Del millar de millares... 
—Y no se atreve... 

—No me atrevo... Déjeme usted colocarme á ho- 
nesta distancia. 

La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al 
fin, con gesto seco, hizo una seña negativa y rom- 
pió á andar hacia la puerta. Silvio se precipitó, la 
cogió suavemente del brazo, con reverencia filial. 

—Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se 
empeñe en hacerme bien contra mi voluntad: ya 
adivino sus intenciones... pero lo necesito. 

— ¡Necesita usted morirse en un hospital! — gritó 
la señora revolviéndose furibunda.™ Lago, Lago, 
¡nunca será usted una persona de buena cabeza! 
¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuar- 
tos. Ni están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano 
el dinero? ¿Que soy alguna despilfarradora como 
usted? Siempre le habrán pegado el sablazo núme- 
ro cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cin- 
co. Rodeado de tunos vive usted. Le beben la san- 
gre. El día que usted les pidiese algo á ellos, ¡ve- 
namos! ¡veríamos! 

— Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromi- 
so: he ofrecido mil pesetas á un amigo desgra- 
ciado... 

—A un pillo redomado. 

— ¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted co- 
bra sus rentas, no se hace cargo de lo que pasa en 
el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí. 



LA QUIMERA 



181 



—i Y mucha sinvergüenza y holgazanería!— cla- 
mó fuera de sí la señora, reprimiéndose para no 
atizar un pescozón á aquel tonto de artista. — ¿No 
está usted expuesto como el que más á que le haga 
falta, en una enfermedad, lo que se ha ganado? 
¿Es usted algún millonario? ¿Por qué le chupan los 
tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, 
bobo, bobo, bobo de remate! 

No le permitían los nervios á Silvio, en tal oca- 
sión, oír estas cosazas, ni podía avenirse casi nunca 
á los consejos imperiosos, y en llana prosa— llana y 
útil— de la Dumbría, que lejos de convencerle, te- 
nían la virtud de causarle una reacción de poesía 
bohemia; el interés, colocado así en primer térmi- 
no, sobre pedestal, le indignaba, como indigna á 
un pensador original y revolucionario un argumen- 
to de buen sentido. 

—Señora — articuló secamente,— ese dinero es 
mío y dispongo de él. No pensaba recoger sino mil 
pesetas; ahora me da la gana de llevármelo todo. 
Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos... 

A su turno, la baronesa se puso grave, mostró 
tiesura quisquillosa. 

¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio? 

—Es justo... Ahora mismo; espérese un instante... 

—Se ha enfadado — murmuró Silvio, con el tercer 
ó cuarto arrepentimiento y contrición en el espacio 
de veinticuatro horas. 

—Naturalmente. Y yo en su lugar le mando ú 
paseo. No puede negarse que dice la verdad y que 
usted es explotado por gentes que valen poco. Eso 
no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida. 



182 



E. PARDO BAZÁN 



— Me río de la caridad, me río de la beneficencia. 
¿De dónde saca usted que tiro á filántropo? No. Es 
que he pasado miseria y sé que los miserables su- 
fren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? 
Piden... ¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡moni- 
ses! Ya los sacaré de este dedo, si no se me cae. 
Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré mis 
excusas- 
Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba 
algunos billetes. En la cara anterior del sobre se 
leía: "Esta cantidad pertenece á Silvio Lago, que 
me la ha confiado en calidad de depósito". 

—Tome usted... Apuntado estaba, por si me mo- 
ría... Y no me traiga más cuartos. No lo puedo re- 
mediar; me fastidian ciertas candideces. Para esto 
no necesita usted depositaría. Cuente, cuente, á ver 
si falta... 

Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la 
baronesa, sonriendo con la dulzura halagüeña de 
un niño; é inclinándose, cogió la mano de la ancia- 
na señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de 
su psicología; era la continua fluctuación de su océa- 
no; era el repentino salto de sus impresiones, siem- 
pre rápidas y extremadas, notas de un instrumento 
demasiado tirante y vibrador. 

—¿Quiere usted un ponche?— preguntó al verle 
humilde y callado la baronesa, brindando al desfa- 
llecimiento moral un reparo físico. Vino el ponche- 
tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta; — 
y bebido sosegadamente, retiróse la baronesa á 
cambiar de traje, y Minia se sentó ante el armonio 
fatigado, y dejó oir los primeros compases de una 



LA quimera 183 



sonata de Beethoven. La acción de la música, al ex- 
presar para cada uno de los dos artistas la vida in- 
terior, les entreabrió un momento el cerrado hori- 
zonte de lo infinito. Todas las discusiones é inci- 
dentes de carácter práctico se olvidaron, cayeron á 
tierra,— gotas de agua embebidas por el polvo.— 
Eran las dos de la mañana; los ruidos de Madrid 
se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, 
apagada y distante, aumentaba la sensación de 
aislamiento y de seguridad para el ensueño. En el 
espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente 
las formas de un mundo invisible, y la corriente su- 
perficial de su existir adquiría profundidad, lo inten- 
so y real del sentimiento exaltado. La aparición de 
la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y 
restituyó al artista á la insignificancia de las preocu- 
paciones anteriores: 

—Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: 
no le atraquen y se lo quiten. La gente anda muy 
lista. 



A hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el 
doctor Mariano Luz, procurando que ella no notase 
la contemplación de que era objeto. Acababan de 
reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de 
confianza que precedía al despacho del doctor. Por 
una de esas afectuosas formas de captación que se 



184 E. PARDÓ BAZÁÑ 



producen entre los que bien se quieren, Clara había 
elegido, para refugiarse de noche á hojear periódi- 
cos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer 
una página de revista, la estancia donde su padrino 
guardaba, en estantes abiertos, su rica biblioteca 
profesional. En el despacho no tenía Luz sino vitri- 
nas con relucientes instrumentos y aparatos. 

El silencio era significativo: silencio que palpita, 
que presta sentido hasta al ritrno de la respiración. 
Otras noches el médico procuraba tirar del hilo de 
conversaciones insignificantes; así engañaba y ocul- 
taba su ansiedad. Hoy— no acertaría á decir por 
qué — érale imposible devanar una palabrería fútil. 
Se entretiene el tiempo cuando se tantea en la in- 
certidumbre; reconocida la existencia del mal, se va 
derecho a combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar 
ese aleteo de alas negras que tantas veces, en casos 
desesperados, le había impulsado, sin perder un 
segundo, á la atrevida operación. 

—¡Clara! —exclamó. El tono de la voz expresaba 
tanto, que la señora se estremeció de pies á ca- 
beza. 

—¡Clara, hija mía! —insistió él; y se levantó de la 
butaca. 

Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más 
doliente que ningún llanto. Siempre le parecía al 
doctor algo violenta la sonrisa de su ahijada. En 
aquel momento la encontró propia del reo que 
quiere mostrar serenidad ante los jueces. 

—Clara— dijo por tercera vez,— ¿estás enferma? 
¡Ni sé por qué te lo pregunto, niña! La respuesta la 
llevas en la cara, Sólo que en ti lo enfermo se re- 



bÁ QÜIMEÜÁ 



cata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No com- 
prendes, Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el 
que sea? 

—Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóce- 
me, tómame el pulso... Te convencerás. 

Luz se aproximó á la dama y la imploró con 
las pupilas, con la actitud, con todas las fuerzas de 
su voluntad de varón grave y entendido. Hasta an- 
siaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y 
no era la primera vez, desde hacía algún tiempo, 
que cruzaba por su mente la tentación tortísima de 
someter á su ahijada á uno de esos experimentos 
sobre la conciencia, que entregan los secretos del 
sentimiento, y hasta las obscuras voliciones no defi- 
nidas aún del sujeto, al experimentador. 

— Esto — pensaba— no es como lo demás. Esto 
trae cola. ¡Su misma placidez me asusta! Si yo fue- 
se, por ejemplo, un marido, viviría en seguridad 
completa hasta que una mañana me despertasen 
con alguna noticia atroz... Antes, al caerse de lo 
alto de su ensueño, ha solido presentar los síntomas 
de esta clase de afecciones morales: desasosiego, 
crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflic- 
ción, alteraciones funcionales, inapetencia, sueño 
cambiado y á deshora, alternativas de risa y lágri- 
mas... lo natural. Se deja correr... y el tiempo inter- 
viene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así 
se manifiesta la incapacidad para la vida, el agota- 
miento de las fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pu- 
diese provocar en ella un arranque de confianza y 
de expansión! JÁ menudo, por la boca se vierte lo 
más envenenado del dolor, y sale, envuelta con el 



186 



E. PARDO BAZÁÑ 



desahogo, la extrema consecuencia que podría traer 
el dolor mismo! 

Los temores de Luz— que le salían á la cara en 
forma de excaves plomizos, reveladores de los es- 
tragos que una idea produce en la sangre — coinci- 
dían con otra clase de preocupaciones también ab- 
sorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse 
por entero. Por esta circunstancia especial sufría 
doblemente; los que consagraron la vida á trabajos 
positivos que velan una aspiración ideal, llega un 
un momento en que no se resignan á morir sin rea- 
lizarla. El tiempo que les resta está por avara mano 
tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La noche 
llega; hay que encender la lámpara! — Este afán de 
sobrevivirse, propio de la madurez ya decadente, 
se manifestaba en el Doctor Luz por una serie de 
tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno 
de los últimos descubrimientos científicos á la cura- 
ción de cierto grupo de rebeldes y crueles enferme- 
dades, tenidas por incurables hasta el día. Su devo- 
ción á Clara le había arrancado de Berlín cuando 
principiaba á entrever consecuencias de principios, 
sendas que al través de lo desconocido se marca- 
ban confusamente, vagas titilaciones de claridades, 
que medio se parecían, disipando momentánea- 
mente las tinieblas de lo ignorado. Hallábase, jus- 
tamente, el médico en uno de esos estados cerebra- 
les que en arte se llaman inspiración y en ciencia 
no tienen nombre, por más que hayan precedido á 
todos los señalados descubrimientos. Su inteligen- 
cia se encendía, dispuesta á fecundizar el antes esté- 
ril montón de adquirida experiencia, de observa- 



LA QUIMERA 



18? 



ciones clínicas, atesoradas sin presumir que para 
nada sirviesen; y ahora las veía juntar sus manos y 
formar una cadena luminosa. La augusta verdad 
brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermi- 
tencias de fanal de faro. El Doctor se juraba á sí 
mismo que fijaría la claridad para siempre. Á su 
nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la mi- 
seria humana. — Viajando, dentro del tren, al acu- 
dir al llamamiento de Clara, padeció una crisis de 
desaliento. El destino de un sér tan querido era y 
seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía 
embargadas las fuerzas de su alma. Mientras sin- 
tiese á Clara agonizar, no dispondría de atención 
para la labor. La carne viva de su corazón le dolía 
allí,— en otro corazón acribillado por siete puñales 
de pena. 

— Es el sexo, es la ley fisiológica — pensaba el 
Doctor. — En ella, en su delicadísima organización, 
reviste esta forma que se puede llamar poética. 
Como las reacciones de la colesterina, que dan tan 
preciosos verdes esmeralda, en belleza se convierte 
su amargura. 

Los planes de matrimonio expuestos por la viz- 
condesa de Ayamonte, la simpatía que Silvio Lago 
despertó en el Doctor, contribuyeron á infundirle un 
poco de optimismo. 

—Se casará... Tendrá á quien querer conyugal- 
mente, y aun maternalmente... Desviará hacia el 
dulce sacrificio diario el torrente de su egoísmo pa- 
sional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura 
con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella pue- 
de vivir, podré yo trabajar. 



188 



Relativamente entregado á la confianza, el Doc- 
tor, un dia, se despertó aterrado. Al ocupar su sitio 
á la hora del almuerzo, al buscar los ojos de Clara, 
la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino 
hasta de como se mostraba bajo el influjo de un 
trastorno moral,— que su corazón dió un vuelco. 
Con frecuencia la había contemplado abatida de 
infinita tristeza, más pálida que de costumbre, 
sobre todo pálida de distinta manera, con la des- 
igual blancura del insomnio, jaspeada á trechos por 
las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago 
de la batalla espiritual, y no se confunden con las 
del padecimiento físico; con frecuencia había reco- 
nocido en sus párpados el edema que produce un 
llanto imposible de contener, retraído, delante de 
quienquiera que sea, por el pudor y la dignidad.— 
No así en el momento presente. La expresión del 
rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué 
alarmante para un médico por el sello de estupor 
que la caracterizaba. Estupor tan invencible, que 
tenía algo de extático, si suponemos éxtasis en me- 
dio de las torturas infernales. El Doctor recordaba 
haber visto expresión semejante en una enferma 
atacada de enajenación, semanas antes de decla- 
rarse abiertamente el padecimiento. Se arrojó hacia 
su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y 
empujándola. Ante la no prevista acción, Clara vol- 
vió en sí y resplandeció en sus ojos la conciencia. 
Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones, 
que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagra- 
do de su mal. La llave del santuario y de la cámara 
de tormento, nadie se le arrancaría. 



LA QUIMERA 



189 



Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni 
concentrar sus facultades para seguir el semiadivi* 
nado filón. El peligro del ser adorado obligaba á 
descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan trai- 
dor, y era tan desusado, que no sólo preocupaba al 
amigo, sino que excitaba la curiosidad del médico. 
El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre los 
profesionales que conservan el fuego sagrado cier- 
tos fenómenos y estados que no se explican sólo 
poi lo físico; y la idea suicida, la incapacidad de 
vivir, se contaban en este número.— Mariano Luz 
sostenía que no se llega á concebir tal propósito sin 
una preparación larga y honda. No dejaba de pare- 
cerle sacrilego considerar la enfermedad de Clara 
"un caso"; pero creía que, tratándose de curarla, era 
preciso mirarla como á las otras enfermas. Necesi- 
tábase el hábito observador, el ojo clinico, para dis- 
cernir los progresos del mal bajo la apariencia de 
normalidad y frialdad indiferente de que Clara se 
revestía. Igual que siempre, comía con poco ape- 
tito y distraída; se recogía á las horas de costumbre; 
se levantaba con puntualidad, y sólo en su aleja- 
miento de todos los lugares donde pudiese encon- 
trar á Silvio se revelaba superficialmente la herida. 

Pero el único amigo verdadero que restaba á Cla- 
ra la conocía demasiado, la había estudiado con 
sobrado amor, para que pudiesen despistarle exte- 
rioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que 
no se finge, porque no tiene sobre ello dominio la 
voluntad; el metal verdadero de la voz, el sentido 
de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas, las 
empañaduras del cristal de los ojos, las securas de 



190 



E. PARDO BAZÁN 



los labios quemados por nocturna fiebre, el temple 
urente de las manos, la fatiga y decaimiento del 
andar ó su desigual rapidez, la posición de la cabe- 
za, ta tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento 
de las maceradas sienes, la contextura de la epi- 
dermis, donde en pocos días habíanse marcado 
pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más 
significativo para el Doctor eran ciertas fulguracio- 
nes repentinas de la mirada, aceradas y terribles, 
que tenia apuntadas en sus cuadernos, por haber 
visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisi- 
vas, con actos de violencia, con accesos de locura. 
La siniestra centella denunciaba el volcán oculto. 

Ni por un momento pensó Luz en interrogar al 
pintor. Hubiese jurado que Silvio le diría la verdad; 
pero la verdad que en circunstancias tales se dice, 
no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de 
hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los 
hechos, aislados del espíritu donde recaen y han de 
germinar. Sólo cada cual sabe y conoce su verdad 
propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve 
en humo. Clara, y nada más que Clara, podía inter- 
pretarse... si pudiese; si el alto silencio que á veces 
cierra los labios, á fuerza de despreciar la manifes- 
tación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay— 
pensaba Luz— que nos dicen mucho, tal vez lo infi- 
nito, y sin articular palabra. Dió entonces en tradu- 
cir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué es- 
pantosa. "Es preciso romper el hielo y animar la 
piedra— resolvió — de cualquier modo". En todo 
caso de apelación á la verdad hay un largo período 
en que se la teme, y un instante en que á toda eos- 



LA QUIMERA 



191 



ta, y aunque sea entregando la vida, la solicitamos. 
Era llegado este instante para el Doctor. 

—Hija mía— imploró, - si algo merezco de ti, de- 
vuélveme aquella confianza de otros tiempos. Es 
inútil que me digas que no te pasa nada; ya sé que 
no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han 
convivido; nuestros corazones creo que se enten- 
dían. ¿No me quieres ya... un poco? 

Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su 
padrino. 

— Pregunta— murmuró.— Aun de mala gana, te 
diré... lo que sepa. ¡No creas que lo sé todo, ni mu- 
cho menos! 

—De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, 
pobrecita. ¡Qué natural es! Ni nos sospechamos, lo 
mismo en lo físico que en lo otro. Ni nuestras enfer- 
medades conocemos; solemos morir de algo que 
para nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que 
importa! Perdona. Me consumo también yo; ¿no ves? 
Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que no 
me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si 
estoy pasando peor rato que tú! 

Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer 
aquella tierna simpatía, y el Doctor notó el abismo 
que el movimiento abría entre el presente y el pa- 
sado. 

"Me quiere menos, me necesita menos que antes." 

— Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya 
—dijo ella.— Lo sucedido es poco; nada casi. Ya 
sabes que se me había puesto aquí— apuntó á la 
frente -que debía... casarme con él. Era tal vez una 
locura, tal vez una determinación ridicula; pero me 



192 



E. PARDO BAZÁN 



parecía á mi cosa divina, el único asidero para re- 
construir mis existencia estragada y perdida y darle 
un fin, ¡Un fin, un objeto! |Tú sabes que eso es ne- 
cesario, que eso es indispensable! 
-Verdad— contestó Luz. 

—Yo —prosiguió ella—así lo entendía. El lo en- 
tendió de distinto modo. Y... en concreto... no ha 
pasado más. 

—¿Qué razones dió á su negativa? 

— [Razones! — exclamó Clara.— Aunque me hu- 
biese dado cien... No sé de cosa más despreciable 
que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada 
de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á 
relucir... 

™En fin, él alegaría algún pretexto... 
—No; si él estaba en lo firme. No me quería. 
—¿Eso tuvo el valor de decirte?— -gritó el Doctor* 
indignado. 

—Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso 
se formula en explícitas palabras. Seamos razona- 
bles, padrino; yo debo hacerle justicia; no adobó 
embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me 
dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desga- 
rran; las cosas que imprimen estigma y las cosas 
que asfixian, ¿sabes? El no es insensible. El dolor 
que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. 
Su contrición era un acceso de piedad, un desqui- 
te de Ja conciencia. No lo dudes, tengo dos benefi- 
cios que agradecerle: el cauterio, y la caridad de 
querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te 
parece poco? 

—No es poco para la naturaleza humana... 



LA QUIMERA 



1?)3 



—Te aseguro que no le acuso, no; el que no 
miente, no falta. Si pienso en él, le veo lejos, lejos... 
mezclado y confundido con otras imágenes y me- 
morias, que en realidad forman una sola y se lla- 
man — para mí — el mundo de tierra. 

Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, 
buscando consuelos, reactivos. 

— Eso no es cierto—prorrumpió al cabo. — Si le 
hubieses borrado de tu recuerdo, estarías tranquila; 
y no digo nada si algo nuevo hubieses escrito en 
ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el al- 
ma, te han arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, 
busca el sol. 

Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que 
lo está. 

— Dime, por lo que más quieras— insistió el Doc- 
tor.— ¿Esta vez... fué como las otras? ¿Querías 
más, ó por otro estilo? 

Clara tardó en responder: parecía que se exami- 
naba despacio, que recorría todas las moradas del 
alcázar interior. 

—Esta vez— pronunció al fin lentamente— hubo 
una diferencia que tú sólo puedes apreciar, porque 
sabes que no miento. Antes... quise ser feliz... pre- 
tensión que debe de constituir un crimen, según se 
castiga. Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo 
quise que por mí fuese feliz... alguien. Puse mi feli- 
cidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla. 
Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él 
me lo arrojó á la cara.-— w Lo que pasa es que me 
quieres, y á lo que aspiras es á tenerme siempre 
< erra de ti, asociando nuestras vidas»"»— -¿Verdad! 

13 



194 



E. PARDO BAZÁÑ 



¡Mi generosa proposición envolvía un negocio... de 
amor... pero negocio, interés! 

Respingo impetuoso de Luz. 

— ¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando 
así, se destruye y se disuelve todo! ¡No concibo que 
exista en el mundo espectáculo más bello que el de 
un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta 
y la hace descubrir lo que permanece oculto en la 
vida diaria y vulgcir! ¡Mira, niña, si yo no fuese... lo 
que soy para ti desde hace tantos años; si te cono- 
ciese ahora, como te conozco desde la hora en que 
naciste, diría lo mismo! No hablo así por quererte 
tanto, no. ¡Es que como tú no hay muchas! ¡Apasio- 
nada, te colocas á la altura de los caracteres heroi- 
cos: se te caldea esa voluntad, se eleva ese cora- 
zoncito, y eres capaz de lo más grande! ¿Y ese 
hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza 
que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodi- 
llas? ¡Cuánta fuerza se pierde, cuánta semilla cae 
sobre la roca! 

—Probablemente ese espectáculo que encuentras 
tú tan sublime lo damos las mujeres con gran fre- 
cuencia—observó Clara con fría amargura. 

— ¡No por cierto!— negó el Doctor. — No he cono- 
cido docenas de mujeres que transformen el instinto 
natural en impulso heroico. Eres la excepción. 

Ciara se cubrió un momento el rostro con las 
manos. 

—De ti -murmuró— habían de salir esas pala- 
bras... De ti, que me quieres y me sueñas, con el 
sueño limpio y blanco de tu casi paternidad. Pero 
te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me tra- 



LA QUIMERA 



195 



duzco al pie de la letra: me he conocido, me he 
registrado... y me he causado horror, al ahondar en 
mí misma. Tú das por hecho que mi estado de 
ánimo se origina de haberme apartado de él... 
¡Quiá! Si es que me he apartado de mí misma, 
¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive! 

La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el 
acento y con tan persuasiva vehemencia, que el 
Doctor sintió un golpe allá en lo más recóndito del 
alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo 
cuánto gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire 
libre de la comunicación, insistió, porfiado. 

— ¿Según eso, te aborreces, te condenas, te des- 
precias? 

— ¡Lo desprecio todo! — repuso ella. — ¡Lo aborrez- 
co todo! Me soy intolerable; y sin algo de buena 
armonía con nosotros mismos, no se lleva la carga 
que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde 
chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi 
inteligencia, ¿podrás enseñarme dónde está la resig- 
nación? 

Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. 
No; en realidad, él no sabía... 

— Cada uno — dijo al fin — busca el consuelo por 
caminos diferentes... Yo he tenido mis grandes pe- 
nas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me refugié 
en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingra- 
ta, en ti! 

—¿Y pudiste conformarte, padrino? 

— ¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta 
de las pequeñas y bajas; hasta de las ínfimas. El 
caso es querer vivir... 



H. PARDO BA2ÁN 

— No puedo—murmuró Clara desmayadamen- 
te. — No es culpa mía; no es capricho. Es que me fal- 
ta objeto; es que me parece que no vale la pena de 
defender lo despreciable. 

—Coloca el objeto fuera de ti — advirtió Luz, — y 
será mejor... ¡Si supieses cómo absorbe y embriaga 
el estudio! — Y añadió, agarrándose a lo primero 
que se le ocurría:— Si te decides á aprender, aquí 
tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis tra- 
bajos? Detrás de su aridez aparente, está el uni- 
verso, la infinitud de lo real. No eres tú un cerebro 
sin condiciones para reaccionar contra esa especie 
de fiebre infecciosa sentimental que te ha acometi- 
do; cuanto te sucede, cuanto notas en ti, del senti- 
miento dimana; desvía la dirección de tu sentimien- 
to; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. 
[Me gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apare- 
ces... Y tengo mil cosas raras que enseñarte. No te 
has enterado... He traído de Berlín novedades. ¡Si 
supieses! Yo también alzo mis castillos de esperan- 
zas... que, probablemente, saldrán fallidas... Entre- 
tanto, con su jugo me sostengo. 

— Dichoso tú si esperas — pronunció Clara. — Y 
como viese en la fisonomía del Doctor rápida inmu- 
tación, aunque procuraba esconder su terror violen- 
to, la dama sintió á su vez un prurito de disimu- 
lo, frecuente en los que oprime entre sus tenazas 
de acero la idea fija, y rehaciéndose, con la instin- 
tiva comedia de una sonrisa, añadió: 

—No me niego á intentar la curación por la cien- 
cia, padrino. Desde hoy me asocias á tus experi- 
mentos! si no te estorba una ignorante como yo... 



LA QUIMERA 



197 



Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo se- 
creto que acababa de precisarse en la mente de Cla- 
ra, se le helaría la sangre. Como les pasa á muchas 
personas que sólo poseen una tintura de conoci- 
mientos, adquirida sin método, la antigua leyenda 
era para ella algo positivo. En el gabinete del mé- 
dico suponía Ciara que debía encontrarse, y aun 
elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce 
y seguro... A menudo, la sed de ese remedio había 
abrasado sus fauces, en las interminables noches 
de insomnio, y el aparato de tortura, agresión bru- 
tal y degradación física, que se asocia á la perspec- 
tiva de tal remedio, había apagado la sed. Pero los 
sabios deben de conocer secretos para desatar el 
nudo sin que se entere la curiosidad póstuma, sin 
que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuer- 
po se degrade al abrir paso al alma. "Para ti no hay 
otro desenlace", repetía Clara, dando vueltas á su 
propósito. "No más vergüenza, no más mentira, no 
más decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre 
padrino!" sugería acaso un resto de apego á la exis- 
tencia afectiva. "Pero él puede irse también y de- 
jarme aquí sola... y entonces... No; no conviene es- 
perar..." El estado moral de Clara era tan caracte- 
rístico, que temía dejar correr el tiempo, recordan- 
do que el tiempo, limador constante, gasta las reso- 
luciones. 

Y decidió sorprender el misterio del antro cientí- 
fico que tenía á mano, como, siendo niña, hubiese 
forzado un armario atestado de golosinas... Allí es- 
taba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance 
de la mano, el reposo tras de una jornada fatigadora, 



198 



E. PARDO BAZÁN 



Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes 
de alegría. Aunque las enseñanzas de su ejercicio 
debieran haberle probado cuán iguales se ofrecen 
el varón y la hembra ante el experimento del dolor, 
conservaba rastros tradicionales y creía discernir en 
la mujer algo de pueril. — "Se divertirá como una 
criatura" — pensó — "si la convenzo de que apren- 
de".— Recordaba casos; sabía que el alma es cura- 
ble; y al igual de todos los tocados de leve manía, 
no dudaba que interesase á los demás lo que tanto 
le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de su 
abstracción, era probablemente salvarla. 

Empujó la puerta del gabinete de consulta, é in- 
trodujo á su ahijada; pero no se detuvo allí: sacan- 
do del bolsillo una llave, abrió otra estancia algo 
más espaciosa. 

— Mira— observó— qué bien he arreglado este 
cuarto de los leones. Tú no sabes de la misa la me- 
dia. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de 
nuevo, y me encuentro aquí muy bien... 

Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y 
hasta ceñuda, por lo que siempre tienen de ame- 
nazador aparatos y mecanismos cuyo objeto y 
manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chi- 
rimbolos de electroterapia y radiología, no perdie- 
ron para Clara su austeridad, su enigmático aspec- 
to. En la pared brillaban instrumentos de acero dis- 
puestos en panoplia; dentro de una vitrina se ali- 
neaban otros no menos limpios y estremecedores. 
En un ángulo de la sala se erguía la jaula destina- 
da á someter á los pacientes al alta tensión eléc- 
trica. En primer término, ocupando buen espacio, 



LA QUIMERA 



199 



una máquina de rayos X— ya anticuada, tan de pri- 
sa va la investigación, — deslustrados por el aban- 
dono sus dos amplios discos de metal, escudos de 
combate que el combatiente arrinconó para servir- 
se de arma más poderosa. En el centro, la cama de 
operaciones radiográficas, con su cabecera movible 
y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, 
en la esquina, la máquina flamante, la última, fácil 
de reconocer por ese indefinible pero auténtico aire 
de juventud y vida que también tienen los objetos 
inanimados. El Doctor se paró frente á ella.— Aquí 
—explicó— hago yo estas radiografías que voy á 
enseñarte...— Trajo una caja donde guardaba los 
clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las curiosi- 
dades, haciéndoselas observar. 

—Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, 
¿ves?, la diferencia entre los dos lados de la pel- 
vis... Esta era una niña y se hubiese quedado coja. 
Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. 
En esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja 
que no había modo de localizar para extraérsela á 
la pobre lavandera! 

Clara miraba los clichés con desgana, aunque 
por complacer á su padrino repetía:— ¡Es admirable! 

El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel 
espíritu ensimismado. 

— ¿Quieres — insistió — ver latir tu propio co- 
razón? 

Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, 
Luz comenzó sus preparativos. La dama, á pesar 
de su indiferentismo, se conmovió de sorpresa al 
ver distintamente, al través de la pantalla, contraer- 



200 



E. PARDO BAZÁN 



se y dilatarse la viscera con normal regularidad, que 
tenia mucho de majestuosa. 

— Padrino— murmuró,— ¿no es raro que mi cora- 
zón funcione perfectamente? ¡Tantos martillazos 
como he recibido en él! Está visto que mi mal no 
lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al do- 
minio de lo desconocido... 

Y con su hermosa voz de mujer apasionada, pre- 
guntó: 

—¿Qué será !o desconocido, dime? ¿Te formas tú 
idea de lo que podrá ser, después de tanto estudiar 
y tantas mecánicas? 

Al formular la interrogación, Clara experimenta- 
ba una ansiedad emocional, cuya razón sólo ella 
conocía. El enigma propuesto no era sino conse- 
cuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper 
ligaduras y libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué 
sigue al momento de la evasión? Clara notó 
con sorpresa que había pensado en ello alguna 
vez, pero nunca se había detenido hasta medi- 
tarlo. Cuando disponemos viaje á tierra desco- 
nocida, nos enteramos con interés de las costum- 
bres de allá, de toda circunstancia. Clara notaba, 
atónita, que ni sospechaba la geografía del país del 
misterio. 

El Doctor respondió con su leve é indulgente iro- 
nía de científico: 

—Para mí lo desconocido es... lo que todavía no 
hemos tenido tiempo de estudiar. Lo desconocido 
de hace diez años, se llama ahora el telégrafo sin 
hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desco- 
nocido ahora, tal vez se llame mafiana con el nom- 



LA QUIMERA 



201 



bre que yo le dé, si á fuerza de trabajo consigo al- 
zar otra puntita del velo... 

Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplican- 
do la mano sobre aquel corazón que acababa de 
ver latir, pensó que por muchos siglos que girasen 
ensanchando los límites de lo conocido, algo allí 
dentro se resistía á la explicación y al tratamiento 
de ciertos males por los métodos de la ciencia. De 
pie aún ante la máquina, Clara sentía, en vez de la 
admiración que esta clase de experimentos suelen 
producir en quien los ve por vez primera, una reac- 
ción invencible de desdén, y porfiaba, sonriendo 
con sonrisa de mártir. 

— ¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil 
años! Entonces tú sabrías curar á las enfermas como 
yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca. 

Luz apreció la significación de la frase. El menos- 
precio de aquel alma lírica por las realidades cien- 
tíficas, lo había notado en más de una ocasión, 
pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin 
poderío evitar, el Doctor pensó:- "Tiene razón, á 
fe mía. Dentro de mil años, lo mismo que hoy, para 
lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su or- 
ganismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y 
la inapetencia, no tiene brecha abierta; lo enfermo 
ahí es inaccesible.. .!"— Sin dar repuesta, el Doctor, 
siguiendo el trabajo que pretendía hacer recreativo, 
propuso á su ahijada la radiografía de la mano. 

—Verás... Así la conservaré... 

Extendió la dama su mano descolorida, de lar- 
gos dedos, jaspeada en el dorso con red de venillas 
azules, salpicada en el anular por la gota cruenta 



202 



E. PARDO BAZÁN 



de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era 
una mano enflaquecida y febril, y sólo con verla 
podía adivinarse un estado anormal del espíritu. 
Ligera crispación nerviosa impedía á la mano ex- 
tenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, 
aplanándola, en la posición debida. 

Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las 
descargas eléctricas, hormigueo insignificante... Cla- 
ra, inmóvil, absorta, escuchaba la crepitación de la 
máquina, se absorbía en contemplar la gran ampo- 
lla del tubo Crookes, semejante á enorme y translú- 
cida agua marina, y detrás la otra ampolla, de di- 
seño más elegante, la de los rayos catódicos, irisa- 
da de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de 
ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor te- 
nía los chirimbolos fotográficos, á fin de revelar la 
placa. Sobreexcitada la fantasía de la señora, se 
exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por 
una luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba re- 
flejos de sangre sobre el rostro enérgico y expresivo 
del Doctor. Éste, preparando la cubeta, trataba de 
que la solución de hidroquinona bañase por igual 
la placa, y los mechones argentinos de su pelo se 
incendiaban con resplandores de hoguera. La habi- 
tación, reducida y atestada de trastos que se vis- 
lumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y 
de hechicería medioeval. Tal vez del estado íntimo 
de Clara dependía su emoción ante objetos trivia- 
les, que á plena luz sólo hablaban de cocina é in- 
dustria. Era la sensibilidad herida, la imaginación 
obsesionada. 

Poco á poco, á los reiterados golpecitos ele table- 



LA QUIMERA 



203 



teo de la cubeta, sobre la placa antes vacía comenzó 
á asomar una especie de nebulosa, cuyos contor- 
nos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más 
visiblemente, la marca terrible de una mano de es- 
queleto. Abierta como estaba, desviado el pulgar, 
la mano tenía la actitud de un llamamiento, de una 
seña imperiosa. Parecía decir: "Ven". Clara, fascina- 
da, miraba fijamente, ávidamente, los huesecillos 
mondos y finos que acentuaban su mística forma, 
esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese 
en las falanges, exagerar su gótico y macabro di- 
seño, que parecía trasladado de algún viejo painel 
de retablo de catedral. Y siempre la capciosa seña, 
el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo las 
cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y 
que sólo esperaba el soplo de aire. "Mi propio es- 
queleto" — repetíase atónita la señora. — "Así soy... 
¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne se ha 
disuelto". — Una asociación de representaciones, 
involuntaria, fulgurante, presentó al lado de aque- 
lla mano seca la figura de otra mano varonil, es- 
queletada también. En su alucinación, vió que las 
dos manos, los dos haces de huesecillos áridos y 
obscuros, se buscaban y se unían un momento, entre- 
lazando y enclavijando sus grupos de flautines de 
caña, y produciendo un sonido de choque de pali- 
llos, irónicamente musical. Se soltaron por fin las 
dos manos de muerto, como asustadas ó hartas de 
estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron es- 
parcidos por el tablero de la mesa, donde reprodu- 
jeron la sepulcral burlesca musiquilla... 
Á la claridad bermeja que continuaba iluminando 



204 



E. PARDO BAZÁN 



sólo un punto del mezquino aposento y concen- 
trándose en la cara del Doctor, absorto en la mani- 
pulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa 
de Ayamonte lo que basta para cambiar un alma, 
lo que impregna edades enteras de la historia: la 
gran realidad de la muerte, única promesa infali- 
blemente cumplida. Detrás se extendía el proceloso 
infinito... 

Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz 
en exclamar: "i Ya está!" fué como un vértigo; fué 
ese sacudimiento y temblor que los gruesos y em- 
botados de espíritu no comprenden, y que les pro- 
duce la admiración siempre algo incrédula del pa- 
leto ante refinamientos extraños. Sin género de 
duda, para que se produzca tal fenómeno es pre- 
ciso que esté el alma ya trabajada, batida y mace- 
rada en nardo y mirra. Lo que parece súbito, ines- 
perado, es lógico y consecuente. Sin embargo, el 
mismo interesado se engaña. Clara se figuró que 
una mujer nueva nacía en ella; que por primera vez 
penetraba la significación de una fantasmagoría 
hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo 
que carece de sentido, y sin embargo solicita la 
atención. "He vivido ciega", murmuró interiormen- 
te, estupefacta. No parecían posibles ni el engaño, 
ni el desengaño. La sensación fué cual si hallán- 
dose en algún recinto cerrado y donde escasease el 
aire, de ímpetu las paredes y angosturas se desva- 
neciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y 
embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el 
sér. Aquel aliento y aquel soplo la inmutaban, la 
llamaban á desconocida región; y en tan decisiva 



LA QUIMERA 



205 



hora, advertía el mismo transporte entusiasta que ea 
la ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invi- 
sibles colgadas de sus hombros, la misma apeten- 
cia de espacio inmenso,- sólo que ahora se recono- 
cía segura de no caer, aunque de muy alto se lan- 
zase. — De tai engreimiento pasó (con la subitanei- 
dad eléctrica que caracteriza á este género de 
impresiones) á un anonadamiento profundo de 
arrepentida. Sobre la cera en aquel punto blanda y 
caliente de su conciencia, se imprimió el til cogno- 
blt de los corazones mudados, de las almas plas- 
madas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin 
límites la salteó: el miedo de perder aquella dispo- 
sición en que se encontraba desde hacía pocos mi- 
nutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó hacia 
lo que acababa de entrever. "No me abandones, es- 
pérame" dijo sin palabras. "Sácame de mí, llévame á 
ti". Su cuerpo y hasta su inteligencia le parecían ser 
cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo material. 

Experimentaba el ansia de acción que acompaña 
á ciertos trastornos espirituales, y era su inquietud 
como de cierva á quien atravesó la flecha enherbo- 
lada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, 
más que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente 
escondida entre peñascos. Se daba cuenta de que 
hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto, acaso des- 
de la primera edad de su vida, había sufrido aque- 
lla punzada, aquel prurito; que el fuego en que se 
había abrasado su corazón no era sino sed del ma- 
nantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de 
una de sus lecturas caprichosas, guardada allí como 
en depósito. 



206 



E. PARDO BAZÁN 



Uno de los profetas de Israel, que eran grandes 
poetas, escondió en cierta ocasión el fuego del sa- 
crificio; mientras lo celó, se convirtió en agua; pero 
á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El 
símbolo se hacía para Clara, en aquel instante de- 
cisivo de su vida, transparente. ¡Cuando recogiese 
en su interior la profanada llama, se convertiría en 
agua y la refrescaría! 

Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo 
la vulgar operación química que practicaba el Doc- 
tor. La especie de alucinación se había disipado; ya 
no veía otra mano monda y descarnada juntándose 
con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica 
estaba allí, natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, 
sus huesos, no cual llegarían á estar en el ataúd, 
sino animados de vitalidad singular! 

Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano 
sin carne: 

-Voy... 

El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la 
cabeza pronunciando: 

—¡Cómo se ve que es mano de individuo bien 
alimentado, bien constituido, y cómo se indica la 
raza en la delicadeza de ese dedo meñique, una 
verdadera monería! Y no hay deformación ningu- 
na, ni señales de alteración reumática en las articu- 
laciones. ¿Verdad que poder fotografiar así los hue- 
sos tiene algo de milagro? 

—Algo de milagro tiene— repitió Clara. 



LA QUIMERA 



207- 



(Hojas del libro de memorias de 
Silvio Lago ) 

Mayo.—k\ trasladarme á mejor taller, en calle 
decorosa, cerca del palacio de Bibliotecas y Mu- 
seos, vuelvo á escribir en este cuaderno lo que me 
ocurre; sirve para explicarme c\ertos cambios que 
noto en mí, y reconocer lo que puede desviarme de 
mi senda. Este procedimiento es mas eficaz que 
confesarme con Minia; nadie desenreda el ovillo 
como quien torció la hebra sacándola de su propia 
substancia. 

¿Qué importa lo material de eso que llaman lu- 
dia en nuestro lenguaje bohemio? Comer poco y 
mal, tiritar de frío, no mudarse, ver siempre al sos- 
layo la misma mancha aceitosa en la misma sola- 
pa... eso se ríe y se pone en ópera. Lo difícil es con- 
servar la disposición de ánimo para tal género de 
vida. 



Inundaba el sol de primavera— de la corta é in- 
tensa primavera castellana— de luz rubia y de eflu- 
vios indisciplinados y ardientes las correctas aveni- 
das del Retiro, cuando las recorría yo al paso igual 
de uno de esos matalones de picadero, que alqui- 
lan á precio módico los novicios en equitación. La 



208 



PARDO BAZÁK 



esfera en que he ido entrando insensiblemente me 
impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo y 
la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargar- 
me el atavio de gentleman ridder: al estrenarlo y 
mirarme al espejo del armario de luna, me pareció 
irreprochable la figura encuadrada entre los biseles; 
algo exagerada la forma de las piernas, con las 
arrugas amplias del calzón en el muslo y su angos- 
tura en lct pantorrilla, subrayada por la fila de me- 
nudos botones, y disimulado lo único plebeyo de 
mi estampa— ibien plebeyo y bien delator! — que es 
el pie. Al lado de esta silueta de vida lujosa, mi 
retentiva de pintor evoca la sórdida estampa de mis 
primeros días en Madrid: las botas gastadas y tor- 
cidas, el viejo gabán verdusco, el pantalón nuez 
con rodilleras, el sombrero abollado, las trazas me- 
nesterosas de pobre vergonzante. De la asociación 
de aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo 
plástico de un ayer tan cercano, me sobrevino, no 
la alegría orgullosa del engreimiento, sino, al con- 
trario, una especie de acceso de desolación: porque 
medí, con sagacidad de que no carezco, el camino 
andado para distanciarme del ideal, y el ascendien- 
te que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí 
ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de 
vestir de frac, hasta ridículo me había encontrado, 
y ahora me reflejo en la clara luna, con la librea de 
la última moda, dispuesto á cumplir un rito de la 
nueva existencia que me han creado las circunstan- 
cias, y en la cual principio á sentir que enraizan, 
mal que me pese, mis plantas de vagabundo y de 
obrero libre, maculadas del polvo de los caminos. 



LA QUIMERA 



209 



¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se 
ha filtrado en mi organismo la imposición de ciertos 
afinamientos, el cosquilleo de ciertas satisfacciones 
mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués se 
me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignifi- 
cancia? No; aunque sufro el yugo, la protesta del 
ideal se caracteriza; siento las ansias /del profeso 
que al huir de su convento quisiera también huir 
de sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual 
en la esperanza. Esto no es sino una etapa del via- 
je hacia la tierra prometida: etapa inevitable. 

Al aire que prefiere la montura — paso de proce- 
sión—avanzo por la casi solitaria calle, guarnecida 
de lantanas y después de altas coniferas, algunas 
de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, 
desdeñosas de tanto orden... Me siento en disposi- 
ción optimista, con la cabeza vacía, el estómago 
tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de 
comer en casa de Minia guisos caseros; y merced 
al bienestar físico, el porvenir se me antoja á la vez 
seguro y lejano, algo que llegará á su hora y que 
no debe estropearnos el presente. Al cruzarse con- 
migo me saludan con zalamería dos ó tres aficio- 
nadas á guiar y á pasear temprano; los saludos tie- 
nen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe po- 
ner de halagüeño en un gesto la mujer maestra. 

Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay 
una especie de captación tiránica, una advertencia 
imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso: 
"Nuestro eres". 

Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíri- 
tu, que no me preocupé más. Mi independencia de 

14 



210 



alma, mi quisquillosa independiencia, no gritó, no 
so rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y 
por la sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas 
asi. en que una sensación de ventura nace en nos- 
oíros, como el agua clara y cantadora surte sobre 
el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se 
Origina de ningún convencimiento racional, ni si- 
quiera de ningún movimiento emotivo. Es sensa- 
ción: pura animalidad, no brutal, sino plácida, re- 
posada, que por un momento se impone á la siem- 
pre vigilante conciencia. 

Se desata por las venas la vida fisiológica, y el 
mundo exterior nos inunda y nos arrebata de la 
prisión de nosotros mismos. Nos reconciliamos mo- 
mentáneamente con lo que suele oponérsenos; un 
baño de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los 
pulmones; la sangre circula con generosa braveza; 
el cerebro se aduerme... ¡A veces, borrada la me- 
moria de supremos instantes de la existencia, es 
posible cpie el recuerdo de satisfacciones -tales, que 
no son sino perfecto equilibrio de la salud, venga á 
alumbrar las desazonadas horas de la vejez! 

Saboreando descuidadamente !o grato del mo- 
mento, revolví haciendo trotar á mi alquilón, y me 
perdí en las calles de pinos y plátanos, viendo á 
ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las 
construcciones que afean el Retiro. 

El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sor- 
do, desde su pedestal. Impulsado por la plenitud, 
en mi tan rara, de fuerzas vitales, quise galopar un 
poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el 
paseo de la Castellana. La soledad era mayor aún; 



LA QUIMERA 



211 



el batir de los cascos del caballo al emprender su 
galope sin arranque, de animal demasiado diestro, 
levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al 
tener que llevar recogida á mi montura, desperté 
del sopor en que me deleitaba, y la primer señal de 
haberse roto el pasajero encanto, fué que me com- 
paré á este caballo de picadero, dócil y maquinal 
como un siervo que se resigna. ¡Qué hermoso es el 
caballo en su pradería, suelta la nunca esquilada 
crin, naturales los botes y aires indómitos, que no 
igualaron el látigo ni la caricia! 

Al volver la cabeza vi que á aquella hora tem- 
prana, bajo un sol ya picón, caminaban á pie dos 
hombres... Les reconocí. El uno era Solano, el im- 
presionista, derrotado, despeinado, retorcida alrede- 
dor del cuello una corbata grasienta (es fácil que 
la camisa esté peor que la corbata), y sus adema- 
nes alocados, su trepidar ele ojos, daban animación 
febril al manoteo con que se dirigía á su acompa- 
ñante. Éste... Al verle, percibí el acostumbrado gol- 
pe, el que sufrimos al encontramos ante personas 
en quienes pensamos ahincadamente, y que, dis- 
tantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro 
destino, influyen en él, sin embargo, de un modo 
decisivo y secreto.— Era nada menos que aquel... 
que yo quisiera ser; el que— sosegadamente, firme- 
mente, desenvolviendo con tenacidad sus faculta- 
des, recogiendo hilos de tradición tenuísimos, algo 
que procede de los grandes maestros españoles de 
la pincelada franca y el contraste de luz vigoro- 
so,— se ha abierto ancho camino, sin artificios, sin 
concesiones, gran artista secundariamente, pero, en 



212 



E. PARDO BAZÁN 



primer termino, reproductor literal y pujante de una 
verdad de la naturaleza, de una violencia del color 
y de la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la 
tierra española! Con el corazón palpitante me sa- 
ciaba de mirarle, cual si de la contemplación apa- 
sionada del seide y del fanático pudiese salir algo 
de asimilación. Le miraba con dolor (lo hay en es- 
tos cultos idolátricos, y así se explica el triste fenó- 
meno moral de que las más profundas admiracio- 
nes artísticas ó literarias hayan engendrado las más 
viperinas envidias y los más acibarados odios).— Le 
miraba sediento, buscando en los rasgos físicos, en 
la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del 
cuerpo, en la misma pequeñez de la estatura, el 
misterio indescifrable de la facultad genial y del he- 
roísmo de la vocación, segura y definida, que, al 
través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto! 
Sentía esa fascinación que nos causa la forma hu- 
mana cuando encierra el espíritu que apetecemos, 
el que hubiésemos ansiado que nos animase. Com- 
prendía cualquier demostración de las que ya no se 
estilan entre civilizados: echar pie á tierra y besar 
el polvo hollado por sus botas! 

En medio de mi transporte, me explicaba la ex- 
cursión matinal del maestro, en compañía de uno 
de sus peores y más amanerados discípulos. Se di- 
rigían al edificio donde se prepara la Exposición, 
esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya 
por críticos al menudeo y proveedores de la malig- 
nidad en forma de caricatura y sátira. Indudable- 
mente Solano ha echado el resto en alguna tenta- 
tiva, trabajando con vida y alma, luchando con los 



LA QUIMERA 



213 



apremios de la estrechez y con su mediocridad in- 
curable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos se 
ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por 
solidaridad, á intervenir en asuntos de colocación, 
á dar al artista obscuro una muestra de condescen- 
dencia, el aliento del consejo y de la protección 
visible. — Noto un dientecillo roedor, un mordis- 
queo de envidia. — No es este pobre fracasado quien 
debiera, en esta mañana primaveral, bajo un cielo 
tan puro, encaminarse al lado del maestro á la con- 
quista de la gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado 
de aptitudes que acaso principian á atrofiarse ó aca- 
so hierven en preparación de germinar! — El golpe- 
teo de los cascos de mi caballo distrajo un mo- 
mento de la animada plática á los dos pintores; vol- 
vieron la cabeza, solicitados por la vida que pasa— 
y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto des- 
preciativo, mofador, á mi elegante figura, el maestro 
fijaba en ella los ojos de mirada moruna, graves, un 
tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo ligeramente. 
Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de 
muerte, cabalmente por su misma indiferencia y 
distancia. 

Un momento quedé paralizado. En la boca ací- 
bares, en el pecho constricción, como si lo ciñese 
fuerte aro de hierro. La más penosa de las impre- 
siones, la vergüenza— en el grado de bochorno y 
dolor de haber nacido— me abrumaba, infundién- 
dome sequedad y aridez infinita, visión de desierto 
de arena que atravesar sin sombra de árbol. La 
vida me pareció que había perdido de golpe todo 
valor, cuanto la hace soportable; hubiese querido 



¿14 



H. PARDO BA2ÁN 



que se rajase la tierra y me sorbiese por su hendi- 
dura, con caballo y todo. Miré como fascinado al 
maestro, y al sentir que, puerilmente, los ojos se 
me arrasaban y las mejillas se me encendían, clavé 
los agudos espolines de acero al domado bruto, 
dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, 
como se dice en términos de equitación, que el ga- 
lope emprendido convirtió mi aliento en resuello y 
me deslumhró un instante. 

Á cada intento del animal para moderar el paso, 
volvía á hincarle las estrellitas de cicero y á insti- 
garle iracundo. El caballo resoplaba, hasta iniciaba 
algún corcovo de protesta; pero pudo más su doci- 
lidad de esclavo, y se resignó á dispararse por las 
grises y polvorientas afueras de Madrid, bellas á su 
modo, secas y netas como país de tabla quinien- 
tista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez 
de aire, revolví, y lentamente emprendí el retorno, 
sudoroso y apaciguado. En Recoletos —ante una 
iglesia — me crucé con una señora que de ella salía. 
La miré como se mira, sin verlas dentro, á las mu- 
jeres de bonita silueta. Sus ojos se vertieron en los 
míos; iba pálida; palideció más. Entonces sí que la 
vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he 
causado mal, y es lazo que une. 

El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del 
que sufre por nosotros. Conocía yo bien la manera 
de ser de la Ayamoiite, que en vez de ruborizarse, 
con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo — 
no sé á que fin. — Tal vez fuese para decirla que me 
perdonase: que me pesa, no de mi condición, pero 
sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me olvi- 



LA QülMEKÁ 



215 



dé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en 
sus pupilas resplandecía algo; una luz singular, una 
proyección de alma... ¿Será que...? ¡Bah! ¡Tan 
pronto! 

) 



El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva 
instalación no podía faltar este requisito.) Se hizo 
cargo del caballo jadeante, para llevarlo al pica- 
dero. El criadito que he tornado acudió solícito á 
desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo 
por la blusa. Es increíble cómo me sentía ele fati- 
gado y descorazonado. Omití friccionarme las sie- 
nes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar 
el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván 
del taller; mi respiración era angustiosa.— ¡Qué dé- 
bil soy! — pensaba. ¡Acaso para llegar adonde tanto 
ansio se necesite esa sólida estructura, esa armazón 
recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, 
que economice mis fuerzas... en todos los terrenos... 
que no pierda de ellas una chispa inútilmente! Se- 
guir un régimen, hacer sport moderado sin derro- 
char energías como hoy... —Según suele ocurrir, al 
formar estos propósitos estaba á mil leguas de creer 
que pudiese cumplirlos. Comprendía que no era 
dable ya sujetarme al método austero que consti- 
tuye la higiene moral del artista. Me acordé largo 
rato de la Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mu- 
jer. Desde luego, me quería... ¡Bah! ¿Qué importa 



216 



E. PARDO BAZÁN 



que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que inte- 
resa es que no le estorben, que no le aten los brazos. 

Aún no me había repuesto, ni funcionaba normal- 
mente mi corazón, cuando entró el portero llevando 
en brazos un bulto gris, especie de manguito raso. 

— Lo que me ha encargado el señorito— dijo muy 
obsequioso. 

iVerdad! Se lo había encargado en un momento 
de tedio, de afán de tener á mi lado algo en que 
emplear mi escaso capital afectivo. 

Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, 
semejante á esos grandes juguetes de porcelana 
que se colocan en antesalas y bajo las consolas. 

La cabeza alongada, la magrez de las formas, de- 
claraban la pureza de la raza; la piel era fina como 
velludillo, y en el gracioso hocico había esa expre- 
sión de inocencia cómica que tienen los cachorros, 
y que asemeja su infancia á la infancia humana. 
Con un impulso de simpatía le tomé de manos del 
portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una 
puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió 
la cara; después, con dientecillos semejantes á pun- 
tas de piñones, mordisqueó lo primero que encon- 
tró — la nariz de su futuro dueño. 

— ¿Es macho? — interrogué. 

— No, señorito. Hembra es... No ha traído la ma- 
dre de esta vez macho ninguno— respondió el por- 
tero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á mentir 
descaradamente, imaginando engañarme. La ver- 
dad era que habían nacido en las cocheras del du- 
que de Lanzafuerte, próximas á mi estudio, cinco 
hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cua- 



LA OUlMERA 



les dos machos, reservados para amigos del duque, 
á quienes se los tenía ofrecidos sabe Dios desde 
cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo se- 
cular del cochero, que las explotó. En esta dimi- 
nuta intriga el portero sacó su tajada, amén] de un 
duro que le solté. 
Al exclamar yo: 

---¡Lástima que sea hembral — ya me sentía enca- 
riñado. — ¿No sería mejor que viniese criada? (Com- 
prendía que estaban riéndose de mí y no me atre- 
vía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la 
baronesa de Dumbría.) 

— ¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero 
el amo de la madre quiere que sólo mamen las 
crías que él guarda para sí. No se apure el señorito, 
que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; 
comprará leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es 
más bien cortada y más chula! 

Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que 
el portero tome café con leche á mi cuenta. La gra- 
cia de la cachorra me ha conquistado. ¡No se ala- 
barán de otro tanto las hembras de mi especie! La 
coloqué sobre el rincón del sofá, la hostigué para 
que jugase; pero acababa de atracarse y estaba 
adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos. ¡En- 
vidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi 
plaid á la cachorra, cuando el criado anunció á la 
señora duquesa de Flandes. 



218 



£. PARDO BAZÁN 



Ya escucho con indiferencia los nombre sonoros; 
pero al oir ésíe, no pude menos de sobresaltarme y 
correr á recibir á la rica hembra. Entraba á paso 
cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reve- 
ladores de frufrús, arrastrando majestuosamente su 
faldamenta de paño obscuro, semejante, como todo 
lo que ella viste — á pesar de proceder del gran mo- 
disto,— á una falda de amazona. Llenaba el angosto 
pasillo con su cuerpo lanzal y amplio de formas, y 
su cabeza bien puesta y gallarda se erguía para mi- 
rar los bocetos que tengo clavados en las paredes. 
Me incliné, me deshice en salutaciones y reveren- 
cias, — porque esta gran señora, aun donde muchas 
grandes señoras han pasado ya gastando mis im- 
presiones, es cosa aparte. Parece la definitiva san- 
ción de mi papel de retratista de las alturas. La en- 
trada resuelta y noble de esta virreina consagra mi 
taller y refrenda mi categoría. Viendo á la duquesa 
de Fiandes, por un momento me consolé de la hu- 
millación sufrida en el paseo. Se me impuso la no- 
ción de la jerarquía social, poder no inscrito en Có- 
digos ni en Constituciones, y que se burla de ellos 
y de las revoluciones niveladoras! Doblemente 
fuerte, por lo mismo que no tiene carácter legal, y 
que la retórica de la mentira proclama cada día su 
desaparición. La duquesa de Fiandes, para quien 
no esté en mi casa, será... otra duquesa más de las 
que figuran en la Guía, y entre las cuales tan curio- 
sas diferencias establecen las circunstancias íntimas 
y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rá- 
pida y de seguro incompletamente iniciado en la 
vida mundana, no ignoro lo que significa esta 



219 



mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la 
sociedad y la apatía suicida de la gente aristocrá- 
tica, conserva su conciencia de clase, el sentido de 
sus prerrogativas y del valor histórico de su nom- 
bre. Ella, y no el marido — el cual es realmente quien 
lleva en las venas la sangre de Fiandes y Utrechí, 
encarnación de la vida española cuando aún era 
gloriosa;— ella, y no el marido, es quien ha consa- 
grado tiempo y voluntad á elevar á altura princi- 
pesca la casa, impidiendo que, como otras muy 
resonantes, descendiese á la quiebra y viese disper- 
sos sus egregios despojos en almonedas judiciales y 
tiendas de anticuarios. Ella, y no el marido, ha cui- 
dado religiosamente de salvar los restos y testimo- 
nios de antiguas proezas, y desempeñado los tapi- 
ces representando batallas, los retratos del Ticiano, 
las iluminadas ejecutorias, los probantes documen- 
tos, desempolvando el archivo, registrándolo con 
amor, últimamente con golosina; ella, por último, se 
ha consagrado á cultivar la memoria del antepa- 
sado terrible, que tan grande fué contra el sentido y 
la corriente de los tiempos modernos, y á que los 
descendientes aparezcan todavía (pese á desvincu- 
laciones, locuras y decadentismos) vestidos de un 
reflejo espléndido de tal grandeza. Ella— desde el 
primer día de su vida conyugal —se ha dado cuenta 
de que en los muy altos iinajes la mujer tiene un 
deber más, y entré ejemplos nada edificantes y re- 
laciones de elegancia corrompida, ha permane- 
cido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la 
maledicencia por la seriedad de su conducta. Ella 
— sin llegar á extremos de altivez como los que se 



220 



É. PARDO BAZÁtf 



cuentan de su esposo, que á muy pocas personas 
consiente alargar la mano — es toda la casa de Flan- 
des, amenazada como las demás de desmigajarse 
por el reparto, no sólo de bienes, sino de honores y 
títulos. 

La miré deslumhrado, encontrando un género de 
belleza peculiar en su tipo viril, de grandiosas lí- 
neas, en su torso prolongado y sólido de cazadora 
y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome 
y hablándome llanamente, con palabras de amabi- 
lidad cordial. Tenía noticias de mi destreza... El 
pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo mi~ 
roir amarillo, un encanto... Deseaba un retrato ca- 
prichoso, algo diferente... 

—Sólo en el hecho de ser retrato de usted, seño- 
ra, había de diferenciarse. Cuando el modelo tiene 
personalidad... 

Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la 
representase con su chaquetilla verde, su faja car- 
mesí, su pavero de fieltro gris, su larga pica de aco- 
sar y derribar empuñada; el atavío con que se so- 
lazaba en la dehesa boyal, metiéndose intrépida 
entre las reses, en las tientas. Es este Ccistizo depor- 
te uno de los contados antojos tocados de extrava- 
gancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coin- 
ciden sus aficiones y las de su marido, siempre en- 
tregado al sport 

— No va á resultar muy género pastel... — murmu- 
ró disculpándose. 

—Mejor — exclamé. Y ante la sonrisa benévola y 
franca, como de amiga, de la Flandes, me sentí ani- 
mado á una de aquellas desatadas confidencias que 



LA QUIMERA 



221 



había tenido con Minia, que pueden tenerse con las 
mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. 
Escuchóme con interés; "comprendía" y "encontra- 
ba natural". 

— No se preocupe usted — exclamó con simpatía.— 
Lo que usted necesita es salir de Madrid, donde no 
encontrará estímulos, donde se amaneran los artis- 
tas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos 
que haga, como se pagan seriamente, tiene usted 
bastante para vivir, y puede estudiar con pintores, 
de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no 
los hay de esa talla! En Londres creo que le irá á 
usted bien. 

Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me 
vengaban del desprecio sufrido en el paseo ma- 
tinal. 

— ¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme 
ciudad. Nadie me conocerá, ni yo conoceré á nadie. 

Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los 
ojos de vastas ojeras obscuras, mazadas; ojos que 
parecen revelar un organismo minado secretamente. 

—¿No me conoce á mi? 

Tembloroso de esperanza, murmuré: 

— ¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si 
es que voy? 

— Esté ó no esté— y si es en la season, no tendría 
nada de particular que estuviese,— le puedo dar á 
usted cartas para amigos míos. Si Pepita Castelfir- 
me continúa entonces en nuestra Embajada, le será 
á usted muy útil. Los retratos en esos países se pa- 
gan diez veces más que aquí. ¡Y en libras! 

Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de re- 



222 



E. PARDO BAZÁN 



tratos de una familia tenida por millonada, y que 
me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que ya me re- 
suelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes in- 
sistió: 

—Una temporada en Inglaterra conviene para 
todo. No sólo aprenderá usted arte, sino que se 
robustecerá; es muy sano residir allí. El clima es ex- 
celente, digan lo que quieran; la comida nutre más; 
no sé en qué consiste... Hará usted un poco de ejer- 
cicio; iaquí la gente vive sentada!... 

—Bicicleta por lómenos — declaré.— La primavera 
que viene voy á seguir su consejo de usted, du- 
quesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no puedo... 
i No puedo de ningún modo! 

—No puede usted...— asintió ella,— entre otras 
cosas, porque ahora va usted á retratar á Sus Al- 
tezas. 

— ¿Es seguro?— articulé. — Por más qucdiciéndolo 
usted... La amistad que lleva usted con la Reina... 

Se hizo atrás, protestando. 

— ¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, natural- 
mente. ¡Si yo no sé nada! Lo he oído decir por ahí. 
Es natural que se le ocurra á la Reina retratar á la 
Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bo- 
nita! Las fotografías son antiartísticas, y un retrato 
al óleo haría duro. Supongo que también el Rey se 
retratará. Es un honor para usted, porque no á to- 
dos los pintores se les admitiría en la intimidad de 
Palacio, donde se hace vida tan severa. Las prince- 
siías han sido educadas perfectamente. Ya sé que 
es usted una persona capaz de estar allí como debe 
estarse. 



LA QUIMERA 



223 



Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se 
me habría ocurrido cometer ninguna incorrección 
en Palacio! Las palabras (bien intencioníidas y bon- 
dadosas, sin embargo) de Ja rica hembra, me recor- 
daron la distancia entre el mundo del cual procedo y 
el mundo en que las circunstancias me sitúan. He en- 
trado en él tan de golpe; mi facultad de adaptación 
me ha permitido de tal modo, desde el primer mo- 
mento, salvar escollos, que me mortifican adverten- 
cias como las que acaba de dirigirme esta ilustre 
señora. No saben hasta qué punto soy yo hábil; ¡si 
soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial 
también suele indignarme. Seria vigor conservar la 
bravia y rugosa corteza del proletariado bohemio, 
y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí en 
Buenos Aires, desde mi transformación de obrero 
en retratista! Allí también anduve entre señoras, 
más pacatas, por cierto, que las de aquí. ¡No; rio 
oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas ni- 
ñas reales cosa que pueda arañar la superficie de 
su candor! Seré para ellas un mudo y respetuoso 
mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas 
y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á 
las imágenes. No posaré mis ojos en las dos lises 
adolescentes sino para sorprender su forma, que 
tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras ele 
santas de los primitivos. A ser posible, gustaríame 
incluirlas en un díptico, y con aureola. 

La Flandes se retira, después de convenir en que 
volverá mañana á las once —ésta es de las que ma- 
drugan y hacen vida activa, oreada, — y en que el 
domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su 



224 



E. PARDO BAZÁN 



Ticiano, sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez 
más sufriré la decepción de que ante la pintura an- 
tigua (hecha con los jugos y esencias de edades 
más estéticas, y que sólo por recordar esas edades 
ya excita la imaginación y la puebla de bellas su- 
gestiones), nuestra pintura actual desciende muy 
bajo. 

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: 
al cabo es la primer casa de Madrid, después de la 
que domina la Plaza de Oriente; pero soy de tal 
madera, que apenas me solivianta la hinchazón de 
la vanidad, ya estoy arrepintiéndome, pensando que 
un convite á almorzar es justamente el modo que 
tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, 
en mi puesto de artista á quien se recibe en pie de 
dependencia disimulada por llanezas de buen gusto. 
Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos reúnen 
á los que no alternan, y las comidas, muy poco 
frecuentes, á los elementos sociales homogéneos. 
En fin, ¿qué diablo me importan esos tiquis miquis? 
Quién soy yo para..: *Ó¿ íñéíwdícho, ¿quiénes son 
ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de 
mi conciencia? ¿Será exacto lo que asegura Minia, 
y no atravesaré impunemente un medio donde la 
vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo 
superior, infinitamente superior, á una invitación en 
casa de Flandes? 



LA QUIMERA 225 

Pues sin embargo... Media hora después de ha- 
cerme estas reflexiones, se presentan en mi taller 
una señora oronda y dos niñas enfaroladas, á quie- 
nes conozco de haberlas visto por ahí en todas par- 
tes (tienen la ocurrencia de no perder ripio); lias de 
Barrachín. Las muchachas no son malejas; la ma- 
yor, la rubia, conserva una frescura que aún no han 
podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo 
de plumas, cintas, colorete y brillantes. Vienen á 
solicitar que las retrate en seguida; pagarán cuanto 
yo quiera, y doble, "porque el arte y la inspiración 
no tienen precio 4 *. Más frío que la horchata de chu- 
fas, contesto que no puedo, que no tengo un minuto, 
que no lo tendré hasta Dios sabe cuándo. Hablo 
precipitadamente, empujando las palabras, como si 
me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.— 
Y es el caso que (por casualidad; porque algunas 
de mis clientes que habían de venir esta semana, 
hacen ejercicios de marianismo selecto en el Sa- 
grado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospe* 
chan, pues si no allí estarían de patas...) tengo, no 
minutos, horas libres, y tres ó cuatro retratos — las 
Barrachinas desean reproducir las fisonomías de 
toda la familia, sin exceptuar al grifón favorito, — 
tres ó cuatro retratos, digo, pagados contante y he- 
chos al correr del dedo, no me vendrían nada mal, 
ahora que acabo de mudarme y que el armario de 
la Dumbría, ¡pobre señora!, no guarda un céntimo 
de ahorros míos...— Pero el individuo de adaptación 
que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por 
un medio absorbente, se abochorna de conceder la 
alternativa á gentes caricaturales que andan eVi 

15 



226 



PARDO BAZÁÑ 



solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro sequedades, 
que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, 
pero me dejaran el bolsillo tan flojo como está... Se 
retiran cariacontecidas, previos reiterados y ramplo- 
nes ofrecimientos de casa- y amistad (la tema de 
ofrecerse es una de las notas características de estas 
infelices). Cuando me quedo solo, me reprendo, me 
pongo de perro humor, pensando si ya mis actos 
no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta. 



Debe de ser así.— Hace lo menos mes y medio 
que no piso la escalera de mis humildes amigos, 
los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas, 
á quienes daba lección gratuita de dibujo, han 
adivinado la causa. Al padre podré contarle que no 
he dispuesto de una hora; las chicas no lo tragarán. 
Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si 
se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gen- 
tes qué es de su vida. Saben que los hombres sali- 
mos á la calle cuando nos parece, y si tenemos con- 
fianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por 
otra parte, las muchachas, y especialmente Matilde 
—que se había forjado ciertas ilusiones—me pro- . 
nosticaron esto: "Ahora, con lo encumbrado que 
está, no nos hará caso maldito". ¡Lo que yo emba- 
rullé para sosegarlas! Me puse como me pongo 
cuándo el influjo de la compasión y cierto instinto 



LA QUIMERA 



227 



de justicia me revisten de momentánea sensibilidad. 
Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no 
soy bueno, yo no valgo nada moralmente. En la 
marejada de mis sentimientos todo es vana espu-. 
ma... cuando no amargor. Á los seres que de^ veras 
me quisieron les hice siempre daño. No puedo olvi- 
dar la mirada de Clara Ayamonte, ni las lágrimas 
que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Ma- 
tilde, obscura niña de medio pelo, cuyas penas no 
salen de las cuatro paredes de su domilio... 

¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Aya- 
monte? Dentro de seis meses ni el color de mi bigo- 
te recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo se 
le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del 
emperador de la China.— Lo que las traía locas en 
aquella casa era justamente que yo anduviese por 
donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revis- 
tas de salones no las hay. Me freían á preguntas. 
"¿Cómo viste Lina Moros? ¿Qué olor gasta? ¿Se 
pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más allá? 
¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?,, ¡Matil- 
dita! Si la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de 
su tercero á un hotel suntuoso, y convertir su traje 
de lana en funda ondulosa de gasa blanca reborda- 
da de lirios, conmigo no soñaría, Con algún sports- 
man, de seguro,.. 



Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán: 
los Reyes. Mañana, el barnizado; cada quisque se 
llevará allí su tarro de barniz de espliego y su bro- 



>28 



K. PARDO BAZÁN 



cha, y trepando á una escalerilla, batallará con los 
rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuán- 
tas fantasías, cuántas decepciones! Lo que en el ta- 
ller parecía un triunfo, allí se viene al suelo... Ahora 
les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; 
otra cosa que esto, otra cosa. |Ya es tarde! Y aún 
hay alguno que allí mismo quiere variar tal toque ó 
cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con febril mano, 
se corrige. 

Me he colado, sin importárseme de miraditas, cu- 
chicheos y señas; me he paseado con las manos 
metidas en los bolsillos, perdiéndome entre los gru- 
pos de curiosos impacientes que no quieren esperar 
al día de la inauguración oficial, entre los cuales 
circulan críticos de periódicos, individuos del Jura- 
do, maestros rancios, á quienes saluda con respeto 
la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces 
sin querer, con el corazón atenaceado, la más des- 
pectiva calificación de aquello en que cifran lo 
hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso 
que yo debería ser uno de éstos; que falta en las 
paredes el pedazo palpitante aún de mis entrañas, 
manchado con sangre de mis venas, que se llamaría 
mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber con- 
currido, y que mañana los periódicos insertasen crí- 
ticas, y la muchedumbre, al desfilar, preguntase dis- 
traídamente: "¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista* 4 . 
Con descolgar de mi taller la Recolección de la pa~ 
tata y traérmela... Alzo la vista, recorro salón tras 
salón, y veo infinitas cosas peores que mi estudio 
rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero 
cada uno es cada uno; me moriría de vergüenza si 



LA QUIMERA 



229 



me diese á luz con la Recolección. El que venga 
aquí debe traer algo; un trozo de verdad, y no sólo 
de verdad, sino de verdad suya, vista por él, no al 
través de los maestros que fuerzan la imitación de 
los principiantes. ¿Es eso mi Recolección?\No. El 
asunto lo he encontrado en mi tierra; lo he visto con 
mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos 
de reminiscencias; á mis ojos no se les había im- 
puesto aún mi alma... y ese cuadro es de la escuela 
del hombre que, en el camino del Hipódromo, me 
miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas 
dentro de mí y en mi, iluminadas con luz obscura ó 
brillante que yo genere, y que sea luz después para 
otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por 
admiraciones y estrechado en brazos de una estética 
que sobaron los demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, 
tal vez nunca... ¡Maldito sea, maldito, si no trabajo 
sin descanso, si no me hago dueño de la técnica, y 
si luego no descubro un rincón donde nadie haya 
sentado el pie y no me acuesto en un lecho virgen- 
sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar que en un 
día de fiebre la Recolección me pareció un paso en 
mi carrera! 

¡Como la Recolección, hay tanto aquí! La evolu- 
ción de estos muchachos expositores me explica la 
mía. La considero con indignación, mientras el pú- 
blico, sin darse cuenta del por qué, la considera con 
desvío y hasta con befa;— y esto el día del barniza- 
do, en que sólo viene gente algo entendida. — ¿Qué 
será cuando entre aquí, por dinero, la recua desco- 
nocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas ma- 
neras me indigno! Trabajaron... ¿Y qüé? En primer 



230 



E. PARDO BAZÁN 



lugar, no trabajaron con paciencia. Son improvisa- 
dores. Si no podían vivir, que barriesen las calles. 
Todo menos exponer estas vergüenzas, que no re- 
velan ni temperamento ni personalidad; que son 
la cara de un maestro, vista en espejo desazo- 
gado... 



¡El desdén (anch'io desdeño) me sugiere resolu- 
ciones! En el ángulo de un salón solitario (donde se 
exhiben engendros más torpes y canijos, la epilep- 
sia de la imitación que se cree original porque exa- 
gera defectos) me paro, y con la voluntad flechada 
y el espíritu recogido me agarro la mano izquierda 
con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro 
á mí mismo no existir sino para mi inspiración, no 
transigir con nada que la estorbe. "Si algún día fi- 
gura en este Salón un lienzo con la firma de Silvio 
Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio 
Lago, del alma de Silvio Lago..." Aún seguia apre- 
tujándome, cuando Marín Cenizate me interpeló. 

— ¿Has visto mis paisajitos?~~preguntó afanosa- 
mente. 

—No... ¿Dónde los han escondido? 

—¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de 
tener enemigos, diría que mis enemigos los han co- 
locado allí para fastidiarme. Pero habrá sido porque 
á los señores del Jurado no les pareció que mere- 
cían más consideraciones. Ven, verás, 



LA QUIMERA 



231 



Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta 
otro arrinconado, apenas visitado, donde muy altas 
y á mala luz campeaban varias tablitas siempre ins- 
piradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de 
fe, costábame trabajo disimular la indiferencia y 
pagar mi tributo de amistad con algún elogió. Cení- 
zate comprendió, y, como siempre, su alma buena 
se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza. 

—¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? 
¡Porque mira tú que hay moñitos que quitar! ¿Has 
echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que leer las 
críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa 
Roma — lo estaba diciendo Ruiz Agudo, el de La 
Península— es el estragamiento de la poca espon- 
taneidad que podrían tener los muchachos. Allí se 
aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo 
no ha vuelto á respirarse allí desde el siglo xvin. 
Convencionalismos, la eterna ciocciara, la cabeza 
de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus paisajes 
melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y 
un ara rota, como gran alarde de modernismo. Ruiz 
Agudo está furioso: dice que en el periódico va á 
pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al 
Gobierno, para que se convenzan de que hoy la 
pintura debe estudiarse en Londres y en París y en 
Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí, señor: en 
Chicago, entre tocineros. 

—Yo iré á Londres muy pronto indiqué. 

— Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de hu- 
mor y les pones la ceniza á todos!... ¿A ver, á ver: 
qué se traen esos señoritos que te escupen tanto? 
Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No 



232 



E. PARDO BAZÁN 



sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? 
Con tus marquesas, no vives en el mundo. Pues ha 
dado una batalla para que le admitiesen una locu- 
ra enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino 
tontería) que tiene embotellada hace meses. El hom- 
bre quería disparar un cañonazo. Te diré que puso 
toda la carne en el asador: el cuadro — yo lo he vis- 
to — es... descomunal! 

— ¿Pero dice algo nuevo?— pregunté interesado, 

—¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de 
mi alma, por no tener nada nuevo, ni botas ha es- 
trenado en su vida... ¡Es un discípulo malo, y un 
discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, 
pereciendo de miseria. Su madre y dos hermanos 
menores aguardan para comer el día en que Sola- 
no venda algo que no sean las consabidas tablitas 
de "la maera vale más..." Ya las conocemos, ¿eh? 

—¡Bien triste!...— murmuré impresionado. 

—Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bi- 
cho. De ti dice horrores, cosas feas. Si yo te las re- 
pitiese... No se contenta con zaherirte como artista, 
no; te pinta como un intrigante que se vale de to- 
dos los medios y explota ciertas cuerdas del cora- 
zón femenil para medrar. ¡Déjale que se jorobe! 

Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me 
sentí inundado de compasión. No es la primera vez 
que noto que me falta el resorte del honor burgués. 
Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si 
llego á convencerme de que no puedo hacer nada 
de arte, ¿qué me importa lo demás? Siempre me 
han dado risa esos señores que se van á la redac- 
ción de un diario á exigir que pongan un suelto en- 



LA QUIMERA 



233 



íerando á los lectores de que el Manuel Fulánez que 
fué sorprendido robando por el procedimiento de la 
mecha no es el respetable procurador D. Manuel 
Fulánez. En mi interior me he dicho muchas veces: 
iQué dianche! Pues me tiene perfectamente ^in cui- 
dado ser ó no todo un caballero..." 

—Habías de ver—prosiguió Cenizate— lo que re- 
volvió el indino para colar aquí su engendro, un 
verdadero padrón de ignominia... Porque tú no te 
puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando 
algo parecido á lo que cuenta Zola en La Obra, y 
que Solano tiene una chispa genial... 

— ¿Quién sabe? 

—No seas así... Tú comprendes que ese haría 
mejor en empuñar la lezna... ¡Se le ha puesto en el 
moño pintar; no puede, y odia de muerte á los que 
pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta úl- 
tima, la decisiva. Si el imbécil público no compren- 
diese lo sublime de su cuadrángano, entonces iya 
sabe él lo que le resta! 

--¿Será capaz de un acto de desesperación? 

— ¡No eres tú poco romántico! —protestó Ceniza- 
te.— ¿Lo que él será capaz de hacer? ¡Otro ciempiés 
para la Exposición futura! 

—¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto 
y de la humillación en un alma?— respondí.— Cuan- 
do estamos sanos y satisfechos de la vida, nos es 
imposible representarnos la situación de quien se 
cae de lo alto de toda su esperanza. Te diré lo que 
me sucede... Desde que entré aquí, me ocurre si 
todo eso colgado en la pared y tan flojiío como 
arte... no tendrá un valor inmenso como psicología. 



234 



E. PARDO BAZÁN 



El deseo que produjo iodo eso, ¡qué empuje repre- 
senta! Esos cuadros suplican y lloran; piden, quie- 
ren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están 
voceando: "iMisericordia! ¡Nos han engendrado tan- 
tas ilusiones, y eran tan bonitas! ¡Miradlas á ellas y 
no á nosotros!" 

— ¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! Hom- 
bre, los maletas como Solano que escojan otro ofi- 
cio! ¡Decirte lo que ha laborado! Inverosímil. Reco- 
mendaciones á diestro y siniestro; influencias de 
aquí y de acullá; sueltos con indirectas en los pe- 
riódicos donde encontró medio de introducirse; y, 
sobre todo, la protección á capa y espada del maes- 
tro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lás- 
tima, ¡que tantas tonterías nos hace cometer!; y el 
homenaje del discípulo, que siempre halaga... ¡Dis- 
cípulo! No sabe el maestro que tienes tú una Reco- 
leccioncita ele la patata... Esa sí... Y no has necesi- 
tado estarle dando la tabarra en su taller para sor- 
prenderle la factura. 

— ¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante Re- 
colección. ¿Presentarse con ropa prestada? 

—¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene 
propia? 

A toda costa quiso Cenizate enseñarme los fusi- 
lamientos. Recorrimos segunda vez los salones, y 
lejos de compartir la opinión de mi amigo, me pa- 
reció que la juventud no se inspira verdaderamente 
en los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y 
estudio); lo que hace es buscárselas á encontrones, 
á saltos. Los únicos que imitan concienzudamente 
á los maestros (pero quedándose á distancia) son... 



LA QUIMERA 



235 



los maestros mismos. Los que exponen aquí y los 
que he podido ver por ahí en exposiciones particu- 
lares, rehacen pálidamente el cuadro que hace vein- 
te años les valió nombradla. El tiempo no ha trans- 
currido para ellos... ¡Con qué rapidez, en ópmbio, 
transcurre para mí! Esto que me atrevo á escribir 
ahora en un libro de memorias que nadie ha de 
ver, ni á pensarlo me atrevería allá en la inolvida- 
ble Alborada. Era pueril mi respeto á los que tienen 
cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al de la 
mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que ese 
es el que yo quisiera ser; mi admiración por ese 
no se ha gastado al contacto de la frialdad de las 
gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal 
de admirar. Y ansio, con ansia que tiene algo de 
frenesí, encontrarme ya en París ó en Londres, don- 
de existan otros que yo quisiera ser, en cuya dora- 
da estela pueda deslizarse mi barca. 



Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que 
causan el sol y el aire libre después de la fatiga pe- 
culiar de los Museos; recojo primavera en mis pul- 
mones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando, 
que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de 
gladiador. ¡Cenizate apenas puede seguirme! En ta 
Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el te con mi 
excelente Palma, que tiene que hablarme de varias 



236 



E. PARDO BAZÁN 



cosas, aconsejarme con su lealtad de costumbre, 
embromarme un poco, animarme, transmitirme, de 
seguro, algún nuevo encargo... 

Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; 
necesito vestirme. Franco Galarza, un muchacho 
acaudalado que quiere que le dé lecciones de pas- 
tel, me ha convidado á comer en su Club. A la boca 
de la calle, antes de acercarme al Viaducto para 
cruzarlo y saltar al tranvía de la calle Mayor, un re- 
molino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo, 
en la profundidad pintoresca del caserío y del ar- 
bolado, que desde arriba produce vértigo de abis- 
mo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie entre la 
multitud le conoce; es su destino que no le conoz- 
can, pues le faltaron puños para violentar á la 
Fama; pero como tiene la cara hacia arriba, y sus 
ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados, 
inmóviles, se han posado tantas veces en mí con 
insultante ironía (sin recordar que éramos herma- 
nos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la ba- 
randilla, fascinado por la fascinación más podero- 
sa, que responde al sentido de terror y misterio que 
rodea nuestra vida: la fascinación de la muerte... 

¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mis- 
mo que yo anhelo! Y siempre más valiente que yo; 
lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas mendi- 
cantes y las enviaba á vender á los cafés, que aho- 
ra cuando reposa en el suelo con los miembros ro- 
tos, convencido de lo imposible de su Quimera. 



237 



Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos 
cuantos cálices de extra dry. El espumoso me acre- 
cienta la melancolía en vez de disiparla: mis ner- 
vios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de 
un carácter romántico delicioso. La noche nd^ termi- 
na en el Club; á la mañana siguiente me despierto 
estropeado, cadavérico, con una facies de cera; y 
recordando el juramento prestado la víspera ante 
mi mismo (los más sagrados, ya que son los más 
libres), me desprecio, y envidio al que á tales horas 
reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierío la 
ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia 
otra especie de no ser. 



LAS CUATRO MEDITACIONES 



PRIMERA MEDITACIÓN.— EN LA SOMBRA 



Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo -toa 
lejos que su contorno se pierde— un disco de clari- 
dad. Dentro de él, haciendo la señal misteriosa, la 
mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y 
las tinieblas rae siguen como perros negros que no 
aullan 



§38 



E. PARDO BA2AN 



lAy de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer 
día me dejaron sola y mis pasos fueron caídas. 
Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas ios cubrie- 
ron, y sobre ellos creció espesa la carne. 

Quiero ver. 

En medio de esta negrura, algo hay que me guía. 
El disco ya no se aleja con tanta rapidez. Se me fi- 
gura que está quieto... No. Se desvía; pero suave- 
mente, sin malignidad. 

Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfria 
y agobia, como montaña que oprimiese mi pecho. 

Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que 
no forma acentos, que es música sin notas, me 
rodea. 

Aliento que no sé de dónde viene, que se mete 
por entre mis labios, me conforta. La obscuridad es 
la misma, y sin embargo mis pupilas recogen par- 
téenlas de rayos invisibles que sólo en mi interior 
alumbran. 

Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, 
siempre que vaya en dirección opuesta á mi mo- 
rada antigua. 

Porque yo moraba en paraje horrible. 

No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuer- 
po pesaba mucho, á fuerza de estar cubierto del 
espeso limo. 

Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro 
que reptaban sobre mi piel, y al través de ella bus- 
caban mi alma. A veces salía del charco y me ex- 
tendía, para secarme, sobre abrasada arena; enton- 
ces los J escorpiones hacían presa en mí, y la sed 
retostaba mis^ labios, hasta punto de agonía. 



LA QUIMERA 



239 



Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y 
los escorpiones eran hermosos. 

Por lo cual más baja estaba yo que ellos. 

Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excre- 
cencias que no me dejaban abrirlos. j 

Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo 
que tuve por cristal era turbieza. 

¿Será cierto que ahora voy reciamente? ¿Mis pár- 
pados habrán soltado su costra? 

Me pesa aún el cuerpo. En el arca del pecho 
siento gravitar barras de plomo. 

Quiero ir ligera, volandera. 

Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que 
va á nacer. 

Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con 
dolor, si es preciso; y mejor si es con dolor pro- 
fundo. 

Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar 
de la nueva morada á los duendes, á las sombras^ 
á los muertos, á los espectros. 

Duendes eran, y agitaban el aire. 

Sombras eran, y arrastraban. 

Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado 
duele desde el cementerio. 

Espectros eran, y hacían gestos para remedar la 
vida. 

Vida les prestaban mis apetitos. 

Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas. 

Quiero abejas. 

Quiero mieles, para mi boca seca de amargura. 
Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la 
muerte y á la nada. 



240 



B. PAKDO BA¿AN 



Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, 
mi frenesí. 

Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino 
irónico de mentira, oigo que el imperceptible mur- 
mullo musical forma acentos balbucientes, pala- 
bras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí 
con tinta de oro inflamado. 

"Para gustarlo todo, 

no quieras tener gusto en nada. 

Desnuda tu espíritu; 

hallarás quietud. 

Apaga tu fuego: 

llama muy bella y activa se alzará después. 
Avanza en la obscuridad: 
tienta con las manos: 
si caes, levántate y prosigue. 
Séate dulce que corra sangre de las rodillas des- 
pellejadas. 
No tengas miedo. 

En la obscuridad palpita y se estremece tu des- 
tino. 

Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinie- 
blas amasadas con rayos obscuros, como los que 
atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos, tu 
verdadera figura, la duradera." 



SEGUNDA MEDITACIÓN.— LA ESCALA 

Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, an- 
dando. Entre la compacta negrura que me cerca, 
mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se 



LA QUIMERA 



241 



agarran á los montantes de hierro, duros, polarícen- 
te fríos, y empiezo á trepar. 

¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y 
si bamboleándose conmigo, me precipitase al cibis- 
mo, donde corre el torrente? | 

Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavo- 
rosamente 'se balancea. Oscila, oscila como un pén- 
dulo, y oigo el acompasado retemblar de una cam- 
pana al golpe del badajo— campana rota, que no 
suena y vibra. 

Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bam- 
bolea ya. 

Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensa- 
ción de la enorme altura. Vértigo y en las palmas 
hormigueo, que tienta á abrir la mano y á soltar los 
montantes. La escala oscila otra vez. 

Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La 
piel de mis manos se ha quedado pegada al hierro 
raspón. 

Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de 
continuar, de engarzar peldaño con peldaño y tor- 
mento con tormento. 

Aún no estoy en la cima. 

Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera 
de serpiente pisoteada y malherida. 

Me detengo, porque se me va el sentido y la 
fuerza se acaba. 

Y entonces advierto que he llegado. 
¿Adonde? Se me figura estar al pie de un muro 

colosal, hecho de tinieblas sólidas. 

El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la 
resistencia resonante del bronce. Y en mí brota una 

16 



242 



voluntad de bronce también; pero ardiente como el 
bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la 
fundición. 

La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa: 
u La materia es limitada; pero no hay límite 
para ti. 

Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti 
misma. 
Elige. 

Podrás degenerar en las cosas inferiores como los 
ciegos, y podrás transformarte en las superiores y 
divinas. 

Si cultivas tu cuerpo, crecerás corno planta; si tus 
sentidos, te revolcarás como bruto; si tu razón, serás 
como los hijos de los hombres; si tu inteligencia 
pura, como los ángeles; y si volviendo á tu centro 
te abismas en él, serás espíritu feliz. 

Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana 
es la palabra, arcano el presentimiento. 

Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver enta- 
lla tu estatua nueva. 

Asi que tenga forma, un soplo de amor la ani- 
mará. 

Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conoce- 
rás que has resucitado". 

Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la 
puerta de bronce. 

El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi co- 
razón está hinchado y negro porque no se recató de 
la mordedura. 

Cangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas 
corre el veneno de su descomposición. 



LA QUIMERA 



243 



"(He pecado, he pecado, he pecado!* 

La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre 
sus ejes sonoros. 

La sentí abrirse de par en par, y el aire que con- 
movieron sus magnas hojas me refrigeró, aliviando 
mi calentura. 

La voz cantaba esta himnodia: 

"Desde hoy ese corazón graso y pesado y que 
mordió el áspid va á serte extraído, y en su lugar 
te pondré otro leve, transparente, de diamante y 
llama; y con él amarás amores desconocidos, ternu- 
ras mozas, de aurora y de primavera en floración. 

Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, 
te lo sajaré, y verás cuán dulce es de recibir el co- 
razón niño, cofre lleno de perlas que rebosan". 

Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo som- 
bra, pero sombra tibia, cruzada por soplos de brisa 
como la que viene de agitar ramas de árboles ba- 
ñadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, 
y sentí como si me arrancasen todo lo encerrado 
dentro de su caja y lo arrojasen lejos de mí. 

Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respi- 
ración fué más tranquila y mi cansancio se disipó y 
mis pies heridos se curaron. 

Veía mi nuevo corazón como había visto él anti- 
guo, al través de una placa de cristal; pero éste no 
palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio de sangre, 
alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura. 

Y me dejé caer al suelo, que era de pradería ta- 
pizada de flores. Mis manos se hundieron en lo mu- 
llido y quedaron impregnadas de buen olor. 



244 



E. PARDO BAZÁN 



TERCERA MEDITACIÓN. - LAS LÁGRIMAS 



Y llore copiosamente, de alegría. 

Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me 
oyesen: 

*A1 quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, 
debieran quitarme también este cuerpo donde ani- 
daron los áspides y sobre el cual pasaron los fríos 
reptiles. 

Quisiera perder estas manos y pies que los clavos 
no atravesaron, que no se endurecieron ganando 
pan ni se helaron esperando á la puerta del rico. 

Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardena- 
lado, ulcerado, de nervios retorcidos por la enfer- 
medad y maceradas y marchitas carnes. 

¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, en- 
vuelta en raída lana, tendiendo la mano, recibiendo 
el escarnio ó la moneda!" 

Y la voz de armonía susurró: 

"Todavía los sentidos te obscurecen la llama de 
la lámpara interior. 

Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será 
más agudo. 

Los padecimientos y miserias de tu alma, peores 
que si atacasen tu envoltura mortal. 

Has tendido la mano pidiendo socorro de bon- 
dad, y has sido despreciada, y la escarcha de la no- 
che ha envarado tus miembros. 



LA OÜIMHHÁ 



245 



Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has 
gritado. 

Has padecido injusticia, y has tocado con la mano 
la concupiscencia y la bajeza y la dureza humana. 

Y todo eso te ha macerado en mirra para Jresuci- 
tar de la sepultura 44 . 

Bajé la frente y supliqué: 

"Un deseo consume á mi nuevo corazón. 

Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí 
misma no me puedo sufrir; despido hedor. 

¿Dónde se encuentra el nardo precioso? 

¿El nardo espique, el nardo de Judea? 

Mientras huela así mi vida pasada, creeré que es* 
toy muerta y que soy como el desventurado á quien 
he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa extraña, 
pues muerto está! 

Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh 
infinito, hacia quien voy, pisando eso que tanto les 
envanece, eso de que se pagan, eso que les pudre 
todas las flores, eso que llaman cordura! 

Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso pro- 
fundo, hagan de mí lo que quieran aquellos que 
tienen forrado de grosura el corazón. 

¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque 
tienen los ojos claros! 

Mi corazón ve; y poique ve, lloran mis ojos. 

Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran 
invisibles lágrimas. 

Me baño en un lago tranquilo, del país donde se 
llora callando. 

Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en 
cuanto mi vista alcanza. 



E. PARDO BAZÁN 



Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágri- 
ma, la voz me contesta que son las lágrimas ocul- 
tas, que corrieron hacia dentro, que no quisieron 
hacer barro, y que son más hermosas que las des- 
caradas en gritos y sollozos. 

Porque las margaritas no se arrojan al camino 
para que las pisoteen animales inmundos, y lo me- 
jor del espíritu no se comunica en la plaza. 

Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infi- 
nito querer, y abrasadas se vuelven fuego. 

Como el vino, embriagan, y sostienen como la 
ambrosía. 

Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, 
flechas rectas al blanco; estas lágrimas ungen, 
ablandan, punzan, mueven y fuerzan. 

Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre 
la tierra seca, surcada del escorpión. 

Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga. 

Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de 
palomas, baño del Serafín. 

Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según 
lloras, gemas irisadas por luces de felicidad van re- 
camando tus vestiduras nupciales". 



CUARTA MEDITACIÓN— CANCIÓN DE BODAS 

Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi 
piel de serpiente. 
Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era. 



LÁ QUIMERA 



24? 



Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y 
asoleado, y las lágrimas adheridas á su superficie 
me visten enteramente de una túnica de gemas 
finas, de oriente suave. 

No merezco esta vestidura de fiesta real. ) 

Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera 
forma, que es amor, y con su reverberación se en- 
ciende el caos y resplandece. 

{Cuánta iluminación! 

Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, 
crece la llama, cobra ímpetu irresistible; nada queda 
que no se transforme en él. 

Ya está hecha la unión, atado el lazo. 

Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, 
y vivo estás. 

Te confundí con sombras, y la luz es consubstan- 
cial contigo. Te encerraba en mí, y ahora en mí no 
estoy yo; está el eterno amante. 

¿Dónde me esconderé que no me roben este bien 
sumo? ¿Dónde celo esta ventura, que no le hagan 
las brujas mal de ojo? Porque el mundo es corrosi- 
vo al amor, y lo disuelve. 

Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, 
robarla querrán. Moverán las cabezas los necios del 
corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está, trastor- 
nadas tiene las facultades. 

Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas. 

Mi hermosura ofenderá su vista. 

Me ha dado el eterno amante un resplandor de 
rostro, un aderezo, que lo ha vuelto más candido 
que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha 
puesto más colorada que el rubí espínelo; porque 



248 



E. PARDO BAZÁtf 



el calor del amor me enciende y aviva mi espe- 
ranza. 

Las caras de ios que viven en el mundo me son 
odiosas; yo conmigo y con el que se ha apiadado 
de mi larga pena. 

Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve 
en su boca engaño y falacia. 

Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que 
no me quede ni sombra mía. 

Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el 
dragón nace junco y espadaña, y en el alma sin 
refrigerio de gracia brota la esperanza tan verde. 

No me conocerían los que saliesen á cerrarme el 
paso: he cambiado del todo, y mi habla también. 
Me tendrán por extranjera, y ellos ya no saben la 
senda por donde se va á mi morada. 

¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y 
leal amigo á quien voy? No más de un alma; un 
alma también. 

Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar. 

Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga 
que no tiene cura. 

Hiéreme hasta que salga de mí misma y me di- 
suelva en ti y en tu regalo. 

Hiéreme con la entrañable herida. 

No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo 
del alma, y quema y haz cenizas cuanto no eres tú. 

Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cau- 
terio ese residuo. 

No he de ver sino tu faz, que es el sol. 

No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más 
limpio si te quita un átomo. 



LA 0U1MERA 249 



Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no 
es amor. 

Y si permites que así te quiera, dame fuerzas 
para llevar el peso del bien, á mí que soy débil y 
caigo rendida. ' 

Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, 
podré creer que tú también me abandonaste. 

Y no serviría que yo por ahí preguntase: "¿Ha- 
béis visío al que deseo? " Porque la gente, diver- 
tida en pensamientos de vanidad, no me entende- 
ría, que no sabe lo que es amor. 

Tendrías que volverte y llamarme por mi nom- 
bre, con silbo de zagal á oveja muerta de can- 
sancio. 

¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian? 
¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa 
del nombre propio dicho con acentos de amor! 
"¡Clara! ¡Clara mía! 

No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan 
las hogueras en las majadas. 

No te detengas: el lobo se prepara á salir de su 
escondrijo. 

No te detengas: yo aguardo en Ja linde del bos- 
que, y mi casa está enramada de rosas purpúreas, 
cuyas espinas te clavaré para que gimas de dolor 
celeste. 

¡No te detengas, apresúrate! 44 



La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en 
la diestra y el cuerpo lánguido reclinado en la me- 
ridiana de raso gris, moteada de botoncitos plata, 
se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo 



250 



E. PARDO &ÁZAN 



casi en alto: "Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios 
mío! Tú sabes que esto es lo único que me cuesta 
trabajo". 

Esparció la mirada alrededor. La habitación, 
puesta c on coquetería, con intimidad, con esa gracia 
\ iva que revela j uventud, era una especie de tocador- 
biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la 
calle. Una credencia dorada, de cajoncitos, sostenía 
Talaveras henchidos de rosas y lilas blancas, acos- 
tumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol 
de Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, 
avivaba los tejuelos de las encuademaciones dé los 
escogidos libros de poesía y mística, alineados en 
tistanterías*bajas de "madera de limonero. Un pri- 
moroso retrato francés, de dama empolvada y pro- 
fanamente descotada, sonreía con iniciativo melin- 
dre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos 
almohadones con espuma de encajes y hopitos de 
cinta: "la jaquequera" según Micaela de Mendoza. 
Y en un ángulo de la estancia, descansando en 
grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á 
cincel, el grupo delicadísimo de Psiquis y el amor 
se enlazaba, blanco y casto en medio de su trans- 
porte. Los muebles, el decorado, sonreían, halaga- 
ban, alejando toda idea de ascetismo. Nada menos 
ascético, más mundano que el atavío de Clara. 
Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía con 
lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro 
de su casa era refinada, y pendían en su ropero va- 
porosos deshabillés, y en sus armarios se apilaba 
un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el 
crespón de China color rosa te de su uatteau se 



LA QPIMEHÁ 



plegaba incrustado de rombos de amarillenta gui- 
pare antigua, y calzaban sus estrechos pies cha- 
pines de raso sobre medias de seda, transparentes 
de puro caladas y sutiles. Sin saber por qué, ^1 rom- 
per á andar, este detalle de indumentaria fijó la 
atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría que 
era la primera vez que notaba la extremada suti- 
leza de sus medias. Pensó: "El pie casi desnudo, ei 
pie descalzo, puede decirse". Y sonrió de un modo 
involuntario. 

Salió de su habitación, y por angosta escalenta 
de caracol, reluciente de frotaje, de enterciopelada 
barandilla, bajó pronto al otro piso, á las habita- 
ciones del médico; atravesó la sala de confianza 
donde se reunían de noche, y se detuvo un minuto 
antes de pegar con los nudillos en la puerta del 
despacho. Su respiración se apresuraba, su gargan- 
ta se cerraba, y repetía para sí: "No hay remedio, 
no hay remedio". 

— ¡Entra, Clara, criatura!— dijo la franca y simpá- 
tica voz del Doctor. 

—¿Estás solo? 

—Ya no— respondió él cariñosamente, abriendo 
y haciendo los honores. Sin conceder tiempo á nin- 
guna zalamería, imperiosamente, la dama exclamó: 

— Da orden de que no recibes á nadie. Tengo 
que hablar contigo cosas reservadas. 

El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió 
el timbre y, al asomar el criado, formuló la orden. 
Clara esperaba, flechada la voluntad, procurando 
la calma de las conferencias supremas. 

—¿De qué se trata?— preguntó con cierta digni- 



E. PARDO BAZÁN 



dad Mariano. Su voz se había quebrantado un poco, 
y su sangre refluía al corazón, en oleada de angustia. 

— Quiero que lo sepas antes que nadie, como es 
natural. Aunque soy arbitra de mí misma y no es 
un consejo lo que vengo á pedirte, padrino, — á ti 
sólo confiaré que voy a tomar estado... 

— ¿Estado?,— repitió él, sin comprender. ¿Qué no- 
vedad era aquella? ¿Se habría arreglado lo de 
Silvio? 

—Estado... Voy á retirarme á un convenio. 

El choque fué violentísimo. Luz brincó de sor- 
presa en el sillón, que había recibido, en dilatadas 
horas de trabajo y quietud, la impronta de su cuer- 
po. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le 
había venido á las mientes en los últimos tiempos, 
y determinaciones más trágicas había recelado. 
Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como 
una centella de extravagancia le había cruzado el 
cerebro. Le asombraría quien le recordase que él 
mismo había enseñado á Clara la definitiva verdad, 
la verdad mística por excelencia, en un experimen- 
to modernísimo de laboratorio. 

Sobresaltado, Luz despotricó como un demente. 

— Vamos, ya íe pescaron, ya hicieron presa en 
ti... ¡Tus frecuentes salidas de esta temporada eran 
á la iglesia, y allí habrás tropezado con algún cura 
ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es ma- 
teria dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el 
nombre del embaucador; ese no desconoce la 
cuantía de tus rentas... 

Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Cla- 
ra pronunció con lentitud categórica: 



LA QUIMERA 



253 



—No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la 
iglesia espontáneamente, porque... se me ha ocu- 
rrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de ha- 
ber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas 
cuestiones; me he arrodillado en el confesonario 
ayer por... por primera vez, desde hace años! Y allí, 
allí mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya 
quedas enterado, ya sabes tanto como yo. 

Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre 
las manos, silencioso. Apoyaba los codos en el ta- 
blero de la mesa, atestada de papelotes y libros, y 
su pelo revuelto, desbordándose de los dedos con- 
vulsos, que se incrustaban en el cráneo, le daba se- 
mejanza con una figura plañidera de titán aherro- 
jado, vencido. 

—Vamos, un poco de valor—murmuró Clara,., 
lYo te querré igual desde,., desde allá, padrino! 
¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo, que ya sabes 
que vale... bien poco!— añadió con repentino alarde 
de humorismo, llegándose al Doctor é intentando 
besarle en la frente, cubierta por los mechones de 
la melena.— Luz se retrajo con una especie de ge» 
mido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los 
ojos, á la vez húmedos y ardientes, la cara desen- 
cajada de dolor. 

—Imposible parece que tú...— murmuró; pero el 
Doctor, brusco y enloquecido, la rechazó, haciendo 
un ademán insensato. 

— ¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De 
ingratos estaremos rodeados siempre; de ingratos, 
de sordos, de impíos. ¡Vete, vete! ¡Déjame abando- 
nado, á mis años, con el recuerdo de penas muy 



254 



E. PARDO BAZÁN 



crueles, que no te he contado jamás! ¡Déjame, des* 
trozado, al borde del camino, y vete á cantar cánti- 
cos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del 
pecho, ni me lias querido en tu vida! 

—Tranquilízate, padrino mío, por favor— repitió 
Clara dos ó tres veces, como si aquella invitación á 
la tranquilidad se la dirigiese á sí propia. Luz pro- 
seguía, desatado: 

—¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis as- 
piraciones á dejar mi nombre unido á algún ade- 
lanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves 
si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acu- 
sarme? ¿He mostrado egoísmo nunca? 

--¡Te estoy agradecida... infinitamente agrade- 
cida!... No me pesa sino afligirte... Si no me has 
enseñado á conocer á Dios, padrino, ha sido... por- 
que creíste que no lo necesitaba. En eso te equivo- 
caste, pero sin mala intención. Cuanto pudiste y 
supiste, otro tanto me diste. ¡Mi... misma conver- 
sión es obra tuya! 

Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y 
súbito envolvió á Clara en los poderosos brazos, 
apretándola hasta sofocarla. 

—Te digo que no te irás —balbuceaba, perdida 
del todo la serenidad que su guerrera profesión y 
sus hábitos de labor científica le habían infundido 
siempre.— ¡Te digo que no te irás, que no te apar- 
tarás de este viejo, que tengo el medio de que no 
te apartes! ¡Y no lo harás, no me dejarás solo, aun- 
que te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no 
lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? 
No se trata de abandonar en sus últimos años á tu 



LA QUIMERA 



255 



padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo oyes? iSoy 
tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engen- 
drado, á quien debes el ser! 

Ella no dió un grito ni trató en el primer instante 
de desenramarse de los brazos... Dijérase que, sin 
saber aquella verdad atroz, la cobijaba en la con- 
ciencia, y sentía que perturbaba el culto del pasa- 
do, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. 
Por algo habíale sido indiferente siempre el recuer- 
do del padre presunto, cuyo nombre tantos años 
llevó; por algo á la memoria materna había dedi- 
cado no sé qué nostálgica ternura, más de compa- 
sión que de veneración. Comprendía ahora la causa 
secreta de su especial manera de sentir, de sus exal- 
taciones pasionales, incorporadas á la masa de la 
sangre hereditariamente» desde las entrañas que la 
concibieron entre remordimientos y temblores, en 
hurto y delirio; y tan hondo se le había hincado ya 
á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su pri- 
mer pensamiento fué para el alma de su madre, 
impurificada, separada del cuerpo antes de la ex- 
piación.— "Yo expiaré por ti..."- Y despacio, sose- 
gadamente, anegada en llanto, llorando la culpa 
ajena, se desvió del médico. 

Luz se engañó respecto al manantial de aquellas 
lágrimas y se precipitó suplicante, 

—¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que 
cuantas mujeres he conocido. Sólo respeto merecía; 
si alguien procedió mal, fui yo. Es decir... mal no 
procedió nadie... De esas cosas... Si me permites 
que te refiera... 

Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extfen* 



256 



E. PARDO BAZÁN 



dio la mano y la apoyó abierta sobre la boca anhe- 
losa, barbuda. El padre la devoró á besos ávidos. 

— |Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha 
de tomar cuentas, no soy yo quien puede acusar ni 
excusar. Mi madre era más buena que yo; sabes 
que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy 
indigna de mi madre y también de ese cariño tuyo. 
¿Ves cómo el mundo no es mi puesto? Perdóname. 
jPerdonémonos! Necesito ser perdonada. 

Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su 
vida el abrazo. Aquellos dos seres, unidos por el 
más fuerte vínculo - una misma carne, dos espíri- 
tus de esencia tan distinta, —permanecieron buen 
trecho abrazados, enviándose calor de consuelo 
contra el frío de la inevitable desgarradora escisión. 
Y cuando Clara, deshecha en suspiros y en sollozos 
se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo 
nada por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, 
idiota de estupor y de espanto., pesaroso ya de ha- 
ber dejado volar su secreto, ave sombría, por la 
ventana de la boca. 



Los primeros dias que siguieron á la grave con- 
fidencia fueron de tregua; de esos períodos en que 
el destino parece detener su paso y dejar que nues- 
tro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano Luz 
volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como 
se evita tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cam- 
bio, recíprocamente, las consideraciones afectuosas, 
llegando á la exageración, síntoma peculiar de 
ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisen- 
sible balanza pesaban las palabras y hasta los ges- 



LÁ QUIMERA 



257 



tos, por no provocar conflictos. Había dejo de triste- 
za y honda preocupación en dichos y hechos, pero 
disimulado con atenciones, por parte de i Luz, más 
que nunca amante; y por parte de Clara, 'con respe- 
to y significativa dulzura. 

Corrida una quincena, Mariano empezó á vis- 
lumbrar una chispa de esperanza por el favorable 
cambio que creyó observar en las costumbres de la 
convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había 
hecho extremos de devoción, ni manifestado en se- 
veridades de traje y de aspecto su estado de ánimo; 
pero ahora parecía haber vuelto por completo á la 
zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como es- 
pía, hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó 
que se dejaba llevar á reuniones, teatros y paseos 
por las alborotapueblos de Micaelita y su fastuosa 
y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de 
felicidad, tan agradecida al riego, que no desea 
otra cosa sino lozanear, lozaneaba. "He temido 
— pensaba Luz - cosas peores, si cabe, que la eterna 
separación en vida; he temido el suicidio... y me 
equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., 
á pesar de habérmelo notificado. La vida se reme- 
dia á sí misma de un modo insensible; se lame las 
cuchilladas y se las cura". ¡La vida! El médico tenía 
en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no 
había podido perderla. Vencido tantas veces por el 
no sér— el sér, con sus reacciones, sus energías, su 
potencia oculta ó triunfante, era el numen del Doc- 
tor.— Otra razón le impulsaba á confiar en que la 
tempestad se disiparía. Á pesar del amplia facultad 
do compresión que se desarrolla en los sabios 

17 



258 



E. PARDO BAZÁÑ 



observadores, Luz no comprendía la resolución de 
su hija: y al no comprenderla, no creía que se reali- 
zase. "Es el sexo —repetía, — es la ley fisiológica... Es 
la curva de la calentura del desengaño... Eso tiene 
su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja! ¿Acaso persiste 
en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renun- 
cia así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, 
cosas sólo vistas en libros devotos, en tallas de reta- 
blo?,, Experimentaba la incredulidad del hombre en 
plenitud de vida ante la idea de que la gente se 
muere, y de que él también se ha de morir. 

Le cegaba además la influencia que en su juicio 
ejercía la profesión. Inteligentísimo y naturalmente 
bueno como era, no podía alcanzar, sin embargo, 
más allá de lo que permitía la índole de sus serios, 
útiles y circunscritos estudios. Era el limite forzoso, 
inevitable. El sentimiento, en Luz, no alcanzaba la 
refinada complejidad que revestía en su hija. Toca- 
ba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; 
el dolor de lo infinito no sabía estudiarlo. 

Siempre que se encontraba en presencia de ese 
dolor raro y sublime, lo maldecía. ¡La madre de 
Clara— á quien había adorado con tal vehemencia y 
exclusivismo— sentía ese dolor en forma de remor- 
dimiento y pesadumbre de cada hora, un reconco- 
mio que fué minando su salud y contribuyó no poco 
ú acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doc- 
tor sus infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre 
alma aterrada, la pobre conciencia estremecida, con 
un género de terror y de estremecimiento que no se 
originaban de haber ofendido y engañado á ningún 
hombre, de haber quebrantado ninguna ley huma- 



LA QUIMERA 



259 



na, sino de haber olvidado lo infinito, encenagán- 
dose en felicidades de arcilla. Ni entonces ni ahora, 
cuando con tan patente atavismo reaparecía en la 
hija el espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir 
el fenómeno á la materia, menospreciada por las 
dos idealistas; á las leyes orgánicas que la rigen y 
regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, acti- 
vidades desconocidas de células! De este concepto 
de los fenómenos afectivos que sufre la mujer, di- 
manaba el curioso criterio pedagógico que había 
presidido á la educación de Clara. Al contrario de 
lo que se hace con la mayoría de las muchachas, á 
quienes se inculca esmeradamente el recato y la 
grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á 
quienes se enseña una religiosidad que los varones 
no practican,— á Clara, como si la preservase de un 
contagio, la había aislado el Doctor de tales influen- 
cias y prevenídola contra ellas. — Á ser posible, el 
Doctor practicaría á Clara la extirpación de la con- 
ciencia religiosa y moral, para evitarle la tortura del 
escrúpulo, la protesta del ideal, el terror de la falta, 
la amargura espiritualista. Se vive mejor en las re- 
giones bajas, mullidas de vegetación, del puro ins- 
tinto satisfecho, que no clava su aguijón en el es- 
píritu. "Instinto es lo que da guerra á Ciara— pen- 
saba él;— pero instinto transformado, complicado. 
Cuando se producen estas reacciones de religiosi- 
dad en la mujer, es que quiere olvidar amor falle- 
ciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve al 
mundo, como está volviendo ella, es casi infalible 
que encuentre derivativos y vaya á la normalidad." 
No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. 



260 



E. PARDO BAZÁH 



Las dos almas de mujer (de las que más había ado- 
rado en el mundo), lejos de equivocarse confun- 
diendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al 
entrar en los infiernos pasionales, donde encontra- 
ron la maldita llama y los sabores de ceniza de las 
manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el trans- 
porte instintivo de su cariño, había pretendido inú- 
tilmente cerrar á Clara el camino de la gran ver- 
dad. No necesita esta verdad, que es la esencia 
misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la 
prediquen. Aparece, se abre paso á despecho de 
todo, y un día campea entre las espinas y las rosas, 
más alto que ellas, el tallo recto de azucena blan- 
ca. Ley tan profunda y misteriosa como la que 
hace germinar el bulbo de esta flor pura, se cum- 
ple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena 
de haber delinquido. De esta clase de afeccio- 
nes, Luz nada sabía; había procedido con Clara, 
por ternura y celo, como procedería su enemigo 
mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un 
alma superior, su exigencia insaciable, insatisfecha, 
se le escapaba al sabio en la doctrina de curar y 
preservar el organismo. Pastor engañado, por es- 
conder á la querida cabritilla la montaña y sus altu- 
ras, la había conducido entre matorrales pinchones 
y desgarradores, y ahora la veía, sangrienta y ja- 
deante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el au- 
xilio de los enemigos del alma, de las fuerzas se- 
cretas del pecado, que actúan sobre la decaída hu- 
manidad, el Doctor fiaba en aquel mundo donde 
veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los an- 
helos íntimos se extinguen, las aspiraciones hondas 



LA QUIMERA 



261 



se calman, el sentimiento es objeta de ironía, y la 
vanidad, infladora de globos, lo llena todo con su 
aire cálido. 



No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo 
de Micaelita, y el torbellino de su madre, en quien 
el prurito agitante crecía con los años, se habían 
apoderado de Clara y la zarandeaban más que 
nunca. Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y 
Adolfina se dedicaba á pilotear en Madrid á varias 
extranjeras que había conocido allí, amigas tam- 
bién de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, ele- 
gantes y excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á 
la vez. Invitadas á una comida de aparato en la 
Embajada Británica, se contó con Adolfina, y para 
el aprés cliner, con Clara, que se presentó, por cier- 
to, bien prendida y más guapa que de costumbre, 
luciendo un traje primoroso de raso fofo azul, gol- 
peado y franjeado de bordados zafireños, envío re- 
ciente de un maestro en costura. En aquel sarao, 
las extranjeras, entre las cuales se contaba la re- 
nombrada lady Mortimer, contrajeron de esas su- 
perficiales relaciones mundanas, basadas en gustos 
de sport y en comezones de galanteo. Dos ó tres 
muchachos de la alta, que empezaban á olfatear el 
automovilismo, entonces muy exótico en Madrid, 
se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus 
excursiones al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, 
Segovia, amén de castillos y cazaderos donde las 
invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de 
Mayo y un principio de Junio de diversión aristo- 
crática, entre un grupo escogido y contado. 



262 



E. PARDO BAZÁN 



— Figúrate — decía Clara al Doctor, que embele- 
sado la escuchaba— cómo estará de hueca Adolfi- 
na; hasta la fecha, no había conseguido ligar ente- 
ramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han 
echado un cable. Ver á Micaelita entre Manolo Lan- 
zafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope Donado y ese 
lindo atlético de Werlock, el secretario de la Emba- 
jada, un Antinoo que las trae revueltas a todas! Te 
digo que Adolfina no cabe en su pellejo. — Van á 
correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no sabes? 
estoy invitada. 

Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de 
sonrisa irradiadora, que Luz tradujo por alegría or- 
gullosa, placer de vanidad social satisfecha. 

— ¿Adonde iréis? 

— No está resuelto aún— contestó Clara.— Lo de- 
cidirán mañana; Adolfina ha invitado á los expedi- 
cionarios á un almuerzo en Lhardy. 

En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre 
buche y buche de brut y bocado y bocado de es- 
puma de hígado graso, el programa de la primer 
excursión, á la cual concurrirían, además del auto- 
móvil de lady Mortimer, un magnífico Panard de 
Manolo Lanzafuerte, y el Mors de Lope Donado, 
que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba 
con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía 
desportillos, rondaba á Clara desde hacía tiempo, 
atraído por el caudal sano y jugoso y también por 
la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, 
reservada, en grado humillante para sus pretensio- 
nes. La conquista de Clara, por lo legal ó lo ilegal, 
era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio- 



LA QUIMERA 



263 



Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del 
viaje. 

La víspera de la expedición, Clara estivo con el 
Doctor derretida en cariño, cual si quisiese com- 
pensar los cortos días de ausencia anunciados. 

Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal 
avidez recogía, desde la decisiva conversación, los 
indicios del sentimiento que Clara podía profesarle. 
Bebió, — lo mismo que se bebe el cordial que ha de 
devolvernos fuerzas y en ellas la vida,— aquellos 
halagos dulces, aquella humildad tierna y sumisa 
con que Clara le dirigía la palabra; aquel afán pue- 
ril de no separarse ni un minuto de su lado, de 
apoyarse en su hombro, de mirarse en sus ojos, de 
mimarle. Luz pagaba estas demostraciones extre- 
mosamente. En su deseo de identificarse con Clara, 
quiso que le enseñase el traje de camino, de mas- 
culina forma, el amplio abrigo-saco color polvo, el 
sombrero de fieltro, donde gallardeaba un pichón 
con las alas extendidas. 

— ¿Á qué pueblo, por fin?— preguntó. 

— Creo que la Mortimer quiere empezar por 
Ávila — declaró ella con velada voz. — Y oye: mu- 
cho sentiría tener que ponerte un telegrama llamán- 
dote para componerme alguna fractura. Porque me 
enchiqueran en el automóvil de Donado... 

—¿Tu adorador? —preguntó Luz alegremente. 

—Sí... El mismo. 

—Te cuidará... 

—Al contrario... Querrá lucirse como chauffeur, 
y nos estrellaremos— murmuró Clara siguiendo la 
corriente de la broma,— Yo tampoco soy muy pru- 



264 



E. PARDO BAZÁN 



dente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más 
pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á 
Donado: "aprisa, aprisa..." 

Tal es la sugestión del acento amado, que las 
restantes preocupaciones de Luz se borraron ante 
la (pie Clara acababa de suscitar; y lo único que 
oprimía su corazón al despedirse, á la mañana 
siguiente— al recibir un abrazo extraño, violento, 
nervioso, al sentir bajo e! velo tupido, alzado un 
instante, humedad y calor de labios que se impri- 
mían fuertemente en sus barbadas mejillas,— era la 
amenaza del peligro físico, la idea aterradora de un 
vehículo hecho astillas, gravitando sobre un mon- 
tón de carne magullada y rotos huesos. 

"¡Cuidado!" — suplicó. — Y Clara, silenciosamente, 
se desprendió temblorosa de sus brazos, bajó la 
escalera balanceando el saquillo de cuero en que 
había metido aprisa algunos billetes de á cien y 
una carta de letra grande, muy española, de ancho 
timbre, de basto papel... 



En el coche que lleva á la Ayamonte va también 
Micaelita, ebria de alegría, de velocidad, de trave- 
sura y riesgo. Impelido por la presencia de Clara, 
Donado aprieta, aprieta; propónese "dar chaque- 
tilla" á los otros dos autos, y sorprender á los 
compañeros con tener ya preparados, cuando llega- 
sen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas 
Castillas, fijándose por primera vez en que la chica 
de Mendoza es muy salada, bromea con ella sin 
cesar; supone lances terribles, accidentes fantásticos, 
un perro aplastado, un salto mortal, un choque con 



LA QUIMERA 



265 



un toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, 
anima al chauffeur. 

— ¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda! 

—¡Qué barbiana está!— piensa Donado.— ¡Debe 
de ser tremenda! ¡Fíese usted! Verdad que en estos 
viajes es cuando se descubre á las personas. Es, de 
seguro, una grande, insaciable y valerosa ena- 
morada. 

Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido 
lo propio que una seda. Los carreteros y trajineros 
miraban atónitos al artilugio trepidante, que respi- 
raba con resuello de monstruo y que ni tiempo les 
daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises 
poblados, las casuchas aisladas que, como arenas 
de sal, granean los desiertos de Castilla, las áridas 
llanuras, los chaparrales y robledos de polvoriento 
verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas 
de sangre viva por las amapolas, desaparecían 
apenas entrevistos, mientras el aire torrencial se 
metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de impe- 
tuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la cres- 
tería azul de la sierra se dibuja en dentelladuras 
más agudas, y sobre la inmensa, ilimitada aridez 
del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los gigan- 
tescos cantos, recordando desparramados proyecti- 
les de una batalla de titanes. Micaelita, un momen- 
to, se asusta de aquel ceñudo y sombrío fondo . 

— ¡Parece una iámina del infierno de Gustavo 
Doré! 

Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros 
de haberse adelantado, moderan el paso para en- 
trar en la ciudad melancólica, adormecida. Su lie- 



266 



E. PARDO BAZÁN 



gada la alborota: la gente sale á las puertas para 
ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad 
representa. Delante de la fonda se junta una piña 
de curiosos, de admiradores, de mendigos, de viejas 
que columpian la cabeza, se santiguan, desaprue- 
ban y rezongan, maldiciendo de inventos y noveda- 
des. Es el primer automóvil que ha llegado á Ávila 
de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y los san- 
tos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar 
entre chanzas, habla de banderas como las que los 
alpinistas suizos clavan en ventisqueros inexplo- 
rados. 

Cuando después se comentaron las mínimas par- 
ticularidades de la expedición, que, según lady 
Mortimer, había de ser para ella inolvidable y digna 
de referirse en Inglaterra por su carácter eminente- 
mente pintoresco y emocional, español neto, fijá- 
ronse en la circunstancia de que Clara, después de 
recluirse en su habitación una media hora, para 
quitarse el polvo y arreglar traje y peinado, descen- 
dió al comedor de la fonda, que está en la planta 
baja, y allí, pacientemente, esperó la llegada de los 
demás expedicionarios. El automóvil de Lanza- 
fuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. 
Pero Clara vio bajarse del de la Mortimer á Adol- 
fina, que venía hecha una breva y transida de mie- 
do, y la dijo en- tono natural. 

— Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te 
la he guardado bien. 

Y, cambiando algunas frases de cortesía y cor- 
dialidad con las extranjeras, subió otra vez á su 
cuarto, Minutos después bajaba atusada, de abrigo, 



LA QUIMERA 



267 



de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas. 
Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogi- 
dos en sus aposentos, ó daban instrucciones á los 
mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó de 
guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco, 

— ¡Al convento de Carmelitas descalzas! 

La presentación de la carta del Obispo á la Aba- 
desa hizo que la tornera franquease de par en par 
el portón, rechinante de vejez y herrumbre. 

—Nuestra Madre está en el coro — dijo solícita.— 
Pase; en seguida acaban. — Y las hojas de la puerta 
volvieron á cerrarse, la llave y los cerrojos á asegu- 
rarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre 
sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la 
perla sentimental. 

— "¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina 
la tarde... " 



(Hojas del libro de memorias de 
Silvio Lago.) 



Junio.— ...iMerece consignarse! La Ayamonte ha 
entrado en un convento. 

Y lo hizo de un modo original. Formaba parte ele 
la expedición de automóviles — creo que la primera 
organizada aquí,— en obsequio á lady Mortimer, 
inglesa muy smart, á quien voy á retratar por reco- 
mendación de la Flandes, que empieza á lanzarme 



2(58 



para mi futura campaña de Londres.— Dicen que 
Clara iba animadísima, con traje de camino, velo 
enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que 
flirteaba con Donado, en cuyo vehículo hizo el viaje. 

Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó 
detenido en una venta, con averías, gracias que no 
en los huesos. Al llegar á Avila, término de la ex- 
pedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron 
los otros expedicionarios, salió sola y se fué dispa- 
rada al convento de las Carmelitas. Parece que á 
prevención llevaba una carta del Obispo para la 
Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cu- 
ñada, expedicionaria también, para que no extra- 
ñase; otra á su padrino, despidiéndose. Por cierto 
que cuentan que está como loco el padrino. Ahí 
había algo más que padrinazgo. 

A mí, no me ha escrito la romántica novicia. 

Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos 
antes de poner por obra una determinación como 
esa; y me es simpático que Clara huya de las Orde- 
nes modernas, y no quiera ser de las monjas corren- 
deras, que pisan con zapatos gordos, á las cuales 
nos encontramos en el tranvía y en el ferrocarril, y 
sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se de- 
dican á moralizar á las criadas de servir, lo cual 
será muy santo, pero es pedestre. No; la pálida 
Ayamonte necesita el ambiente contemplativo, el 
misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. 
Su poesía lírica reclama este fondo, en que tanto 
hay de arte. He de ir á Avila sólo para mirar las 
tapias y las rejas del convento, donde, probable- 
mente por mi causa, vive dichosa una mujer. 



LA Quimera 



269 



¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con 
el hilo de nuestros sueños? ¿No es el mundo quien j 
rompe y mancha el tejido? Clara, ahora, libremente, 
extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse 
á los bordados góticos de las casullas de Toledo. 
(¡Los he visto anteayer! ¡Vaya unos bordaditos!) 

Envidio á Clara. Se ha realizado, — Por ahí no se 
habla de otra cosa. La gente anda desorientada. 
Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo superficial, 
no ahonda. 

Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor 
Luz. 

De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación 
podría dirigirme? 

He procedido bien; he rehusado una fortuna que 
tentaría á muchos; y, sin embargo, no estoy tran- 
quilo. 

Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por 
nosotros. Líbreme Dios de tratar de ver al Doctor; 
acaso no vuelva á tropezarme con él en la vida; y, 
sin embargo, él y Clara existirán para mí, con exis- 
tencia más real que la de personas á quienes todos 
los días hablaré. Un hilo invisible, una corriente 
secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo destino 
he influido tan activamente. Por eso me empeño en 
creer que Clara es feliz... en su convento, soñando. 



Esto no es drama, sino pasillo de risa. 

Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado 
runrún relativo á Clara; el probable encargo de Pa- 
lacio; el retrato de la Flandes, son causa de que se 



270 



E. PARDO BAZÁN 



disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas 
que tengo— la Camargo y la Calatrava, — en honor 
de la verdad, no se han ensañado, quizás porque el 
odio es una energía incompatible con las vanida- 
des y futilezas. Me llueven encargos; tengo que en- 
gañar, como las modistas. 

Con exigencia inmediata se me presentó la con- 
desa de Imperiales, y el aplazamiento exaltó su an- 
tojo: su amor propio entró en juego. Porfió, rogó, 
casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré 
en no darla turno hasta dentro de dos meses. 

—Si no puede usted retratarme en seguida-— supli- 
có ella entonces, — por lo menos véngase usted á al- 
morzar conmigo mañana, en confianza enteramente. 

Como voy siendo (lo noto y no lo puedo reme- 
diar) algo fatuo, se me figuró... Se hinchó más mi 
fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar en 
téte á tete. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa 
(eso lo nota siempre quien no es lerdo); apenas 
comía, hablaba salteado, sufría distracciones y me 
devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer toda- 
vía guapa, morena, de tez limpia de artificios de 
tocador. Sobre su labio, un dedo de bozo la hace 
vulgar, Sospecho que el bozo este, que amenaza 
subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa 
de que yo no la quisiese retratar pronto— Estaba 
vestida con alta coquetería, con ciencia de lo que 
conviene á su tez: funda azul pálido muy incrusta- 
da de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre 
las cuales flojeaban hilos de amortiguado oro. Dos 
pesados borlones bizantinos, de perlas verdaderas, 
colgaban de los remates de su estola. 



LA QUIMERA 



271 



Confirmó mis suposiciones el estudio de este tra- 
je. — ¿Qué fué cuando, bebido el último sorbo de J 
café, dada la última chupada al cigarro turco, se 
levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atrave- 
sando salones suntuosos, me condujo á un gabine- 
te en figura de rotonda, con cierre de cristales, que 
es una diminuta estufa llena de plantas raras? 
¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vuel- 
tas, firmemente, á la llave? Por fortuna, no cometí 
la ligereza de corresponder á tan extraña acción 
con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. iSi 
lo hago, me luzco! 

Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, 
y con ademán expresivo señaló á una mesa. Miré, 
y distinguí hacinados un caballete, una caja de co- 
lores, rollos de papel, tableros: los chismes del ofi- 
cio, nuevos, flamantes, excelentes— (me pertenecen 
ya, me los ha enviado al taller). En voz emociona- 
da—voz que salía de muy hondo— ordenó la se- 
ñora: 

—A sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz 
es buena... ¡Sin objeción! ¡No la admito! 

Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar 
dificultades: absolutamente no podía; me esperaban 
en mi taller á las tres y media; me comprometía á 
volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones, 
hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero 
ella, colocándose delante de la puerta en la actitud 
de la Valentina de Hugonotes, abriendo los brazos, 
echando lumbre por unos ojos españoles todavía 
muy flecheros, exclamó: 

-¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la 



272 



E. PARDO BAZÁÑ 



madrugada, mientras no me haya retratado! ¡Que 
no sale, he dicho! A menos que emplee la fuerza... 
A menos que me pegue... 

La situación no era para tomada por lo trágico. 
Mejor reir. Ella también reía, con enervante risa, 
que la obligó á sentarse, á secarse los húmedos 
ojos. No aproveché el momento para hacer girar la 
llave y zafarme del compromiso. Decidido, me ins- 
talé ante el caballete, busqué la mejor luz, preparé 
los trastos. En la vida hice retrato con más facili- 
dad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros to- 
ques de color, la figura. La Imperiales, extasiada, 
repetía: 

—No se preocupe porque hayan ido al taller y 
no le hayan encontrado. ¡Mejor! Volverán más en- 
tusiasmadas al día siguiente. Las mujeres somos 
así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fui 
á pedírselo, ¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde 
que me lo aplazó hasta sabe Dios cuándo, le ase- 
guro que me entró una especie de manía, un afán 
tan desmedido, que si no lo consigo creo que caigo 
enferma. No he sentido nunca, en los días de mi 
vida, en ningún caso, emoción como al prepararle 
esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modis- 
tos más insolentes son los que más partido tienen 
y más caro cobran. ¡Hágase desear! ¡Remóntese!... 
¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi capricho! 



Tenía razón la antojadiza. Cuanto más imperti- 
nencia, mayor prestigio. Lo malo es mi picara con- 
dición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual tengo 



LA QUIMERA 



273 



que admitir trabajos que no me dan tono. No pue- 
do, como ciertos modistos, escoger la parroquia. 
Ayer retraté (detestablemente) á una chamarilera, 
á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. 
El retrato irá por la antigualla, y en paz. En la es- 
calera se habrán cruzado la anticuaría, que bajaba 
los peldaños, y una cliente excepcional, embutida 
en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, 
que la trata mucho; y en casas remontadas he oído 
comentar su próxima venida á Madrid. Es del nú- 
mero de las aves de paso, de primavera. Ahora pro- 
cede de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, don- 
de reside. 

Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta 
María de la Espina Porcel— Espinita, familiarmente. 
Es andaluza por parte de padre, mejicana por parte 
de madre, parisiense por residencia habitual y gus- 
tos; yo la llamo "la cosmopolita,,. Me anuncia su 
presencia un ruge-ruge de sedería, de volantes pi- 
cados y escarolados, un taconeo atrevido y menu- 
do, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre 
el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada 
bulliciosa con la majestuosa de la Flandes, y la 
bocanada de jaquecoso perfume, compuesto de 
varias esencias, que penetra al mismo tiempo que 
Espina, al olor discreto de violetas, apenas percep- 
tible, que la rica hembra exhalaba á cada movi- 
miento de su señorial persona. No puede ser más 
vivo el contraste entre estos dos recuerdos. 

Espina, desde el mismo punto en que se me apa- 
rece, es una revelación. 

Se diferencia de cuantas señoras he retratado en 



18 



274 



E. PARDO BAZÁN 



América y en España; es la mujer de una civiliza- 
ción avanzada, refinada y disuelta ó ¿descompues- 
ta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de 
garbanzos, Espina surge como una de las más raras 
orquídeas que se cultivan en las estufas calientes. 
Muchas veces me he dicho en mis soliloquios:— 
"¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?,, 

El garbanzal es Madrid. La estufa, Pcirís. París, 
simbolizado por Espina, acaba de metérseme en el 
estudio. — De fijo las madamas que antes he retra- 
tado visten en París igualmente; sus corsés, sus za- 
patos, su ropa interior, sus postizos, de París proce- 
derán; sin embargo, no son así, no son como Espi- 
nita... Al cambiar con ella las primeras frases de 
acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles 
pudiesen hacerse carne viva, carne sin músculos, 
sin venas, sin hueso, con nervios solamente— una 
carne artificia!, — encarnarían en esta mujer. Percibo 
en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, 
elementos de la mentira estética de otras eda- 
des. Sonríe como un Boucher y pliega como un 
Vatteau. 

El efecto que me produce no se le escapa. Des- 
cifra mi contemplación y la interpreta como suele 
interpretar la vanidad del sexo. Crece su aplomo. 

—¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? 
¿Tiene dada sesión? 

¡Sí que la tengo dada! En mi carnet figuran los 
chicos de Jadraque, la señora del Ministro de Esta- 
do, ¡la propia Lina Moros! Y contesto apresu- 
radamente: 

—-No importa. Ya lo arreglaremos, 



LA QUIMERA 



275 



No me da las gracias. Sin duda halla natural que 
por ella quede mal con todo el mundo. 

— Haremos— la propongo— un ensayo, un bo- 
ceto, y me lo guardaré yo para mí; luego otro, des- 
tinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee. 

¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa 
una filípica siempre que retrato gratis á alguna de 
ertas "estrellas con rabo"! 

Espina indica mohines, reverencias— entre burla 
y gratitud. 

—Amabilísimo... ¿Empezamos? 

Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, 
forrado con tela de desvaídos tonos amarillo y vio- 
leta. Emprende la operación de descalzarse los 
guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que 
no tienen botones, que guantean dejando á la 
mano y al brazo soltura, acusando hasta las uñitas. 
La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo. 
Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan 
reminiscencias clásicas. Hasta diré que carece de 
líneas. La línea, en ella, es algo tan flexible y 
muelle como ese guante de tonos neutros, de corte 
facticiamente elegante, distinto del de la verdadera 
mano. 

Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sa- 
zonada y picante menestra de frases, con indiscre- 
ciones y reticencias divertidas, va rompiendo el hie- 
lo. Listo como soy para entender á media insinua- 
ción, la calo; creo reconocer en ella á la criatura 
amasada de vanidad y antojos, pero infalible en 
estética femenil. La veo anestesiada para el sen- 
timiento; y con histérica sensibilidad para el refina- 



276 



E. PARDO BAZÁN 



miento del lujo delicado, del arte de vivir exaltada- 
mente, agotando el goce. Sus ojos de color de 
aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar, 
pero Imejor! Me detallan implacables; me miran co- 
mo la fierecilla á la presa. ¡Mejor, mejor! Desme- 
nuzan mi taller, y en él lo encuentran todo tan feo, 
tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afi- 
naré yo también. Miradme, ojos perpetuamente exi- 
gentes y descontentos. 

No es un traje, unos guantes, una armonía de 
exterioridades, lo que se me impone en mi nueva 
parroquiana. Es el espíritu de desencanto, de inquie- 
tud, de desprecio, de insaciabilidad, — es el ideal 
maldito que supongo en ella. Trajes, galas... se las 
planta cualquiera; la superioridad no está en vestir 
como se viste en las decadencias, á lo bizantino y 
á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y 
exhausta á la vez, que las decadencias, forman. 
iGracias á Dios! Una mujer que me divierte. -Con 
Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, 
el aburrimiento de la sesión.— Cada palabra, cada 
ademán, me irrita, me conmueve, me produce un 
sentimiento no previsto. 



Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que 
se despedirá á todo el mundo, con una sola excep- 
ción: el marqués de Solar de Fierro, á quien la pro- 
pia Espina ha citado aquí, 

Este señor, versadísimo en antigüedades, ha ve- 
nido ya á mi taller dos ó tres veces cuando retraté 



LA QUIMERA 



277 



á su nieíecillo, prodigio de belleza. Pero ha de sa- 
berse que el abuelo es casi más guapo que el chi- 
quillo. Con su cutis marfileño y rosado, de vitela li- / 
geramente tocada de miniatura; con su plateada 
trova, enrollada alrededor de un rostro oval, sere- 
no, esclarecido por ojos azules, limpios como los de 
los niños; con su facciones de una precisión gótica, 
exquisita, de San Juan de retablo, es el marqués de 
Solar de Fierro otro objeto de arte, al cual el paso 
del tiempo ha comunicado esa gracia de distin- 
ción que nunca lo contemporáneo tiene. Viste el 
marqués con románticos dejos, del romanticismo 
extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo 
Madrazo, Posee colecciones importantes y afa- 
madas, y en las casas de anticuarios se lo encuen- 
tra uno siempre: son las únicas matinées a que 
concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en 
sillones de cuero sobado, y allí, tertuliando con los 
demás, aquejados de igual manía, charla de adqui- 
siciones recientes, de falsificaciones, de descubri- 
mientos inauditos en algún poblachón, de sobera- 
nos díaseos a los inteligentes,— las solas historias 
que les interesan.— Todo entre el brasero y el gato, 
en calles angostas del viejo Madrid. No conozco 
nada más garbancero que las reuniones de casas 
de anticuarios. 

La amistad del marqués con Espina, de este ar- 
caizante con esta modernista, nadie sabe de cuándo 
procede, y sobre su origen hay varias versiones. 
Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio 
por lo fino, se entendió con la madre de Espina; 
otros, que Porcel, padre de Espina, sacó al marqués 



278 



E, PARDO BAZÁN 



de graves apuros económicos. Lo cierto es que 
apenas llega Espina á Madrid, el marqués prescin- 
de de sus tertulias de gato y brasero, se lanza al 
mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y 
demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que 
las apariciones de Espina coinciden con la pri- 
mavera. 

Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en 
adelantar el estudio de la cabeza. Es el primer re- 
trato, el que proyecté boceto, y está saliendo con 
todos los requisitos. Espina viste traje de calle, sen- 
cillo, gris: no consiento que deje de sombrear el 
áureo pelo la enorme ala del sombrero, de negro 
tul rizado. Guiñando los párpados, recogiéndome, 
la examino bien, me impregno de su forma y de su 
color. ¿En qué consiste su encanto? 

jSu cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en 
que parecen hormiguear puntílleos de oro, ni son 
grandes ni dulces. Su nariz respinga, delatando 
algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe jugue- 
tona, ya señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su 
pelo de luz no lo debe á la naturaleza, sino al pe- 
luquero, á botecitos de aguas y mudas. Afeite debe 
de ser también lo que presta á sus mejillas, hundi- 
das imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa 
idealidad de lo florido sobre lo nacarado, y á sus 
labios pequeños, carnosos, sinuosos y húmedos, ese 
tono de coral marino entre agua amarga - dema- 
siado vivo, insolente. 

Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las 
demás señoras que me visitan, en que parece inse- 
parable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con tal 



LA QUIMERA 



27Ó 



esbeltez á el, que en cualquier postura que adopte, 
los pliegues hacen olvidar la tela. Lleva las faldas 
muy largas, pero ni tropieza ni se atasca en ellas; J 
las maneja con soberana maestría. Son tan blandos 
los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, 
tan difumadas las degradaciones de color, que el 
gentil bulto parece terminar en una bruma, en la 
molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse. 

Las damas de Madrid llaman vestir bien á encar- 
garse ropa cara y enfundarse en ella. Desde que he 
visto á Espina, se me descubre la mujer moderna, 
la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas, 
agudamente contemporáneas. 

En un descanso que ella misma reclama, saca de 
su escarcela de piel ceniza, toda cuajada de capita- 
linos de rubí claro y diamantes menudos, una pe- 
taca y una fosforera de oro verde, decoradas con 
lirios de esmalte, primoroso modelo artístico. Pido 
las joyas para admirarlas y apreciar de cerca el lujo 
intensivo y exasperado de la cosmopolita. Hasta los 
cigarros son especiales: según me dice, se los fabri- 
can en Egipto expresamente. Enciende uno y me lo 
presenta. Fumamos, risueños, libres por un instante 
del trabajo y de la pose. 

La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de 
tela antigua, sobre un almohadón roto, despierta en 
aquel punto, y se acerca, entre desperezos de a 
cuarta y ladridiilos de queja mimosa, esos lamentos 
histriónicos de los animales privados, cuando no se 
les hace caso á ellos exclusivamente. Echa la boca 
á la niebla que envuelve los pies de Espina, y em- 
pieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me pre- 



280 



E. PARDO BA2ÁN 



cipito, cojo en brazos a! animal, le doy un coscorrón. 

—¿Que haces, bobita? — exclamo. 

—¿Es hembra? 

— Por desgracia. 

— ¿Cómo se llama? 

— No está bautizada aún. 

Espina brincó del asiento. 

—Ahora mismo la vamos á bautizar. 

Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, 
le dió órdenes reservadas; yo, naturalmente, las 
adiviné. No me sorprendió ni pizca ver entrar un 
cuarto de hora después al muchacho, portador de 
una botella con cápsula dorada, y de dos copas 
anchas, sobre delgado tallo de cristal. 

No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba 
cortaalambres y tirabuzón; nos divertimos con las 
dificultades, como chiquillos. Al fin el corcho saltó, 
hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz 
del retrato de Lina Moros— el famoso retrato vestido 
de terciopelo miro ir amarillo.— Las carcajadas de 
Espina redoblaron, incoercibles. 

—¡Estropeada la obra maestral—gritó triunfante. 
¡La gran obra maestra! ¿Y si la bautizásemos tam- 
bién? 

Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de 
Champagne, colmada, y en pleno la arrojó á la faz 
morena, al escote mórbido, á los ojos negros de la 
beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla 
de encontrados movimientos del alma me paralizó. 
Mi impulsión era tan brutal— como que se reducía 
á pegarle una bofetada á la señora, —que su misma 
violencia sirvió para contenerme. La noción relam- 



LA QUIMERA 



281 



pagueante de las consecuencias de un acto tremen- 
do impide realizarlo. Muchos crímenes morirán así 
en capullo.— Casi instantáneamente, la reacción fué j 
encontrar "chic la enormidad descortés. ¿Qué, 
después de todo? Rivalidades de mujeres; envi- 
dias... ¿Quién sabe si algo más? 

—Es un experimento que hice —dijo acercándose 
á mí y presentándome la copa llena de nuevo.— Se 
corre que está usted enamorado de Lina. Si fuese 
cierto, me hubiese usted matado. 

Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los 
labios ligeramente, hizo un gesto donoso para indi- 
car que la marca era detestable, y tomando en bra- 
zos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus 
sedosas orejitas un chorro líquido. El animal, al 
llegarle el vino espumoso y azucarado al hocico, se 
estremeció primero y se relamió después. 

—¿Y el nombre?— pregunté subyugado. 

— Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita for 
ever. 



Había terminado la ceremonia cuando entró el 
marqués de Solar de Fierro. La vista del retrato de 
Lina, churreteado, perdido, le hizo exclamar: 

—¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de 
las hermosas! 

—¿Quién la puso tal mote?— interrogó sardóni- 
camente Espina. 

—Mucha gente. Y nuestro joven artista ha con- 



E. PAHDO BAZÁN 



sagrado su fama, retratándola seis ú ocho veces, por 
el gusto de estudiar á un modelo así. 

— No han sido sino cuatro veces —protesté, —y 
otras tantas he retratado á Minia Dumbría, que no 
es ninguna belleza. 

— Y á mí, ¿ciuintas me va usted á retratar? — 
preguntó Espina. 

Rendido, murmuré: 

— Las que usted quiera. 

— ¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo 
yo tanta paciencia para la sesión como la reina de 
las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¿Eso, al repostero! 
jEstúdieme usted primero, ya que se le antoja; lue- 
go retráteme en serio una vez, si puede, y luego... 
frrrtttt! Aquí, por lo visto, á la gente la sobra tiem- 
po. En París vivimos más aprisa. 

Sin duda con objeto de poner paces, el marqués 
nos propuso que fuésemos á almorzar á su casa. 
Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo, 
ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. 
Aceptamos. El coche de Espina aguardaba á la 
puerta; nos llevó. 

Teníamos un apetito estimulado por la novedad 
del convite. Fué escogida, discreta la minuta. El 
servidor es viejo, rasurado, de facha sacristanesca, 
y la dueña tiene una cara de luna, tranquila, mo- 
nástica. El comedor luce dos grandes lienzos de 
cacería de jabalíes, atribuidos á Pablo de Vos, con 
alanos despanzurrados y fondos intensos/ jugosos, 
de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero 
esos pocos, según me explica Solar, se cuentan en- 
tre los rarísimos, hispanoárabes auténticos, por los 



LA QUIMERA 



283 



cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre todo, 
el Triunfo del Ave María, me enamora con su re- 
flejo desdorado y moribundo, de poniente, y la gra- j 
cilidad de su lema gótico. Espina señala con la 
contenta de la sombrilla al magnífico ejemplar. 

—¡Dicen que eso vale tanto! A mí me gustan 
más los cacharros que fabrican ahora en Dinamar- 
ca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas, con 
cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo 
de poético, ¿eh? El plato antiguo español recuerda 
la escudilla. Basto, basto. 

¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de 
Fierro á la modernista. Se enzarzaron. Espina no se 
achicó; sostuvo su criterio con intrepidez. Todo es 
ahora, según ella, doble de bonito que en los tiem- 
pos de la nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo por- 
que se les antoja dárselo á cuatro señores. ¡En fin, 
con Luis XV y XVI transigía; pero nada más! Por 
ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos 
perros destripados y esas fuentes de barro tosco! 
¡Diéranle á ella plata cincelada inglesa, porcelana 
delicadísima de Sévres ó de Wegdwood , ierra 
cotias de las que se ven en los escaparates de Pa- 
rís; estatuillas de alabastro y jade incrustadas de 
pedrería, ninfas de páte tendré danzando en rueda 
sobre el blanco mantel, muebles de una sencillez 
refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al 
pastel, elegantes, deliciosos!— El marqués, por úl- 
timo, apeló á mí. 

—Yo, ni con usted, ni con usted — respondí seña- 
lando á derecha é izquierda.— Yo... lo rea!... y nada 
más que lo real. 



284 



K. PARDO BAZÁN 



— ¿Y qué es para usted lo real?— preguntó el 
arcaizante.— ¿Llama usted real á lo material? ¿No 
es real el sentimiento que preside á la labor, por 
ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Con- 
sidera usted real únicamente lo popular y lo zafio? 
¿Es usted un realista de la carne, como Rubens; un 
realista del dibujo y del color, como Velázquez; un 
realista de la luz, como Ribera; un realista de la 
caricatura y del color local, como Goya? Porque 
hay cien realismos. 

No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó: 

— iCien realismos, y todos horribles! Lo hermoso 
no está en lo real; si estuviese, viviríamos rodeados 
naturalmente de hermosura, ¡y sucede lo contrario! 
Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferen- 
cia de eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si 
las mujeres nos dejásemos como la Naturaleza nos 
ha hecho, seríamos hembras de monos. 

Quise romper una lanza por mi estética. Al ha- 
cerlo, pensaba: 

—Hay flagrante contradicción entre lo que pinto 
y lo que defiendo, y esta objeción tan fácil no se le 
escapará á Espinita. 

En efecto, poco tardó en argüirme: 

—¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros 
tan ideal que nos presenta, con veinticinco años y 
la mitad de cintura? ¿No sabe usted la edad de 
Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del 
cuervo? ¡Vamos, señor artista! 

iQué hondamente mujer es esta mujer! La teoría 
no la conmueve: lo único que provoca su apasio- 
namiento es el hecho concreto, es la rival; y no la 



LA QUIMERA 



2S5 



rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la 
vanidad, campo de extensión infinita, más amplio J 
que el del corazón. 

Bebido á sorbos el mejor café que he probado en 
Madrid, Solar quiere enseñarnos sus colecciones. 
Primero — estratagema— lo menos importante; dos 
retratos desglosados de la colección Carderera: Lope 
de V ega y Antonio de Solís, fronteros á dos copias 
de las clásicas jetas de Quevedo y Calderón. En un 
recuadro, una especie de trofeo de la guerra de la 
Independencia española; litografías de heroínas 
aragonesas, caricaturas de Pepe Botellas y el ogro 
de Córcega. Á mí esto me parece recoger por reco- 
ger. No veo valor artístico. 

Lo único de algún mérito es la reproducción de 
la estatua de Fernando VII, que fué derrocada en 
Barcelona, allá por ios años 35. Alzábase la esta- 
tua — explica el marqués— en el centro de un jardín, 
y por esa actitud mandona del brazo y la violencia 
con que la derecha señala al suelo, dijeron los ca- 
talanes, en excusa de haberla derribado, que el 
tirano les ordenaba "comer hierba". 

— Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos man- 
da pacer... 

—Sin embargo — objetó Espina con el airecito 
candido que adopta á ratos,— el que puede pagarse 
el gusto de hacer comer hierba á los demás, no 
dude usted que... ¡Oh! 

Indicó el gesto ponderativo que ya he sorpren- 
dido dos ó tres veces, y me avasalló, como siem- 
pre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la 
humanidad. 



286 



E. PARDO BAZÁN 



Sigue el buen marqués graduando efectos y mos- 
trando retratos, á mi parecer, todavía mediocres: 
San Francisco de Borja y San Ignacio de Loyola; 
mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolis- 
mo... Por detrás de la cabeza romántica del colec- 
cionista, Espinita me hace un impagable gesto de 
horror. 

Luego, una madona dulzarrona, atribuida á Sas- 
soíerrato; una placa de bronce, esmaltada de oro, la 
puerta del Sagrario de las monjas Teresas. Esta 
empieza á interesarme. El marqués, con el acento 
misterioso de los maniáticos, secretea: 

—Van á ver la cajita que rondé diez y seis años 
antes de llegar á obtener su posesión... 

Con dedos respetuosos la toma de dentro de un 
estuchito y nos la presenta. 

—Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de 
tomar rapé, hay coleccionistas de tabaqueras,.. 
Desde que se acabó el heroísmo nacional, se colec- 
cionan sus recuerdos... 

En la tapa vense incrustados en oro tres pedaci- 
tos de madera, y grabada la siguiente inscripción: 
"Testimonio de hispánico valor. Carlos III. De la 
Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780", 

¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el 
sello de las garras de Quimera; la tema del colec- 
cionista.— He oído hablar mucho del carácter y 
modo de ser del marqués. Á veces atisba años en- 
teros, rondándola con visita diaria, pretextada dies- 
tramente, una obra de arte para su colección. Se 
cuenta — no sé si en serio — que hizo creer á una 
solterona incasable que la pretendía con honestos 



287 



fines, cuando sólo preparaba la adquisición de 
cierta magnífica medalla única de Jácome Trezo, / 
conservada inmeniorialmente en la familia, y que 
al fin cayó en poder de Solar. Á esta tenacidad de 
cazador, á estos ardides de indio bravo, el marqués 
reúne una memoria que es un cilindro fonográfico; 
memoria de persona de entendimiento limitado y 
recortado, de voluntad perseverante, reducida al 
deseo de cosas concretas y accesibles, de esas que 
ceden al esfuerzo paciente y diario. 

Nos enseña después un retrato de Isabel II, en 
mármol, obra de escultor hábil y amanerado. Esta 
sí que es la "inocente Isabel", tan querida de sus 
vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud 
y su morbidez; y Solar, con sonrisa maliciosa de 
indiscreto triunfante, advierte: 

— Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva 
especial de la Señora á D. Francisco Serrano Do- 
mínguez, el que había de arrebatarla el trono. 

Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, 
óleos, camafeos, de eminencias, de testas coronadas, 
de la dinastía borbónica (asusta pensar lo que la 
lian retratado en este mundo); y á renglón seguido, 
una colección de relojes, desde Adán hasta nuestros 
días... Coleccionar relojes ha sido la manía más 
terca del marqués, la que le hizo desarrollar más 
diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha 
cortejado, como á la cajita, años y años; era pro- 
piedad de un amigo; el amigo falleció. Con las pri- 
meras luces del alba, adelantándose á los prende- 
ros, entraba Solar en la almoneda del difunto. 

—En vez de corazón tienes esta saboneta— dice 



288 



H. PARDO BAZÁN 



Espina señalando á una de forma cordial, toda -in- 
crustada de granates, y cuyo tic-tac imita el latido. 

El marques sonríe y nos presenta, satisfecho, 
relojes libertinos, que ocultan, bajo un esmalte de 
asunto candidamente pastoril, segunda tapa con 
escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. 
Espina, sin asustarse, se encoge de hombros: 

— ¡Pchs! {Desnudos! Hay desnudos infinitamente 
más correctos que el vestido. El desnudo no inquie- 
ta; ¿verdad? 

La miro y compruebo la exactitud de su observa- 
ción. Los maestros de las decadencias y las afemi- 
naciones voluptuosas del arte consiguen sus efectos 
con ropajes y paños. Ahí están los artistas del si- 
glo xviii, que no me dejarán mentir. El desnudo 
estorba para la picardía. 

¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de 
tedio, que guarda Espina cuando me da sesión, no 
he notado que el atractivo peculiar de esta mujer 
está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al 
cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorpora- 
da, identificada á su persona? Revuelve y ondula 
tan bien las faldas, son tan cómplices los tejidos 
que la envuelven, que no se la figura uno, en las 
audaces figuraciones, sino vestida. 

Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exte- 
rioriza; en Espina no sé distinguir la forma de la 
vestidura. En esto debe de consistir el arte supremo. 

El marqués, alzando una cortina de terciopelo 
bordada de seda y oro, nos hace pasar al último 
salón— el ojo del boticario —Aquí se guarda la es- 
puma del Museo. Plata repujada, realmente mag- 



LA QUIMERA 



289 



niñea; jarras españolas (nunca las había visto) so- 
bredoradas, cinceladas. Me deslumhran; recuerdan i 
los vasos sagrados de los pintores venecianos en 
las Cenas y en las Bodas de Cana. Hay objetos con 
que nos ha familiarizado el arte, y que parecen 
irreales vistos. También me encantan las veneras de 
la Inquisición, de pedrería, cristal de roca y esmal- 
te, y los grandes bandejones de plata del xvi, regia- 
mente relevados á martillo. El dorado de tan bellos 
objetos es muriente — una caricia para la vista, — y 
la labor un portento. En el tesoro de Toledo hay 
algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué 
fuerza, qué prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis 
ojos se encandilaban, y dentro de mí se producía 
esa dilatación del sér que acompaña á una modi- 
ficación profunda de la sensibilidad. No me explico 
bien por qué la soberbia plata antigua de Solar me 
impresionó como no me había impresionado el 
Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez 
el Museo, por su mismo caudal y por las diversas 
edades que abarca, es una cosa genérica, que no 
cifra determinado momento estético, mientras esta 
plata, en su esplendor, me echa encima del alma 
todo el siglo del Renacimiento, nuestro xvi, período 
heroico de nuestra nacionalidad, con las corrientes 
artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión 
de arte; comprendo lo que no comprendía. 

El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve 
extático, y lo atribuye al mérito particular de sus ban- 
dejas y jarras, no á la idea general que me suscitan. 

Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, 
inerte, de sus ojos piel de Suecia. 

19 



290 



E. PARDO BAZÁN 



— Todo esto de plata—dice,~~para las iglesias, 
muy bueno. 

— De iglesias procede— declara el coleccionista.— 
Estas bandejas son de postular en las catedrales. 
Y aquí tiene usted— abrió misteriosamente un ar- 
mario—algo que todavía huele más á iglesia. 

Del armario (antigua alacena de sacristía) salía 
un piadoso y enervante aroma de incienso; dentro, 
en dos estantes toscamente pintados de azul, vis- 
lumbré tesoros. 

Solar fué sacando un incensario maravilloso, 
guarnecido en derredor de un círculo de arcángeles 
con las alas plegadas y las manos unidas, una 
naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz 
que, según su dueño, figura en los grabados del 
catálogo Spitzer, y, por último, el ojo del ojo— una 
medalla, como de una cuarta de alto, que encierra 
la efigie de Santa Catalina con su rueda. 

—Es única— me dijo, — no sólo por su perfección, 
sino por la conservación. Si yo no la hubiese en- 
contrado donde la encontré (secreteo, balbuceo), 
temería una de esas sofisticaciones que se hacen 
en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla 
tiene más probada su ascendencia que muchas 
casas que se precian de ilustres. Es tan sigular, que 
yo le he formado un expediente, una probanza en 
toda regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien! 

La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias 
de actualidad me parecieron pobreza ante la artís- 
tica, suprema elegancia de la mujer engalanada 
por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo xv. 

Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la 



LA QUIMERA 



291 



Santa se recoge el manto verde oliva, franjeado 
por una orla de delicioso dibujo, en que alternan 'j 
diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, 
tostadas por los años. La túnica es azul, de unos 
azules tornasolados y cambiantes de acuática trans- 
parencia, que la visten como del agua dormida de 
solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese 
tipo andrógino peculiar del Renacimiento: el pelo 
crespo y rizo acentúa la expresión altiva, heroica, 
del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena 
de oro, rematada en pendentivo de perlas y esme- 
ralditas. Las manos son un prodigio de dibujo y de 
modelado: su elegancia patricia al hundirse en los 
pliegues, la separación de los torneados dedos, su 
forma de huso— todo divino. — Sobre la frente, algo 
bombeada, la ferroniera (adorno muy anterior á la 
época que se le atribuye, explica Solar), y bajo los 
reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. 
La palma, la rueda de desgarradoras puntas, mila- 
gros de ejecución. Tal intensidad de arte me deja 
aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á 
brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba 
del gusto de poseer tal preciosidad; sobre todo, "la 
envidia de Valencia de Don Juan" y otros aficiona- 
dos que se pirran por la joya, le viene al paladar 
en onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con 
señita confidencial me cita ante otro tallado arma- 
rio. Abierto, veo dentro un casco de torneo milanés, 
una coraza nielada, repujada, cincelada, con mas- 
carones, bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, 
esclavos que se retuercen bajo la cadena, mujeres 
de perfecto torso desnudo que terminan en caballos 



2&Í 



E. PARDO BAZÁÑ 



marinos, centauros de pujantes ríñones, el cántico 
de la fuerza y del triunfo. Solar me dice: 

—Desde que los asuntos que trata son pacíficos, 
el arte se afemina. 

Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo 
ha visto tantas veces! iLa tienen tan sin cuidado las 
antiguallas! 

—¿No sabes - pregunta de pronto dirigiéndose al 
marqués— que llega esta noche Valdivia? 
Rióse Solar. 

—Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si 
te divertía mucho... 

Nuevo guiño del marqués — ya inequívoco, pues 
señala hacia mí, como diciendo:— "¡Esta muchacha 
está loca! ¡Delante de un extraño!" 

Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y 
murmura: 

—Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala len- 
gua... Y lo cree: á las malas lenguas se las cree 
siempre, porque siempre dicen verdad. ¿Niéguelo 
usted? 

i Yo, realmente, no lo sabía. Esta murmuración 
mundana no había llegado hasta mí. En la socie- 
dad no se maldice tanto como cuentan, y, además, 
suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los 
advenedizos. Por otra parte, Espina, ave de paso, 
no suscita aquí las encarnizadas enemistades que 
inspiran las campañas de descrédito. Se la obse- 
quia, se celebran sus adornos y su gracia exótica, y 
nadie incurre en el mal gusto de colgarla morale- 
jas. Esto me decía el coleccionista, cuando Espina, 
malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á 



LA QUIMERA 



293 



una partida de polo que se jugaba en el Hipó- 
dromo. 

—Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tie- 
ne bula... Si otra.hiciese las niñerías que ella hace... 
La pobre... ¡Qué desgraciada es en el fondo! ¡Pobre 
María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí. Su 
marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por 
Bélgica, por Inglaterra, por Monaco, á verlas venir, 
sin darla un céntimo para su ropa, cuando Espina, 
al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahúr casi 
le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el ma- 
jadero de Valdivia, un brasileño hijo de español, 
que tendrá el oro y el moro, conformes, pero que 
está gastado y hecho una plasta, y para ostentar su 
protección no vacila en ponerla en berlina, y para 
espiarla, la sigue á todas partes... No; á ese, cuanto 
le suceda le estará bien empleado. ¿A qué se mete 
en aventuras? 

Comprendo, como si leyese en el pensamiento 
del coleccionista. Éste no es padre clandestino: es 
un galán, contemplativo por fuerza. Está furioso 
con Valdivia, de esos extraños celos que pueden 
existir sin amor, al menos sin lo que por amor se 
entiende. Yo tampoco estoy ni estaré enamorado 
de Espina, y, sin embargo, el amigo pachucho que 
va á aparecerse me impacienta; daría algo bueno 
porque no hubiese tenido la ocurrencia de descol- 
garse en Madrid ahora. 

Salgo de casa de Solar al caer la tarde. Paseo á 
la ventura por las calles inundadas de gentío. Como 
en Fornos, sin ganas. Sudo, pues hace bochorno, y 
3l mismo tiempo experimento la sensación desespe- 



294 



E. PARDO BAZÁN 



rantc de incurable frialdad en el estómago. Plomo 
es en él la comida. Allá dentro debo de tener un 
glaciar suizo. 

Y, sin saber por qué, tal vez por la mala disposi- 
ción gástrica, me siento mortalmente triste. Lo vano 
de la vida, lo inútil del esfuerzo, lo deleznable de 
todo, hasta de las Quimeras sujetas por el ala, me 
cae encima como una losa. Salgo del popular café, 
salto á una mañuela y digo al cochero: 

-iVaya usted por ahí... por donde se le antoje! 
Hacia la Florida, hacia los Viveros. Donde no haga 
calor. 

Las vías céntricas son un horno. La Puerta del 
Sol está envuelta en una especie de vapor rosado y 
ardiente, que parece el hálito de una boca juvenil. 
La concurrencia hormiguea. Voces, murmullos, ji- 
píos que salen de los cafés, violines de ciegos, gri- 
tos de chicos pregonando los periódicos de la tarde, 
rodar de coches que cruzan apresuradamente, lle- 
vándose á Jas señoras retrasadas en el paseo, y que 
regresan á sus casas con el apremio de vestirse para 
el Circo ó para la comida... La melancolía de las 
multitudes, entre las cuales se siente uno más aban- 
donando, me asalta. Quisiera estar en las Marinas 
de Marineda, á esta misma hora, cuando la campa- 
na de la parroquia de Monegro llama á la oración 
y por los caminos se encuentra á los labriegos que 
vuelven del trabajo y saludan con un "santas y 
buenas noches"... 

Se espesa la telaraña de hipocondría, mientras 
bajamos por la calle del Arenal, caemos en la pla- 
za de Oriente, donde dan solemne guardia á la 



LA QUIMERA 



295 



mole del edificio regio las barrocas estatuas de gra- 
nito; y bordeando el costado de Palacio, pegados á 
la verja de los jardines del Campo del Moro, des- / 
cendemos hacia la estación y la ermita de San An- 
tonio de la Florida, cuyos frescos acuden á mi me- 
moria en este instante, como si los estuviese viendo 
á toda luz, según los vi. Al pasar ante la iglesuela, 
una luna resplandeciente y tibia, de verano, inunda 
la fachada y se derrama en olas de flúida blancura 
por todo el paisaje. Bajo esa luz siempre fantasma- 
górica, al paso, por orden mía muy lento, del des- 
vencijado alquilón, los ángeles goyescos asoman, 
flotan, como formados de neblina y de claridad lu- 
nar, en vapores de plata, del blanco plata de los 
pintores. De toda la obra de Goya, en que la luz 
realiza juegos tan caprichosos y á veces tan finos 
como en el tapiz de la Gallina ciega y en el de la 
Vendimia, lo único esencialmente lunar—prescin- 
diendo de sus terroríficos aguafuertes, que son noc- 
turnos—me parecen estas úngelas. 

Las veo, con encarnaduras casi inmateriales á 
fuerza de delicadeza, vestidas de ropajes que, al 
igual de los de Espina, se ciñen con molicie alrede- 
dor de formas mucho más sugestivas que ningún 
desnudo; veo esa mezcla singularísima de realidad 
y de ensueño delicuescente que las ángelas ofrecen; 
veo que trepan al cielo, Cándidas, leves, cuando son 
el pecado mismo, la suprema idealización del pe- 
cado, la mayor irreverencia que cometió jamás un 
artista; y veo sus cortos talles en contraste con sus 
larguísimas, flotantes, abandonadas faldamentas, 
que las visten como de esas nubecillas azulinas q 



290 



E. PAKDO I3AZÁN 



violóla que forman pabellón al disco de la luna. 
Al sentirme cercado de estes fantasmas de belleza 
enteramente actual, con la nota del sentimiento 
presente, empiezan á hervir en mí las impresiones 
del día, y noto una sorda angustia, una zozobra in- 
explicable, un tormento que se parece al mareo 
de mar. 

Lo que se me marea es el espíritu. Mi enferme- 
dad es la duda. Dudo de lo que siempre creí. Re- 
niego, á pesar mío, de mi ideal estético. 



Las angelas desaparecen. Estoy en una calle muy 
amplia, de un pueblo antiguo, que no conozco. Se 
desarrolla á lo largo de la vía una procesión, prece- 
dida de música estruendosa. Desfilan pajes y heral- 
dos, que llevan en almohadones una armadura de 
torneo, nielada, repujada, incrustada de oro, damas- 
quinada, deslumbrante. Destacándose sobre el gen- 
tío, una gallarda figura altiva, de paladín, se eleva 
mirándome con calma orgullosa. Carlos de Gante, 
desviando con su mano aristocrática la vuelta de 
su gabán aforrado en martas cebellinas, avanzando 
la mandíbula prognata, con el tusón de oro al cue- 
llo, ladeado el birrete que prende rico joyel, pasa 
esperando que yo me incline y le salude hasta la 
tierra. El César va de pie sobre el carro triunfal, re- 
vestido de paños de seda, del cual tiran ocho muje- 



LA QUIMERA 



297 



res en la flor de la edad, vestidas sólo de su hermo- 
sura y juventud. La escena no la ilumina la luna, j 
sino el sol, un sol de victoria, que juega en las lar- 
gas, trigales, destrenzadas cabelleras de las vírge- 
nes que arrastran el carro, de maderas preciosas, 
guarnecido de brillantes bronces. Los balcones, lle- 
nos de gente, ostentan tapices. En pos del César se 
atropellan viejos vestidos de terciopelo; matronas 
enfundadas en brocado de plata, preso el cabello 
en red de perlas; niños rubios, de cabeza ensortija- 
da, en cueros las carnes lácteas, una gorrita de ter- 
ciopelo negro sobre los bucles; mancebos cuyos 
trajes acusan musculaturas viriles; panzudos burgo- 
maestres de ondulosa barba y almenada toca; un 
obispo llevando en alto una cruz procesional de 
oro, esmaltes, gemas, capitolinos, de un trabajo de 
hadas — y detrás, monagos frescos y bellos, con el 
pelo en tirabuzones, sosteniendo bandejas de pos- 
tulación de labor magnífica, en que fuertes romanos 
se apoderan de las Sabinas ó Faunos nervudos 
aprietan á las Dríadas forestales. Y cuando se ha 
alejado el cortejo, se ha callado la música, se ha 
quedado desierta la calle, un hombre muy hermo- 
so, calvo, de serena frente ebúrnea, envuelto en tú- 
nica de lana armoniosamente plegada, se encara 
conmigo y me dice: 
—Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza. 



298 



E. PARDO BAZÁN 



¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en 
imperial muestra, el Renacimiento! Eso, eso, sólo 
eso— era el arte. No haremos nada que á eso se pa- 
rezca. iMiserables de nosotros! Dibujo de atletas; 
modelado de escultores; colorido que es la sangre 
y la carne transportadas al lienzo; en el más senci- 
llo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por 
cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... 
Una voz mofadora me susurra: "¿Cuándo has po- 
dido pensar que cabía belleza en una labriega de 
pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En 
el tiznado minero? ¿En la muchacha tísica, mori- 
bunda en el hospital? 

„Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas re- 
fulgentes, nucas pujantes, formas estatuarias. 

«Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres. 

«¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! 
¿Y tu ensueño de interpretarla fielmente? ¡Una va- 
nidad! ¿La has de interpretar según es en sí? ¿Y 
cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? 
¡Entonces ya la interpretas en ti! 

„Y si la interpretas según la ven los maestros, lo 
que haces buenamente es pisar la hierba pisada. 

«Ríete de esa Naturaleza pura. 

«Mira este glorioso irradiar de helénica alegría 
que el Renacimiento derramó en el mundo. 

«Ten sangre, ten músculos, sé insensible al dolor, 
sé estoico. 

«Sólo hay un objeto digno de la vida: la victoria. 
«Sólo hay una fe digna' del que no nació con 
alma de siervo: la sabiduría antigua, la más alta. 
„No seas de estos cobardes vacilantes de la pre- 



299 



LA QUIMERA 



senté generación, impregnada de la mujer, de su 
piedad, de sus lágrimas, de su histeria, 
„Sé varón. Te lo ordena el Renacimiento/ 



Entretanto, el coche, rodando despacito, me con- 
duce á los Viveros, y echo pie á tierra, y me pierdo 
entre las frondas en flor, envuelto en el aroma pe- 
netrante, embriagante, de las acacias. 

Una mujer viene á mi encuentro.— ¡Espina, Espi- 
nal—Arrastra un traje de gasa, de incierto matiz, de 
esos matices afeminados que la moda ha bautizado 
con el nombre de colores pastel: tales son de te- 
nues, como suavizados por un dedo de artista. El 
traje, sin embargo, es lo más atrevido que he visto 
nunca. Porque bajo la gasa, Espina lleva un viso de 
tela sedeña, nacarada, de transparencias misterio- 
sas. Sobre su fosco pelo, una original capelina de 
la misma gasa, orlada é incrustada con idénticos 
encajes vaporosos y caídos, como ablandados por 
la negligencia, por la languidez. 

—"¿Qué tal? — pregunta la deliciosa aparición.— 
¿Le gustan á usted mucho los señorones vestidos 
de reyes de baraja? ¿Las mollazonas indecorosas, 
de calcañales recios? ¿La carne? ¿La sangre? ¿La 
mitología? ¿Todavía no ésíá usted enterado de lo 
que es bonito, hombre? ¡Es usted un pedazo de es- 
tuco! Debía de estar ya desasnado; creí que tenía, 



300 E. PARDO BAZÁN 



usted temperamento artístico verdadero, no como 
el del pobrecillo marqués, que confunde lo hermoso 
con lo rancio. Hoy se hacen cosas más encantado- 
ras que nunca. Afínese usted, afínese; aprenda á 
mirar. Lo natural es un mote con que se tapa lo 
grosero. ¿De dónde saca usted que lo natural, por 
ser natural, ya es bello? Al contrario, tonto, al con- 
trario. Lo bello es... lo artificial. 

„¿No soy bella yo? 

„Pues en mí, lo natural no existe. 

„Soy una civilización entera que ha infundido á 
lo raro, á lo facticio, la vibración del arte. 

„Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, 
mi atractivo no es la exhibición de mi cuerpo, sino 
el saber recatarlo, cual se recatan los misterios de 
los santuarios." 

Angustiado, como el creyente á quien se le de- 
rrumba eJ ara de su fe, exclamo lanzándome hacia 
la cosmopolita: 

— ¿Dónde está la verdad? 

Ella responde: 

-En ninguna parte. Todo es apariencia, ilusión, 
desfile de sombras chinescas sobre las paredes ilu- 
minadas ó lóbregas de nuestra alma. 

„Todo cambia, nada persiste; y lo que ya profanó 
la admiración del populacho, no merece ni la mi- 
rada del artista. 

„Las opiniones, los sentimientos de la multitud, 
ignórelos usted. Las sensaciones sencillasy francas... 
á los mozos de cuerda. La sensación hay que pa- 
sarla por alquitara, destilarla y oscilar entre ella— 
pero exquisita y sobreaguda —y el negro tedio que 



LA QUIMERA 



301 



nos encamina á la realidad antiestética de la 
muerte..." 



/ 



Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura 
que me llaman apresuradamente, desde muy lejos, 
en tono del que avisa un peligro... 

- ¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como 
una piedra! ¿Se baja aquí, señorito, ó vamos á se- 
guir? 

Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no 
entiendo ni respondo en un minuto. 

Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna 
me baña en pleno la faz. 

—No, no me bajo... 

Y doy las señas de mi estudio. 



Fines de Junio.— En el desconcierto de mis ideas 
sobre arte— porque tengo perdido el rumbo, y estoy 
como los devotos á quienes el ara se les viene aba- 
jo,— me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel, 
sueño raro que tuve en el camino de los Viveros, 
una noche de luna. 



302 



B. FAKDO BA2ÁN 



Los sueños son más directos, más leales que la 
vigilia. 

Despiertos, nos engañamos, nos mentimos, por la 
compresión que ejerce el mundo ajeno. Dormidos, 
sale afuera lo entrañable, lo que ni sabíamos que 
llevábamos dentro, tan recóndito. En sueños toma 
forma radiosa la vaguedad, lo obscuro resplandece. 

Soñando se me derrumbaron mis convicciones, 
me sentí cambiado; otra es ya mi fe, ó por mejor 
decir, lo que es fe, no la tengo; al contrario, vivo de 
dudas y de incertidumbres; también dudar es un 
modo de vivir y de creer; antes imaginé poseer mé- 
todo para realizar un poco de arte; ahora no sé por 
dónde ir: la perfección antigua me desespera y 
abruma; los rumbos nuevos me hacen parpadear, 
lo mismo que si estuviese mirando á un foco eléc- 
trico muy intenso. 

Minia me ha aconsejado: 

—No se crucifique. No disperse su espíritu. Usted 
no puede seguir las huellas de ningún pintor anti- 
guo. Entre los modernos, para atravesar el periodo 
de imitación, mortificante pero forzoso, elija al 
maestro que mejor se adapte á su modo de ser, y 
después de chuparle los tuétanos, mátele dentro de 
usted mismo. De los antiguos, sin embargo, podría 
usted sorprender secretos. Me han asegurado que 
Lehnbach,de absolutísimo incógnito, haciendo creer 
en su país que viajaba por Grecia, se estuvo un año 
aquí, copiando á Velázquez en el Prado, apoderán- 
dose de procedimientos que saca á relucir ahora. 

— A Goya copiaría yo más bien - respondí. 

- Sí; tiene con su alma de usted mayores afhxi- 



LA QÜiMEiíÁ 



303 



dades. Cada día sube Goya. Su decadentismo casti- 
zó le preservaría á usted del afrancesamiento á que 
está muy expuesto. ¡Sobre todo, si se apodera de 
usted Espina Porcel, que debe de ser una vampira! 

La verdad es que Espinita, como pueda, arrolla 
los tentáculos al cuerpo. Sin duda no tiene qué ha- 
cer en Madrid, y no sale de mi taller; me acapara. 

Veré si emborronando estas hojas consigo definir 
lo que me sucede con Espinita... 

En primer lugar, dicho sea en buen hora, de no 
estar enamorado de ella, según la gente diagnostica 
el enamoramiento... ah, de eso tengo seguridad 
completa. 

Vería á Espina arrastrada por la corriente de un 
río, destrozada por la explosión de una bomba de 
dinamita; la vería entrar en una casa inequívoca... 
y me sería igual. 

Sospecho que ella, por su parte, me vería en el 
banco del garrote, argolla al cuello, y, pudiendo, no 
abriría la argolla; es verosímil que prefiriese no per- 
der la emoción. 

El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es 
acre curiosidad, otras irritado deseo de subyugarla, 
otras antipatía repentina, el gusto imaginado de pe- 
garla un latigazo que saque sangre; otras atracción 
inexplicable, complicada,— una perversión que des- 
cubro en mí, y que me asombra sin desagradarme, 
pues no puedo aguantar á la gente bonachona, de 
psicología blanca. 

Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento 
de su existencia y la desdeñosa altanería con que 
prescinde de las nociones admitidas y vulgaronas. 



MU 



E. PARDO BAZÁM 



No es la Porcel una de aquellas rebeldes román- 
ticas que siempre estaban á vueltas con la moral, y 
que, al combatirla, la afirmaban: sencillamente, pa- 
ra Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito 
y lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la ex- 
terioridad, que hace de ella una especie de Cleopa- 
tra,— pues, como le sucedía á la reina de Egipto, 
,s// vida es inimitable. En otros términos: probable- 
mente me atrae Espina porque es exaltadamente 
elegante y rematadamente mala. 

Comprendo que lo primero se justifica, mientras 
lo segundo es dificilillo de justificar, aun cuando no 
tengo otro juez aquí que yo mismo; pero sentimos 
ahincadamente infinitas cosas... que no se justifi- 
can. Son. 

Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro 
cuando por mi culpa sufre alguien. Yo soy capaz 
de darle á un desgraciado la camisa. Yo he pasado 
noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bi- 
cho inútil de Solano. Yo quiero á mis amigas exce- 
lentes—la Palma, la Baronesa, Minia. Yo deploré 
no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara Aya- 
monte. Todo esto parece bondad, parece altruismo. 
— Y sin embargo me deleito en la amoralidad de Es- 
pina, como si deshiciese en la boca un fondán muy 
delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desco- 
nocido, de perfume que trastorna. 

¿Será que, si uno es artista ante todo, puede te- 
ner muy buenos instintos, pero nunca tendrá ver- 
dadera regla ética para la vida? 

En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo 
es que Espinita me trae y me lleva y me zarandea 



LA QUIMERA 



305 



como se le antoja. Se verifica lo que profetizó Mi- 
nia: la mujer se apodera de mí, me subyuga - sin / 
que el amor prevenga la excusa dulce. 

Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo 
algo que lleve sello amoroso? Nada, lo cual es casi 
ridículo, para mí se entiende, cuando esta señora 
está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, 
tendida en mi diván, confianzuda como en su pro- 
pia casa. 

Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, 
desde luego, migas excelentes! Toda mi prevención 
se ha desvanecido ante el primer apretón de ma- 
nos.— Llega difícil de respiro, retocado, peinado, 
perfumado, con una ropa inglesa que quita el sen- 
tido de bien cortada, con esa superioridad de ac- 
titud y esa calma algo triste, de buen gusto, seño- 
rial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es 
liberal y simpático; sabe obsequiar con galantería á 
las señoras; no habla nunca mal de nadie; no se 
mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas 
acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento 
y sus quebrantos de salud hacen que se le tolere 
la insolencia de una fortuna calculada en millones, 
sólo parcialmente comprometida— dicen— por los 
fantásticos caprichos de Espinita, á quien igualmen- 
te se disculpa, en nuestro país todavía idealista, por- 
que se adivina que no son felicidad sus relaciones 
con un hombre machucho y dispéptico. — La dicha 
es lo único que no suele perdonarse. 



20 



306 



E. PARDO BAZÁN 



Espina— voy estudiándola — no me parece tan 
nula como negativa, inconsistente. Es un ser insta- 
ble; ondea y culebrea. Sus impresiones son repen- 
tinas, transitorias. No la he visto dos días de igual 
humor. Hay mañanas en que parece sumida en ex- 
traordinaria placidez; otras, está abatida, suspira, 
no responde; otras, cae en un tedio negrohumo; fre- 
cuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al 
cuarto de hora, jovialmente achiquillada, con anto- 
jos de criatura. Yo soy también bastante veleta; lo 
malo es que no coincidimos al girar. Entra ella sal- 
tando, y me encuentra de murria; me levanto tara- 
reando, de buen talante, y llega Espina reconcen- 
trada, muda, y empieza á fumar con una furia que 
descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos 
pelo arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Sal- 
tan chispas, hay electricidad en el aire. 

¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! 
Se me figura que, en el fondo, esta mujer, tan ver- 
tiginosa en sus goces, se aburre hasta la desespe- 
ración. 

Como el prisionero cavila para evadirse de su 
cárcel, cavila ella para fugarse del aburrimiento. 
Llega á mi taller y trae alguna distracción discu- 
rrida, ó quiere que se la discurra yo. 

—Piense usted... A ver... ¿Qué haríamos? 

La he llevado al Museo, la he llevado á la Aca- 
demia de Bellas Artes, la he llevado á la ermita 
de San Antonio. Lo único que noto que le impre- 
siona algo es Goya. La maja desnuda y la maja 
vestida fuerzan su entusiasmo, y ante esas dos fi- 
guras enigmáticas, profundamente perturbadoras, 



LA QUIMERA 



307 



hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera 
su desprecio. 
Las etéreas figuras de la Florida la seducen, 
— Goya — me dice —es un moderno, un moderno. 
No lo son muchísimos que pintan ahora, y que por 
dentro están en el año 60. 

Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que 
variar, y la conduzco á barrios populacheros, á ad- 
mirar tipos madrileños, á los lavaderos del Manza- 
nares, donde llamamos la atención y nos dicen co- 
sas chulas, desvergüenzas, sobre el tema de que 
somos "parejita". Nos creen en escapatoria, y esa 
opinión deben de compartir las personas conocidas 
de sociedad que, casualmente, hemos encontrado 
en nuestros paseos matinales. Esto me va á dar 
postín. jEspinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho tono. 
Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta: 
—¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías 
á que se dedica usted, en lugar de posar para el 
retrato? 

Me mira como sorprendida por una incongruen- 
cia y repite: 

—¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch! 

No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado 
que Valdivia es celoso, y observo que un goce que 
saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia todo el 
acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyec- 
tadas fuera de la patita íerciopelosa, araña despa- 
cio, profundo, este corazón tal vez fatigado de sen- 
tir, pero todavía sensible, acaso más sensible que 
nunca, en el ocaso de un temperamento esencial- 
mente pasional. Bajo su aspecto de vividor distin- 



308 E; PARDO BAZÁN 

guido, escéptico, es evidente que persiste el Amadis 
dr antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cin- 
cuenta y pico no preservan al desdichado de la in- 
fección mortal. Y al mirar al mísero esclavo, me en- 
vanezco del sentimiento de detestación que, en 
el fondo, consagro á Espina y... á las demás, ge- 
néricamente. 

En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme 
á Bobita, mi perra. Es una delicia... Ningún chico 
hace más gracias. La verdad es que me lo destroza 
todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas 
se las trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo 
propio, (pie ayer me descacharró un cuenco de Ta- 
lavera antiguo, que me ha borrado un retrato me- 
dio concluido: será preciso remendarlo... Y esto me 
viene tanto peor cuanto que ahora, con la absor- 
ción de la Porcel, casi no hago nada de provecho. 
Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. 
Mis mañanas me las estropean las excursiones, en 
compañía de esta señora que me trae al retortero. 
¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo 
pesadito. 

Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino 
que me impone gastos tontos. Siempre que voy por 
ahí con ella se le antojan porquerías, que al regre- 
sar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piño- 
nes, dátiles, macetas de albahaca, naranjas, pande- 
retas, caricaturas de ministros, juguetes ordinarios, 
jhasta una pepona! Así que llegamos al portal, me 
dice imperiosamente: 

-Déle usted al portero ese horror, para sus so- 
brinos... Ó si no, bótelo usted por la ventana,,. 



LA QUIMERA 



309 



¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no ten- 
go!... Son efectivamente baratos, de baratura inve- 
rosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en una bol- 
sa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día! 

No contenía con la gracia de las compras, Espina 
ha dado en la flor de venirse á almorzar conmigo. 
Los días en que no se encuentra invitada por algu- 
na diplomática, por alguna de sus cremosas cimi- 
gas, no sabe qué hacerse y aquí se encampa. Unas 
veces dispone traer de casa de Lhardy platos á la 
francesa, otras se encapricha por los comistrajos de 
los muchos figones que en Madrid abundan; pero in- 
variablemente hace gestos á la minuta, declarando 
que aquí nos envenenan, que esto es infecto, que no 
concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica: 

— Se viene usted conmigo á París; se viene usted. 

Lo poquísimo que come, lo come de través y con 
la punta de los dientecitos, cogiéndolo con el tene- 
dor, remilgada, de la manera más mona que se 
puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, ge- 
melas, dignas de un estuche. El más prolijo cuida- 
do se revela en sus uñas, diez pulimentadas ágatas, 
de un rosa de concha del Mediterráneo, con reflejos 
brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del 
menudo dedo. 

Se las alabo, y responde en tono de tristeza: 

—¡Si aquí están horribles! Me falta Madame De- 
noir, mi manicura de París. La que Lina me ha re- 
comendado y que decía que era un portento, es 
una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa "reina de 
las hermosas" es poco exigente. No entiende de 
tocador. 



h. PAKDÜ KAZAN 



Á pretexto de convencerme de la torpeza de la 
manicura, cojo la diestra perlina y la retengo, exa- 
minándola, cerca de mis ojos. Detallo una poruña 
las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico 
engaste. Las joyas de Espina, lo he notado, son 
muy ricas, pero el arte en ellas hace olvidarla ri- 
queza. La mano, cautiva en las mías, que se insi- 
núan con hábil presión, no palpita, no se estreme- 
ce; parece una de esas manos de plata del tesoro 
de las iglesias, en las cuales lo humano es un hue- 
so inerte, una reliquia. — La memoria de los senti- 
dos me hace evocar las trémulas estrechaduras de 
Clara, la profunda palpitación de todo su cuerpo al 
contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano ensor- 
tijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como 
no me enloquece Cupidillo.. 



Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con 
lo que ha sucedido! Porque en vez de satisfacción, 
ni de engreimiento, ni de alegría de ninguna espe- 
cie,— lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo 
sabor de boca... 

Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, 
que me rompería la cabeza contra las paredes del 
estudio. 

¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido co- 
mún, escarmentarían! Lo mejor que pueden hacer 



La quimera 311 



cuando están juntos es prescindir de las tonterías 
que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilu- 
sión, no será. Antes vivían en paz... Después, tiene 
razón Tolstoy, se detestan. 

AI menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos 
como individuos? 

No; el verdadero origen de mi preocupación no 
he de callarlo... ¿Á qué disimular ante yo mismo? 
Es una aprensión ridicula, es que siento... vulgares 
remordimientos de haber engañado á Valdivia, y 
bochorno de las circunstancias en que se ha verifi- 
cado el engaño. Lo que yo hice no se hace, ¡no hay 
perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que 
yo hice es vil, y no puedo borrar, ni reparar, ni de- 
cirle á este hombre, como le dije á Churumbela: 

~~ Pégame... 

Si se lo dijese, es verosímil que me contestase 
cual la pobre gitana: 

— Pa no matarte, desalmao, no te toco... 

No me sirve de descargo acusarle á ella de haber 
preparado la ignominia. En Espina eso es natural; 
no se burlaría poco de mí, con su chispeadora 
burla, si la dijese: "¿Sabe usted? Me acusa mi con- 
ciencia". ¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infa- 
niel— No, lo que es este secreto me lo guardo. Por- 
que si algo me ha llevado hacia Espina, fué el dia- 
bólico afán de probaria que soy más indiferente á 
lo bueno y más inteligente para lo bello que ella y 
que toda su casta! 

Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, 
bastante temprano, hecha un sol. Antes me habia 
enviado una carga de flores y un billete. "Colóque- 



E, PARDO BAZÁtt 



las usted; repártalas en cada rincón". Engalané el 
estudio, el comedor'cito, mi alcoba, el pasillo y, 
sobro todo, oí tocador donde Espina se viste. Eran 
magnificas rosas, de estas que en Junio empiezan á 
escasear en Madrid, — pero todo se consigue tirando 
dinero. Me pareció no haber visto nunca, ni en 
Alborada, rosas como aquéllas, tan satinadas, tan 
tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapu- 
lladas, tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí 
el retrato de Espina — el que había de llevarse ella 
á París, — como anhelaba: algo nuevo, inusitado, 
sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente 
nubado de tules blancos, vestido de un manojo de 
rosas, de las cuales surgiese el busto de la mujer, 
entre gloria primaveral. 

Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, 
empecé el bosquejo de memoria, sólo para íijar la 
radiante visión y aprovechar el momento en que no 
habían principiado á languidecer las divinas, las 
fragantísimas rosas. 

Al entrar la Pbrcel, antes de hablarme, cerró con 
llave la puerta del taller que comunica con el pasi- 
llo, y me dijo en voz tranquila, fina y como infantil: 

— No tengo gana de que nadie nos interrumpa. 

La miré sin comprender, absorto en mi boceto. 

— ¿Qué va á pensar el criado? — fué la simpleza 
que solté por fin. 

—Yo siempre ignoro que existen criados; para mí 
no son personas-contestó encogiéndose de hombros. 

Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, 
de siempre contraída pupila, advertí una luz de 
júbilo. Prorrumpió en exclamaciones. Era encanta- 



LA QUIMERA 



313 



dor, era una idea; en París arrebataría. ¡Qué delicia 
exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por 
la tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arru- 
garíamos los dos á ver quién lo hacía de un modo 
más artístico... 

— La rosa, con todo, es flor algo trivial... — mur- 
muró. — Orquídeas debieran ser. Pero acaso no se 
presten. El efecto no sería el mismo. — Y, con cierta 
ansiedad, añadió: — Supongo que aunque el pastel 
de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino 
gasas, el mío no se le parecerá, no repetirá aquél. 
Dicen que es el mejor retrato de usted, y que los 
de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pue- 
den comparársele. 

— ¿Qué sé yo? — respondí.— Es difícil dar el premio 
en concurso. Yo deseo que el de usted salga admi- 
rable... 

Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que perci- 
bí su aliento, no perfumado por la naturaleza, que 
pocos alientos perfuma, sino por elixires y masca- 
dijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó 
más que las agatinas uñas. Su respiración se espa- 
ció sobre mis mejillas, con revuelo sutil de maripo- 
sa, y su brazo derecho desquició violentamente mi 
cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano 
perlina me revolvía los mechones de pelo y me 
arañaba con las sortijas la frente. El nevimaterno ó 
antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló 
con cierta repugnancia. 

— ¡Puah! 

A renglón seguido, con el infantilismo que exte- 
rioriza sus sensaciones, clamó regocijada: 



$1Á K. PARDO BAZAIS 



- Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick. 

Después -al darme yo cuenta de lo que todo 
aquello forzosamente envolvía,— buen cuidado tu- 
ve de evitar demostraciones pasionales, que podían 
convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, co- 
mo jugando, me apoderé de la presa. Para ensayar 
el retrato la envolví en rosas, que deshojábamos 
magullándolas, y que se morían en el ambiente 
caluroso del taller, en el cual las grandes vidrieras, 
á pesar de las cortinas moderadoras, derramaban 
chorros filtrados de sol. El silencio pesado de la 
mañana de Junio era perceptible, y sugería aisla- 
miento, soledad, libertad secreta. En la casa parecía 
no rebullir ni una mosca. Bobita dormía hecha un 
ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla 
de la puerta.— De pronto sonó; me incorporé pavo- 
rido. Ella se puso en pie igualmente, y me dijo, en 
voz susurradora: 

— Nada de abrir sin saber á quién. 

Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el 
pasillo, el característico ruge-ruge de la faldamen- 
ta femenina. Espina puso un dedo sobre los labios. 
Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros: 

—¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita 
aquí Espina Porcel, para que vea cómo adelanta 
su retrato... ¿Está usted solo? 

Espina hizo seña de que ella abriría ™- y tardó, 
aparentando torpeza ó malagana. - Lina, al entrar, 
se comió la partida inmediatamente. Había que ver 
fulgurar sus negros ojos. 

—Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no 
citarme aquí... 



LA QUIMERA 315 



Entonces Espina se mostró incomparable. Sin 
manifestar otra cosa que una satisfacción que afec- 
taba no poder reprimir, miró cara á cara á Lina, se 
acercó á ella y la clió en el aire, no en las mejillas, 
un beso, murmurando suavemente: 

- -Al contrario, ma charmante, si te avisé porque 
me arreglaba... Quiero que sepas antes que nadie 
que el mejor retrato de Lago va á ser el mío. ¡Una 
idea tan original y tan poética! Saldré de una espe- 
cie de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En 
París producirá entusiasmo. Cuantos retratos hizo 
Silvio hasta el día, son... psch... banales. Así me lo 
ha dicho él... 

La morena belleza sonrió despreciativa, y sin 
responder á su interlocutora, se volvió hacia mí y 
lanzó: 

¡Es usted el hombre más galante... pero más 
embustero! Eso mismo me contó cuando terminaba 
el famoso retrato del traje de terciopelo miroir. Por 
cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á 
casa. Quieren verlo unas amigas, de las que no son 
envidiosas, por lo cual profetizo que lo encontrarán 
admirable... ¿A ver, dónde anda esa obra maestra? 

iDios mío, qué compromiso! Quise aplazar, men- 
tir... pero Espina, exultante, desenterró el retrato, 
que yo había trasconejado ocultándolo detrás de 
varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina 
al ver el ultraje inferido á su imagen por el arrebato 
de la Porcel. Palideció como las morenas, con tonos 
lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en cambio, 
colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y 
Espina, la muy bribona— ¿qué otro nombre puedo 



316 



E. PARDO BAZÁN 



darla?— se echó á reir con risa que de puro alegre 
era un gorjeo, y entre la cristalina cáscatela de sus 
carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor: 

—¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estro- 
pear la maravilla? 

Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas 
de terciopelo, se volvió hacia su amiga, y la disparó 
á boca de jarro: 

— Abur, ma tóate belle, te regalo el retrato y el 
autor... Están en el mismo estado poco más ó me- 
nos; buen provecho te hagan... 

Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón 
enorme. ¡Su retrato, el alabadísimo, el que había de 
consagrar la memoria de su hermosura triunfante, 
indiscutible! — Sin permitirme cumplir el deber de 
cortesía de acompañar hasta la antesala á la ultra- 
jada beldad, Espina cerró nuevamente la puerta del 
taller con doble vuelta de llave... 



Y aquí entra lo que verdaderamente me pre- 
ocupa. Aunque la escena con Lina fué desagra- 
dable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien 
sólo debo amistad, consideraciones, no tiene com- 
paración con lo que sigue. — Al cuarto de hora de 
marcharse la Moros, volvieron á llamar, se oyeron 
de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge- 
ruge de sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió 



LA QUIMERA 



317 



con los nudillos... Aterrado, me volví hacia Espina, 
consultándola con la mirada. 

Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una 
respiración, que palpitaba agónico un aliento... y 
era el mío; el zumbar de la sangre me aturdía las 
orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mi. Creí 
que iba á dirigirme algún advertimiento de pruden- 
cia, alguna palabra de esas que el instinto de con- 
servación dicta. Lo que hizo fué un guiño de com- 
plicidad, un gesto picaro, envuelto en una caricia 
fogosa. Y riendo bajo, satisfecha, campante, ex- 
clamó: 

—Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa! 
La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja 
de palo. 

- Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres? 

Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabia de 
qué manera recibir á aquel hombre. Mi actitud sola 
era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me 
explicaré este episodio de mi vida; verdad que la 
vida está llena de enigmas sin clave. 

Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir 
de los celos. Pero ¿hasta qué punto esta amarga 
enfermedad, tan amarga que sólo por ella debiéra- 
mos renegar de la tontaina de los amores, es com- 
patible con la lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se 
ríe la gente de los celosos? Pues justamente porque 
los celos ponen venda más espesa que el amor 
todavía. 

Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, 
gime en su potro, desconfía, no duerme; pero cuan- 
do se le antoja confiar, lo estaría viendo y negaría 



318 



E. PARDO BAZÁN 



el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase. 
Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de expe- 
riencia, —y Valdivia la tiene muy cabal, — hubiese 
dudado, y qué carcajada no soltaría el propio Val- 
divia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Ence- 
rrados, solos, turbado yo, esparcidas las rosas! Pues 
sin embargo, no contento con mostrarse tranquilo 
y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno 
que no es único, que es frecuente en los celosos, 
cuya razón acaso sea el instinto egoísta de preca- 
ver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos la expli- 
cación, que yo al menos no era capaz de inventar: 

— Han cerrado para librarse de importunos, de 
indiscretos que divulguen por ahí lo original de la 
idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no cuento, 
¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted 
sigue en su tarea... 

Y Espina respondió, impávida: 

— Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. 
Has sido muy amable en venir, como te encargué. 

¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración 
es ésta? Llamar á Lina será una diablura; pero 
¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos 
al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia 
aprueba; él y Espina fuman, serenos, amigables. 



LA QUIMERA 



319 



Y sigue la historia. Me había levantado ayer hos- 
tigado por la preocupación más común, estúpida y 
agobiadora del mundo. No tenía un cuarto; no tenía 
lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un 
ciego. 

Las encerronas con Espina en esto habían veni- 
do á parar. No trabajar, rehusar encargos de gente 
que según Espina no es lo bastante smart para que 
yo le dispense tal honor... Y el sacristán de !o que 
canta yanta... 

¿Cómo no se me había ocurrido antes? 

Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero 
es una de las peores cochinadas de este cochino 
mundo. 

Pero también, como pasa con otras cochinadas, 
si nos falta viene la muerte. 

Cada peseta representa una gota de sangre; cada 
duro es un nervio; cada millar de duros, un pulmón. 

Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero. 

Empecé á revolver mis libros, por si desentraña- 
ba algún retrato sin cobrar, y me encontré que, ex- 
cepto los consabidos millonarios y una diplomática 
ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que 
pasaba era que tenía algunos retratos empezados; 
pero como hace tiempo que rehuyo dar sesión, no 
he terminado ninguno. 

Un sudor de angustia me corría por las sienes. 
Encontrábame además en ridículo. Espina tenía de- 
recho á burlarse de mí, pues le había sacrificado 
neciamente mi manera de vivir,— mi sustento diario. 

¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. 
¡Ni que yo fuese un codicioso! Es que el dinero, 



320 E. PARDO BAZÁN 



qué diablo, no hay hora ni momento en que no nos 
haga una falla terrible. Sin miaja de codicia, somos 
esclavos de él. No es codicia necesitar aire respira- 
ble. Nuestra sociedad respira por el bolsillo. 

Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente 
para disculpar... 

Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin 
falta, el alquiler de la casa, la soldada del fámulo, 
las cuentas galanas de la portera, la leche de Bobi- 
ta, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que 
vivir. 

¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la barone- 
sa? ¿Cómo me recibirá? ¿Qué cosazas dirá de mi 
desorden, de mi falta de cabeza, de mi desbarajuste? 

Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas 
meditaciones, llaman; entra Valdivia, tétrico y ce- 
ñudo. 

—¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos 
que hablar.,. 

¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué 
saldrá de aquí! 

— Tenemos que hablar...— repite. — Pero antes, 
hágame usted el favor de un vaso de agua clara... 

—¿De agua clara? — repito embobado. 

—Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; 
mi estómago me está gratificando, desde por la 
mañana, con una gastralgia horrible... ¿No le ha 
dolido á usted nunca el estómago? 

— ¡Ya lo creo que me ha dolido!— respondo con 
expresión. — Sin ir más lejos, ayer... 

Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente 
de franca simpatía, empezamos á confiarnos núes- 



LA QUIMERA 



321 



tras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso que bien 
le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia 
unos días la cabeza, otros el estómago, siempre las 
articulaciones, muy á menudo los ríñones y no po- 
cas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal 
de qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo 
cuántos. Los médicos le han ordenado rigurosa- 
mente campo, reposo, nada de emociones fuertes, 
un régimen de lo más severo. 

— Pero— objeto yo —entonces... 

— Entonces — replica afablemente, mientras deslíe 
el bicarbonato — tales prescripciones no se siguen 
jamás. No hay valor para separarse de María. Los 
médicos, ¿qué saben? 

—¿Por qué no se van ustedes los dos al cam- 
po? — pregunto. — Allí, con un poco de voluntad... 

Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del 
hombre con espolones de acero — lo he visto, no 
puedo dudarlo,— se arrasan de lágrimas. Me echa 
una mirada infinitamente expresiva, de esas en que 
se vuelca la urna de la pena, y murmura, bajando 
la cabeza y como acortado: 

—Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, rfe en- 
cerrarla en una aldea á la cabecera de un enfermo... 

Y, pronunciada la primera frase, quitado el pri- 
mer tapón, la confidencia, de un modo casi invo- 
luntario, surte de los labios secos, marchitos. Sale 
á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humi- 
llada, resignada; pero sale, entreverada con queji- 
dos sordos que la tenaza de la gastralgia arranca 
del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud 
perdida se mezclan con quejas del animal que su- 

21 



322 



E. PAKDO BA2ÁN 



fre y del enamorado que no ha podido curarse del 
daño que el filtro causa. Al principio se tropieza en 
las palabras, se quiere tapujar, velar con formas 
decorosas lo ignominioso. Poco á poco se va ahon- 
dando, se introducen los dedos en la llaga, se des- 
cubre la infección. Por los bordes abiertos y san- 
guinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos 
afrentosos. 

— ¡Ni un día sin celos! — repetía hecho un ovillo 
en el sofá, porque arreciaba la gastralgia. —¡Ni un 
día de dulce sosiego, de serenidad, de fe! ¿Com- 
prende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y 
á veces, créalo usted, sin ser supersticioso, me ocu- 
rre que estoy embrujado. Hay días en que me pa- 
rece que odio á María más que otra cosa. ¡Descon- 
fiar, desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de 
mi desconfianza? Mi detestable experiencia. Si yo 
fuese un poco menos corrompido, fiaría más en 
María, y eso ganaba. Por haber sido traidores cree- 
mos que nos traicionan. Me da por ataques repen- 
tinos, como el dolor de estómago, y es gracioso: se 
me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi 
desgracia es tanta, que estoy gastado para la vo- 
luntad firme de realizar un acto de energía, y no lo 
estoy para el sufrimiento que dicta esos actos á 
otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha pues- 
to aquí que si mato á María quedo libre de mi ob- 
sesión; porque muerta ella no hay celos, y mi pa- 
sión es celos; nada más. Suprima usted esa negru- 
ra, y el amor se evapora. Si me parece que con 
tanto devaneo celoso no estoy enamorado; no quie- 
ro, lo que se dice querer, á María... Oiga usted esta 



La quimera 



323 



monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se 
muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué / 
piensa usted? ¿Me cree loco? 

—Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean 
á los dos. En su caso de usted, yo tan fresco. Ahí 
tiene usted... Sólo me desvela mi pintura, los me- 
dios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparente- 
mente se diría que me aproximo á mi ideal, la ver- 
dad es que á cada paso lo veo más distante. No 
tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo 
tan mal, que... 

Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este 
hombre no va á creer nunca que hablé así... arras- 
trado por el torrente de las espontaneidades.— Me 
miró con interés, y exclamó con una bondad que 
me pasó el alma como un cuchillo: 

—Cuente usted conmigo para todo. Tendré ver- 
dadero, verdadero gusto en serle útil. ¡Y, á propó- 
sito! Me alegro que se suscite esta conversación, 
porque soy su deudor de usted, y he de pagar, 
antes que con mis males y mis chifladuras me dis- 
traiga. Dos retratos de María ha hecho usted ya. 

—No— me apresuré á gritar,— uno solo. El otro 
es un boceto, un estudio. 

—El otro es más bonito por lo mismo, por la 
libertad, por la fantasía. Ese es mío; lo compro yo. 
El otro casi está terminado, y en París le dará á 
usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le 
debo? Sencillamente, entre amigos... 

Al oir la cifra protestó. 

—De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los 
precios madrileños; aquí es de balde todo. Permita- 



324 E. PARDO BAZÁN 



me que inaugure los precios franceses. Dos mil 
Francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, 
justamente... 

¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un 
golpe! Oscilé de emoción. Me veía salvado, libre, 
pertrechado para la guerra. Pero era demasiada 
vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero 
de aquel... ¡Extraña casuística! Si me paga al precio 
de Madrid, no me da empacho... 

—Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado 
usted bien; le debo á usted más. Ya sé lo que pasa 
con María. Le ha hecho perder un tiempo precioso, 
y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de 
parroquianas. Porque María es así. No habrá con- 
sentido que retrate usted, esta temporada, sino á 
quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su 
culpa, diez ó doce enemigas... 

¡Perspicacia singular, alternando con absoluta 
ceguera: tú eres la característica de los enfermos de 
celos crónicos! 

Todavía añadió: 

— Y, por supuesto, cuente conmigo en París 
—adonde espero que se vendrá ahora en nuestra 
compañía— para lo que le haga falta, sin restriccio- 
nes... Me causaría usted una contrariedad si se diri- 
giese á otra persona. No tema, no recele carecer de 
nada al establecerse allí. La amistad de Valdivia es 
algo más que fórmula. No lo dude. 

Hablando así, alargóme la mano, seca y calentu- 
rienta, y no me atreví á retirar la mía, de seguro 
temblorosa. 

—Sjea usted mi amigo —dijo melancólicamente — 



LA QUIMERA 



325 



No soy un hombre demasiado feliz, sino todo lo 
contrario. Sólo la amistad mitiga, á veces, las que- / 
maduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que 
esa mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fon- 
do, créame... ella no es responsable del mal que 
hace. Se encuentra sometida á una fatalidad... ¡Si 
usted supiese lo que he batallado para apartarla de 
mi pensamiento, para quitarme el vicio y la borra- 
chera de su amor! Usted puede prestarme un gran 
servicio, á cambio de todos los que yo estoy dis- 
puesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia 
cuando le cuente mis penas, y no se burle, como 
se burlan los amigotes de María en París y aquí. 
Delante de ellos me presento como un hombre ma- 
terial y cínico, harto de todo; y me creen, porque 
son lo mismo. Están gangrenados. — Les aborrez- 
co.— Hay, especialmente, un compañero de usted, 
un pintor belga, ¡que si yo tuviese valor para mal- 
quistarme con María, mi mayor delicia sería clavar- 
le una bala, después de escupirle! Sospecho que 
me ha engañado con él, y he de seguir recibiéndole, 
y he de tratarle como si tal cosa, y hasta dar al- 
muerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es 
aplastante sentirse hombre civilizado, de una civili- 
zación extrema, que divorcia la acción del senti- 
miento? Y a le conocerá usted, ya conocerá á ese 
tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hun- 
diese daba yo ahora mi sangre! 

—¿Marbley? ¿El del Harem turco? 

—¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? A fuer- 
za de reclamos se ha impuesto. Un farsante, sin 
miaja de genio; un hombre que sólo piensa en co- 



326 



E. PARDO BAZÁN 



brar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. 
lSi supiese usted cómo cultiva el género! No hay 
ardid que no emplee. Paga artículos en los periódi- 
cos; no sale de los tocadores y de las faldas. |Y en- 
vidioso! Ya verá usted en cuanto eche la vista en- 
cima á este delicioso retrato. Se lo voy á refregar... 
Quítele usted la clientela, arrincónele, aplástele. Ese 
complot tenemos que tramar... Y cuente usted con 
Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado! 



En lugar de dormir bien, guardando en cartera 
cuatro mil francos, no descansé en toda la noche. 
Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos in- 
somnios invencibles que determinan en mí al igual 
las impresiones de placer y las inquietudes profun- 
das; oía á mi cabecera el tiquitiqui del relojillo, me- 
tido en su marco de plata repujada, y me parecía, 
sensación en mí bastante frecuente, que la cama es- 
taba invadida por miríadas de hormiguitas, y que 
estas hormiguitas, zigzagueando, se me paseaban 
por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se 
desvanecía como el humo disperso por el vendaval. 
Me ardía la frente. Y, en el alma, bochorno, dolor 
inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo de 
las palabras de Valdivia. 

Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no 
me rebullo en la perfidia como en el agua el pez. 



LA QUIMERA 



327 



Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera... No puedo. 
La indiferencia moral, que me pareció hasta una 
gracia en Espina, en mí— reconozco la contradicción 
—me parece sencillamente, en este caso especial, 
una canallada. A darle su nombre verdadero, yo 
seré un canalla, el último, el presidiable, si me 
aproyecho del dinero de Valdivia y, al mismo 
tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho de 
Espina por mí. 

Bienaventurados aquellos que ó son malos ó 
buenos del todo. Yo no siento constantemente el 
estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo, 
tengo impulsividades honradas.— Cuando empezó 
á filtrarse el día al través de los resquicios de la 
ventana, había formado una resolución. Estos cua- 
tro mil francos... bueno: el precio de París. Pero ni 
un céntimo más! Y por mí, sosiégúese Valdivia. Ya 
puede Espina agotar sus artes. Muy amigos, sí; 
trato, conversación... No otra cosa. 

Y con esta decisión firme, que á mi ver lo con- 
cilia y lo borra todo, las hormigas desfilan en silen- 
ciosa caravana, mi frente se refresca, mi pulso se 
normaliza... Me quedo dormido regalonamente. 



Mi fatuidad—porque en este medio me he vuelto 
fatuo— me sugería que iba á ser necesario luchar 
para dar un corte á la relación íntima con la Porcel. 
Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza, 



328 E. PARDO BAZÁN 



con exageración (lo hice detestablemente), Espina 
adivinó, tragó la pildora, me miró con sorpresa 
burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso y cómico; 
luego, con calma é indiferencia en que había me- 
nosprecio, sacó un cigarro de su primorosa petaca y 
lo encendió, demostrando, como casi siempre que 
fuma, impresión de bienestar, de euforia, debida, 
sin duda, al opio que encierran sus papelitos larga- 
mente emboquillados. 

Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, 
les acompañaría á París, me miró atentamente, y 
en sus ojos de venturina derretida, irradiadores, vi 
lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un 
gesto de los que se hacen cuando el destino se 
impone. 

— Mucho me alegro de que le tengamos á usted 
por allá— pronunció despacio, con expresión enig- 
mática. 

No me había apeado nunca el tratamiento, ni en 
medio de nuestras breves pasionalidades; el toque 
de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez por 
desdén. Asimismo observé que ha guardado con- 
migo cierto género de pudor, no permitiéndome 
ver de su cuerpo absolutamente más de lo que 
exigía el retrato. 

Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero 
capricho; segura de su atractivo perverso, sonríe de 
un modo insolente, con reto en la actitud. Me con- 
sagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale 
encantador. 



LA QUIMERA 



329 



Empieza á correr en los círculos sociales la voz 
de que me voy á París con Espina, y la gente me 
jalea, me halaga más que nunca. Convites en todas 
partes. La animación matritense es ahora extraordi- 
naria, febril, por la venida del rey de Portugal y 
consiguientes festejos. 

Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. 
Correspondes á una etapa de mi vida en la cual no 
hice sino falsear y bastardear mis instintos verda- 
deros, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis con- 
vicciones, que eran mi apoyo, sentir que á cada 
paso me aparto del ideal... y ni siquiera reunir 
ochavos, porque la verdad es que en Madrid las 
bolsas andan escurridas y lo único que se logra es 
trampear... 

Siempre que emprendemos un viaje, entra por 
mucho en nuestra animación la esperanza de que 
va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á 
renovarnos. 

Á bordo del barco en que vine de América, re- 
cuerdo cuánto me sonreía esa ilusión. La nueva 
existencia sería, forzosamente, mejor que la pasada; 
aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con 
todo, si entonces me hubiesen vaticinado el golpe 
de fortuna y el arrechucho de moda que me aguar- 
daba en Madrid, hubiese dicho que era imposible. 

Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo 
que podía fantasear, y sólo experimento, al empren- 
der otra peregrinación hacia la tierra prometida, 
repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que 
infunden la comida mascada y el pan mordido. 
Quizás me espera en París el verdadero desencanto; 



330 



E. PARDO BAZÁN 



la certeza de que no tengo puños para lo único que 
importa. 

Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno con- 
vencerse nunca? 

El retrato de Espina trastorna la cabeza á las se- 
ñoras que lo ven. Realmente (lo conozco), es (aun- 
que algo cromito, cromito siempre) de una etereí- 
dad, de una magia seductora. La cabecita rubia, 
los nacarados hombros, virginales (Espina tiene 
una porción de detalles que no pueden llamarse 
sino así), son un hechizo de finura. Los tules y las 
rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece 
que las flores están salpicadas de rocío, y que sus 
hojas de seda van á moverse, á caer lánguidas, 
dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la 
cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de 
aquí— y no exceptúo á Lina Moros, que por cierto 
está torcidísima conmigo, que no tengo culpa de 
las extravagancias de la Porcel,— el efecto de sen- 
cillez, un cuadro sin una joya, sin un lazo, es atra- 
yente, exquisito. En fin, el retrato de Espina hace la 
competencia, como acontecimiento mundano, á la 
venida del monarca portugués. 

En ecos periodísticos, en las conversaciones, un 
concierto de elogios. Y decir que al mismo tiempo 
que me inciensan, yo creo sentir alrededor del pes- 
cuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi 
eterna mediocridad! 

¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles 
como Valdivia, esos á quienes la fidelidad ó infide- 
lidad de una pindonga- 
Estás crudezas que pienso y escribo aquí me 



LA QUIMERA 



331 



avergüenzan también; pero comprendo que si tu- 
viese la seguridad de mi talento, de mi genio; si la 
tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso 
y caer luego en desaliento incurable, si yo fuese 
Van Dyck, me creería autorizado á pensar como 
me diese la gana de cosas y personas, y á retratar- 
me con mi engañado protector, sin escrúpulos... 

Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es 
águila, 

Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que 
un pastelista de salón. 

Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo 
averiguo! 



He rehusado casi todas las invitaciones, sobre 
todo las de los bailes: esto de no asistir me da 
tono... y comodidad. Las comidas las he aceptado, 
porque se come mejor que en casa, naturalmente. 
He ido á despedirme de las Dumbrías, que se ale- 
gran francamente de mi salida en busca de aventu- 
ras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar 
de Fierro, que se ha conmovido algo (como se 
conmueven los viejos, pensando en sí mismos, en 
contingencias de no volver á ver al que despiden), 
y me han llenado de consejos acerca de lo que 
debo reparar en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. 
Además me ha dado cartas y tarjetas para que 
visite colecciones particulares que no se enseñan. Y 



332 



E. PARDO BAZÁN 



á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas 
— llamémoslas así, aunque sea presunción, — apro- 
vecharé la butaca que me envía la Sarbonet para la 
función regia en el Teatro Real. 



¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peti- 
ciones de localidades han sido tantas, que el mi- 
nistro, oigo que dicen á mi lado, andaba loco. Ha 
sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en 
cada palco. Los señores, como puedan. Las que han 
conseguido sitio desde el cual se ve á la Corte, sa- 
tisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, 
se prometen invadir el palco de una amiga en los 
entreactos para saturar sus ojos de la atracción. 
Cantan nada menos que el Don Juan, de Mozart, 
pero nadie quiere oir una nota de la divina música. 
Mas que los cantantes, cuya voz ahoga completa- 
mente el abejorreo de los diálogos, de las observa- 
ciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan 
al público los dos alabarderos de guardia en los 
ángulos del escenario con el telón, inmóviles. Son 
dos apariciones de antaño— morenos, mostachudos, 
serios,— estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he 
visto a estos mismos alabarderos, en la corrida re- 
gia, resistir con las alabardas, al pie del palco que 
ocupaban las reales personas, la arremetida del 
toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zu- 
loaga... 



333 



Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la 
Corte, cuyo gran palco domina la Sala, trastornan- 
do la categoría de las localidades, elevando al pri- 
mer rango á los palcos principales, otros días refu- 
gio de la gente de medio pelo, y hoy reservados á 
los diplomáticos, á las damas de la reina, á la alta 
servidumbre, á lo más granado de la concurrencia. 
Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí 
se queda eclipsada mi perfumería. Es difícil discer- 
nir qué olor domina: si los aromas fuertes, ingleses, 
que gastan los muchachos bien, ó las sutiles com- 
posiciones francesas, mixtiones delicadas y perso- 
nalísimas, de las cremosas. El conjunto levanta do- 
lor de cabeza y solivianta los nervios. 

Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por 
dos pesetas, y me dedico á pasar revista. 

Es un abigarrado, un mariposeador remolino de 
hombros y senos salpicados de pedrerías, arroya- 
dos de perlas; de cabezas coronadas de brillantes; 
de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras 
de blanco cartón. Es lo que desde hace meses me 
dedico á retratar; son mis modelos, mi clientela, mi 
mundo, reunido y luciendo el tren de sus vanida- 
des, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, 
posición, galantería, superioridad social; éste es el 
momento crítico en que las pequeñas Quimeras, las 
Quinientas, revolotean ladrando, soltando humo 
por las fauces... 

Descanso los gemelos un instante. A mi derecha 
tengo un gallardo, un magnífico maestrante de Ron- 
da. Su casaca ceñida le presta arrogancia militar, 
bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus 



334 



E. PARDO BAZÁN 



calzones blancos modelan sus esculturales muslos. 
Mira con mezcla de interés y desdén á los palcos, 
sonríe de vez en cuando á una cara conocida, ar- 
quea las cejas de puro ébano, contrae una frente 
juvenil, encuadrada por el pelo negro alisado exa- 
geradamente, según el decreto de la moda. Se ve 
que tiene calor y que más bien se aburre que otra 
cosa... pero sería lástima que se fuese, con tan her- 
mosa estampa. A mi izquierda dos damas muy ma- 
duras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda 
la noche de Dios porque no han conseguido asiento 
en un palco. Su mal humor se traduce en murmu- 
rar de todos y de todas, en cuchichearse, escandali- 
zadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar fal- 
sas las perlas y los brillantes de cuantas lucen co- 
rona heráldica, y en criticar el reparto acerbamente. 
Viene á saludarlas un señor calvo, obsequioso, y le 
endosan la relación. "Figúrese usted que nos ha 
engañado el ministro... Hasta última hora prome- 
tiendo palco, y luego nos encaja esta ridiculez." 

El señor, sin duda para consolarlas, musita mis- 
teriosamente: "¿Y saben ustedes que está en las 
butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas 
Castillas? ¿Una cocotte? Está, acabo de verla... Un 
escándalo..." 

Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío 
apenas descubro una cara satisfecha. Querían palco 
todas. Unas disimulan, otras están furiosas sin re- 
bozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sa- 
cado el fondo del baúl. Entre los trajes claros hor- 
miguean los fraques y los uniformes; y me fijo, ad- 
mirado, en la cantidad inverosímil de condecorado- 



LA QUIMERA 335 



nes, placas y cruces que brillan sobre el paño ne- 
gro, azul ó rojo. Si á estos signos se atendiese, so- 
mos el pueblo que cuenta con más héroes, con más 
sabios, con más gente ilustre por un concepto ó por 
otro. Hay pechos que son, no un calvario, como 
impropiamente se dice (¿qué valen tres cruces?), 
sino la Vía Apia el día de la célebre crucifixión co- 
lectiva. 

Tampoco escasean las veneras y distintivos de 
Órdenes militares, ni faltan maestrantes de Sevilla, 
Zaragoza y Ronda, — pero ninguno con la planta 
arrogante del que á mi lado se sienta.— -Sin embar- 
go, la vanidad burguesa se sobrepone á la nobilia- 
ria; la inundación es de bandas y condecoraciones 
militares y civiles, llegando á parecerme de buen 
gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de 
Santiago, que algunos llevan como único distintivo. 
Miro á mi frac enteramente liso y desnudo, conde- 
corado con tres tallitos de muguet y dos violetas 
blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vani- 
dades, encastillado solamente en mi orgullo loco de 
querer ser algo que no se expresa con una cinta de 
colores ni con un trozo de metal. 

A los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, 
las que he retratado, y también las que no he que- 
rido retratar. Ahí las ¿umbrías, en platea, con las 
hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su 
heráldica diadema, su aire de gran señora. Ahí la 
Marquesa de Regis, honradota, luciendo apelmaza- 
das alhajas de familia, absolutamente fagotée... y 
su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de 
cuatro meses. Ahí la Fadrique Vélez, pintada, era- 



336 



E. PARDO BAZÁN 



pavesada, dislocada, porque tiene cerca, de unifor- 
me de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina 
Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, 
porque la han puesto con la Lanzafuerte y las Ve- 
gamillar, la pura crema de la pura nata... Y un va- 
por de recuerdos me forma y dibuja la silueta de 
una carmelita, postrada en un coro donde hay sar- 
cófagos de piedra, góticos, de Infantes de Castilla y 
León... 

En el cristal de los gemelos se incrusta la cara 
regordeta, de cocinera, de la Sarbonet. Sobre su 
pelo, teñido de color caoba, brilla, entre los follajes 
de yedra, una serie de estrellas de pedrería, y ria- 
chuelos de brillantes se escalonan en su tabla de 
pecho apetitosa, de jamona en punto. Desvío los 
gemelos, y recaen en la duquesa de Calatrava y en 
la marquesa de Camargo, reunidas con Celita Ja- 
draque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como 
á pavos en Navidad. Justamente, la Camargo las 
alzaba, las sopesaba en aquel momento, recordán- 
dome la escena del taller. 

A renglón seguido, Lina Moros, con un traje ne- 
gro, refulgente de lentejuelas de acero, una rosa 
roja, enorme, en el tocado, y una hermosura que 
sólo la envidia de una neurótica pudo discutir. En 
el mismo palco, una de esas diplomáticas averia- 
das, viejas y horribles, que aquí nos endosan á ve- 
ces, y otra encantadora— la francesa,— -deliciosa- 
mente ataviada, con un talle y un chic que á París 
me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la ma- 
dre de aquel Roberíito travieso que descubrió una 
petaca que yo creía sustraída por la infeliz Churum- 



LA QUIMERA 



337 



bela... Y más allá, la de la encerrona inocente, la 
marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndo- 
me un signo confidencial... A su lado, el palco de 
la noche, después del de los Reyes; el palco hacia 
el cual convergen las miradas; el palco donde da 
postín entrar y sentarse un entreacto; el palco don- 
de están de visita Lope Donado y Manolo Lanza- 
fuerte, é irreprochablemente vestido, con la sonrisa 
en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de 
tono, sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Es- 
pinita. Y es toda la contradicción de la sociedad 
actual este palco: la alta representación de la casa 
de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, 
al lado de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin 
aleación, el talco... 

La Flandes-, erguida, larga de líneas como una 
ninfa de Goujon, no parece sentir el peso de la so- 
berbia corona ducal que surmonta sus negros cabe- 
llos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico, 
que rodea su garganta, donde caben aún una car- 
lanca de perlas más chicas y un río de enormes so- 
litarios. Espina, por estudiado golpe, se ha compla- 
cido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel 
mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexi- 
ble, y la guirnalda de rosas naturales, sin otra dife- 
rencia sino que la salpican, en vez de gotas de 
agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que 
al moverse la envuelven en chispas de irisadas lu- 
ces. Y está seductora, y de boca en boca comprendo 
que corre la noticia: "es el traje con que Lago la re- 
trató". Me parece escuchar los madrigales, las bro- 
mas, los comentarios. Miro al palco de las testas co- 

22 



338 



E. PARDO BAZÁN 



roñadas, y se me figura que la Reina, valiéndose de 
sus lentecitos de concha, por no fijar los gemelos, 
nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, 
haciendo no sé qué observación á media voz, algo 
(jue podría ser elogio. Entre el remolino resplande- 
ciente de bandas, placas, colgajos, se destacó en- 
tonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron 
á trabajar en mi dirección, como si buscasen en mi 
cara la explicación de muchas historias. Entonces, 
sin esperar á que se alzase otra vez el telón y la es- 
tatua del Comendador pisase con pies de piedra la 
casa de don Juan, opté por desfilar; me abrí paso 
difícilmente, esquivé á los cumplimentadores, á los 
preguntones, á los buscadores de emoción; huí del 
acosón del grupo de muchachos que en el foyer se 
apiñaban, y tuve la oportunidad de desaparecer, 
dejando en el teatro mi idea, mi nombre zumbado 
en mil charlas, detrás de los abanicos, como un 
nombre de triunfador. 

Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fa- 
tigas un simón que me soltase en mi casa, me reía 
de mí mismo; me estimaba al propio tiempo, por 
la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las 
Quimeritas de cartón que quedan agitando sus alas 
tenaces, en ese ambiente tan lleno de olores y de 
mentiras... 



Al otro día Valdivia me informa de que ya tene- 
mos asientos reservados en el sudexprés. 
Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está 



LA QUIMERA 



conmovido, más blando que una breva. Le falta 
poco para llorar. Me pide, como á una novia, que 
le prometa escribirle. 

— Mira — le digo,— -las Dumbrías, la Palma y tú, 
es lo único que siento dejar en Madrid. Porque á 
Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya lo sé... 
pero no es posible que se la confíe á nadie. 

—Te la cuidaría yo bien— objeta Marin afanoso. 

—No; si es que carezco de valor para separarme 
de ella. La quiero conmigo, ¿sabes? 

Cenizate queda encargado de "darse una vuelta" 
por el taller, á ver si los porteros lo tienen barrido, 
limpio y ventilado, y de escribirme todo lo que 
ocurra. 

—En Septiembre ó en Octubre— murmuro— de- 
hieras venirte á París, á pasar conmigo unos días. 

Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil 
cachivaches, y cuando me dejo caer fatigado y des- 
corazonado en el sofá, me habla de mis triunfos 
franceses próximos, de que voy á ser allí un Gaya* 
rre de la pintura, á metérmelos á todos w en el bol* 
sillo". Le permito disparatar por su cuenta™ ¡Ma- 
drid, adiós! 



m 



PARÍS 



Sentar el pie en la estación del Quai cTOrsay no 
causó á Silvio el efecto que se había figurado. Le 
sucedía así con frecuencia, — agotar el contenido de 
una emoción con la fantasía, desflorándola de ante- 
mano;— previendo todo, y más aún, de lo que la 
realidad contiene. 

La presencia del ayuda de cámara y el lacayito 
de Valdivia le evitaron esas molestias de la llegada 
que influyen en la impresión de una ciudad desco- 
nocida. No tuvo que pensar en su saco, su rollo de 
mantas y su baúl. Se encontró el equipaje entero 
estibado en la galería de un fiacre, y hasta dadas 
las señas del hotel donde Valdivia le había retenido 
habitación. Al despedirse, Espina le notificó que le 
esperaba á almorzar al día siguiente, añadiendo el 
brasileño que, á ser posible, le llevaría algún colega 
distinguido, algún periodista, algún crítico de arte. 

—¡No! — suplicó Silvio, azorado. — Señor Valdivia, 
¡otro género de exhibición! Vengo aquí á estudiar. 

— iPero también á vivir! — argüyó el protector. — 
¡Si no le lanzamos, no le encargarán, no ganará! 
¡Es preciso que corra la voz, que se conozca esa 



342 



E. PARDO BA2ÁN 



preciosidad que traemos bien encajonada, esa lin- 
dísima efigie de María! 

No respondió Silvio. Valdivia llevaba razón; pero 
al hollar el pavimento de París, le dolía sentir otra 
vez el yugo del maldito trabajo útil; presentía, con 
repulsión, el subibaja de los arcaduces de la noria, 
el retratar para vivir, el vivir para retratar, sin alma, 
sin ideal, sin tregua... 

No se hallaba fatigado, á pesar del feroz traque- 
teo del sudexprés, el más quebrantahuesos de todos 
los trenes. Apenas el fiacre le soltó en el zaguán 
del hotel—uno barato, en la calle Daunou, - y en- 
comendó sus bagajes, se echó á corretear á la ven- 
tura, con ese afán de apoderarse cuanto antes de la 
topografía y los aspectos de las cosas, que caracte- 
riza á los viajeros algo inteligentes. Fué á dar, de la 
primer zancajada, á la calle de Rivoli. Contaba, 
para no perderse y no tener ni que preguntar, con el 
conocimiento instintivo de esa ciudad que nadie ha 
dejado de ver en sueños antes de pisarla. Sabía de 
memoria el plano de París. Todo era familiar, pre- 
visto, manejado, como rostro conocido, cuyos ras- 
gos se llevan en la memoria. Le sorprendería que 
algo de París le sorprendiese: hasta tal punto estaba 
seguro de cobijar dentro de sí, por incesante frecuen- 
tación espiritual, á París, á su forma, á su esencia. 

Los nombres de las calles eran música, cuyos ri- 
tornelos tarareaba. Desde América, se había im- 
pregnado de París. En Buenos Aires, de París ha- 
blan los artistas como de la tierra de promisión. En 
Madrid, hasta los gatos hacen la naveta, van y 
vuelven cada verano. Los nombres de los grandes 



LÁ QUlMEHÁ 343 



pintores franceses, como clavos hincados por marti- 
llazo seguro, habían penetrado en su cerebro, y ad- 
vertía, al perderse en las vías de la amada Metrópoli, 
esa impresión á la vez prevista y honda de los sitios 
respirados moralmente, antes de haberles bebido el 
aire. 

De lá larga y amplia calle de Rivoli, revolvió á la 
Plaza del Teatro Francés, y con goce pueril deletreó 
el anuncio de las funciones para la semana: Le Mi- 
santhrope, de Moliére; Phédre, de Racine. El tea- 
tro estaba iluminado; entraba gente; Silvio sintió 
impulsos de pasar también. Pero el antojo de seguir 
flaneando pudo más, y echó Avenida de la Ópera 
arriba. La Ópera—el edificio neroniano — se erguía 
más elegante de noche, apagado el brillo de sus 
oros y el colorido de sus mármoles, fundido todo 
en armonioso conjunto. El grupo de Carpeaux, en- 
trevisto, era ligero, puro, de una sensualidad espi- 
ritualizada. Ante la Ópera, el Bulevar rechispeaba 
de luces, rebosaba gentío; se agolpaban alrededor 
de las mesas de los cafés, sacadas á la acera; circu- 
laban sorbetes y refrescos. 

Silvio, rápidamente, anduvo, anduvo hacia la 
Magdalena; contempló un minuto el seco monu- 
mento; después retrocedió, atraído por el foco de la 
animación; volvió á cruzar frente á la Ópera; caminó 
en dirección al antiguo solar del Teatro de la Ópera 
Cómica, destruido por voraz incendio; evocó minu- 
tas de comidas refinadas al rasar el café Inglés, le- 
tras cobradas y millones removidos rozando el Cré- 
dito Lionés, y no paró hasta llegar cerca de la 
Puerta de San Martín, Desde allí se perdió por ca- 



K. PARDO BAZÁÑ 



llejuelas sin fisonomía y sin recuerdos, y embria- 
gado de soledad, recayó hacia el río, desanduvo, se 
entretuvo en los desiertos jardines de las Tullerías, 
y se enhebró y engolfó en los rincones de muelles 
y mercados, á la romántica sombra de las iglesias 
góticas y de las torres que hablan de historias 
muertas... Altas fachadas le echaron encima su si- 
lencio grandioso; el río, obscuro, mudo, le habló en 
el extraño lenguaje del agua que chapotea, que 
parece calificar de vanidad y miseria cuanto es ac- 
ción, aconsejando la contemplación tan sólo... Y 
Silvio siguió adelante; buscaba la Cité, buscaba á 
Nuestra Señora. 

No era difícil descubrirla: su masa solemne atraía 
la mirada desde lejos. La luna, roja y ardiente, como 
de Julio, había salido y ascendía; y Lago iba á ver 
y admirar, ni más ni menos que los poetas melenu- 
dos del Cenáculo, á Nuestra Señora de París á la 
luz del satélite, ironizada por Musset. 

Alta ya en el cielo, plateaba la fachada principal, 
bañando las dos torres, dejando en tinieblas la finí- 
sima aguja. El artista veía resaltar las relevaduras 
prolijas y delicadas, la fila de estatuas bajo la 
enorme flor del rosetón, las figuras místicas que se 
alinean en la base de los profundos arcos avialados 
del pórtico, y la hilera de arquitos bilobulados, bajo 
los cuales se yerguen las veintiocho figuritas de re- 
yes. El sentimiento que despertaba Nuestra Señora 
en Silvio era especial, poco sincero, facticio; en 
aquel instante deseaba ser uno de esos misalistas ó 
imagineros de que Minia le había hablado, que sin 
dolor y sin lucha, sin la dura angustia humana de 



LA QUIMERA 



345 



nuestro siglo, produjeron labor de arte anónima 
para generaciones y generaciones. La edad presen- / 
te, por un momento, le repugnó; la serena hermo- 
sura secular de la Catedral se impuso á su concien- 
cia artística. Se vió deleznable, falso y, sobre todo, 
pequeño, inútil, impotente. Un desaliento incurable 
le hizo temblar las piernas y caer desmayadamente 
los brazos á lo largo del cuerpo. "Nunca, nunca", 
escuchaba entre el silencio de la noche, ese hermo- 
so silencio de los sitios poco frecuentados de las 
grandes capitales, silencio nervioso, realzado por la 
conciencia del ruido y bullicio alrededor. 

"Nunca, nunca". Era el efecto aplanador de Pa- 
rís; la primera emoción depresiva de sentirse pe- 
queño entre la muchedumbre. Así como en torno 
de la paz de aquel atrio, en tales momentos desier- 
to, percibía Silvio el rumor oceánico de la gran ciu- 
dad, notaba también, difuso en el aire, latente de- 
trás de las paredes de las .casas, el esfuerzo enor- 
me, la suma incalculable de trabajo y de voluntad 
que en París se gasta para salir á luz ó sólo para 
ganar la vida. Acordóse de los poetas del Cenácu- 
lo, de los que venían cada noche como druidas á 
tributar culto á la luna. "El mundo era más joven, 
la celebridad se lograba más pronto", pensó. Des- 
pués se fijó en que entre aquellos melenudos tam- 
bién había pintores, y un cierto Petrus Borel, um- 
versalmente famoso por sus luengas guedejas y su 
velida barba, no había marcado la menor huella en 
el arte. "Un destino irónico... ¿Y si fuese el mío que 
nadie me conozca sino por mis pasteles aduladores 
y mi tipo VanDyck?" 



E. FARDO BA2ÁN 



Dejó caer la frente entre las manos, y cerró los 
ojos por evitar la divina claridad de la luna, que 
tiene la virtud de causar una especie de embria- 
guez á los felices y hacer insondable la tristeza de 
los poco afortunados. Empezó á acusarse, á vitupe- 
rarse, á macerar su alma en su propio desprecio. Lo 
bello de la arquitectura da una sensación de soli- 
dez y supervivencia, que hace encontrar mezquino 
todo lo efímero. Para Lago, en aquel momento, los 
recuerdos de Madrid eran una niebla; el ansia de 
crear algo eterno, como un fuego activo, le devora- 
ba las entrañas. La figura de Clara Ayamonte, evo- 
cada de súbito por la majestad religiosa de la Cate- 
dral, por los insidiosos balbuceos de la leyenda, 
flotó un instante, blanquecina, envuelta en su hábi- 
to, como disuelta entre la claridad ambiente. 

"¡Cuánto la envidio!" — pensó el pintor.™ "Yo no 
sé ni querer lo que quiero. Yo debiera no vivir sino 
para mis fines, para mi resolución. ¿Qué hay de co- 
mún entre lo transitorio y yo? Está visto; la tela de 
mi carácter se rompe. Voy sin rumbo. ¡Cuántos 
años todavía de anhelar y no conseguir! ¿Tengo si- 
quiera lo que se llama vocación? El que quiere 
hace lo que Clara hizo. ¡Es que Clara logró asirse á 
algo! Yo hasta he perdido la fe con que estudiaba 
la Naturaleza, sencillamente la impresión real de la 
Naturaleza, sin poner en ella nada de mi alma. 
¿Será culpa de mi cuerpo? Indudablemente tengo 
los nervios desasentados. Muy á menudo siento la 
corriente de agua fría que me cruza por el estóma- 
go. Consultaré aquí á un buen médico. ¡Bah!— -Dirá 
lo que todos. Higiene, campo, prívese de esto, tome 



34* 



lo de más allá... Y lo que me consume, este afán, 
esta locura, ¿me lo va á curar ningún potingue de / 
farmacia? Ya estoy desengañado... Nunca pintaré. 
i\unca saldrá de mis manos lo que se llama un tro- 
zo de pintura. Cuento cerca de veinticinco años; 
pinto desde que era un muñeco; no he cesado un 
día de embadurnar. Si tuviese aptitudes, lo que se 
llama aptitudes ¿eh?, ya las habría demostrado. 
Soy un pelele, un blando pelele. 1N0 hay que espe- 
rar nada de la inspiración! La inspiración no existe. 
Una serie de esfuerzos vigorosos y pacienzudos 
para libertarse de las admiraciones y encontrarse á 
sí propio—ahí está el arte actual. —Los románticos 
como Víctor Hugo descubrían genialidad desde los 
diez y ocho años. ¡Miseria la nuestra! Estoy á las 
puertas todavía, no he llegado ni á ese período de 
la admiración y la imitación. Iré al taller de un 
maestro y seré le petit espagnol". 

Rió con risa exasperada, alto.— "Bien, pues todo 
eso hay que hacerlo"— gritó con violencia frenéti- 
ca.— "Hay que hacerlo, así cueste la vida. ¿Pende 
de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia que me 
devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, 
me será inaccesible? Pende de mí, de mis cualida- 
des inferiores... Paciencia, dotes de oficinista, de 
erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es necesario in- 
vertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, 
se invertirán..." 

Abrumado de desolación; convencido— allá en el 
fondo, muy en el fondo—de que no se invertirían, 
se levantó, contempló otra vez la majestuosa facha- 
da. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria, 



348 E, PARDO BAZÁN 



de rclestcs desposorios, vestida por los rayos de la 
luna. Su eterno candor, su eterna virginidad, son- 
reían castamente, murmurando estrofas vagas, him- 
nos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la in- 
mensa rosa que flanquean las otras dos menores, la 
figura mística, soñadora, de la Virgen, se ofrecía á 
la adoración de los dos ángeles extáticos, mientras 
allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les ha- 
bía divorciado eternamente de la Belleza. "Sí, pen- 
só Silvio: la bienaventuranza, el Paraíso, no es sino 
la hermosura". Los simbolismos de la basílica le 
agitaron el alma un instante: creyó que arriba las 
gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la 
Era de plomo, se inclinaban para aojarle y cuchi- 
cheaban: "Destino, destino". "Fatalidad". Dolor sú- 
bito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese, des- 
aparecería tragada por el tiempo. Nunca debía as- 
pirar á duración en la memoria humana... 

— [Qué majadero soy!— murmuró sacudiéndose, 
desembrujándose. — Necesito dormir, y estoy aquí lo 
propio que si fuese uno del Cenáculo... Al hotel, al 
hotel; pero antes á tomar algo caliente. 

Mucho le costó encontrar dónde tomar ese "algo 
caliente ".París no trasnocha: los restaurantes cierran 
tempranísimo; los cafés, punto menos. Por fin, en 
un café tardizo, pudo obtener un beefsteack y una 
bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba: 

— Para acostarse á las once y admirar catedrales, 
no merece la pena de venirse á París. Lo mismo 
sería residir en Burgos. 



LA QUIMERA 



349 



Al otro día almorzó en la primorosa residencia 
campoelisiaca de la Porcel. Los demás comensales 
eran Valdivia y una señora quintañona, viva, azo- 
gada; madama de Mélusine, especialista en reunir 
la actualidad y la novedad— artistas, poetas, can- 
tantes, emigrados, estrellas rabudas, — dando saraos 
magníficos, en los cuales el mundo social se codea 
con el mundo estético, y donde los que han de vivir 
de la celebridad y el reclamo pueden hacerse noto- 
rios relativamente. Madama de Mélusine ha consa- 
grado á esto su tiempo y fortuna; no la guía interés 
alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar 
pasto á su emotividad, de buscar aliciente para la 
vida. Á toda costa esa levadura, esa sal en el man- 
jar insípido. Madama de Mélusine sólo se agita 
para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del 
género que sea; pianista húngaro, coplero felibre, 
novelista rumano, conspirador polaco, authoress 
inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las 
uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la 
invitación á comida y postcomida en la casa inter- 
nacional. 

— Pienso—declaró Silvio— concurrir poco á fies- 
tas. Aquí, mi deseo es rehuir cuanto no sea el tra- 
bajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido. 

El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con 
filigranas y detalles que sorprendieron á Silvio, aun 
después de haber sido comensal de casas muy co- 
petudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y 
en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canas- 
tilla de frutas, por ejemplo, sobre que no se com- 
prendía verlas tan frescas en Julio, eran todas exac- 



350 



E. PARDO BAZÁN 



(amenté del mismo tamaño y forma, y se advertía 
que habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un 
lustre que las hacia parecer de oro y carmín. Las 
uvas tardías, limpias, como recortadas en jade, 
ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; 
los últimos descubrimientos en floricultura. Las 
había por todas partes. En medio de la mesa se 
alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de 
cristal un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre 
un macizo de orquídeas. Manjares, vajilla, crista- 
lería, servicio, mantelería, llevaban la marca del 
vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sen- 
sación de alta vida, el encontrar todo tan en su 
punto, á las pocas horas de llegar á París la dueña 
de la casa. Como madama de Mélusine demostrase 
halagüeña sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el 
elogio. 

—Lo mismo estaría si viene usted á cenar ano- 
che. Y lo mismo me tienen ía casa preparada — ex- 
cepto las esculturas en hielo; para eso es necesario 
avisar al artista— cualquier día de mí ausencia. Mis 
órdenes son terminantes. ¡No faltaría más que lle- 
gar de sorpresa y poder dibujar el nombre sobre 
polvo en las lunas de los espejos! 

Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente 
estaba convidado Silvio; hacíanle, de vez en cuan- 
do, conocer alguna gente: periodistas, escritores» 
gente de banca, amigos de Valdivia- Percibía que 
en Madrid hay varios círculos y una sola socie- 
dad, mientras en París hay múltiples sociedades 
que apenas coinciden. La rápida entronización 
de Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda 



LA QUIMERA 



351 



en pasar de un grupo á otro, que cabe invertir, en el 
traslado, la vida entera. La sociedad en que Espina J 
podía introducirle era de la mejor, excepto el ba- 
rrio propiamente dicho, y su composición mixta, 
conveniente á los fines del artista joven que desea 
darse á conocer y reclutar clientela. Ya había sido 
presentado á personalidades. Madama de Mélusine 
representaba el elemento estético y cosmopolita; la 
condesa de los Pirineos, la verdadera aristocracia, 
arrabal de San Germán; la embajadora de España, 
la colonia española; Valdivia, la americana, portu- 
guesa y brasileña, almidonada, seria, que puede 
pagar ultragenerosamente, si quiere, un retrato que 
agrade. 

Á proporción, sin embargo, de los medios de fa- 
vorecerle que poseían Valdivia y su amiga, Silvio 
creyó notar que no le empujaban tanto, tanto. Una 
frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relacio- 
nes. Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto 
de antes había en su voz, en sus ojos desviados rá- 
pidamente, en sus gestos. ¿Sería que...? Silvio, por 
una anomalía muy frecuente, creíase del todo im- 
pecable; á Valdivia ningún mal le había hecho... 
puesto que ya voluntariamente se abstenía.— Y de- 
claró al brasileño injusto, versátil. 

En espera, se dió á visitar, durante las ociosas 
mañanas, los museos. El del Louvre el primero; asi 
lo quiere la rutina. Salió del Louvre menos aplas- 
tado de admiración, pero más confuso, que del Pra- 
do. En Madrid éra la pintura de dos ó tres maestros 
lo que le había sumido en una especie de anona- 
damiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto 



352 



E. PARDO BAZÁN 



grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas 
formas de arte, de tantas épocas, de tanta influen- 
cia de la historia, la religión, el clima, la forma de 
gobierno, las costumbres— sobre una cosa que él 
hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte. — 
Al recorrer las grandes salas asirías, egipcias, persas, 
griegas, romanas, se dispersaba y evaporaba su 
espíritu. En Madrid sentía, como sillar enorme sobre 
el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era 
inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cam- 
bio, el peso muerto de las edades transcurridas, la 
fuerza incontrastable que ejerce la época á que per- 
tenecemos, y que nos arrastra, como colosal Ca- 
ronte, por el río negro, hacia donde el barquero 
quiere, sin tener en cuenta nuestra voluntad. Al 
mismo tiempo, la idea del progreso en arte, la as- 
piración á fórmulas nuevas, que expresen algo be- 
llo mejor y con más intensidad de lo que en nin- 
gún tiempo se ha expresado, se desvanecía para 
siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maes- 
tras, definitivas, y no existe escultor moderno que 
supere en naturalismo, en verdad sencilla, de puro 
sencilla fulminante, al desconocido egipcio que mo- 
deló el Escriba, ni ceramista que venza en elegan- 
cia al autor de ciertos azulejos asirios del palacio 
de Artajerjes. Se admira su obra; pero nadie cono- 
ce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio 
una aureola. ¡La miseria del nombre! — El caso es 
haberse realizado plenamente, en una obra sober- 
bia.— Pensativo, se detenía al pie de algún coloso 
de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica 
en aquellas remotas edades; en lo que dirían los 



LA QUIMERA 



353 



inteligentes de entonces, que seguramente los ha- 
bría, pues no se concibe arte sin quien lo saboree y 
lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos de 
hiladas de esfinges, las teorías de columnas con 
capitel de loto ó de cogollo de palmera, y soñaba 
egipcios de facciones aniñadas y regulares, egipcias 
con tocado de escarabajo hierático, discutiendo la 
última obra de un ilustre de entonces— "¿Me satis- 
faría á mí esa clase de público?— discurría Sil- 
vio.— ¡No! Necesito gente de ahora, que siente 
como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me im- 
porta el efecto que una obra mía pudiese causarle á 
Minia, ó á aquel á quien yo desearía parecerme... 
Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué 
es? ¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño 
que enseña un juguete á sus cam aradas?" 

Por más que se esforzase, no podía representarse 
á los egipcios admirando algo que hubiese pintado 
él. ¿Qué placer sería los aplausos de Tebas? ¿Aplau- 
dirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, 
sin embargo, la estatua del Escriba es el non plus 
ultra de lo que pudiese hacer un moderno para 
ajustarse á fórmulas de estética que han revolucio- 
nado el arte en nuestro siglo... 

Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdi- 
via, algo distraído y remiso, le proporcionaba, no 
obstante, un taller alquilado en una calle próxima 
al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el ta- 
ller pertenecía viajaba á la sazón, tomando apun- 
tes de paisaje por las montañas del Delfinado; pro- 
poníase terminar su veraneo en una playa, y había 
dado al portero orden de subarrendar, Á Silvio le 

33 



354 



E. PARDO BAZÁN 



ilusionó infinito el taller, asaz modesto, amueblado 
coa cuatro trastos, tapices hechos jirones y remen- 
dados, cacharros encolados y rotos, sillas paticojas; 
un tufillo de bohemia; pero al cabo, (taller en Pa- 
rís! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de 
Espina, que en aquel camaranchón polvoriento se- 
mejaba un rayo de primavera, entre la frescura de 
sus rosas y la nube candida de sus tules. 

—Tenga usted paciencia— -di jóle desabridamente 
Valdivia.— París no es Madrid. Pequé de optimista, 
empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos po- 
dido encontrar para usted retratos. María pensaba 
dar una fiestecita y enseñar el suyo... ¿No le habla 
á usted de este plan? 

Al formular la interrogación, la mirada del celoso 
era indefinible. Silvio creía notar en ella una inte- 
rrogación, un reproche, algo bien distinto de la cor- 
dialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni 
señales de recordar lo que más hiere el amor propio 
de una mujer: el corte de la relación de amor, sin 
excusa válida. Nunca en sus ojos de avellana pun- 
tilleados se encendía la llamarada del capricho ó se 
tendía la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Sil- 
vio con ese vago tono de tristeza del bien perdido, 
que delata la tortura de ia memoria y ¡a persisten- 
cia del cariño invencible. 

Por instantes alarmaba á Silvio la actitud dema- 
siado serena de Espina. No era lógica tal confor- 
midad, mediando lo que había mediado, mientras 
continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su 
casa. ¿Qué había bajo aquella tranquilidad desde- 
ñosa, complicada de aparente protección? 



LA QUIMBEA 



355 



Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesio- 
nes, pero creía que no le era posible ya tocar á un 
cabello de aquella mujer, después de las confiden- 
cias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí 
mismo, de su quijotismo eternamente ignorado. 
Una vulgar modelo, una mujer de la calle, antes 
que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad y la 
malignidad, Espina sería para él una de las ninfas 
de hielo, transparentes, que se liquidaban, bañando 
de frescura las flores de la mesa. Este orden de sen- 
timientos se reflejaba en su trato con la cosniopo- 
lita— Había en su modo de hablarla admiración te- 
ñida de acidez, cortesía interesada, con matices 
glaciales, involuntarios esguinces de repulsión que 
la voluntad no siempre acertaba á disimular, un 
oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía 
afuera; todo lo que componía el sentimiento com- 
plejo, más de odio que de otra cosa, que había lle- 
gado á infundirle la singular mujer. Ella—en los 
primeros días de la estancia de Silvio en París, y 
aun en las ocasiones que el viaje ofrece— había in- 
tentado disimuladas investigaciones para averiguar 
la causa de la retirada amorosa del artista; curiosi- 
dad también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, 
resabio de sus tiempos de vida popular, no se reca- 
taba para encomiar, delante de Espina, á otras mu- 
jeres; y aunque observaba los labios de Espina, no 
veía en ellos huella de sangre, sino la del carmín 
fino que los pintaba. Ni escuchaba siquiera. Lan- 
zando un lah! gracioso, se tendía en el diván á fu- 
mar sus cigarrillos saturados de opio, que la cal- 
maban y la sumían en adormilado bienestar. 



356 



E. PARDO BAZÁN 



No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al tra- 
vés de París, como le había llevado al través de 
Madrid. Y el artista, por lo mismo que estaba en 
paz con su conciencia, que nada había allí de peli- 
groso, se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo 
puramente cerebral, peregrinamente mezclado con 
repugnancia, que ejercía sobre él una naturaleza 
estética ultrarrefinada, al iniciarle en ios misterios 
de París. 

Por entonces Valdivia cayó enfermo, Le postró 
en la cama una serie de alifafes» y Espina, en vez 
de cuidarle, se lanzó con su "rapin espagnol" ya 
aj Bosque de Bolonia, ya á las haignoires de los 
teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera 
y Pafos se codean con las beldades empingorota- 
das y curiosas. Eran expediciones clandestinas, que 
no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta la 
bobería. Por ventura la acompañaban amigas veni- 
das de Madrid, á pasar los primeros calores y á ves- 
tirse de verano, para las playas ó para Biarritz en 
Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la tem- 
porada antes de desparramarse por costas é islas 
inglesas, escolleras de Bretaña y Normandia ó be- 
llos castillos del interior de Francia. Silvio pasaba 
inadvertido; era un protegido, tal vez un apasiona- 
do; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de 
París, donde el tiempo está avaramente contado, á 
nadie se le ocurría hacerse retratar por aquel adve- 
nedizo. Silvio aprovechaba las mañanas apuntan- 
do, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos 
y galerías particulares» La pintura contemporánea 
empezaba á revelársele, no con el aspecto de im- 



35? 



provisación, de revelación súbita, que afecta en Es- 
paña, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de / 
la técnica, antes de hilar la ¡dea ó entonar la copla 
sentimental de cada uno. Y volvía á sus primeros 
honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar, hasta 
que los huesos de las falanges se le cayesen. "En 
España no se dibuja lo bastante, se fía todo al co- 
lor". Avisó modelos; estudió encarnizadamente la 
forma humana, la infinita magnificencia del múscu- 
lo sobre el hueso y de la piel sobre el músculo. 

Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso 
convaleciente, anunció á Silvio que "tenemos un 
parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que sólo 
se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pre- 
tendiente al trono de Albania..." En el regocijo ma- 
licioso con que hablaba Valdivia, Silvio pensó des- 
cubrir la satisfacción de escamotearle el encargo 
sensacional á Marbley, el belga. A éste no le cono- 
cía Silvio aún, á pesar de oir su nombre, pronun- 
ciado en tono de consideración por la gente de bue- 
na sociedad, en tono de burla por los contados 
artistas con quienes había cruzado dos palabras... 
Valdivia, entre sus curas al salicilato y sus baños 
eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de paso 
en París), saboreaba de antemano la mortificación 
del belga, al cundir la noticia de que el pretendiente 
de moda se retrataba con el españolito. Marbley le 
había infligido crueles sufrimientos. Sangraba la 
herida del celoso, mientras en el alma arenisca de 
Espina, donde toda emoción de simpatía pasaba 
barrida por el viento, donde sólo persistían los sen- 
timientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba 



358 



E. PARDO BAZÁN 



sino el Jugar secundario de los objetos que se utili- 
zan para dañar á su hora, el lugar de un puñal col- 
gado en una panoplia, con la punta cuidadosa- 
mente emponzoñada! 

Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo 
magnífico! ¡Traería dinero, indispensable, porque 
los cuatro mil de Valdivia se derretían á semejanza 
de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad 
parisiense el elegante hidalgo español, bulevardista, 
por otra parte, hasta la médula, y convertido, cuan- 
do nadie se lo imaginaba, en personaje de Los Re- 
yes en el destierro!... La figura del jerezano, hasta 
entonces una de tantas siluetas del París que se di- 
vierte, subió de pronto á ser una de las figuras con 
que París se emociona todas las mañanas; su foto- 
grafía figuraba en escaparates, en las publicaciones 
ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el re- 
trato, en pintoresco traje nacional albanés, para fi- 
jar un momento, á su vez, la atención de ese París 
distraído —la imagen, creía él, de Espina.— Con en- 
tusiasmo sentido pocas veces comenzó su tarea, 
charlando y fumando en compañía del candidato al 
trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión 
directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á 
una diadema novelesca, oriental. Lo que preocupa- 
ba á Silvio era pensar si sería ridículo ó cortés é 
imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el 
buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó 
las dudas del artista. "Somos dos amigos, dos es- 
pañoles." Estaba encantado del retrato, en el cual 
su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía 
realzada por el carácter y riqueza del atavío; y le 



LA QUIMERA 



359 



agradaba la destreza de Silvio para reconstruir una 
cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años 
sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni 
era afeminada ni muelle; la cabeza tenía un aire de- 
altivez melancólica, la justa idealización que cabía 
en el papel del retrato, en la significación de la ves- 
timenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. 
"iQué talento de muchacho!" Se expansionaba con 
Valdivia, le daba gracias. "Es preciso que no quede 
descontento; haremos como quien somos". 

De la noche á la mañana, Aladro salió precipita- 
damente para Viena; Valdivia quedaba encargado 
de pagar. La extrañeza de Silvio fué grande al no- 
tar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el 
retrato. Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El 
brasileño sonrió. "No es posible, no es prudente si- 
quiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma París? ¿Y 
si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que 
está vestido para un baile de máscaras, y sobre la 
chunga de aquí viene el mal efecto posible de allá? 
No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo perdo- 
naría". 

Como Silvio insistiese, preguntando quién había 
sugerido á Aladro tal recelo, Valdivia respondió 
con negligencia: 

—A Aladro no se le había ocurrido eí peligro 
de tal exhibición; Marbley, con buen sentido, 
fué quien le abrió los ojos. 

— ¡Ah, vamos, Marbleyf— repitió Silvio, ató- 
nito de que Valdivia ahora invocase y acatase 
la autoridad del belga. 

—Marbley... Verá usted—detalló Valdivia,— 



360 



E. PARDO BAZÁN 



tiene práctica; dice que para exponer debe tratarse 
de un retrato serio.de algo que nadie pueda discutir, 
de una firma segura. "No despistemos á París», repi- 
te; y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, 
á la sola idea de presentar á Aladro con chaquetilla, 
faja y pistolas, se ha reído inextinguiblemente... 

Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque 
el retrato del pretendiente le proporcionase recursos 
(Valdivia ni aun en eso pensaba), él había soñado 
otra cosa. Su conciencia artística le decía que el 
retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por 
ejemplo, á la cabeza del Doctor Luz. "Al buscar 
clientes bonitas —pensaba— hago lo contrario de lo 
que me conviene. Los mejores modelos son los 
hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas»,, Es- 
taba arrebatado en la contemplación y estudio de 
los grandes retratistas europeos; no volvía dé su 
asombro ante el cuadro del "Mariscal Prim„, obra 
del malogrado Regnault; ante los Carolus Durán 
—un estilo tan español;— ante los Bonnat, maravillas 
de realismo, retratos de inteligencias, de cerebros, 
que resumen la energía mental de los modelos, los 
Taine, los Renán. Como seducción, llegó á preferir 
los Benjamín Constan!. Este era el maestro presti- 
gioso, el mago de la paleta. Provocaba las dificul- 
tades por el placer de vencerlas, y daba á su pintu- 
ra toda la lujuriosa intensidad del color que acaricia 
y prende, con el vigor de una ejecución profunda. 
"Esto es pintar», exclamaba Silvio atónito; y enton- 
ces encontraba justo que el pretendiente no hubiese 
querido exhibir su estudio al pastel,— un juguete, 
una miseria. 



LA QUIMERA 



361 



Completamente fascinado, repetía ante las obras 
fuertes: "Así se pinta". Renegaba de sí; á sus trans» 
portes de entusiasmo seguían accesos de inmenso 
desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había 
que forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los 
puestos ocupados, el arte en su plenitud. Blasfema- 
ba: desconocía la inexhausta fecundidad, la virtud 
de renovación del arte, y daba por hecho que, des- 
pués de una generación gloriosa, rica, se secaba el 
suelo y nada germinaba ya bajo el sol. 

Otras veces, en sus correrías— cuando soltaba el 
yugo de Espina y se lanzaba solo á apoderarse de 
París, —la loca esperanza le concedía besos incen- 
diarios. Lo mismo que le parecía motivo de descoiv 
suelo, era ahora causa de ilusión para su cambian- 
te naturaleza. Donde se habían ramificado tantas y 
tan variadas direcciones, donde tantas personalida- 
des surgían, ¿por qué no surgiría él también á su 
hora, con su fórmula, con su dón peculiar, con su 
individualidad sagrada? 

Después de la generación de Bastien Lepage, de 
Moreau, de Millet, ¿no se alzaba ya otra llena de 
vida, no sospechada por ellos, distinta de ellos? ¿No 
había visto en pos de los retratistas acatados, á los 
nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista 
Garriere - y no era él de carne, de hueso, no tenía 
dedos, no tenía ojos, no tenía corazón para sentir, 
sangre que derramar en la pelea? 

—Ahora— pensaba— paciencia, y unos francos de 
reserva, es lo que he menester... Iré al estudio de 
Dagnan Bouveret: es el más impecable dibujante. 

Le obligó Espina, á pretexto de lanzamiento, á 



362 



E. PARDO BAZÁN 



hacer efectiva la invitación á comida y postcomida 
de madama de Mélusine. La morada de esta seño- 
ra es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como 
el espíritu de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad 
ni densidad aristocrática; recuerda la fisonomía cos- 
mopolita de los grandes hoteles. La comida era más 
bien frustrada: los convidados no habían sido elegi- 
dos con esa inteligencia exquisita que revela el tac- 
to del ama de casa, sino al capricho de la notoriedad 
ó al azar del último descubrimiento de las que Es- 
pina llamaba islas desconocidas, pobladas de antro- 
pófagos. Silvio, con su lucidez instintiva para lo so- 
cial, vió desde el primer momento que aquello no 
era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo, 
donde todos se conocen y desde el primer momento 
saben cómo tratarse y qué decirse. Mientras espera- 
ban en el salón blanco y oro, deslucido por tanto 
tráfago, que precedía al comedor, los invitados se 
miraban puntiagudamente, las presentaciones eran 
laboriosas. El artista comprendió por qué Espina se 
excusaba de ir al banquete, proponiéndose limitarse 
—había dicho con acento desdeñoso— á "dar una 
vuelta", una aparición en la velada. Valdivia tam- 
bién apelaba á su enfermedad para evitar el convite» 
Dejaban allí á Silvio, náufrago. 

En el concepto gastronómico, la comida fué insu- 
perable. Silvio, estómago exigente, encontró perfec- 
to lo de mascar. Detalles y monerías se echaban de 
menos. Era oro derrochado en comestibles, cocine- 
ros, vinos, servicio. 

Silvio devoró, vencido por una tentación de glo- 
tonería- Estaba al extremo de la mesa, cosa que le 



LA QÜIME&A 



sorprendió algo, pues suponía que el banquete era 
en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que 
le habían colocado entre una inglesa espiritista y 
teósoía, correligionaria de la Blavatzki, y una esposa 
de literato semicélebre, que sólo hablaba de la últi- 
ma novela de su esposo. La heroína de la fiesta era 
una morena de tipo español, de escote llenito y ojos 
de azabache, vestida con discutible gusto, de raso 
azul, recargado de lentejuela azul también. El ama 
de la casa, después de hacer la presentación de Sil- 
vio á la moren i ta, había murmurado, con ese tono 
enfático que sugiere la importancia del personaje 
y da por hecho que no es necesario explicar nada 
de él: 

—La señorita Gregoresco. 

Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse pró- 
ximo á la morenita, Silvio recordó, enlazó datos 
confusos, lecturas de periódicos... Era una historia 
secreteada primero, divulgada después por las agen- 
cias, los telegramas, las murmuraciones europeas; 
y Silvio creía notar ahora en la Gregoresco no sé 
qué de apasionado, de lunático, chocante en medio 
de la corrección mundana. 

Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. 
¡Ah, ya! Estaba viendo á la acariciadora de una do- 
ble quimera de amor y ambición, la que había so- 
ñado una corona entre capítulos de una novela, y 
aspiraba á conquistarla por medio de la poesía, sin 
abdicar de su dignidad de mujer, de su pureza de 
virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza, que 
no adapta sino raras veces la exterioridad al desti- 
no! La inglesa, que colocaron á la izquierda de Sil- 



364 E. PARDO BAZÁN 



vio, con el largo cuello, el pelo de seda clara, los 
ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo, pa- 
recía de molde para el papel romántico de la mujer 
precipitada de lo alto de su ensueño, de Safo casta 
que deplora, en versos inflamados, la mentira infi- 
nita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco 
así, cuando las peripecias de sus amoríos con un 
príncipe heredero, protegidos por una reina senti- 
mental, contrariados por la diplomacia, hacían el 
gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo 
diplomátido. Hubiese querido Silvio más palidez 
en aquella frente, más esbeltez en aquel talle, más 
afinamiento de tristeza y nostalgia en aquella cabe- 
za, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de 
lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo en- 
tero sabía que Daría Gregoresco no se había conso- 
lado, que no quería consolarse, que las cuitas de su 
corazón las exhalaba en estrofas empapadas de lá- 
grimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgar- 
mente atractivo de la desengañada, añoraba el re- 
trato que hubiese podido hacer, no menos sensacio- 
nal que el del pretendiente á la corona. Pero con el 
tipo de Gregoresco... iquiá! Y recordando que le 
habían ofrecido presentarle pronto á Isabel II, de- 
cíase: 

—Esta república está llena de reyes que fueron, 
que serán, que anhelarían ser... 

Sin salir del salón de madama de Mélusine, po- 
día ver á dos de éstos aproximados á la corona; 
Daría contestaba al saludo de un príncipe, Bojidar 
Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y 
el día anterior Valdivia había hablado á Silvio de 



LA QUIMERA 



365 



ponerle en relación con Roldan Bonaparte. ¡París!— 
Algo así como el propio sa!ón de madama de Mélu- 
sine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, 
en realidad cortésmeníe despegada, que no tiene 
reparo en aceptar lo que llega, siempre que su nom- 
bre resuene, brille, pique la curiosidad.- El sen- 
timiento de su nulidad en París volvió á abrumar 
al artista. Recordó una conversación en el Círculo 
de Bellas Artes de Madrid, adonde sólo había con- 
currido media docena de noches, y en la cual se 
trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil 
pintores luchan en la capital francesa con la pe- 
numbra, el anonimato, la indigencia! ¡Destacarse de 
entre esta piña! 

— Pero— discurría, en la primer modorra suave de 
una digestión feliz, que predispone al optimismo,— 
es imposible, vamos, imposible que yo no sea algo; 
que esta calentura sin cesar renaciente, que esta ob- 
sesión incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, 
yo siento, no sólo los colores y las formas de las co- 
sas, sino su esencia íntima, oculta para los groseros 
y los serviles. He menester tiempo, constancia, po- 
sibilidad de hacer valer estas dotes. 

Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un 
sillón, después de ser presentado á la madre, señora 
respetable que acompaña por todas partes, en su 
peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, 
implacable en la exigencia estética: 

—La mamá también me estorba. Esta novela de 
nostalgia pide lo bravio de la soledad. ¡Una hija de 
familia! ¡Una mamá al canto!... 

El salón iba llenándose de gente: ilustraciones 



366 



E. PARDO BAZÁN 



masculinas, damas vestidas con más atrevimiento 
que en Madrid. Había poetas capilares codeándose 
con celebridades indiscutibles, como el gran Here- 
dia. Presentado á él, Silvio le miró con veneración 
íetiquista. E! destino de aquel hombre de corta es- 
tatura, de tipo español, sordo, distraído, ya metido 
en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. 
Con reducida labor, breve pero intensísima, de una 
intensidad como no ha solido verse desde el Rena- 
cimiento; sin soñar en renovar formas; aceptando 
la más rígida, la más hecha y manejada de todas, 
el soneto; sin reincidir en el intento victoriosamente 
logrado; sin perderse en el afán de renovarse; sin 
decadencia posible, por lo único de la obra; sin la 
lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento 
de la sobreproducción y del industrialismo; serena- 
mente, bellamente, señorialmente, había llegado á 
la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor podía pre- 
ciarse de haber igualado á Heredia, el colorista— á 
menos que sea Moreau?— No era la primera vez 
que Silvio, sufridor de todas las dudas por la misma 
incandescencia de su fe, se había preguntado, le- 
yendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la 
pluma, si era dable superarles con el pincel; y aho- 
ra la duda reaparecía, al recordar el esplendor de 
Los Trofeos, Antonio en brazos de Cíeopatra, vien- 
do en sus ojos el inmenso mar y la huida de las ga- 
leras de Accio, los Conquistadores españoles sobre 
el fosforescente azul del mar de los Trópicos, en la 
proa de las blancas carabelas, inclinados para ver 
surgir estrellas nuevas del fondo del Océano. 
Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el 



LA QUIMERA 



arte, ya padecía Silvio la penosa incerteza, el titu- 
beo de los desorientados y los deslumhrados, la so- 
licitación de las otras formas artísticas, la ambigüe- 
dad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efec- 
tos pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó 
épica, literatura en fin, en sus cuadros; al músico, á 
calcular efectos descriptivos y notas de color, en vez 
de notas musicales; al escritor, á emular al pintor, 
produciendo, á toda costa, la sensación artística, el 
efecto de la luz ó del sonido: al arquitecto, á forzar 
las líneas, alterando la serenidad, volviendo al ba- 
rroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en mies 
ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de 
expresar la belleza con mayor amplitud, más recur- 
sos, sentimiento más vario, algo que abarca, en 
abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimi- 
tado de su goce. La idea de que nunca pintaría 
como hace sonetos Heredia sumió á Silvio en una 
de esas meditaciones desconsoladas en que se qui- 
siera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. 
Hay instantes en que los pensamientos nos ahogan 
como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se humilló: se vio 
tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran 
sufrimiento, querer ser otro; era la negación del yo, 
de lo que más se ama. 

Las doce caían cuando irrumpió en el salón de ma- 
dama de Mélusine Espina Porce!. Sus pupilas agudas, 
vivaces, registraron el recinto y descubrieron al joven 
pintor, perdido en la selva obscura de sus reflexio- 
nes. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama, 
colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos 
al fijarse en la concurrencia, y decía por lo bajo: 



368 



E. PARDO BAZÁN 



— ¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que 
no se podrá venir. |Qué ancha base! Seguro que 
me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó tres 
notabilidades estrafalarias. 

No se engañaba en sus presunciones la Porcel. 
Ya la Mélusine, con el transporte entusiasta que la 
acometía al descubrir islas, se aproximaba, llevan- 
do de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba 
entre un balbuceo de simpatía apasionada, con 
igual emoción y secreteo que Solar de Fierro al 
mostrar una maravilla única de sus colecciones. 

—La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La 
señorita Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora 
sorpresa de recitar algunas poesías no dadas á co- 
nocer hasta hoy... 

Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y mur- 
muró un " ¡encantada! tó de los más vagos y distraí- 
dos de su repertorio. 

La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su 
alrededor,— en primer término, la dueña de la casa, 
sonriente de beatitud. Estaba la poetisa turbada, y 
leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á 
quien respetuosamente habían dejado sitio en el 
aro estrecho del corro, hizo con la diestra cartucho 
á la oreja para oir bien. Silvio notó que en aquel 
salón parisiense se escuchaba, como no se escucha 
en Madrid jamás. 

Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la 
recitadora, y su dicción pura y dulce iba encen- 
diéndose con apasionados acentos, expresando la 
cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, 
el inextinguible recuerdo del ensueño destrozado 



LA QUIMERA 



por la realidad; la queja salida de las entrañas, 
que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la 
boca. Su poesia, no escultural y policromada; no 
impecable y soberana, como la de Heredia; flébil á 
veces, como lamento de niño; altiva otras, con la 
generosa altivez del sentimiento que conoce su 
nobleza y su derecho á la vida, fluía de labios car* 
nosos, poco espirituales, y los transformaba, los 
afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas, 
aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que 
no volverá, lo que no puede volver, lo que tal vez 
no existía, porque si hubiese existido seguiría exis- 
tiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero 
de la existencia; aquel poema de pasión, con sus 
paseos á la luz de la blanca luna, sus citas entre 
flores, decoración trillada y divina; aquella pregun- 
ta ansiosa, triste, repetida— ¿corno se puede olvidar 
cuando se ha querido de cierta manera?,— aquello 
que era fibras vivientes, sangre de un corazón 
transformada en luz por la rima, al exhalarse por ia 
boca de la enamorada, la hacía momentáneamente 
sublime. Sus ojos de sombra brillaban; sus mejillas, 
bruñidas al sol, se animaban con carmín de fiebre; 
su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista 
un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, ha- 
ciendo palpitar su seno, se reveló en la profundidad 
vibrante de la voz, en la trepidación involuntaria 
del torso. Era una gran soprano dramática, y sus 
acentos tenían poder comunicativo de dolor y pie- 
dad. Silvio, con sorpresa, se sentía subyugado. Por 
primera vez un gemido de amor le conmOvfe|* J --r^ 
lo dijo á Espina, que, insensible m^tíáa ^ ^í wn? 



370 



E. PARDO BAZÁN 



cha de mundano aplomo, observaba como se ob- 
serva una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un 
pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó 
á Silvio quedamente: 

—¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque 
ya comprenderá que de comedia se trata. Ni hubo 
tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero en 
casarse con ella. 

Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el 
mundo; pero no le preocupaba la autenticidad de 
la historia. Su naturaleza estética hacía que los 
afectos le interesasen más vistos al través del arte 
que en la realidad. "Una impresión bella no miente 
nunca"— era su divisa, y fué su respuesta. 

—¿No le parece á usted —añadió —que el amor 
es la cosa más vieja y más nueva, más fecunda en 
sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el 
amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi 
3'ueño . de . arte, y esté perdiendo lo mejor de mi 
vida, los años que no tornan, privándome de la 
única emoción que abarca lo infinito! 
' Espina le fijó sin pestañear y no contestó. 

—Tal vez— pensaba Silvio -la Gregoresco, con 
su emoción perpetua, que derrama en versos y que 
reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada, más 
intensiva, que el sordo glorioso que la está felici- 
tando en este momento. 

Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo 
íibre los admiradores, y apartándose de! remolino 
de la multitud, que ahora se precipitaba para oír 
recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se 
éncontrá aislado con Daría en una especie de gabi- 



LA QUIMERA 



37! 



netito formado por cortinajes de brocatel, plantas y 
dorados muebles. Daría respiraba afanosamente 
aún, y, no creyéndose observada, se pasaba el pa- 
ñuelo por los ojos, donde se había vuelto agua 
corriente el rocío. 

Silvio, como si la conociese de hacía muchos 
años, familiar, imperioso, la preguntó: 

—¿De modo que no le ha olvidado usted aún? 

Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, 
abrumada sin duda, quebrantados los huesos y aba- 
tida el alma, 

—Siempre— indicó el artista— la poesía consuela. 

La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á 
distinguir la verdadera simpatía de la compasión 
ficticia ó burlona. La cara delicadamente expresiva 
de Silvio, el encanto artístico de su semblante, la 
mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdi- 
azules, la tranquilizaron, y murmuró, melancólica* 
mente, sumisamente: 

— No sé si consuela..* Por lo menos, da desahogo 
al sentimiento. Dicen los médicos que si yo no hi- 
ciese estos pobres versos, me hubiese muerto ó me 
hubiese vuelto loca. - 

—¡Si supiese usted— balbuceó Silvio—cómo la en- 
vidio su pena! Quisiera, desde que la he oído, poder 
sentir así. No soy feliz, pero mi pena no es de amor, 

—¿De qué es entonces?— preguntó sorprendida 
ella; tal vez no creía posible que se sufriese por 
otra cosa. 

—De ambición artística... Soy pintor; nada he 
producido y aspiro á una obra fuerte, señalada, que 
me eleve... 



372 



E. PARDO BA¿ÁÑ 



— ¡Vanidad! — murmuró Daría. 

—¡Delirio quizá el de usted!— declaró Silvio. 

La enamorada suspiró, haciendo un noble ade- 
mán de resignación á su eterna tortura, mitigada 
sólo por el canto. Y mientras se comunicaban, sin 
conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el gen- 
tío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la 
tórtola viuda, no sospechando el anhelo del soña- 
dor de íama, del ansioso de creación, se agolpaba 
en tomo del actor de la Comedia Francesa, escu- 
chándole bordar y cincelar con recitación sorpren- 
dente la fabulilla salada por el buen sentido. 

Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo co- 
mún de sus penas hermosas. La prosa les rodeaba; 
se refugiaban en la poesía de lo imposible. ¡Vani- 
dad! ¡Delirio!— Para ellos, la mayor verdad; la que 
nosotros mismos criamos. 



Hízose más pesado el yugo que la Porcel impo- 
nía á Silvio; y el artista tenía que someterse. Con- 
fiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la caca- 
reada exhibición del retrato de Jas rosas. Salir del 
anonimato en esa forma no le era halagüeño; pero 
no había otro recurso. 

Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas 
podían convertirse en naufragios parisienses. Una 
frontera, unos centenares de kilómetros,., y todo 



LA QUIMERA 



373 



cambiado—Silvio contaba, no obstante, con la ho- 
mogeneidad del gran mundo, que, en lo fundamen- 
tal, es idéntico á sí mismo en cualquier latitud. 

Para fijar la atención distraída y volandera de 
ese gran mundo, el señuelo era Espina. Ella podía, 
en un acceso de malignidad, retrasar indefinida- 
mente el momento en que París se convirtiese en 
escenario y mercado para Silvio.— Creía tener en la 
mano el medio infalible de subyugar á la Porceh 
La fatuidad le sugería que una escenita, magistral- 
mente representada por el histrión que hay en todo 
artista, restablecería las relaciones en pie de com- 
plicidad; peto no se poseía lo bastante para resol- 
verse á tal farsa. La perversa atracción de Espina 
se le había transformado en repulsión, y Lago se 
conocía; sabía que sus sentimientos eran brotes 
bravos de espino montés; que la misma traición, el 
mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, 
no podía provocarlos á voluntad y mediante refle- 
xión: le reventaban del alma bajo la presión de las 
circunstancias. Ni siquiera le movía ya el románti- 
co respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: 
una especie de náusea moraLEl cutis de Espina se 
le figuraba frío como el de un reptil. La neurosis, el 
diablillo de la neurosis, debía de danzar en esto... 

Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, 
se sumergía en el dibujo, ó desentrañaba el París 
artístico. Hundíase con deleite en el inextinguible 
foco y luminar de arte, saboreando el placer que 
causan las obras maestras en relación íntima con 
nuestra sensibilidad, ó que la modifican y renue- 
van. Había dado por hecho Silvio que entre los 



374 



E. PARDO BA2ÁK 



pintores modernos le arrebataría Courbet, y com- 
probó sorprendido que el realismo, exageradora!^ 
ciliadamente, del discutidísimo maitre (FOrnans, 
casi le molestaba. Era la transformación de su ideal 
propio lo que anulaba su admiración hacia Cour- 
bet, exaltada por los ditirambos de Zola. Se quedó 
Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet, 
antes, en su imaginación, rey de la pintura,— no era, 
al verle de cerca, sino "un temperamento", un su- 
jeto de cualidades mal aprovechadas y hasta estra- 
gadas por la estrechez de una fórmula. 

Courbet— decidió Silvio— fué una naturaleza bur- 
da; tenía mucho de grosero, no sólo en la produc- 
ción, sino en su vida, en aquel su eterno fumar y 
beber cerveza.— Sintió que la devoción cambiaba 
de santo, que se pasaba á Moreau y á Millet, dos 
ideales tan diferentes!— Millet le embelesaba por 
impresionar á su manera la naturaleza, dominán- 
dola con la intensidad del propio sentimiento, y 
soñaba hacer él en Alborada otro tanto. Las Mari- 
ñas distantes le parecían entonces ese rincón del 
mundo donde cada artista extrae una concepción 
peculiar de la realidad, según sus propios ensueños 
de poeta.— "En Alborada haré yo mis Espigado- 
ras"— resolvía.— "No aquella Recolección de la 
patata, tan tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra 
cosa... á lo Millet".— Pero Moreau le fascinaba más, 
no imaginando siquiera que pudiese su pincel ejer- 
cer la influencia que ejerció aquel creador genial 
más próximo á fray Angélico y á los místicos que á 
los modernos. Silvio comprendió que su alma era 
del grupo poco numeroso á que perteneció el autor 



LA QUIMERA 



375 



de Salomé. Almas complicadas, pueriles y perver- 
tidas, misantrópicas y candorosas, modernas y bi- 
zantinas. Nunca almas panzudas de burgueses. 
Almas siempre resonantes por la vibración de las 
cuerdas polifónicas de sus nervios. 

Silvio encontraba en la sensación peculiar de 
Gustavo Moreau mucho de lo que había supuesto 
en París, en el alma de París, y que no descubría 
en el París verdadero. Éste nada tenía de común 
con la ciudad de fiebre y placer, cocotismo y des- 
pilfarro, de la leyenda internacional. La "Babel" era 
un telón efectista hecho jirones, y aparecía la col- 
mena, el trabajo asiduo, normal, funcionando y sa- 
neando la atmósfera. Los zánganos, en apariencia 
numerosos, eran en realidad contados. Y de brace- 
ro con el trabajo, como esas parejas contentas de 
serlo que se esparcen por París al anochecer, Silvio 
veía á la razón, obrera metódica; la voluntad al ser- 
vicio de la invención. La lección severa de Lutecia 
era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y 
energías de Madrid. 

Recordaba Silvio la capital española como si aún 
se encontrase en su taller de la calle de Villanueva: 
las vías públicas, concurridas lo mismo á las cinco 
de la tarde que á media noche; aquel visiteo injus- 
tificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las 
horas se esfuman, cayendo en el curso del mes y 
del año como granitos de sal en mares de tedio, 
placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que 
la literatura diseca para descubrir perversiones, y 
que fotografía sorprendiendo extrañas muecas, en 
imposibles actitudes, Silvio, al echarse á la calle 



376 



E. PARDO BAZÁÑ 



temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba 
con bandadas de madrugadores intelectuales, páli- 
dos de sueño, que asaltaban las limpias cremerías 
y se desayunaban con un panecillo de media luna 
y un vaso de leche, antes de desparramarse, vade- 
mécum bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á tra- 
bajar! A tal hora, en que los madrileños, pobres ó 
ricos, leen entre sábanas el primer diario que su 
mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los pa- 
risienses, ciudadanos de la metrópoli del sibaritis- 
mo, según fama, entregarse con taciturna asiduidad 
á los preliminares de una jornada laboriosa, segui- 
da de otras y otras, interrumpidas por el descanso 
dominical disfrutado en sencillos esparcimientos, 
tan distintos del pagano y sanguinario domingue- 
rismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y de- 
pendientes de comercio, barriendo, bruñendo y 
atersando aceras, llamadores, vidrios y escaparates, 
como el soldado acicala sus armas para combatir; 
los profesores, corriendo con ropa raída y estómago 
mal lastrado á arrancar de entre colchones al alum- 
no, si éste no aguarda ya con las orejas relucientes 
de fricción y los ojos entumecidos de soñolencia; el 
personal de los establecimientos públicos, oficinas, 
tiendas, desde temprano en plena actjyidad - repe- 
tían que la palabra de la esfinge parisiense es tra- 
bajo.— Los ciclistas desfilan, portadores de mensa- 
jes ó carga; los coches circulan, socarrones, ace- 
chando al peatón, que se apresura y los evita; una 
multitud seria, preocupada de su objeto, invade las 
aceras, sin agolparse en cualquier parte á curiosear 
cualquier cosa; Silvio se confunde entre esta multi- 



LA QUIMERA 



377 



tud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa 
chispa de pasión, de simpatía ó antipatía, que en 
Madrid se transmite de uno á otro transeúnte. La 
gente que pasa á su lado, que le empuja involun- 
tariamente, que le esquiva con ágil respingo para 
no detener ni ser detenida, no le ve siquiera. Va á 
la obligación, va á la labor. Contados están los mi- 
nutos, trazado y distribuido el día, tasado el reposo 
y repartida la tarea. 

Esa decisión de funcionar, esa trepidación como 
de máquina que rinde su contingente, corre en 
oleada desde los resplandecientes bulevares hasta 
los barrios semiprovincianos de la banlieue. Hay 
en Paris zonas solitarias, pero no holgazanas. La 
colmena no zumba en la calle; se refugia en las 
celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas venta- 
nas se leen un nombre y un oficio... Ni las breves 
vacaciones parecen amenguar la actividad de la 
colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías 
lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plan- 
tas, la calma del tranquilo barrio no le impide no- 
tar la palpitación del esfuerzo, el anhelar de yunta 
que abre surco. Humilde es el vecindario; consá- 
grase á labor poco retribuida, pero acata el precep- 
to, de cuyo cumplimiento nacen la riqueza, el vigor 
y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio la 
ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que re- 
corre un trozo de acera, siempre el mismo, y que 
interpela al transeúnte, muestra la aplicación de la 
laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por 
la tarea forzosa. 

La conseja de la bohemia artística, del descuido 



378 



E. PARDO BAZÁN 



y la holganza entrecortada por hipos de genio y 
arrechuchos de inspiración, con risas, trampas y fu- 
maduras de pipas, se derrumbaba en su romántica 
falsedad. El divino grupo de Capeaux, La Danza, 
que Silvio había creído símbolo de la desenfrenada 
existencia parisiense, ahora se le figuraba, en su 
nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, 
el de tantos cerebros y tantos brazos. 

"Cabe bohemia en literatura -deducía Silvio,— 
porque una estrofa puede inmortalizar, y una estro- 
fa puede nacer sin esfuerzo; pero nosotros, pintores, 
escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la 
pared, muñecos tallados al cortaplumas? " Recorda- 
ba su antigua fe en el milagro, sus esperanzas— las 
de todos- -en el golpe de suerte, en la idea feliz que 
saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el cua- 
dro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se 
reía de sí mismo. Lo que se hace sin aplicación es 
deleznable, banco de arena seca y suelta que el 
aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga 
en estío. 

M Un artista bohemio — discurrió - no es bohemio 
porque deba dinero á todo bicho viviente, ni por 
correr juergas, que también los filisteos corren. La 
característica de la bohemia es querer triunfar sin 
tiempo y sin lucha constante y terrible. La pereza 
milagrera— he ahí la bohemia."— Acordóse una 
vez más de Minia, de su teoría del monje miniatu- 
rista, del arquitecto medioeval, y pensó que, sin el 
hábito de burel, pero con el espíritu perseverante y 
el alma muda de esos artistas de antaño, hay en 
París bastantes obreros que crean porcelanas, alfom* 



LA QUIMERA 



379 



bras, muebles, joyas, obras maestras donde el arte 

se disfraza de industria. / 

"Estas telas de dibujos robados á la naturaleza, 
estas decoraciones de elegancia ideal, estos bron- 
ces, estos Gobelinos, los mismos primores, abrillan- 
tados por la imaginación, de la indumentaria feme- 
nina, esta densidad de civilización refinada en el 
puño de una sombrilla, en una bujería cualquiera, 
sellada por el depurado gusto de París, ¿no son— 
pensaba Silvio— obra de artistas, que si no bajan á 
rezar al coro, se esconden en las grandes manufac- 
turas nacionales, y sin ambición, sin calentura, re- 
signados á que nadie pronuncie su nombre, crean 
su porción de belleza y la expiden, entre el tráfago 
comercial, á esparcirse por el mundo, á refinar la 
vida humana? 

„Y los mismos que en París quieren que el aire 
sufra el peso de su nombre, ¿cómo lo consiguen? 
En sus frentes arderá la llamita simbólica, pero sus 
hombros sufren la carga del trabajo. Sus manos son 
recias y duchas, Sus hombros son de cariátide. Su 
mirar es abstraído. Hasta en sueños buscan la fór- 
mula. Su edad florida ha pasado; ha llegado la 
viril, ruda, concentrada en el objeto, y ya con el 
pelo gris, tal vez laureados, siguen rodando, entre 
sudor y fatiga, la peña de su gloria, para que no les 
recaiga sobre el pecho y les aplaste. No quieren 
chapuzar en el olvido, vivos aún. Han probado el 
licor que embriaga; disipada la embriaguez, no 
pueden prescindir del licor. Mas ¡ay del que deja 
apagarse la lámpara!" 

Y entonces, espantado del porvenir - cuando aúu 



380 



E. PARDO BAZÁN 



no tenia presente,— deseaba la obscuridad, el en- 
cierro á solas con la hermosura. Creía bastarse. 
Recordando que poseía singulares disposiciones 
para la labor del adornista, se veía viejo, habitando 
en una de esas fábricas de cerámica ó de tapices 
en que hay un jardín abandonado á propósito, don- 
de las plantas y las flores, libremente, adoptan for- 
mas gentiles, indómitas; y se veía cortando bra- 
zados de ramaje, componiendo después, en su es- 
tudio, motivos decorativos, cuyo tema es la rosa 
húmeda de rocío ó la clemátida envuelta en su 
guirnalda verde. 

En los talleres que empezaba tímidamente á fre- 
cuentar, Silvio confirmaba sus observaciones. iLa 
pereza ha muerto! ¡La bohemia ha muerto! Aque- 
llos artistas que desafiaban al calor y sólo se pro- 
metían unas cortísimas vacaciones en la primera 
quincena de Agosto, tenían, más que la preocupa- 
ción, la obsesión del trabajo. Distribuían su capital 
de tiempo con una regularidad tan racional, que 
olía á burguesa prosa, á oficina. En sus conversa- 
ciones, en sus indiscreciones chismográficas sobre 
las costumbres de los privilegiados del arte, se 
revelaba el método estricto que practica hoy el 
artista célebre, cultivador y conservador de su fama. 
Como el acróbata y el jockey, que necesitan entre- 
narse, los artistas hacían gimnasia, salían al campo 
á plazo fijo, dibujaban, apuntaban sin cesar, leían, 
seguían la marcha estética y demostraban una in- 
quietud higiénica sabiamente fundamentada en 
consejos del Doctor. Salir al campo es muy bueno 
porque se domina el plein air, y también porque se 



LA &UIMEÉA 



381 



hace ejercicio y se respira. Bastantes escultores y 
pintores cultivaban el músculo y quemaban los / 
ácidos por medio de la esgrima, y, entre trapos an- 
tiguos y restos de tapiz, junto al velador árabe que 
sugiere orientales indolencias y fumaduras soñado- 
ras, se veían por el suelo las pesas y las cuerdas, 
las caretas y los guantones sudados. Saben las co- 
cineras de estos artistas— ni más ni menos que si 
sirviesen á esos ricachones que anhelan conservar 
la personita muchos años—recetas y condimentos 
que no encalabrinan el estómago; y hasta Venus, la 
dominadora, la embaucadora, la destructora, espe- 
ra á la puerta del taller, igual que la lavandera y el 
brochador del piso, á que llegue su hora y su día de 
la semana, el prescrito, que no debilita la mente ni 
desasienta el pulso. 

Lo ímprobo del trabajo y lo calculado del esfuer' 
zo: eso saltaba á los ojos del joven retratista, como 
se percibe el congojoso palpitar de la bayadera, el 
sudor de su dorada piel, bajo las gasas de su túnica 
y los sartales policromos de su garganta. No: París 
no tiene el alma de Espina, insaciable y saturada 
de sensaciones; esa es, á lo sumo, su careta, su 
disfraz de Carnaval, su collar de bayadera dan* 
zarina. 

Silvio se juraba que se evadiría de la Porcel, que 
se entregaría venturosamente á la labor. Las aguas 
irías y serenas de la gran piscina probática, depura- 
doras, agitadas por el ala de la inspiración, le cura- 
rían de Espina... ]Bah! Un gesto de París; lo que fer- 
menta, lo que gusanea en toda civilización avanza- 
da, Su refinamiento, ¿qué? Fruto del sudor de tantQS 



382 E. PARDO BAZÁN 



laboriosos. Para sostener el artificio de su belleza 
ardían los hornillos de los laboratorios, se destila- 
ban las esencias de los cálices, se inclinaban sobre 
la almohadilla frentes de encajeras, allá en solita- 
rias calles de Brujas ó de Malinas, velaba el dibu- 
jante, cosían en domingo á doble precio las modis- 
tas, se estropeaba los ojos la ensartadora de perlas. 
El gigante árbol de trabajo parisiense echaba una 
flor venenosa: Espina. 

Sin embargo —reconocía Silvio^esta mujer, su 
aparición á una hora dada en mi camino, fué el 
cambio de mi credo. Estoy divorciado para siempre 
del verismo servil, de la sugestión de la naturaleza 
inerte, de la tiranía de los sentidos. Soy libre y 
dueño de crearme mi mundo; ya no venero á los 
que se limitan á copiar; ya no tengo fetiches; si 
imitase, sería para dar muerte. 

Y comprobaba, en su tendencia perseverante al 
realismo, la infusión del ideal, la exigencia del es- 
píritu, algo que va más allá del color y de la forma. 
El mundo ya no le parecía solamente tierra fecun- 
dada por el sol. En su superficie corría un agua en- 
cantada, y de sü seno se alzaban embrujadas ve- 
getaciones, arborescencias de oro y cristal. 

— "Esto tengo que agradecer á la Porcel, á su 
individualismo aristocrático y poético, á su despre- 
cio de la imitación literal y de la verdad gruesa. [Tal 
vez ella me ha revelado á mí mismo!" 

La hubiese perdonado, hasta la hubiese adorado, 
si ella no le tiranizase, si le dejase en paz. Pero se 
desesperaba al recibir por el teléfono de su hotel 
(donde dormía, no pudiendo hacerlo en e! taller) 



LA QUIMERA 



383 



imperiosas llamadas, órdenes de presentarse en el 
palacete de los Campos Elíseos. 

Rendida por el calor, Espina se pasaba las maña- 
nas y las primeras horas de la tarde sin salir, recli- 
nada en su meridiana favorita, de forma griega, 
amplia como un lecho, revestida de telas blancas, 
incesantemente renovadas, de cubrepiés de encaje, 
de almohaditas minúsculas, copos de espuma que 
la envolvían en el aleteo de un bando de palomas. 
Delante de la meridiana, una mesita inglesa, de 
bronce y laca, sostenía refrescos y helados, y otra 
diminuta mesa, toda de porcelana de Saísuma, los 
chismes de fumar y un cacharro persa atascado de 
gardenias y jazmines. En el centro de la rotonda, 
—que rodeaba una serie de columnas con capiteles 
de piedras raras, ágatas y jaspes traídos de Italia- 
sobre amplia concha de cristal nacarado, pieza rara 
de Salviati, una gorgona dejaba escapar de sus 
fauces, incesantemente, un surtidor de agua helada, 
y en los ángulos de la habitación, no muy grande 
pulverizadores automáticos y ventiladores eléctricos 
sostenían temperatura deliciosa. Silvio no podía 
menos de complacerse; el contraste era encantador; 
venía de las calles, polvorientas, trasudantes, de luz 
cegadora, aturdidas por el estrépito de coches, ca- 
rros y ómnibus—los pedestres ómnibus á que recu- 
rría el pintor por no, gastar,— y sentía el hechizo de 
la penumbra, de la frescura, del lujo, de! supremo 
refinamiento, del silencio, del cuadro compuesto ya, 
que le movía á exclamar: "Mañana traigo lápices". 
Al oirlo, la Porcel saltaba: "No lo sueñe usted. ¿Soy 
yo la Moros? Si quiere modelo, llame á las de oficio". 



384 E. PARDO BAZÁN 



Cuando se presentaba Valdivia, Silvio, á pesar de 
lo irreprochable de su proceder, sentía confusión de 
culpable; comprendía que no era fácil que el celoso 
leyese en su conciencia, y, puesto que leyese, tam- 
bién leería las páginas de Madrid; sabria el agravio, 
lo imperdonable, lo que no se lava ni se borra. Una 
existencia entera de abnegación no compensa, ante 
la exigencia de los celos, un minuto en que se ha 
pecado. He ahí la mancha que todos los perfumes 
de Arabia no limpian. El beso es más indeleble que 
la sangre. Valdivia, al entrar, si encontraba á Sil- 
vio, hacía indefectiblemente un gesto dolorido, frun- 
cía un ceño torvo. 

Silvio no iba á decirle: "Estoy porque Espina me 
ha llamado 44 . Limitábase á exagerar la actitud co- 
rrecta, el mutis de respeto, el implícito reconoci- 
miento de los derechos de Valdivia... No era mejor 
táctica, como no lo es nunca lo artificioso, lo fabri- 
cado, en la esfera del sentimiento. Al celoso, una 
vez alarmado, todo le previene. El hecho más sen- 
cillo es tortura; la desconfianza es tan desmedida, 
como la confianza fué incondicional. 

Al tender la mano al brasileño, sentía Silvio re- 
traerse nerviosamente la diestra, volverse rígida, ó 
apartarse con un movimiento mecánico, de los que 
no domina la voluntad. En los ojos apagados y es- 
triados de bilis de Valdivia, pasaban, como nubes 
ligeras sobre una charca, fugaces expresiones de 
odio, de indignación y— lo que más preocupaba á 
Silvio— de dolor sin consuelo. 

Y Silvio no podía soportar la falta de perspicacia 
del celoso. 



LÁ QUIMERA 



385 



— "Estoy por llamarle á capítulo y asegurarle..." 

¡Qué inocentada sería! ¿Acaso el celoso da crédi- 
to á las verdades? 

— "Este hombre sería dichoso y, además, encan- 
tador, si no fuese la víbora que lleva enroscada 
— pensaba Silvio. — Acabará él también por mor- 
demos á todos." 

De la impaciencia de Silvio ante la ceguera del 
brasileño, nació una especie de menosprecio hacia 
hombre tan simpático, cuya felicidad deseaba sin- 
ceramente, dispuesto á sacrificarse por ella. iBah! 
El sacrificio, de nada servía!... Esta reflexión vulgar 
fué acaso la excusa que se dió Silvio á sí propio, al 
sentir reflorecer, involuntariamente, á cortos acce- 
sos, el capricho por Espina Porcel. Extraña y casi 
puede decirse monstruosa atracción, análoga á la 
que nos lleva á acariciar y jugar con el perro que 
muerde ó el gato que araña y saca sangre. En la 
soledad del gabinete donde Espina le recibía; en 
aquel eléctrico silencio ritmado por la canción hia- 
lina de la fuente, pervertido por los violentos aro- 
mas del jazmín y las gardenias, la tentación nacía 
del enervamiento, y Silvio la percibía unida al 
deseo de herir y hacer daño, á un impulso malévo- 
lo, rabioso. ¿Por qué le llamaba aquella loca? ¿Por 
qué se figuraba tonterías aquel insensato? ¿Por qué 
no le dejaban de una vez tranquilo, tendiéndole 
una mano si podían, y si no, abandonándole de 
una vez, á luchar nuevamente, solo, pero suelto y 
sin falsos auxiliares? Y en la imaginación del pintor 
se delineaba la escena de violencia que le aliviaría 
y le vengaría: una carcajada burlona en la cara del 



386 



fe. PARDO BÁ2ÁN 



celoso, después de una mofadora y ultrajante cari- 
cia á la mujer... 

Solo con ella tantas horas, el enigma de la Porcel 
le irritaba. ¿Era efectivamente, según la afirmación 
de Valdivia, una víctima de la fatalidad? Silvio la 
clasificaba algunas veces, comparándola á Clara 
Ayamonte. "Aquélla— pensaba — era una histérica 
del corazón, y ésta es una histérica del cerebro." 
Pensándolo mejor, esta frase, como todas las frases, 
nada decía: no descubría lo substancial de las co- 
sas, lo que latía en el arcano de un espíritu refi- 
nado y desquiciado. La clave del sentir de aquella 
hija de la decadencia no la poseía Silvio, á pesar 
de prolongadas cavilaciones, cuando veía á Espina 
tendida lánguidamente sobre la meridiana, fuman- 
do con visible beatitud, entre el bando de palomas 
de sus almohadoncitos de encaje con hopos de cin- 
ta, frescos como flores entreabiertas. ¿Qué silbo de 
culebra había salido de aquellos labios retocados 
con carmín, para que se despertase en Valdivia la 
desconfianza? Porque no lo dudaba el artista: el 
tránsito de la fe á la negra duda no podía deberse 
sino á ardides de mujer herida en su amor propio y 
resuelta á no perder el goce de vengarse atormen- 
tando. 



Una tarde, Silvio se sintió más acometido por la 
tentación que de mancomún sugerían el calor, el 
agua cantadora, la calma musical, los efluvios del 
jazmín y la inquietud maldita de la concupiscente 



LA QUIMERA 



387 



imaginación. No pudiendo deletrear lo interno de 
Espina, ansió sorprender la forma, desconocida y 
recatada, de su cuerpo. La dama, bajo el cubrepiés 
de rica guipure aplicada sobre transparente de seda 
hortensia, se cubría y anubaba con las batistas de 
su ropa blanca y las gasas de su deshabillé flojo, 
de flotantes mangas y plegados múltiples. Como 
siempre, Espina no mostraba sino lo que permite 
mostrar la más exquisita corrección. El misterio de 
Espina irritaba á Silvio. 

Con fría lucidez, en medio de su arrebato, calculó 
el golpe. Contó con la sorpresa de la señora; se 
acercó arteramente, tomando un pretexto... y con 
movimientos pensados é instintivos á la vez, la 
atacó, precipitándose, desgarrando y desviando en 
un relámpago encajes y telas... La nube se disipó, 
y Silvio retrocedió, de sorpresa aterrada. 

Sobre el nítido torso, donde la línea de la espalda 
se inflexiona tan graciosamente destacándose enci- 
ma de nacaradas tersuras y morbideces de raso, 
había divisado Silvio algo horrendo, una informe 
elevación vultuosa y rugosa como la piel de un pa- 
quidermo, una especie de bolsa inflada, que causa- 
ba estremecimiento y asco.— ¡Allí estaba la fatalidad 
á que se refería Valdivia, el estigma del vicio ma- 
niático, la señal de las picaduras de la morfina!— 
¡Se descubría el enigma de aquel alma, al ver sin 
velos su prisión de carne: la insaciabilidad, el tedio, 
tal vez el ensueño nunca realizado, la enfermedad 
de toda una generación, el lento suicidio, en la as- 
piración á momentos que hagan olvidar la vida, y 
que sólo proporciona la droga de muerte! 



588 



E. PARDO BAZÁÑ 



La negra hinchazón, el estigma que Silvio acaba- 
ba de descubrir, revelaban la verdadera naturaleza 
de Espina, su exigencia interior, no menos insacia- 
ble y desenfrenada que su lujo exterior. Por redi- 
mirse de la pedestre realidad que tanto despreciaba, 
era por lo que Espina, diariamente, introducía en 
sus venas el veneno. El amor á lo infinito, el ansia 
de evadirse del prosaico mundo, podían nrás que 
los consejos de los médicos y las enseñanzas de 
la experiencia, que dice que no llegan á viejos los 
morfinómanos. 

El veneno también destruye el alma. El sentido 
moral desaparece. — Si Lago lo supiese, comprende- 
ría á Espina capaz de todo por engañar el tedio. La 
ponzoña que corría por sus venas era la de las ci- 
vilizaciones avanzadas en su corrupción, el idealis- 
mo prisionero de la materia, el ansia que busca, 
allende la realidad, flores de más ancho ailiz, pla- 
ceres desconocidos... Era la Quimera también, la 
Quimera mortal. 



Bajo el afeite que reavivaba los colores de la tez 
de Espina, un observador ya hubiese discernido 
letal huella, signo de irremediable descomposición 
orgánica. Tal vez había principiado á usar la droga, 
obligada por una de esas catástrofes morales que 
no dan lugar á la prudencia y sólo reclaman un "ol- 
vidadero", aunque sea transitorio. La droga no se li- 
mita á producir esa peculiar embriaguez venturosa, 



LA QUIMERA 



389 



esa euforia que tiende un instante velo de luz sobre 
la opaca vida: suprime la memoria de lo reciente, 
aboliendo así, en una especie de inconsciencia dul- 
ce, la razón del dolor humano. ¡Dolor que se olvida, 
dolor que ha dejado de existir! 

Tampoco se daba cuenta Silvio de que el mal de 
Espina iba en aumento, que la dosis ha de subir 
para producir su contigente de felicidad satánica. No 
sabía hasta qué punto, al través del cuerpo, ataca 
al espíritu la droga, cómo aniquila las facultades 
afectivas, cómo anestesia la conciencia. No sabía, 
después de los períodos de postración de Espina 
(que Silvio en Madrid atribuía al tedio), cuán extra- 
ñas impulsividades, cuán loco remolino de antojos 
alza su polvareda turbia. No sospechaba (corres- 
pondiendo á las feas bolsas de piel dura, como lar- 
dácea) otra deformación psicológica. El alma de 
Espina se ensangrentaba en la lucha del que, ad- 
vertido, amonestado por médicos, no puede ven- 
cerse, y si se priva del veneno, siente la necesi- 
dad de sustituirlo por caprichos, extravagancias, el 
goce maldito de hacer sufrir... Aunque Silvio era 
complicado, no abarcaba la complicación de Espi- 
na, su goce en el pesimismo, su desprecio sarcástico 
de toda bondad y de toda fe, ni menos suponía cuál 
era el ideal monstruoso, — irrealizable dentro de la 
civilización, semejante al de las reinas y heroínas 
fabulosas, decapitadoras del hombre con quien han 
palpitado,— de la Porcel herida de muerte. Aquella 
soñadora, á quien la morfina había abierto breves 
instantes el paraíso, guardaba particular rencor á 
los que sólo se lo habían hecho entrever; y cuando 



390 



E. PARDO BAZÁN 



fumaba, muda, entornando los ojos, veía entre nu- 
bes de púrpura tiendas asirías, cabezas exangües 
que agarraban por los negros cabellos blancas ma- 
nos, y suspiraba, porque ya el mundo antiestético 
ha olvidado los ritos de la fábula hermosa y cruel... 

No había leído Silvio palotada de los efectos de 
la morfina; no sabía que los médicos califican el es- 
tado de alma de los morfinómanos de moral insa- 
nity. La flora del mal se desarrolla vivaz en el es- 
píritu del enviciado. La droga lleva consigo perver- 
sión, locura, suicidio. Aun sin sospechar esto, la 
vista de los estigmas le reveló el infierno en el 
fondo de aquella vida tan intensamente refinada, 
aquella "vida inimitable". No acertó ni á disfrazar 
su impresión de espanto. Literalmente dió dos ó 
tres pasos atrás, inmutadísimo. Ella, incorporada 
sobre la meridiana, altanera, yerta, con una espe- 
cie de extraña dignidad, se envolvía otra vez en sus 
rotos cendales de aire tejido, cubriendo las señales 
delatoras de su perversión. Y en voz reprimida, que 
por su propia monotonía y lentitud denunciaba el 
estado excepcional del ánimo, pronunciaba: 

—¡Vamos, se ha salido usted con la suya! Ya no 
tengo secretos para usted. Puede escribir una bonita 
carta á Lina Moros, describiendo mi bosse, para 
que ella vaya contándolo. ¿No adivina usted lo 
que exclamarán? Yo, sí... Me parece que les oigo... 
iDirán que ya entienden el intríngulis de mi cam- 
paña contra el desnudo! En fin, usted estará satisfe- 
cho. Quería leerme; me ha leído. Sin embargo... no 
cante victoria. Si yo fuese nada más que esto...— y 
por cima de la ropa señaló al sitio donde se alzaba 



LA QUIMERA 



391 



la bosss— con haberlo visto podría usted decir: que 
me conoce... ¡Pero dentro hay más, mucho más! La 
piel engaña, los ojos mienten, la boca sirve para ar- 
chivar la palabra. No sabe usted de mí sino lo que 
sus lápices embusteros de pastelista son capaces de 
desfigurar. ¡Queda mucho, mucho que usted ni sos- 
pecha, en Espina PorceL.! 

Aniquilado, tartamudeó Silvio: 

—Perdón, señora, perdón... ¡Hice mal; fui un vi- 
llano! 

Adelantó, se arrodilló, clavó en ella los ojos, al 
implorar tan dulces. 

—¡Perdón!— repetía sinceramente desconsolado, 
humillándose. 

— ¡Perdón!— respondió ella, encendiendo un largo 
emboquillado; el otro se le había caído en la lu- 
cha. — ¿Yo perdonar? ¡No les perdono á mis papás 
que me hayan echado á este planeta!... No sea 
usted ridículo, y levántese. Si Valdivia tiene la ocu- 
rrencia de entrar y le sorprende así, buena la hi- 
cimos... 

Su alma amarga, doliente, se asomó á sus pupi- 
las puntilleadas de oro, y una carcajada acre satirizó 
el tardío arrepentimiento. Alzóse Silvio, triste, in- 
capaz de decir nada que restableciese la normalidad 
de la conversación.—Espina se encargó de ello. 
Principió, entre bocanada y bocanada de humo 
suave, á tratar de cosas diferentes. Acabó por ani- 
marse y por sonreír, proyectando una visita al taller 
de Marbley, el retratista de elegancias. "Sobre todo, 
que mi Otelo no se entere. Sería una historia. Tiene 
al pobre Marbley atragantado. Es preciso que yo le 



392 



E. PARDO BAZÁN 



quite esa aprensión. Por fortuna, anda estos días 
muy atareado con no sé qué pesadez de operación 
financiera... Discreción, ¿eh? Para imprudencias 
bastó la de hace un instante... 



Había quedado Silvio tan confuso, que, por algún 
tiempo, mientras no se disipase la impresión de re- 
mordimiento y piedad, Espina haría de él lo que 
quisiese. La reacción contra sí mismo, que había 
arrojado á Silvio á los pies de la noble Ayamonte y 
de la bravia Churumbela, le sometía ahora á la vo- 
luntad despótica de la Porcel. 

Dócilmente, se dejó recoger en su fonda y condu- 
cir hacia el taller del belga, á las cinco de una tarde 
neblinosa, sofocante, de esas que encalabrinan los 
nervios. Espina, vestida de Chantilly negro sobre 
transparente azul obscuro, parecía abatida y triste. 
A la memoria de Silvio acudieron las exclamaciones 
de Valdivia: 

— jPobre María! ¡Pobre enferma! 

Habitaba Marbley un hotel pequeño y nuevo, con 
su retal de jardín, en una de las calles encalmadas 
y aristocráticas que abundan entre los Campos Elí- 
seos y el Arco de la Estrella. Un jornalero limpiaba 
las calles después de haber regado el grass y las 
flores, cuando llamó á la verja el lacayito de Es- 
pina. 



LA QUIMERA 



393 



El vestíbulo ya infundía consideración. La esca- 
lera, desalfombrada, relucía de holandesa pulcritud 
encerada, y tenía un balaustre torneado y salomó- 
nico, en armonía con los viejos tapices, que vestían 
la pared de un desfile de paladines, princesas, ca- 
ballos paramentados y ciervos místicos, cruciferos; 
del conjunto resultaba esa tonalidad armoniosa, 
algo sombría, que vierte dignidad. 

Les introdujeron en el piso bajo, en un saloncito 
desde cuya puerta, al través de alta verja de hierro 
forjado, gótica, se trasparecía la biblioteca, rica- 
mente encuadernada, con que Marbley se daba tono 
de artista cerebral, muy documentado para disfra- 
ces, instalaciones de casas grandes, palacios y gar- 
zoneras con relieve estético. Espina, dando muestras 
de cansancio, se dejó caer en un sillón. Silvio se 
acercó á ella con solicitud. Era la primera vez que 
sentía por Espina algo dulce, puro, humano; que la 
concebía como hermana en sufrimiento. Durábale 
todavía el reconcomio de su brutalidad maligna, la 
vergüenza del profanador, y tierna y cordialmente 
dijo á la señora: 

—¿Se siente usted mal? 

¡Qué destello de ferocidad instantánea en los ojos 
de venturina! Irradiaban como esas piedras que pa- 
recen guardar luz en sus capas minerales; pero el 
destello se extinguió, y la voz se hizo infantil, deli- 
cada, para responder: 

—Gracias... Un poco deprimida... Hay momen- 
tos... 

No añadió más. Marbley bajaba ya, apresurado, 
la escalera, para hacer los honores, manifestando á 



394 



E. PARDO BA2ÁN 



Espina rendimiento galante: la actitud correcta de un 
hombre versado en el protocolo mundano ante una 
mujer á quien debe la más honrosa de las condes- 
cendencias... Excusándose de no ofrecerla el brazo, 
por lo angosto de la escalera, sin hacer al pronto 
caso de Silvio, el belga guió á sus visitantes, y ante 
ellos subió al tercer piso, ocupado enteramente por 
el taller; en el segundo tenía su vivienda. El taller 
impresionó á Silvio: tan ideal lo encontró para sus 
retratos. Proscribiendo la mescolanza de antigualle- 
rías, ya tan trillada ó más que los salones amuebla- 
dos por tapicero, Marbley había arreglado su estu- 
dio sólo con mobiliario, telas y obras de arte de un 
mismo período, del legítimo estilo Luis XV francés, 
sin adulteración de barroquismo ni confusión de 
épocas. Tallas doradas, sedas rameadas» porcela- 
nas, bronces, retratos de pelo empolvado y amplios 
paniers, todo había sido adquirido por Marbley con 
fino olfato de coleccionista; porque el belga, eterna- 
mente mediocre, poseía los dones críticos, y jamás 
se equivocaba en un regateo ni en una compra. 
Realizaba negocios buenos, colocando entre su 
clientela americana objetos conseguidos á precios 
aceptables, y revendidos, sin conciencia, á precios 
locos. Primero le asparían que confesase este tráfico, 
pues aspiraba á que todo su lujo se atribuyese á la 
ganancia de sus pinceles. Siempre que vendía, apa- 
rentaba sacrificarse y desmembrar sus colecciones; 
pero lo que adornaba su taller no lo enajenaba 
jamás. Esperaba al yanqui, trasudando petróleo, ó 
al boyero de la América del Sur, que en capricho, 
tentó más vehemente cuanto menos razonado, pu* 



LA QUIMERA 



395 



siese por el conjunto, realmente admirable, una for- 
tuna. 

Silvio detallaba, embelesado, los canapés y sillo- 
nes de Beauvais, tapicería tramada de seda, con su 
franja mágica de tulipanes y narcisos, granadas y 
uvas; los vasos de Sevres, azul y blanco, que han 
pertenecido á la Pompadour y parecen delatar la 
mano de adornista de Fragonard; los mueblecillos 
de marquetería, con delicadísimos bronces cincela- 
dos; el reloj rococó, que al dar la hora toca una mú- 
sica que habla de fiestas pasadas y amores muer- 
tos; los Clodiones, en que travesean amorcitos hoyo- 
sos; el techo, obra de Natoire, escena mitológica, 
rubia y rosada, con senos de perla, vuelos de tórto- 
la, lazos y carcajes; toda la molicie del siglo. 

—Sin talento, sin probidad artística, se puede ob- 
tener esto en París—pensaba Silvio;— y acaso algún 
muchacho genial muere de hambre y calor en una 
buhardilla emplomada. 

Tenía Marbley el físico de su especialidad, ya 
ofendido por el tiempo, y se susurraba que, teme- 
roso de la vejez, andaba á caza de algo pingüe, 
santificado y asegurado por la bendición. Era alto, 
robusto y esbelto aún; bajo su elegante blusa de 
taller, de seda clara, que le refrescaba y animaba la 
tez, salteada por arrugas y pliegues de fatiga y li- 
bertinaje, llevaba, con alarde de originalidad bohe- 
mia, en realidad para no congestionarse, descubier- 
to el bien modelado cuello, y la garganta blanca y 
sin nuez visible. Su pelo rizoso, donde brillaban hi- 
los plateados, le formaban diadema á lo Lucio Vero, 
caracterizando la figura con sello artístico, Gastaba 



396 



E. PARDO BAZÁN 



una barba aparentemente indómita, sin recortar; 
pero el descuido era cosa estudiada, y aquella bar- 
ba la impregnaban esencias, la había recorrido mil 
veces el peinecillo de concha rubia con cifra de pla- 
ta. Marbley tenía un tipo entre flamenco y español, 
una cabeza conquistadora, á lo Rubens, cálida, san- 
guínea; raza de hombres que, de mozos, se gastan 
por el amor; de maduros, por la gula. Y, en efecto, 
Marbley empezaba á abusar de los sabios cocine- 
ros de palacios y clubs. 

No era fácil casar la persona y la pintura de 
Marbley. Silvio conocía su Harem Uurco, obra de 
juventud, brote de savia pronto agotada, y, juzgán- 
dole por su mejor página, profesábale cierto respeto. 
Quedó estupefacto ante lo que mostraba el belga: 
el ampuloso retrato de una dama chilena, uno ó 
dos estudios de paisaje — composiciones amanera- 
das, plagiarías, de colorido falso y pobre. — Por 
mucho que Silvio se despreciase y rebajase, en su 
ardiente humildad de catecúmeno, no le era posible 
comparar con aquella desdicha sus pasteles. En 
éstos, siquiera, convenía reconocer gentileza, flui- 
dez, elegancia de postura, leve idealidad, maripo- 
seante por cima de lo facticio y afeminado del pro- 
cedimiento; pero en la producción del belga no 
había sino la nulidad irremediable, la esterilidad de 
páramo, la angustia del manantial seco. Veíase que 
el talento de Marbley había sido flor de juventud, 
ese renuevo de poesía que coincide con la inquie- 
tud sexual, brote de primavera que agosta el estío. 
Quedaba un fracasado resuelto á pelear, no por la 
gloria, sino por el provecho. Lo peor era eso: Mar- 



LÁ QUIMERA 



39? 



bley, convencido, amargamente desengañado, no 
cejaba: iba á su fin sin escrúpulos. Para no carecer 
de su clientela rutinaria y antojadiza, de rastacue- 
ros y snobs, apoyábase en la mujer, tejía compli- 
cadas redes galantes, en que sólo á fuerza de estra- 
tegia no se enredaba también; no perdía ripio en las 
salonerías. Espina era un alfil de su juego de aje- 
drez; últimamente, se había sentido abandonado 
por ella, y lo creía imposición de los celos de Val- 
divia, hasta que llegó á sus oídos el anuncio de la 
próxima exposición de un famoso retrato "de las 
rosas", del cual contaban y no acababan; y cuando, 
poco después, supo que el españolito retrataba al 
pretendiente de Albania, olfateó el riesgo. Una con- 
versación con Aladro previno el primer éxito de 
Silvio. Quedaba en perspectiva el segundo, y pen- 
día de un capricho de aquella criatura tornadiza, la 
Porcel. Al verla entrar con su petit espagnol, sintió 
aguda punzada de despecho. ¡Hola, hola! 

Aparentando no mirar á Silvio, de reojo le detalló 
analíticamente. Reparó la distinción y afinamiento 
del tipo, la dulzura atrayente de los verdiazules 
ojos, la juventud y romanticismo de la figura, ins- 
piradora de simpatías fácilmente transformables, el 
prestigioso parecido con los retratos de Van-Dyck..* 
Y percibió además — Marbley de tonto no tenía un 
pelo — la pasión estética, el entusiasmo, la orienta- 
ción todavía vacilante, pero de seguro honda y feliz, 
del artista en marcha hacia su sueño; leyó el fervor 
del neófito, y descifró algo más mortificante: la 
triste sorpresa, la mal disimulada decepción que su 
labor causaba á Silvio. Observó cuánto se le atra- 



398 



E. PAHDO BA2AN 



vcsaba la frase cortés de encomio, ante un cuadrito 
de caballete, escena galante, que parecía, á fuerza 
de lamedura, un esmalte industrial. Y como en la 
conversación saliese ú plaza el nombre de Millet; 
Marbley presenció la ferviente efusión de Silvio 
ante los maestros. Adoptó entonces el belga un 
continente reservado, la actitud discreta, hermética, 
con la cual la superioridad se sitúa á distancia; su 
media sonrisa fué condescendencia de soberano 
que no se digna descender á discutir. Espina en- 
cendía ya su emboquillado, después de rehusar las 
golosinas y aceptar el té amarillo que una criadita, 
de cofia y mandil de nieve, acababa de servir en 
tazas de Sajorna muy auténticas, enguirnaldadas 
de peonías y rosas. Recobrando su animación toca- 
da de fiebre s pronunció sonriente la Porcel: 

— Maestro, no haga usted mucho caso de las 
opiniones de este novicio... Rectifique usted sus 
errores... Acaba de desembarcar; viene de Madrid á 
probar fortuna. No aspira, naturalmente, á llegar á 
su altura de usted; pero, como en Madrid le han 
mimado mucho, se ha salido de sus casillas, y re- 
bosa ilusiones. Se propone retratar á las guapas de 
París, poique en Madrid no se le ha escapado una; 
y aunque yo le advierto que aquí no son tan fáciles 
de contentar... 

—¡Oh!— exclamó Marbley, ya en situación, secun- 
dando á Espina,— aquí tiene el público su gusto 
artística muy educado... 

Silvio estaba absorto, ante una acometida con 
la cual no contaba. Sintió unas uñas de gata rabio- 
sa que le arañaban el corazón. Bajo el destile de 



LA QUIMERA 



399 



ponzoña, palideció. Algo candente subía por su 
garganta. Espina le vió inmutado, y amainó. 

— Ya, ya tendrá usted ocasión, maestro, de admi- 
rar los prodigios que hace el muchacho. Me ha 
retratado en Madrid, y pienso reunir algunas ami- 
gas para que vean... Ha sido en España un aconte- 
cimiento el tal retrato. 

— ¡España! ¡Qué hermoso país!— murmuró chan- 
ceándose el belga— Allí el naranjo florece- 
La intención satírica de la frase no se le escapó 
á Silvio. Embromaban á Espina con él, y explica- 
ban por capricho amoroso la protección que ella 
parecía concederle. Ardiente rubor sustituyó a la 
palidez de antes. 

Espina, tranquila, miraba á Marbley como si no 
comprendiese. Nadie la igualaba en estas comedias 
de candidez y asombro. 

— Maestro, le ruego que no tome en broma á mi 
protegido—y recalcó la palabra protegido.— Indul- 
gencia: los que llegaron á la cima no deben ser 
rigurosos con los principiantes. Ya verá usted... Su 
retrato no está mal. Sobre todo, Lago sabe vestir. 
Eso sí que sabe. Yo le digo que en algunos de 
nuestros grandes talleres de modistería le sería fácil 
ganar dinero. 

Escuchaba Silvio, petrificado. No entendía si era 
mofa, si era odio, si era aturdimiento, lo que dic- 
taba la inconcebible conversación. Dudaba entre 
protestar, tomar el sombrero y desfilar, ó hacerse el 
tonto. 

Al fin se le desató la lengua, á pesar suyo. 
—¡Me presenta usted bien- -gritó —para que el 



É. PARDO BAZÁN 



Sr. Marbley forme de mi un concepto original! ¡Sas- 
tre de señoras! Mil gracias... ¿Qué pensará de mí el 
ilustre autor del Harem turco? 

No podía caer peor la reminiscencia. Para desa- 
zonar á Marbley, bastaba recordarle el Harem to 
único verdaderamente sentido y franco que su pin- 
cel produjo. ¡Tema! ¡Todos habían de ensalzar el 
dichoso Harem! La singular rivalidad de un ar- 
tista consigo mismo, el despecho furioso de haber 
tenido talento un solo día de la vida, podían tanto 
con el belga, que había momentos en que, no acer- 
tando á repetir ó superar su obra, sentía deseos de 
quemarla. Exasperado, pronunció entre dientes: 

— ¡Ah, sí, el Harem turco! Ya recuerdo... Labor 
de muchacho... Como usted no conoce lo que hice 
después... He enviado á los Estados Unidos mi pro- 
ducción seria. Aquí ni siquiera expongo; mi mer- 
cado no está aquí. 

Era su artimaña, asegurar que expedía de cuando 
en cuando una obra fundamental á Norteamérica. 
Las expedía, sí; pero eran ajenas, antiguas, y algún 
que otro retrato hecho á las aves de paso en París, 
y remitido en cajas de magnífico embalaje, lo mejor 
del envío... 

—Nada tendría de extraño —pronunció Silvio in- 
cisivamente, pues sus nervios triunfaban— quealgún 
día conociese yo esas obras de usted. Deseo recorrer 
esos países... Suplicóle medénota délos museosy co- 
lecciones particulares donde pueden verse. Además, 
me figuro que los periódicos de arte habrán publi- 
cado reproducciones. En el Estudio ,por ejemplo, ¿no 
figura al menos una ó dos de las más notables...? 



LA QUIMERA 



401 



Marbley, cogido, calló. Un gesto de menospre- 
cio fué su respuesta. Espina mintió por él. 

— El maestro prohibe que se reproduzcan sus 
cuadros. No quiere que los deshonre el fotograbado 
y que rueden por ahí. Los riquísimos aficionados 
que forman su clientela no tienen ganas de que por 
un franco se adquieran copias. Maestro, dispense 
la ignorancia de mi protegido y sus preguntas can- 
didas. No está enterado el pobre. 

Marbley sonrió á su defensora. Se pusieron de 
acuerdo en una mirada rápida. El belga respiró: Es- 
pina le entregaba á discreción al rival posible... 



— ¿Qué efecto le hace á usted el maestro?— pre- 
guntó la Porcel cuando subieron al coche y rodaron 
hacia los grandes bulevares. 

—¿Cuál maestro? —chilló Lago.— Señora, ¿se ha 
propuesto usted burlarse de mí? En París hay mu- 
chos artistas á quienes no soy digno de desatar la 
cinta del zapato; pero si esto es lo que usted llama 
un maestro... ¿Y por qué me rebajaba usted delante 
de él? Sepa usted que su Marbley no vale un co- 
mino. Hoy no hace sino porquerías. 

Excitado por la indignación, Silvio alzaba la voz, 
manoteaba, impulsos le venían de agarrar de la 
muñeca á Espina y zamarrearla, arrojándola del 
coche al arroyo. Olvidado de los antecedentes, en 

2§ 



402 



E. PARDO BAZÁN 



la ferocidad que desarrollan las heridas personales, 
no sentía ni asomos de piedad, ni siquiera respeto. 
Ella !e clavó sus ojos, puñales de ágata fría. 

— ¡Ah! Sí, sí... Me olvidaba de que, comparado 
con usted, Marbley es un pigmeo... 

— No soy nadie ni nada - murmuró con energía 
Silvio; - pero si no he de llegar á más que Marbley, 
¿lo oye usted?, ahora mismo renuncio á toda mi 
ilusión y ocupo el asiento del pescante. ¡Lacayo, 
antes que Marbley! 

— Según eso, ¿usted creía llegar adonde Marbley 
ha llegado? Bien se ve que le han levantado de 
cascos Lina Moros y otras de su calaña. ¡Estamos 
en París! Vamos, vamos... ¿Quiere usted destruir 
una reputación consagrada? 

— Consagrada en los salones, si acaso; consagra- 
da para quien no lo entiende... En fin, señora, per- 
clóneme; pero ¿á qué hablamos de todo esto? Con 
usted sería mucho más discreto charlar de modas. 
¡Mujer, mujerl ¿Qué hay de común entre tú y yo? 
—profirió cerrando los puños y ahogando un jura- 
mento.— ¡Maldita la hora en que descendemos hasta 
la mujer!... 

—Stop— ordenó Espina. ~~ El señor quiere ba- 
jarse. 

Y dejando á Silvio en mitad de la avenida, re- 
costándose indiferente, la Porcel añadió: 
—A Hez vite. 

El coche se perdió en la lejanía, enrojecida por 
la puesta del sol, ensombrecida por los árboles. 



LA QUIMERA 



403 



En dos días no supo Silvio de Espina; no pudo 
ni conjeturar si con el incidente á la salida del ta- 
ller del belga quedaban rotas sus relaciones. Fueron 
cuarenta y ocho horas de ansiedad irritada, de pe- 
nosa incertidumbre. ¿Qué hacía el artista sin aque- 
lla mujer, al cabo único asidero suyo en París? Se 
arrepintió de su arrebato. "Debí hacerme el sueco". 
No se decidió, sin embargo, á ir á casa de la Porcel. 
La temía. "Es ridículo. No me pegará..."— pensaba. 
Y quedábase. 

Al tercer día, estando Silvio en su cuarto escri- 
biendo á Cenizate, desahogando penas, el camarero 
le avisó de que le esperaba en la calle una bella 
señora, en un coche. Silvio se atusó, se puso el 
sombrero, bajó... La propia Espina, ataviada con 
caprichoso traje, en que la incrustación de bordado 
inglés ocupaba más sitio que la tela. Bajo la pan- 
talla sedeña de su abierta sombrilla, su cara parecía 
bañada en amortiguados reflejos del sol, y el nácar 
de sus dientes la iluminaba con húmedas transpa- 
rencias. 

— Vengo á hacer las paces con usted... — murmu- 
ró.— ¿Qué es eso? ¿No se le ha pasado todavía? 

Silvio no sabía por dónde salir. No carecía de 
explicaderas, seguramente; pero la Porcel, al infun- 
dirle mil sentimientos opuestos, tenía á veces el dón 
de desconcertarle. 

—Vengo -insistió Espina— á raptarle á usted. 
¿Vamos, qué aguarda? Suba. 

Silvio saltó al coche. Tardaba en encontrar la 
frase adecuada á su especial situación, y se la pro- 
porcionó su interlocutora. 



404 



E. PARDO BAZÁN 



—A ver... Pronto, esc acto de contrición. 

Lo salmodiaba el pintor con cómicas añadiduras, 
cuando Espina interrumpió: 

—Por adelantado, la penitencia... Dijo usted que 
conmigo sólo se podía hablar de modas... Va á 
acompañarme á casa del modisto. Figúrese que á 
los Crouzat-Salvilly se les ha ocurrido dar un baile 
en su castillo, pero un baile que será el de la tem- 
porada; han invitado á la fleur des pois... Yo les 
hubiese agradecido infinito que no se acordasen del 
santo de mi nombre, porque esos bailes que obli- 
gan á viajar en ferrocarril no tienen pizca de diver- 
tidos... Pero Valdivia, erre con que no falte; dice que 
á esa fiesta es preciso asistir... él sabrá por qué. 
¡Tonterías! Cuando menos se preocupa una de las 
invitaciones, más le asedian. En fin, necesito arre- 
glar joyas, y un traje que no sea demasiado ridícu- 
lo... jEstoy tan aburrida de lo poco que los modis- 
tos discurren! ¡Y pensar que los modelos de estos 
calabazas, con diez meses de retraso, forman la 
base de la elegancia vertiginosa de las madrileñas! 

Su antiguo despecho, sus celos sin amor, rena- 
cían, se desbordaban en sátira. Describía el guar- 
darropa de Lina Moros, á la moda de un año atrás, 
admirado con la boca abierta por las que todavía 
daban golpes á los trapos de hace un trienio. 

No tuvo tiempo de completar la descripción. Ya 
el coche se paraba ante una joyería en la calle de 
la Paz. Espina se bajó, ayudada por Silvio, y el jo- 
yero, solícito, enseñó modelos; discutieron el arre- 
glo y aumento de los largos hilos de gruesas perlas 
que Espina poseía y pensaba escalonar sobre el es- 



LA QUIMERA 



405 



cote, á lo Médicis, y para los cuales deseaba un 
broche espléndido, un rubí único en tamaño, color 
y talla. Aseguró el joyero que el rubí se encon- 
traría. 

—Esta piedrecita— dijo la Porcel á Silvio -debe 
ser el leitmotiv del traje. Y maldito si sé cómo com- 
binarlo. 

Hablando así, adelantaban por esa calle en que el 
lujo de la mujer parece filtrarse al través de las pa- 
redes, irradiar incendiando los escaparates tentado- 
res. Desde las deslumbrantes joyerías hasta las bo- 
tanizadas tiendas de objetos de viaje, con sus sacos 
de flexible y luciente cuero repletos de utensilios 
de plata y cristal, todo hablaba de necesidades com- 
plicadas, de atavíos fantásticos, de viajes en trenes 
rapidísimos, en que se pasea la insolencia de la 
fortuna al través del mundo. No cabía pensar en 
pisar aquellos establecimientos sino con carteras re- 
llenas de billetes, las bombeadas carteras de los 
americanos y los ingleses, que hincha una tumefac- 
ción de caudal. En la calle de la Paz, el lujo no se 
hace adaptable, accesible, como en tantos puntos 
de París, por ejemplo, los grandes Almacenes, que 
anzuelan á la mujer con el cebo de la baratura. Al 
contrario. La calle de la Paz seduce, altanera, con 
lo exorbitante, lo que sólo allí se paga á tal precio, 
aunque en otra parte se encuentre, acaso indiscer- 
nible. Los sombreros de la calle de la Paz, las ca- 
misas de la calle de la Paz, las joyas de la calle de 
la Paz, tienen la pretensión de cifrar la plenitud é 
intensidad del lujo, lo serio y gallardo del derroche. 
Fanatizan... Y no son sólo los escaparates con sus 



400 



fc. PAHDO BAZÁN 



vidrios limpios y altos los que incitan al poderoso. 
En todos los pisos de las casas, los balcones están 
cruzados de letreros de oro, enormes, con el recla- 
mo del nombre de alguna celebridad ó especialidad 
de aita fantasía; allí han fijado su residencia los 
grandes modistos, pontífices de la vanidad y dicta- 
dores del trapo. Uno de los aspectos de París triun- 
fante es el trapo: el trapo, una de las maneras 
seguras que tiene Francia de imponerse al 
mundo. La parisiense, modestísimamente ataviada, 
trabajando toda la semana con sus dedos ágiles, 
prepara la derrota del extranjero, el cuele de su for- 
tuna en la caja nacional, fruto de inmensa econo- 
mía, que permitirá á la patria afrontar indemniza- 
ciones, desquites, reorganizaciones de su ejército... 
Francia se defiende con el trapo; el trapo vale por 
muchos regimientos y muchas fortificaciones. 

—¿Adonde me lleva usted? — interrogó Silvio. 

— A casa de Paquín... No tiene demasiado talen- 
to; se repite que es un dolor... pero al fin es el me- 
nos seco y amanerado de todos... Vorth ya es ente- 
ramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes 
de aparato, de reina de baraja; Redfem, jpchl algo 
entiende el paño... En sedas y gasas, calamidad... 
Laferriére se está echando á perder... Doucet, un 
impertinente; tiene un premier español que ha sido 
modisto en Madrid, un joven linajudo, pero capri- 
choso y raro; sólo trabaja de buena fe para las fa- 
milias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á 
Paquín con unas casas nuevas que se me figura 
que tienen porvenir. Descubro estrellas. Boué es de 
mi escuela; nada pesado, nada que no plegué... Es 



LA QUIMERA 407 



enemigo de estos bizaníinismos y estos japonismos 
que les encantan á las yanquis; en su manía de 
buscar lo pasado, las hace ilusión vestirse con dal- 
máticas y capas pluviales... Aborrezco ese geare. 
Me gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... 
¿Verdad que eso es lo bonito? 

En esta plática llegaron ante la casa de Faquín. 
Silvio miró sorprendido la fachada. Los dos pises 
que correspondían al gran modisto, parecían co- 
mentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía 
desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardine- 
ro, que diariamente los cuajaba de plantas en plena 
floración, había elegido tiestos de soberbios lirios 
laricifolios, que abrían sus cálices de terciopelo rosa, 
atigrados curiosamente,— lanzándose fuera del ba- 
randal de hierro. Entre las flores, de involutos péta- 
los, follaje plumeado de helécho mezclaba sus grá- 
ciles airones. Era el único edificio engalanado así 
en toda la calle; un reto á los otros modistos; un 
llamamiento, una galante invitación á la mujer, un 
jardín colgante que gritaba que allí se colmaba el 
sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermo- 
sura. Aquellas flores eran la voz insinuante de la 
sirena, y la mujer que lo escuchase indiferente ten- 
dría su alma enajenada en otro hechizo. 

Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron 
en el templo. La puerta estaba franca: no era nece- 
sario llamar. Salvaron la antesala, que cruzaban 
auucadas oficialitas, y se encontraron en el salón 
blanco y oro, con ventanas á la calle. En sillas y 
sillones se repantigaban señoras que, antes de diri- 
girse al paseo, se distraían en venir á ver la exhibí- 



408 



E. PARDO BAZÁN 



ción de los modelos. Había allí de todo: verdaderas 
damas del buen tono, de San Germán; opulentas 
banqueras; extranjeras que fiaban en sus millones 
para transformarse en un santiamén en parisienses 
con chic; actrices que no trabajan en esta época del 
año y preparan elementos para la temporada pró- 
xima; dos grandes cocoties, imitadas en su estilo y 
adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel 
mismo instante, una preciosidad de finura y de 
elegancia. Silvio miraba á la clientela, y pensaba: 
"Con el retrato de éstas que están aquí, sería lo 
bastante para hacerme en París un nombre y soste- 
nerme algún tiempo sin necesitar de Espina". Des- 
pués, tascando el freno, murmuraba: "Es innoble 
tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué 
miseria!" En momentos así, se acordaba de la Aya- 
monte. A su lado, no necesitaría sufrir ninguna hu- 
millación... Pero habría que ser su marido. -Espina, 
remolcándole, había saludado á algunas conocidas 
que encontraba allí, señoras legítimas: la condesa 
de Villars-Brancas, la condesa de los Pirineos, naci- 
da Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía 
archimillonaria, casada con un descendiente del 
célebre condestable que hizo traición á Eduardo IV 
ante Calais.— Las extranjeras, olfateando categorías 
sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, 
soñaban un incidente, una casualidad que las pu- 
siese en contacto. Las del círculo aislábanse, estre- 
chaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol pedía 
consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conoci- 
do... Ese dichoso baile de los Crouzat-Salvilly... 
—No sé — decía ella, remilgada.— Se me figura 



LA QUIMERA 



409 



que Paquín decae. No tiene fertilidad de imagina- 
ción. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito, sí, bo- 
nito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de 
siempre; los pliegues en la cadera, se ha enamora- 
do de ellos; las peregrinas... ¡y estamos de pliegues 
y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de reno- 
var un poco las hechuras, la manera de compren- 
der los adornos, hasta el colorido... Nada: se pone 
pesado como los viejos... 

Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas 
encargadas del oficio de maniquíes vivos se pasea- 
ban lentamente, estudiada la actitud, para mejor 
hacer admirar el modelo que vestían. Daban la 
vuelta al salón, dejando desplegarse con armonía 
la cola, con esa ciencia del efecto de la tela sobre 
las formas, que Silvio había creído privativa de Es- 
pina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos 
gestos graciosos y conquistadores de París. Se vol- 
vían, para enseñar á cada señora la hechura del 
vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando 
al mismo tiempo murmullos de encomio, un himno 
á la originalidad de los adornos, á lo delicioso de 
la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran mujeres 
hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; 
las envolvía el prestigio de la casa; parecían desde- 
ñar á la dama que no tirase miles de francos en 
hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que un 
momento las cubrían, llevaban sayas bajeras bara- 
tas, adquiridas de ocasión en los Almacenes, calza- 
do fatigado ya, camisas de tres días. Con rapidez 
vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, 
se enfundaban otro, y volvían a pavonearse, á 



410 



E. PAKDO BAZÁtt 



hacer la rueda, sudando bajo los abrigos de teatro 
y calle, que las asfixiaban. 

Espina pronunció indignada: 

— iTambién es demasiada avaricia la de esíe 
Paquín! Estos modelos están ya imposibles, de 
tanto enseñarlos todos los días. Mire usted; las 
gasas parece que han fregado el piso, y ese traje 
rebordado de lentejuela es un pingajo, como un 
faldellín de acróbata. El maestro se ríe de nosotras... 
¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía se 
los pagan, para modelos del invierno que viene, 
las modistas de provincia! 

Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se 
concebía tacaño como él. ¡Cebado en la ganancia, 
y sólo pródigo de flores! 

—Y después -indicó la Villars-Brancas,— quiere 
que traguemos que fabrican expresamente para él 
todas las telas que gasta, cuando me consta, digo 
que me consta, que pide á los grandes Almacenes 
géneros... Somos unas infelices en creer sus em- 
bustes. 

En la conversación de las señoras notábase cierta 
animosidad; el rencor de las cuentas crueles, la 
eterna queja del comprador contra el vendedor. 

—Lo peor es—- advirtió Espina—que se ¡e vaya 
acabando la inspiración. Dentro de poco no sabre- 
mos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese bajá 
de tres colas? Podía molestarse al saber que esta- 
mos aquí... 

Se metió precipitadamente en el gabinetito, al 
lado del salón, al pie de la escalera por donde debía 
bajar el modisto, Alfombran el piso centenares de 



LA QUIMERA 



411 



muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver, 
adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas 
de accesorios, piezas de gasa de colores amortigua- 
dos, retazos de cintas anchas, botonería de strass. 
Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala, 
que la miraba entre alarmada y respetuosa: 

—Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy... 

La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, 
pintada de blanco, fileteada de oro. Entretanto, 
Silvio había suplicado á Espina: "Presénteme á sus 
amigas... Sólo conozco á la condesa de ios Pirineos, 
y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se 
retrate../ Y Espina, sin calor, había presentado. 
"El Sr. Lago, un joven artista á quien he conocido 
en Madrid..." 

Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con in- 
terés. No era un tipo afeminado: al contrario. De 
aspecto militar, bigotes marciales, ojos negros y 
duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo 
vulgar, asargentado. Su tiesura poco galante se hu- 
manizó ante Espina y las otras parroquianas, de la 
flor de su clientela. Sin embargo, se veía que la ex- 
cesiva complacencia no entraba en sus hábitos,yque 
aquel empaque diplomático era lo único que llevaba 
como librea de distinción sobre su basta figura. 

Espina, resbalando más bien que andando por la 
alfombra, se le acercó y murmuró: 

— Señor Paquin, vengo con una pretensión muy 
extraordinaria... Que se olvide usted de los mode- 
los que nos enseña desde el mes de Abril, y que 
me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo 
inédito... Un traje en que el rubí... 



412 



E. PARDO BAZÁN 



El modisto, frunciendo el ceño, herido en su in- 
falibilidad, respondió' 

— ¿Cómo? ¿La señora querría...? 

—Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese 
usted el favor de no reproducir en un par de me- 
ses, ni para expedirlo á Australia. Vamos, prense 
usted la imaginación... 

—¡Oh! ¡Señora! — murmuró el bajá dignamente. — 
Espero que no necesitaré gran esfuerzo para encon- 
trar algo delicioso... Indíqueme la señora Porcel su 
idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y so- 
meteré á la señora... 

— ¡Sus dibujantes de usted!— recalcó Espina.— ¡Si 
están como los caballos de los fiacres! No, Paquín... 
Se trata del baile de los Crouzat, de algo serio, ¿eh? 
Me he traído el dibujante, el compositor, el artista 
en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este 
terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar 
usted gracias, y no ha de querer soltarle, así que 
pruebe sus servicios... 

Sin saber qué responder - no estaba en las cos- 
tumbres de la casa aceptar personal en semejante 
forma, — el bajá guardaba silencio, y Silvio, atónito 
al pronto, convulso de ira con los verdes ojos ane- 
gados en sombra, se lanza ba hacia la señora, atre- 
pellando exclamaciones: 

—¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted di- 
ciendo? 

— ¿Qué le pasa? — repuso ella. — No sea usted ni- 
ño, no lleve usted la modestia á extremo tal. Nadie 
ignora en Madrid las disposiciones de usted para 
la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en 



LA QUIMERA 



413 



su verdadero terreno, y creo serle útil al recomen- 
darle á Paquín. ¿Qué? ¿Lo toma usted á ofensa? 
¡Bah! Bueno. No hablemos más. 

La extraña escena había fijado la atención del 
grupo de señoras. Se eníremíraban y miraban á 
Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar. Y la 
Villars-Brancas y ia de los Pirineos, muy ami- 
gas, cambiaron expresiva ojeada, como diciéndose: 
"Aquí hay algo más de lo que sale á la superfi- 
cie..." 

Silvio se había dejado caer en una silla. Su res- 
piración era anhelosa; una resaca violenta hacía 
palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le apro- 
ximó. Le prodigaba explicaciones. 

— Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno 
Icis cosas con la mejor intención... Pero vamos á 
ver: ¿qué tendría de particular que usted me dibu- 
jase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de 
quien echar mano para presentarse bien! Y usted, 
aunque se enfade, ¡viste tan divinamente! ¡Si viese 
usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones, por 
si le restituímos á su verdadera vocación!... 

El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía 
las manos para contenerse; sentía, con fuerza casi 
irresistible, la impulsión destructora, el ansia de 
abofetear, de herir, de gritar improperios, de hacer 
algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: 
"Esta mujer que así me habla y yo..." ¿Qué se pro- 
ponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza era 
aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? 
¿Cabía bañarse así en el agua amarga del ajeno 
sufrimiento? 



414 E. PARDO BAZÁN 



No se acordaba Sivio de que la indiferencia mo- 
ral, el desprecio á la humanidad, de Espina, le ha- 
bían parecido en Madrid sello de naturaleza esco- 
gida y artística, picante atractivo de su trato y su 
persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expre- 
sión de la piedad y la generosidad en unos ojos 
humanos! ¡Oh, Clara! 

Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos 
de la condesa de los Pirineos, -alta señora, encan- 
tadora mujer, que no ha sido muy bella nunca, 
pero tiene como nadie el aire de la distinción y 
dignidad social que prestan una biografía diáfana y 
el hábito de recibir el homenaje del respeto, — fijos 
en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz 
de la dama, mesurada, simpática, pero firme, pro- 
nunció, con ese acento sorprendido y algo irónico 
que manifiesta la censura entre gente de educación 
exquisita: 

— Charmante, no insista usted, se lo ruego... Se 
ve que su concepto acerca de las aptitudes del se- 
ñor Lago, á quien usted misma me presentó en su 
casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en 
un almuerzo tan grato como todos los suyos, no 
está de acuerdo ni con los propósitos que á él le 
animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago as- 
pira á otra cosa, y sus amigas — la Pirineos recalcó 
ligerísimamente la palabra— deseamos que las as* 
piraciones del Sr. Lago se realicen. 

No respondió Espina sino con imperceptible mo- 
hín. No se atrevió á revolverse. Encogió los hom- 
bros, sonrió á medias. 

Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó 



415 



á la Condesa, tomó su mano y la besó, murmu- 
rando: 
— Gracias... 

Después se inclinó ante las otras señoras del gru- 
po, que, reservándose, habían asistido al incidente, 
y salió sin despedirse del modisto, el cual, -enva- 
rado y engreído, de pie entre los retazos de en- 
caje, los muestrarios y ios metros de gasa desple- 
gada y arrugada por el jaleo de las demostraciones 
á las parroquianas antojadizas y hartas de trapo,— 
continuó oficiando de pontifical 



Los días que siguieron á este episodio, mejor 
dicho, los meses, fueron para Lago de lo más som- 
brío de su existencia. París se había quedado sin 
gente conocida; una calma provinciana aletargaba 
sus calles. El calor de Agosto, unido á las vaca- 
ciones, vaciaba la capital. Silvio, en su cuartito de 
la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, có- 
moda y percha, y del cual, según la detestable cos- 
tumbre de los hospedajes franceses, no habían re- 
tirado alfombras ni cortinas, se consumía y achi- 
charraba. En su aplanamiento, algunos días le 
faltaba resolución para trasladarse al taller. Ade- 
más no podía gastar en modelo. Su escaso peculio 
se disolvía como azucarillo en el agua. 

Valdivia y la Porcel recorrían entretanto casti- 



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E. PARDO BAZÁN 



líos y playas, asistían á fiestas, se mecían en terra- 
zas colgadas sobre puntos de vista maravillosos, 
oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así 
por lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el 
joven artista, abandonado y burlado por los que le 
habían traído á Francia. Desde lejos se ve sólo el 
aspecto brillante y teatral de las existencias, y se 
oculta su elemento trágico, fatal. Acaso, en Ma- 
drid, gentes de la Sociedad de Acuarelistas ó del 
Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de la- 
drillo matritense, fantaseaban sobre el tema del 
viaje de Silvio, y en vez de representárselo paseando 
con melancolía los malecones del Sena al atarde- 
cer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figu- 
raban libando placer y gloria, entre los halagos de 
la fama, en camino de la reputación universal, ha- 
cia cuyo templo le empujaban bellas ensortijadas 
manos. 

En realidad, Silvio no podía decir que le suce- 
diese ninguna grave desgracia. Traducido en prosa 
su contratiempo, era sencillamente la cebolla del 
verano, que alcanza desde el humilde obrero al in- 
dustrial y hasta al artista. Los ricos — ¡qué milagro! 
— se zafaban en busca de diversión y salud, á bal- 
nearios y costas: en los ecos mundanos del Fígaro 
había leído Silvio el nombre de Marbley entre los 
concurrentes á unas termas alemanas, donde tam- 
bién se encontraba Espina. Pensó si se habrían 
citado allí los dos antiguos cómplices. "¿Por qué 
no?" — se dijo, alzando los hombros. Y añadió para 
sí: — "Á poder, también iría... Ó sencillamente, me 
tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos 



LA QUIMERA 



417 



de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes 
y tipos de las celestes Mariñas..." 

La decepción se manifestaba en Silvio por ese 
afán de estar en otra parte, nostalgia del rincón 
natal, suspiro de "alas como de paloma". Hay 
períodos en que, sin ningún suceso grave, el hori- 
zonte se cierra en niebla, y el suelo que pisamos se 
convierte en arenal abrasador. La dorada fantasía 
se convierte en 3a imaginación calenturienta, y todo 
se tifie de obscuro, se baña en océanos de tristeza 
y desencanto. 

Silvio veía á París como un Sahara. Ni los teso- 
ros de los museos, ni los umbríos y afelpados par- 
ques, ni lo regado y perfumado de sus limpios jar- 
dines—la República los cuida regiamente,— ni el 
cuadro de su actividad persistente en medio de 
los rigores de la estación quitaban á Silvio la ma- 
nía de que se encontraba, viajero rezagado de la 
caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad in- 
finita de los centros populosos, donde todavía no 
echó raíces nuestra alma. Creía Silvio perdida del 
todo su campaña en el extranjero, su carrera inte- 
rrumpida... ¿hasta cuándo? 

Con Espina, era evidente, no podía contar. No 
sólo no le ayudaba, sino que le aborrecía con el 
odio que engendran las decepciones humillantes; 
conspiraba contra él; se complacía y gozaba per- 
versamente, con refinamiento torturador, en destro- 
zarle. Ella misma—no podía ser nadie más— había 
provocado los tardíos celos de Valdivia, para ro- 
barle la protección eficaz del brasileño. Con c¿Uculo 
pérfido, había traído á Silvio á París prematura- 

21 



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E. PARDO BA2ÁN 



mente, á íin de hacerle regresar á Madrid avergon- 
zado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro 
francés, allá en otoño, si no podía sostenerse, si no 
salían retratos, si las brillantes perspectivas eran 
espejismo puro? 

Todo parecía decirle que en París no se improvi- 
san ni fama, ni gloria, ni aun dinero. Rápidas sur- 
gen á veces las reputaciones; en arrebato de locura 
brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como 
en todo, bajo su apariencia alocada, es reflexiva, 
tienen en cuenta muchos antecedentes. En un día 
salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha cal- 
culado... La parisiense no se deja sorprender. 

La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un 
estado de entumecimiento, como parálisis de las 
energías orgánicas de la vitalidad. Extremoso, cre- 
yó tabicado el porvenir, y dió por cierto el fracaso 
de sus aptitudes; la vida destruida, terminada en la 
sombra. Rendido, pasaba horas enteras echado 
sobre la cama, sin ánimos para salir, arredrado por 
el calor creciente, asfixiante. Los rigores estaciona- 
les eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, 
la rabia del intento frustrado. Hubo instantes en 
que la idea del no ser le halagó, como halaga la de 
dormir tras jornada fatigosa, en la cual se han su- 
frido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! "Si yo te- 
miese á esto—murmuraba para sí,— no sería cobar- 
de: sería sencillamente necio, pues lo único tolera- 
ble es dormir... ó soñar." 

En medio del agotamiento de sus fuerzas, persis- 
tía un ansia que ya no era de gloria: era sencilla- 
mente—achaque de infelices - sed inextinguible de 



LA QUIMERA 



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bondad humana, de entrañas compasivas. Empe- 
zaba por compadecerse á sí propio; se declaraba y 
reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, des- 
preciado, en París, entre la indiferencia ambiente, 
la sordera espléndidamente cruel de una ciudad 
inmensa; y en su necesidad momentánea y egoísta 
de afectos, decidió escribir á cuantos creía sus ami- 
gos, para obtener de ellos una palabra cariñosa. 
Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y 
amor cuando se sienten tristes, sin cuidarse mucho 
de cultivar ese amor en los instantes de prosperi- 
dad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, 
pensó en los que sincera y desinteresadamente le 
habían amparado: se acordó de las Dumbrías, de la 
Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara 
Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la 
mesa de las Dumbrías; por oír aquella palabra, á 
veces dura, siempre franca y llena de interés hacia 
los fines altos de la vida, de la famosa composito- 
ra. En un periódico francés encontró, por casuali- 
dad, un elogio de las Sinfonías campestres, el 
anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto, 
y se conmovió, como si aquello fuese para él dis- 
tinción personal, halagüeña recompensa. Tomó la 
pluma y escribió á Minia, á la Palma, cartas exten- 
sas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando 
por la herida, llena de caricaturas modernistas de la 
Porcel, representada por un vampiro con sombrero 
de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto re- 
bujo de las ropas saca su cola de serpiente. 

Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la 
Ayamonte. Era un billete extraño y breve, especie 



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E. PARDO BAZÁN 



de desesperado llamamiento de un alma á otra 
alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacó- 
nicos renglones del confesor de la novicia. —¡Era 
tarde! — frase en que la cronología responde de tan- 
tas irremediables desventuras. — Y, por otra parte, 
Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se pro- 
metía ni ansiaba la respuesta, el perdón, que hu- 
biera podido otorgarle una mujer de sentimientos 
menos serios, de alma menos encendida y noble. 
Para responderle, Clara le había querido demasia- 
do, y quería demasiado ahora, con profundo y fiero 
amor, á su Esposo de allá. 

Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. 
Minia se encontraba entonces absorbida por traba- 
jos que no la permitían despachar activamente su 
voluminosa correspondencia; la Palma había em- 
prendido el viaj^ de verano á Alemania, y las le- 
tras de Silvio no la llegaron, cargadas de direccio- 
nes y tachaduras, hasta un mes después. Silvio, im- 
paciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No 
recibirla le pareció ingratitud, desvío y terquedad 
de su infortunio. "Está visto: nadie se acuerda 
de mí". 

Entonces le hostigó la idea de regresar á España. 
Pasaría el resto del verano en Alborada, con las 
Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada del in- 
vierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos 
y retratos, hasta que se le cayese el dedo índice. 
Todo menos continuar en París sin utilidad y sin 
un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso, 
instintivamente, á seguir á dos transeúntes: un jo- 
ven elegante, una señora entrada en años, que ha- 



LA QUIMERA 



421 



biaban español. La conversación más indiferente é 
insípida: molestias del viaje, comodidades del ho- 
tel, detalles de una consulta médica. Silvio bebía, 
no las palabras, sino su sonido, la cadencia de la 
lengua patria. Se acordaba de discusiones con Mi- 
nia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de 
alardes suyos de indiferentismo y cosmopolitismo. 
Se reía de su chifladura, y continuaba detrás de la 
señora y el mozo, hasta que en la esquina de la ca- 
lle subieron á un coche. 

"Para regresar á España, como para todo"— pen- 
só Silvio— "se necesita dinero"... Hizo un balance, 
el fácil balance de los pobretones. Debía en su ho- 
tel más de doscientos francos de pensión, en el ta- 
ller un mes de alquiler, y tenía disponibles quinien- 
tos francos por junto. No había medio de salir de 
allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar 
la maleta, el anzuelo de París, del París todavía in- 
explorado y arcano, le enganchaba el corazón. Es- 
cribió una carta respetuosa y sincera al pretendien- 
te al trono de Albania, manifestándole que Valdivia 
se había olvidado de cumplir su encargo abonando 
el retrato; y agregaba la cuenta, los dos mil francos, 
precio francés. Esperó con ansiedad la respuesta. 
Era posible y natural que se retrasase, pues las se- 
ñas que habían dado á Silvio en la garzonera del 
pretendiente no eran seguras. Se comprendía que 
las facilitaban con cierto recelo. No siempre convie- 
ne decir por dónde andan los rondadores de co- 
ronas. 

Mientras aguardaba, proyectando marcharse ape- 
nas recibiese el cheque, su afectividad, dolorosa- 



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E. PARDO BAZÁN 



mente exacerbada, se concentró en lo único que te- 
nia á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el ta- 
ller. La portera la mantenía, mediante un franco 
diario, quejándose siempre del feroz apetito del jo- 
ven animal, que tragaba, decía la comadre, como 
un león. Silvio había convenido en que á Bobita 
nada le faltase: pan, leche, despojos de cortaduría». 
La perra medraba con rapidez asombrosa; su cuer- 
po cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte ter- 
ciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico 
fresco, que exhalaba aliento sano y tibio, se guar- 
necía de dientes como almendras acabadas de mon- 
dar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. 
En cualquier posición que adoptase había donaire 
y vigor, la vitalidad de la juventud animal, sin me- 
lancolías ni ensueños. Al entrar su amo, se lanzaba 
sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la 
entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y 
Silvio, enternecido, prendado, la daba nombres in- 
fantiles, "Bobirrita, Bobirris, Bobitesoro", y, con 
goce de abnegación, la sacaba á la calle, se enca- 
minaba á sitios donde la danesa hubiese de encon- 
trarse á gusto, y, á pesar de las apreturas de bolsi- 
llo, la compraba pasteles, galletas, bizcochos, un 
collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes 
de despedirse de ella, en el taller, hasta el día si- 
guiente, la besaba con locura la suave piel del ho- 
cico. La portera, para designar á Bobita, no decía 
sino "el amor", y Silvio, al pedir su llave, pre- 
guntaba: 

—¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, ma- 
dama Laroche? 



LA QUIMERA 



423 



Así como a! prisionero le bastan un jarro y una 
tarima por mobiliario, porque ia desgracia ha redu- 
cido sus necesidades, á Silvio, en aquellas horas de 
desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, 
Bobita. La perra ocupaba mucho, molestaba, impo- 
nía obligaciones; era, pues, capaz de llenar la exis- 
tencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus 
caricias locas. 

Quince días después de echada al correo la carta 
para el pretendiente, cuando ya Silvio desesperaba, 
llegó la respuesta, con sellos austríacos. Era del se- 
cretario; contenía libranza de tres mil francos y las 
gracias más expresivas por el acierto con que había 
desempeñado Silvio su misión. 

Por las venas del artista se derramó alegría; su 
depresión desapareció instantáneamente. "¡Cual- 
quiera pensará que soy un codicioso!" Su dicha era 
tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar 
á la camarera; al fin lo hizo, bromeando, y mientras 
la sirviente protestaba y se reía, sacó del bolsillo 
cinco francos y se los puso en la diestra. 

—-Ahora creo yo— pensaba al bajar las escale- 
ras — que este señor tiene derecho á ¡a corona... 
iMe envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey, le 
llamo! 

Con recursos ya, se borró — como se borran las 
ideas de los momentos obscuros ante la sonrisa de 
la esperanza — el propósito de regresar á España y 
refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre 
lontananzas y brumas. "¡No vuelvo allá hasta ser 
célebre!" escribió á Minia, en respuesta á una pos-? 
tal de la compositora, 



424 



E. PARDO BAZÁN 



¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido 
ocurrir otra cosa? ¿Qué fuerzas humanas le aparta- 
ban á él de aquel foco de fiebre artística? Quedar- 
se, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... 
Ya empezaban los bandos de golondrinas á aco- 
gerse al alero. En los bulevares, en el patio del 
Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Sil- 
vio encontraba otra vez conocidas españolas, de 
paso hacia la frontera, que se detenían á hacer pro- 
visiones de trapetería para el invierno próximo. Al- 
gunas pensaban prolongar su estancia hasta que 
empezasen á afilar sus cuchillos los cierzos del 
Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones en res- 
taurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un 
retrato. Se dió cuenta de lo mucho que había in- 
fluido en el alza y hervor de su mercado de Madrid, 
la rutina que empuja á la sociedad á atrepellarse 
en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni 
poco. Estaba en plena racha de entusiasmo y labor 
de otro género, labor libre. Como si la subsistencia 
asegurada le restituyese las vitalidades de la volun- 
tad, se preparaba, por medio de fuertes sesiones de 
modelo, al ingreso en un taller magistral. Así como 
así, el dueño del suyo regresaría, y se le imponía el 
problema de no poder dar pincelada si no buscaba 
dónde trabajar. 

Sus modelos— la hembra, una criatura delgadita, 
sin plástica, con algo de airoso y delicado en las 
líneas, la gracia parisiense, que se percibe hasta en 
la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un 
guapo borrachín en la flor de la vida, no desfigura- 
do aún por el abuso del alcohol— le referían indis- 



LA QUIMERA 



425 



crecíones de taller, rarezas de artistas famosos, lan- 
ces de pingües ventas de cuadros, que no se colo- 
caban en París, y que un cliente americano paga 
carísimos, llevándoselos inmediatamente en una 
caja de embalaje. Se veía que este aspecto lucrativo 
de la profesión artística era lo que danzaba en la 
cabeza de los pobres diablos de modelos, cuya exis- 
tencia precaria se revelaba en la empobrecida cons- 
titución de ella, en los estigmas con que el alcohol, 
recurso contra el hambre, empezaba á marcar la ca- 
beza hermosa, de Cristo rubio, de él. A Silvio se le 
ocurrió aprovechar aquellas dos figuras para la 
composición de un cuadro religioso: una arrepenti- 
da, la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús 
triste y grave, que, al perdonarla, perdona también 
á la humanidad, no porque haya amado mucho, 
sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la 
compasión de Jesús por la humanidad, simbolizada 
en una mujer consumida de privaciones, mostraba 
cuánto camino había andado el pensamiento de 
Silvio desde los tiempos en que las burdas y enér- 
gicas reproducciones de una naturaleza sin alma 
eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas 
mujeres desatadamente soñadoras, que agotan las 
emociones de una pasión sin que llegue á saberlo 
el mismo que es objeto de ella, Silvio había agota- 
do ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de 
cuenta, la virtualidad de una teoría estética, atra- 
vesando las laudas del naturalismo y abandonán- 
dolas. 

Ahora era un idealista, un moderno, y lo que per- 
duraba de sus devociones antiguas, lo que practi- 



426 



E. PARDO BAZÁN 



caba con mayor fanatismo si cabe, era ese culto del 
dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día 
prestaba mayor seguridad á su mano y mayores 
vuelos á su imaginación misma, en la cual la forma 
sensible de las cosas, lo concreto del espectáculo 
natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á 
la concepción ideal del poeta que siempre había 
existido en Silvio, y que se revelaba lleno de senti- 
miento y de efusión interior. Un Silvio nuevo surgía 
como la imagen sobre la placa fotográfica cuando 
la sumergen en el baño reactivo. Ya no aspiraba á 
la obra fuerte, al trozo de realidad: quería, en esa 
realidad, realizarse él también, derramar su propia 
esencia, dominar con su yo lo externo, penetrán- 
dolo. 

— "Pero — meditaba—no es posible imponerse por 
sorpresa: antes hay que arar, ser buey, para poder 
ser algún día arcángel, como Millet ó como Mo- 
reau". 

Y borró el trazado del cuadro que pensaba com- 
poner con sus dos modelos: él, envuelto en una tú- 
nica blanca que parecía vestirle de luz; ella, esmi- 
rriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa 
negra humilde, la misma ropa suya, de lana, muy 
traída y pobre, postrada á los pies del Salvador, 
mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia 
guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, 
como si dijese: "Mira cuánto he padecido, cuál es 
mi miseria, y perdona si he errado, hasta si he sido 
criminal". Para fondo de esta página, Silvio pensa- 
ba estudiar la melancólica aridez de un arrabal tra- 
bajador de París. Pero no se atrevió, asaltado de 



LA QUIMERA 



427 



escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro de composi- 
ción! ¡Ridiculas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo 
otro vendría: estaba seguro de ello, vendría á su 
hora... 

No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía 
á Silvio. No quería ser modesto. Sorda rebelión le 
alzaba ya contra el maestro á cuyo lado trabajase. 
Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas 
admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre 
los ilustres del pasado; erigir altares á "lo que ha 
sido", practicando, si le era posible, "lo que va á 
ser". 

En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, 
había algo semejante á un comienzo de envidia, de 
animosidad, porque otros ya habían llegado, y él., 
él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo, con 
la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, 
esta idea víbora se le enroscaba al corazón. "¿Y si 
yo no tuviese talento? ¿si, á pesar de mi vocación, 
de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?" 

El taller, mal barrido por la descuidada portera, 
que siempre pretextaba quehaceres para ahorrarse 
trabajo, tenía ese aspecto decaído, ese velo polvo- 
riento que influye sobre las imaginaciones vivas 
sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades 
del esfuerzo, de fatalidades lentas. 

Los muebles rotos y mal encolados del artista 
que viajaba, desbaratábanse como si á propósito lo 
hiciesen. Los tapices eran jirones. Todo gritaba la 
penuria del dueño de aquel refugio. Silvio sentía, 
con la intensidad que adquieren las molestias mi- 
núsculas en la fantasía de los nerviosos, el peso de 



426 



E. PARDO BA2ÁN 



tanta mezquindad, y, cabizbajo, pensaba que ocu- 
paría por muchos años un taller semejante, hasta 
el día en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? 
¿si él era un frustrado, definitivamente un frus- 
trado? 

No se trataba de ningún imposible. Llegar á con- 
vencerse de que no hay facultades excepcionales, 
de que no se es un genio— este drama moral se re- 
presenta diariamente, con un mismo espectador y 
actor.— De una generación artística, de diez ó doce 
mil muchachos que caen en París como la falena 
en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear 
la gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los 
ciento? 

Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el di- 
ván, manchado y desvencijado, del desconocido 
pintor en cuyos penates artísticos se cobijaba, y dá- 
base á pensar, no sólo en su destino, sino — con te- 
nacidad que él mismo calificaba de insania — en el 
de aquel individuo de quien no sabía cosa alguna. 
"¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve la 
trampa..." 

Descuidando el estómago, que era como descui- 
dar la vida, Silvio, en el nuevo acceso de pesimis- 
mo, no salía del taller, sosteniéndose largas horas 
con un pedazo de queso, con un bollo de pan. 

Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de 
depresión nerviosa, que se alarmó. Empezaba á no- 
tar con frecuencia— desde que se había propuesto 
observarse y consagrar sus fuerzas todas á reha- 
cerse para entrar dispuesto y de refresco en la ba- 
talla—que sus estados de perturbación moral iban 



LA QUIMERA 



429 



acompañados de trastornos correlativos en lo pura- 
mente orgánico. 

Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de 
que pudiese faltarle, además del dinero, la indis- 
pensable salud; ¡la salud, un instrumento de trabajo 
más útil aún que la moneda! 

Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. 
Sus veinticinco años eran ó debían ser inagotable 
reserva vital. ¿Qué importa la debilidad de un estó- 
mago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... 
muerte... Palabras vanas. No creía Silvio que real- 
mente podía morirse. Ni siquiera quería confesarse 
que la emoción, la esperanza, la aspiración, en 
suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo 
que disipaba aquel magnífico capital de juventud y 
de robustez que de la juventud se deriva. 

Como quien nota la disminución de una suma 
en monedas de oro encerrada en un arca, Silvio 
comprendía que su vigor, que su resistencia mer- 
maban á cada alternativa de calenturienta ilusión; 
pero no sacaba consecuencias de un hecho tan 
constante. No podía decir que fuese la decepción lo 
que le postraba; se gastaba también en los momen- 
tos de engreimiento; le rendía el breve transporte 
de un relámpago de confianza en sí mismo. 

No pudiendo luchar con estas circunstancias ni 
trazarse un método, porque su situación era provi- 
sional y transitoria, aplazó, despreocupado. La pre- 
visión de la muerte no arraigaba en su espíritu, 
como no arraiga nunca en el de los que forman 
grandes planes y tienen demasiadas ambiciones, 
demasiados sueños, tela cortada para fantasear. 



430 



E. PARDO BAZÁN 



- Cuando me normalice de vida y de trabajo— 
pensó— me cuidaré mucho. Ahora... ¿qué más da? 

Una carta,—- un aguijón del destino, oculto bajo 
un sobrecito gris sellado con lacre blanco, exha- 
lando el aroma de una composición demasiado co- 
nocida, que actúa sobre los nervios,- -sacó á Silvio 
de sus fluctuaciones. La dirección mostraba la aca- 
ballada letra de la Porcel, letra sin personalidad, 
análoga á los palotes de todas las elegantes que 
han aprendido en los mismos colegios por iguales 
métodos, y que han suprimido, en la homogeneidad 
de la moderna educación, aquellas características 
patitas de mosca de antaño. 

Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan ex- 
travagante mujer!, escribía una misiva casi tierna, 
mimosa. Se quejaba de la soledad y el ruido de los 
hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; ha- 
blaba vagamente de la inaguantable necesidad de 
consultar eminencias, de su insubordinación á pres- 
cripciones que la contrariaban en sus caprichos; en- 
salzaba la libertad "doblemente preciosa que una 
vida indigna de que nadie se preocupe de conser- 
varla á costa de afearla y hacerla prosaica"— y en 
la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á 
París hacia mediados de Octubre, época en la cual 
ya se ve gente y se podrá enseñar en debida for- 
ma cierto bello retrato á las amigas.— Al leer este 
párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón 
brincó como un cabriíiilo. El problema de París, re- 
suelto. ¡La Porcel, mudable como la ola, le había 
perdonado y cumplía su antigua promesa! 

Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, 



LA QUIMERA 



431 



de las que su índole, en algunos respectos femeni- 
na, le permitía engastar con la gracia de brillantes 
falsos en el marco de una miniatura. Era caria 
amistosa, y amistosa también la que contestaba; 
pero cuando entre corresponsales de distinto sexo 
ha mediado cierto género de conexiones, hay un 
dejo de reserva sentida y de insinuación inconfun- 
dible en la menor frase, en los giros, en los encabe- 
zados y finales. Silvio, temiendo á los celos de 
Valdivia, procuró componer su carta de modo que, 
muy rendida y agradecida, no transparentase la 
confianza material, la especialísima franqueza que 
engendran determinados recuerdos. Era la misiva, 
entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas, 
expresivas), un modelo de felino halago, de infantil 
abandono, de adulación quintaesenciada. Cartas 
así se captan los corazones. Pero Espina no tenía, 
puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto 
para sentir la belleza más allá del mal y del bien, y 
acaso preferentemente más allá del mal, gozando la 
fruición de lo perverso, como se goza un sabor, un 
perfume, una asociación de líneas. 

Loco de alborozo, Silvio se echó á la calle. Al- 
morzó en un restaurant menos promiscuo que los 
bouillons, socorrido recurso de los flacos de bolsa; 
se invitó á media botellita de tisana, buena marca, 
y al salir del comedero había formado la resolución 
de emprender un viaje de arte, porque no iba á 
poder entretener de otro modo la impaciencia, los 
días que faltaban para el regreso de Espina, en- 
contrándose hasta sin medio de dibujar, porque el 
duexio de su taller, ya de vuelta, le había dejado 



432 



E. PARDO BAZÁN 



políticamente en la calle. Uno de los españoles 
tropezados en el bulevar, hijo de un banquero de 
Madrid, venía de Holanda y le había enterado de 
que allí se viaja baratamente. Aún no estaban muy 
escurridos los tres mil francos del candidato al trono. 
Silvio confió á Bobita á su camarero, y salió aquella 
misma tarde hacia Bélgica, provisto de un billete 
circular y algunos bonos de hotel. 

No por necesidad afectiva, que sólo experimenta- 
ba en los momentos amargos, sino por no dejar 
evaporarse impresiones vehementes que hubiese 
deseado conservar intactas, Silvio escribió entonces 
casi diario y largo á Minia Dumbría, con encargo 
expreso de que no rompiese las cartas y se las 
guardase en un armario vetusto de Alborada, ata- 
das con una cinta de seda, entre lesta y hojas de 
hierbaluisa, para reclamárselas alguna vez, como si 
fueran "otra cosa". 



IV 



Intermedio artístico* 



Bruselas. --Amiga, insigne, este viaje es un viaje 
de muñecas. No se fatiga uno; casi no siente que 
se traslada, porque los trayectos son cortísimos. El 
más largo, de París á Bruselas, donde fecho esta 
epístola, dura cinco horas. Los otros serán expedi- 
ciones de puro recreo. 

Voy á darme un baño de maestros, un chapuzón 
de pintura seria. 

¿Encontraré, entre estos grandes muertos, alguno 
lo bastante vivo para influir en mí, ahora, en este 
año de gracia, ó mejor dicho, en el que viene, y en 
el cual, es infalible, ha de fijarse mi orientación? 

Porque es tiempo, gentil señora... Tengo veinti- 
cinco cumplidos; estoy en la mitad del camino— á 
los treinta se declina ya— y todavía no soy nada, ni 
sé qué va á ser de mí. 

¿Se acuerda usted de mi última carta, tan des- 
consolada? Era una tontería; me apuraba sin moti- 
vo. Espina, ipobre enferma!, después de haberme 
arañado y mordido un poco, se apiada de mí, y á 
su regreso, que tardará unos días, el retrato será 
expuesto ante una "taza de crema", ya que no ante 
Ja crema toda ? 



434 



E. PARDO BAZÁN 



Ésa crema me abre el apetito. ¡Ganar, ganar, 
comer, comer! La crema me gusta, por alimenticia. 

Entretanto, como no puedo esperar tranquila- 
mente, tan nervioso me siento (¿será cierto que soy 
un sistema nervioso predominante y agitado, un 
neurótico?), me he venido aquí, á recoger impresio- 
nes. Iba á escribir una bobetía: iba á escribir que 
usted no puede figurarse lo que uno patalea cuando 
no encuentra dirección para su aptitud. 

Yo tengo disposiciones. Corriente. ¿Con qué salsa 
las guiso? ¿Qué género va á ser el mío? ¿Cuál de 
Jos maestros va á ejercer sobre mí esa influencia 
primera de que no hay medio de eximirse, hasta 
que logre matarle dentro de mí, después de que 
con su ayuda salga á terreno firme? Quiero empe- 
zar por esclavo y acabar por rey. 

Si viese usted cómo me hace cavilar y sudar todo 
esto... —Apenas llego á Bruselas... (No, no tenga 
usted miedo á descripciones; sólo de pintura pienso 
hablar.) Apenas llego á Bruselas, me entero de que 
aquí existe un Museo de ¡as obras de un solo pintor 
contemporáneo, que no quiso vender ninguna; un 
pintor de mediados del xix, Antonio Wiertz. Hálla- 
se el Museo instalado en el mismo taller del artista. 
Tales y tan extrañas cosas oigo de él, que corro á 
visitar ese Museo. ¡Un mundo de pensamientos me 
sugiere! Se compone de dos ó tres salas y una ha- 
bitación donde, en alacenas, se guardan el sombre- 
ro y algunos objetos que han pertenecido al artista, 
el cual no murió viejo, y, según su retrato, tenía 
una figura romántica, con trova, á faire réver. 

Este paisano de Marbley empezó imitando á Ru< 



LA QUIMERA 



435 



bens. Entonces pintaba, lo que se dice pintar, ad- 
mirablemente. Hay un torso de mujer, desnudo, 
que es "un trozo" en toda regla; jugoso de color, 
justo y razonado de dibujo; inmejorable. Pero des- 
pués de ser esclavo algún tiempo de la individuali- 
dad ajena, Wiertz, que deliraba por triunfar— icomo 
tantos, ay de mí!— quiso aislar la propia; y no sólo 
quiso eso, sino que se propuso llevar ventaja ¿á 
quién dirá usted? á Miguel Angel y á Rubens, el 
cual no pensaba; tenía pupila y carecía de cere- 
bro... según dicen ahora. —Y nuestro Wiertz se echó 
á inventar símbolos y embadurnó lienzos, algunos 
colosales, llenos de extravagancias socialistas y pa- 
cificistas; El último cañón, La carne de cañón; Na- 
poleón ardiendo en los infiernos, rodeado de espec- 
tros que le increpan; los poderosos de la tierra opri- 
miendo á los débiles, figurados por un gigante bru- 
tal, un Polifemo, que con sus patazas aplasta á los 
compañeros de Ulises... Todo ello parece pintado 
al fresco, á borrones desteñidos. Arrastrado por su 
delirio, Wiertz llegó á embadurnar cosas tan horri- 
bles y tan macabras, que no se enseñan sino á 
quien las quiere ver por un agujero, practicado en 
un cierre de tablas, que oculta el espantajo. Uno de 
los reservados es lo siguiente. Una cripta. En ella 
ha sido enterrado vivo un hombre. Consigue alzar 
una tabla de su féretro, y asoma entre el sudario 
una faz lívida y un ojo demente, y lo que este ojo 
demente logra ver es una calavera en el suelo de 
la cripta, y una enorme araña negra, velluda, que 
trepa por el cráneo... 
Otra concepción, también de las reservadas, es 



436 



E. PARDO BAZÁN 



una mujer, joven aún, que, impulsada por la locu- 
ra, la miseria y el hambre, ha cortado en pedazos 
á un niño suyo de pecho y cuece en una caldera 
parte de él, mientras estrecha contra su corazón lo 
restante... 
¿Qué opina usted? ¿Es esto artístico? 
Mi pensamiento me traslada á Italia. Veo ese arte 
sereno, luminoso de belleza, griego bajo su cristia- 
nismo claro y íloreal: el arte de los Luinis, los Pe- 
ruginos, los Botticelli... y este belga tenido por ge- 
nial me parece grotesco y ridículo. ¡Puf! Vámonos 
de aquí; huyamos de esta "galería fúnebre de es- 
pectros y sombras ensangrentadas..." 

Wiertz, en su período de "desarrollo individual", 
pintaba, oiga usted esto, mucho peor que al princi- 
pio, cuando quien pintaba por su mano eran los 
Maestros. Entregado á sí mismo, el colorido, la fac- 
tura, fueron desapareciendo, y sólo hacía bambali- 
nas á chafarrinones. ¡Y era un entusiasta nobilísi- 
mo, se privaba de todo, desdeñaba el interés, sólo 
vivía para el arte! 
¿No es cosa de echarse á temblar? 
¿Seremos chiquillos, que en cuanto los dejan so- 
litos no hacen sino disparates? 

Aquí tiene usted á Wiertz, á un hombre con in- 
negable talento, con facultades de primera. Ade- 
más, este hombre no era un mercader; tenía cora- 
zón de artista, aspiraba con infinita ansia. No se 
contentaba con seguir huellas. No era, sin embar- 
go, capaz de pintar como un genio, y pintó como 
un loco raciocinación 
Y yo, que le escribo á usted esto, y que he salido 



LA QUIMERA 



437 



del Museo asqueado,— yo no podré, probablemente, 
ni pintar así.— Tal vez no consiga ni disparatar de 
manera que salve mi nombre, relativamente, del 
olvido... 



Amberes — He vuelto á encontrar al amigo Ru~ 
bens, más deslumbrador que nunca. ¿Se acuerda 
usted de la impresión que me produjo en Madrid, 
en el Museo, este tiazo? 

Aquí me acaba de subyugar (sin serme tan sim- 
pático como antes, por demasiado sensual y carno- 
so). Ya la he enterado á usted de la transformación 
que han sufrido mis convicciones... 

Pero, piense uno como piense, Rubens aturde y 
emborracha. 

¡Qué orgías de color regio! 

Regio es poco.™ Rubens es imperial. 

Amberes posee mucho de lo más sorprendente 
que pintó Rubens. 

En la Catedral hay dos trípticos soberbios: el Des- 
cendimiento y la Crucifixión; en el Museo Plantino, 
infinidad de retratos— y en el Museo del Estado, un 
tesoro. -Estoy dominado, más que por las obras de 
Rubens, por su persona, por el conjunto de sus cua- 
lidades, por su temperamento de Titán. Su equili- 
brio me causa envidia. Ese sí que no padecía de 
neurosis. Le veo marchar entre una aureola de luz 
ardiente, echando chispas de fragua, forjando como 



43S 



E. PARDO BAZÁN 



un cíclope, sin caer nunca en la debilidad ni en el 
descuido. 

Vea usted, Minia; esto es lo desesperante para 
mi. Por momentos, en París, he creído en la virtud 
infalible de la paciencia y del trabajo intenso. Pero 
hay otra cosa, superior á lo que se hace reflexiva- 
mente. ¿Pueden todos los esfuerzos y paciencias 
del mundo formar un temperamento de artista como 
el de Rubens? 

No. Eso es obra de la naturaleza. Usted, con su 
catolicismo, dirá que de Dios. Bueno, de quien us- 
ted guste. De lo incognoscible. —¡Pintar así, con 
esta facilidad y esta felicidad; manejar el color de 
esta manera; producir esta sensación de realidad, 
cuando la inmensa mayoría de sus cuadros repro- 
duce escenas que él no pudo ver, de las cuales no 
tiene el menor dato sensible, como son estas cris- 
tologías tremendas, este Cristo sobre la paja, del 
cual envió á usted una fotografía que nada dice — lo 
que hay que ver es el color,— y al mismo tiempo 
tener á la realidad sujeta, esclavizada á la indivi- 
dualidad! Porque Rubens grita desde lejos; avisa; 
planta su bandera. Yo creo á Rubens tan prestigio- 
samente rico, que en cualquier época del arte se 
impondría. Á todo era capaz de adaptarse, y en 
todo hubiese triunfado. Tiene hasta sentimiento, 
sentimiento católico, muy profundo. Su cuadro La 
última comunión de San Francisco se traga á nues- 
tros mísiicos realistas, á los Ribaítas, á los Riberas, á 
los Murülos. Es la característica de Rubens, que se 
traga á iodo el mundo, y que, donde hay un cuadro 
suyo, de los buenos, lo demás palidece, se desvanece. 



LA QUIMERA 



439 



Y sin embargo, en Rubens no hay esfuerzo pe- 
noso; no hay violencia de ningún género. 

Tampoco hay transiciones de maneras, ni deca- 
dencias, ni arrepentimientos. —¡Semidiós! 

Esto desespera: que nazcan hombres así, y no ser 
uno de ellos. 

¡Pensar que Rubens, desde ios primeros años de 
su mocedad, fué dueño de iodos los secretos, en- 
contró su estilo, su color, su hacer! 

¡Y qué dignidad en este Emperador! Nada trivial, 
todo triunfante — porque con este colorido, estos 
azules, estos nacarados, estos plateados, estos vio- 
letas -no hay asunto repulsivo, no hay tristeza po- 
sible; lujo y fiesta todo. 

¡Ay de mí! Rubens tenía lo que sospecho que me 
faltará siempre: acaso los temperamentos artísticos 
son estómago, sangre y vigor. 

Por eso su pintura—vengo fijándome, desde Bru- 
selas—me hace un efecto heroico. Heroísmo y elo- 
cuencia — las grandes cualidades de Rubens... 

Para consolarme de no ser Rubens, y también 
porque necesito definir mi estética, empiezo á bus- 
carle defectos al mago de Amberes. Le falta — ¡vaya 
si le falta! - la distinción y el misterio de los italia- 
nos, de un Bellini, de un Luini. Gesticula dema- 
siado... 

¿No sabe usted lo que me pasa? Tengo aquí un 
amigo- A mi lado, en la mesa del hotel, se sienta 
un viajero con el cual ligo inmediatamente. Es un 
¡oven periodista sueco, venido á estas tierras para 
remitir á su periódico noticias del movimiento so- 
cialista, que, según parece, es importante . Pero me 



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E. PARDO BAZÁN 



ha confesado que el socialismo no le da frío ni ca- 
lor, y que si los socialistas, sobre estropear la so- 
ciedad, han de aburrir á las personas inteligentes, 
entonces sí que no tienen perdón; que él escribe á 
su periódico lo primero que se le ocurre, para salir 
del paso; que lo interesante de Bélgica y Holanda 
son los artistas, y no concibe que nadie venga aquí 
á otra cosa que á empaparse de pintura. Dado este 
modo de pensar, eí sueco, que se llama Nils Limsoe, 
y yo, nos hemos entendido como ladrones en feria. 
Nos juntamos para recorrer iglesias y museos. Noto, 
sorprendido, que no está á bien con Rubens, aun- 
que reconoce su asombrosa personalidad. Él será 
lo que sea, un coloso... pero ¿quién le propondrá 
por modelo, quién ha de seguirle? Parece fácil de 
imitar, y no hay tal cosa. Parece que no hace nada, 
que trabaja según fórmulas vulgares y previstas; 
pero el caso es que sus discípulos, empeñados en 
sorprenderle los secretos, se quedaron tan lejos de 
él... tan por bajo... 

Me sublevo.— ¿Y Van Dyck? ¿Está Van Dyck muy 
por bajo de Rubens? 

Limsoe se sonríe y murmura (conversamos en 
francés): 

— Ya, ya... Es usted un apasionado de Van Dyck, 
y, además, la fisonomía de usted recuerda sus re- 
tratos... Van Dyck... Sí; es seguramente mucho más 
fino y elegante, y mucho menos teatral que Rubens. 

Comprendo, en la indulgencia ele ¡a sonrisa, que 
no le llenan ni uno ni otro. 



LA QUIMERA 



441 



El Haya.—Limsoe y yo hemos acordado no se- 
pararnos, visitar unidos la tierra holandesa. Él es- 
cribe á su diario como si continuase en Bélgica —y 
ni visto ni oído.— iremos, en comparsa, á el Haya, 
á Amsterdam, á Harlem. 

Este sueco padece ataques de un entusiasmo frío, 
especie de iluminismo —como dicen que les sucede 
á los nacidos en países del Norte, cerca del círculo 
polar. — Yo diría de él que sufre vértigo manso. No 
sé por qué me recuerda, en sus arrebatos, en sus 
accesos, el célebre remolino de Poe. Lo cierto es 
que este mozo sabe muchísimo, sabe una barba- 
ridad, de mi profesión; sabe, teóricamente, lo que 
los pintores siempre ignoramos. Le pregunto por 
qué su periódico, en vez de consagrarle á la socio- 
logía, no le dedica á la crítica artística. 

— Porque— me responde —el arte interesa á pocos 
lectores, y la sociología, en mi patria, á todos. Ya 
escribo á veces, en una revista, estudios sobre los 
artistas suecos contemporáneos; allí me desahogo... 
pero me lee una minoría. Y como siempre les estoy 
diciendo que pintan demasiado aprisa, y por lo 
tanto, mal, no pueden sufrirme. 

—Y Rubens, ¿no pintaba aprisa?— le objeté.— 
¿no hizo en diez días La pesca milagrosa? ¡Y cui- 
dado que hay problemas resueltos en la tal Pesca! 

— Rubens debía de ser un fenómeno, una fuerza 
de la naturaleza; además, ya sabe usted que enton- 
ces los discípulos ayudaban tranquilamente al maes- 
tro, ejecutaban trozos enteros de un cuadro ¡Vaya 
usted, en estos tiempos de lirismo, á insinuar sola- 
mente que puede ocurrir semejante cosa! 



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E. PARDO BAZÁN 



Visitamos el museo de el Haya. iAlería! iQué sa- 
cudimiento! 

— ¿No es raro —me pregunta el sueco —que un 
territorio y una división geográfica produzcan de 
una vez tantísimo pintor como produjo este suelo 
de Holanda en el siglo xvn? 

En efecto, es cosa rara. ¿Por qué hay países que 
crian á patulea, en momentos dados, el pintor, el 
poeta, el escultor? ¿Por qué en España, determina- 
das provincias son las que dan artistas, sin que 
exista en ellas mayor estímulo que en otras? Los 
artistas, ¿somos una planta, somos un tubérculo» 
fruta natural del terruño? Alguna vez que hablé de 
esto en Madrid con Solar de Fierro, el buen mar- 
qués, muy inteligente en la práctica, pero muy ajeno 
á las teorías, me sostenía la vieja tesis de la supe- 
rioridad de los países del sol sobre los de nieblas y 
frío, explicando así que la zona artística de España 
sea el Levante y el Sur. Y Holanda, ¿es acaso un 
país de sol? 

jAl contrario! Las humedades, las brumas, las 
tempestades de Holanda han hecho á sus paisajis- 
tas y á sus marinistas. 

Mi sueco, inspirado en Taine, dice que lo que 
determinó este frondoso florecimiento de arte en 
Holanda fué la intensidad de la vida civil, las gran- 
des transformaciones de la sociedad, el civilismo y 
el ciudadanismo de estos bátavos. 

Son artistas, porque son ciudadanos, porque 
son comerciantes; pero, si no hubiesen sido artistas, 
¿no podríamos sostener la tesis opuesta, que salie- 
ron ineptos para el arte por atipa de la ciudadanía 



LA ÚUIMERÁ 



443 



y del tráfico? En fin, por algo un país pequeño, en 
corto espacio de tiempo, engendró tal hormiguero 
de pintores: Cuyp, Van Ostade, Terburg— ¿se 
acuerda usted de los vestidos de raso blanco de 
Terburg?— Rembrandt— ¿se acuerda usted de la luz 
de Rembrandt?; digo la luz, ¡ojo!, no digo el color — 
Van der Helst, Gerardo Dow, Berghem, Ruysdael, 
iqué paisajiíos!; Pablo Potter, ¡ah, un tío tremendo!; 
Steen, Der Neer, Hobbema... — nada, gentuza — Van- 
dervelde... Wovermans, el del blanco corcel... En 
fin, estoy aturdido. *Me tienen vuelto tarumba estos 
diablos de pintores nacionales, no por nacionales, 
sino porque sólo retratan lo que los rodea, porque 
no adolecen de ideal ninguno — á lo sumo, como 
Rembrandt, de un ideal lumínico, — y no sueñan; 
copian lo que se les pone delante, reproducen in- 
distintamente lo bonito y lo feo, y acaso más lo 
feo.,. Estoy literalmente hechizado, porque ¡esto fué 
lo primero que soñé yo, sugestionado con sus Sin- 
fonías campestres de usted! Apoderarme con ver- 
dad y energía de una comarca. Eso debe bastar, y 
aquí basta, ¡vaya si basta! Se confirman todos mis 
presentimientos. 

Mi sueco, mucho menos persuadido, me hace 
notar que estos pintores en nada se parecen á los 
realistas modernos, y si les conociesen, les despre- 
ciarían por lo aprisa que embadurnan. Los holan- 
deses, copien lo que copien, se recogen, conden- 
san, detallan con paciencia infinita. 

—De los lienzos llenos de churretes y sin acabar 
de cubrir que hoy se permiten ustedes—declara 
Limsoe, — se reirían estos artistas á mandíbula ba- 



444 



E. PARDO BA2ÁN 



tiente. Les parecerían la obra de un chiquillo igno- 
rante: monigotes. La luz de estos pintores es contra 
luz. ¡Váyales usted con el aire libre moderno! 
—Hoy pensarían como nosotros —le respondo. 
¡Nosotros! Pero si nosotros no pensamos nada 
fijo... Nosotros — digo, los que no nos confundimos 
con la muchedumbre — estamos á cien leguas de 
las rutinas de taller. Despreciamos la verdad. ¡La 
belleza! ¡He aquí nuestra bandera, por la cual mori- 
remos! 

Cuando habla asi, el sueco está hasta guapo 
de entusiasmo. Le hago un apunte al pastel. Es 
moreno, y tiene unos ojos verdes, que relucen 
como los de un gato, fosforescentes, de mirada in- 
sostenible. 

Noto en él animosidad furiosa contra los holan- 
deses, que tan celestialmente—digo, tan terrestre- 
mente— pintan... ¡quién pudiese hacer otro tanto! 
No es esto lo que le puede contentar á él. Está á 
mal con la flema de tales artistas, con su materia- 
lismo pacífico, su falta de imaginación, su glotone- 
ría animal y su lujuria burda, la insipidez de sus 
asuntos, la atrofia de su sentimiento. "Los admito á 
ratos y me exasperan — repite, pasándose la mano 
por la frente sudorosa, y suspirando hondo, como 
si le sucediese una gran desgracia. 

Le vi particularmente rabioso ante una obra que 
me ha dejado con la boca abierta: el famoso Toro 
de Pablo Potter. 

Ahí tiene usted algo que bastaba para mi felici- 
dad; hacer una cosa así, un cacho de verdad por 
este estilo: nada, sencillamente un tajo de carne 



LA QUIMERA 



445 



cruda; y luego... E poi moriré, como dicen en esa 
Italia que Dios sabe cuándo veré. 

Véase el ideal renaciente de este pintorcillo de 
rasos y encajes, perlas y rosas; véase, véase el bi- 
cho... Lo dibujo al margen. No es más; nada de 
composición ni de triquiñuelas. Ese buey, tranquilo, 
testarudo, ese animal, que impresiona como un nu- 
men antiguo, un Apis, me infunde hasta devoción. 

¡Pensar que Pablo Potter hacía esto cuando con- 
taba veintitrés años de edad, y que yo he cumplido 
veinticinco! 

Mi sueco mira al Toro; al pronto no chista, no 
resuella; se diría que le falta, como á mí, la respira- 
ción; se lleva la mano al pecho, como si en él hu- 
biese recibido un fuerte golpe; estriba en el compás 
de sus largas piernas; se afianza los quevedos en la 
nariz; frunce el ceño, siempre mudo. Al fin se des- 
ata, y empieza á poner defectos al Toro. ¡Defectos 
á miles! No los defectos que cualquiera ve, como la 
insignificancia del asunto, reparos de crítica intelec- 
tual, en suma, sino otros del orden técnico, en el 
cual— ¡cómo reconoce uno cada día su ignoran- 
cia!— suponía yo al Toro impecable. Según Limsoe, 
Pablo Potter no sabía palabra del ejercicio de su 
profesión cuando pintó este buey. Así es que, sobre 
no estar concebido, está pésimamente ejecutado: 
hay en él trozos enteros que revelan inexperiencia 
pueril. Por lo mismo que en el lienzo se reconoce 
algo genial, debemos ser con él más severos. Son 
malos guías, son corruptores los que, como este 
Potter, parecen aconsejar á la juventud que estúpi- 
damente reproduzca, para hacer una obra maestra, 



446 



E. PARDO BAZÁN 



lo primero que se le pone delante. Yo me siento 
herido, como si fuese el mismo Potter, y nos enzar- 
zamos en una discusión que degenera en disputa, 
llegando casi á injuriarnos. A mí me da por soste- 
ner que justamente lo bellísimo del Toro consiste 
en no ser nada; una res bajo un firmamento; un 
sincero estudio, ajeno á todo tiquis miquis de inten- 
ción sutil ó simbólica. Nos acaloramos; Limsoe me 
impropera; hace ademanes circulares, rasgantes, 
amenazadores... El conserje— que pasea tranquila- 
mente por la sala próxima -asoma su faz rubicun- 
da, de holandés flemático, y nos dice en voz pasto- 
sa algo que no entendemos, pero que será rogarnos 
compostura. Ve que no le hacemos caso, y chapu- 
rrea en francés el mismo ruego, acercándose ya de- 
cidido á la expulsión. Como me excuso, responde 
siempre plácido: 

— Son frecuentes las disputas ante el Toro. Cada 
cual lo juzga á su manera. 

Y se encoge de hombros. Yo me vuelvo hacia mi 
amigo, quien en presencia del mismo conserje, me 
tiende la mano, se atusa la cabellera amarillenta, 
rebelde y erizada, como la de los muñecos que sir- 
ven para las experiencias de electrización. 

En fin, amiga insigne: Pablo Potter, cuando pin- 
taba mal, pintaba este Toro! 

iSan Lucas bendito, San Amaro milagroso, ha- 
cedme pintar mal así! 



447 



Harlem. — Una escapatoria á Harlem, desde 
Amsterdam... Limsoe y yo nos vinimos con un 
pedazo de queso en el bolsillo, entre dos trenes, 
pues no queremos perder tiempo ni pasar la noche 
en Harlem.,. Cálculos de economía. No somos ricos 
ni mi sueco ni yo. 

Al bajarnos en la estación, el periodista me cuen- 
ta que allí hubo un mar, un vasto mar, hasta fecha 
reciente, y que lo desecaron enterito; se lo bebieron 
en pocos meses, para evitar inundaciones y ganar 
terreno, donde establecieron grandes explotaciones 
agrícolas; y fué medida prudente, porque si ellos no 
se tragan al mar, el mar se los traga á ellos. Esta 
gente vive de milagro; por lo visto, el peor día pue- 
den encontrarse con que las aguas sumergen á 
Holanda toda... Debían trasladar á sitio seguro los 
Museos. Lo demás, que se lo lleve el diablo. 

¡Qué pérdida si una inundación sorbiese los 
Franz Hals! 

Franz Hals... ¿Cómo se lo diría yo á usted? 
Franz Hals es... algo que me recuerda, sin que sepa 
explicar la similitud, á Quevedo y á nuestros nove- 
listas picarescos. Habría quien reclamase para otros 
pintores holandeses este mérito; pero yo no puedo 
reconocerlo sino en Franz Hals. 

¿Quién fué el imbécil contemporáneo nuestro que 
se imaginó haber inventado el realismo? Es tan 
viejo como el mundo, y el autor del Escriba egip- 
cio no fué ni más ni menos realista que el autor del 
Lazarillo de Tormos ó que Franz Hals. 

Voy haciéndome muy pedante... Todo se pega; 
Limsoe es pedante mortal de necesidad. No me 



448 



E. PARDO BAZÁN 



deja vivir; me obliga á estar siempre razonando las 
impresiones bellas. 

Bueno, pues, Hals... Óigalo usted... Hals... Me 
tiembla la mano... Hals... Agarrarse... Hals pinta 
más que Velázquez...!! 

Más que Velázquez, ¡sí señora, no me vuelvo 
atrás...! 

Es mano más experta (en la plenitud de su carre- 
ra, entendámonos), es mano soberana para la repro- 
ducción de todos los elementos plásticos, cabezas y 
accesorios. Menos tierra que en Velázquez. Pince- 
lada más expeditiva y segura que en Velázquez, en 
el cual hay "arrepentimientos" inconcebibles. Acier- 
to instantáneo. Ni fatiga, ni improvisación, ni proli- 
jidad. Le digo á usted que estoy convencido de que 
éste es el Júpiter de la pintura. 

Nadie le pone el pie delante; nadie pinta más. 

Nadie dibuja más tampoco; ¡mentira! 

¡La gente, pintada por Franz Hals, está viva, es de 
carne; sus cabezas tienen meollo, sus pies caminan! 

Aquí triunfo yo de mi sueco. No puede ponerle 
á Franz Hals— en su buena época— defecto técnico 
ninguno, ninguno, ninguno; y ante esta perfección 
que parece increíble, se inclina; su recurso es refun- 
fuñar.— "¡Qué nos importa la verdad! ¡Qué nos im- 
porta la misma perfección!" 

Y le respondo en español: "¡Nos importa, caram- 
ba!" enviando un beso á una figura divina vestida 
de azul y amarillo verdoso, uno de esos Arqueros 
del Gremio, que hacen competencia á los inmor- 
tales Síndicos de Rembrandt. ¡Verdad santa! 



LA QUIMERA 449 



A msterdam.—Yd los he visto, ya he visto á los 
Síndicos. ¡Ya he visto la Ronda nocturna! No me 
llame veleta. Franz Hals, de quien tales cosas dije 
á usted en mi anterior, no llega á esto. Hace más... 
y hace menos. En fin, en Rembrandt— y aqui nos 
encontramos conformes mi sueco y yo— descubro 
algo que hasta ahora había buscado inútilmente 
en la pintura holandesa: la superioridad del artista, 
de su individualidad, respecto á la nación en que 
le ha tocado nacer. 

Rembrandt no es "pintor holandés", sino pintor 
del alma universal. Es decir, del alma universal... 
artística, alucinada, soñadora, apasionada de lo ex- 
traño. 

La Ronda nocturna, examinada desde el punto 
de vista rigurosamente profesional y de factura, 
muestra flojedades que sería imposible registrar en 
un Franz Hals. Con todo eso, marea, confunde, su- 
gestiona. Es tan particular el efecto de luz en este 
lienzo, que nadie sabe qué lo ilumina. Quién dice 
el sol, quién vota por las antorchas ó la luna. ¡Dispu- 
ta baldía! Es la luz de Rembrandt, la luz que él 
lleva en sus pupilas de visionario. Limsoe lo ase- 
gura, gesticulando, sobando su rutilante cabellera 
escandinava: "Una de las cosas más innobles de la 
pintura moderna es querer pintar todos los artistas 
con una misma luz. La luz va dentro de nosotros". 
Rembrandt, fulgurando desde la sombra transpa- 
rente, da la razón á mi compañero de viaje. 

No lo digo sólo por este cuadro. Todos los Rem- 
brandt que voy viendo, y los que he visto en París 
y en Madrid, me subyugan por esa condición, que 

'B 



450 



E, PARDO BA2ÁN 



algunas veces poseyó Goya; porque emiten una 
claridad que no es la natura!; porque son luciérna- 
gas. Rembrandt traza una figura completamente 

ensombrecida, y por cima de esa sombra sin opa- 
cidad frota ligeramente un rastro iluminado, un 
destello misterioso que procede de una cabellera, 
de una vestidura, de unas joyas. Es algo irreal, y 
sin embargo, el cuadro está lleno de verdad. Para 
mí, lo mejor de Rembrandt son sus figuras de es- 
pléndidas judías, de rabinos fastuosos, vestidos de 
un brocado que alumbra. 

Y á mi no me vengan con que la Ronda noc- 
turna es Ronda diurna. Rembrandt sólo pintaba 
la noche. Es su inspiración una gran mariposa 
negra. 

¡Qué pintor tan divino!— Perdóneme Hals. ¡Voy 
creyendo que ni por ser tan perfectamente dueño 
del secreto de la factura! Con Rembrandt y Hals 
me sucede lo que me sucedió con Velázquez y 
Goya: Goya mató á Velázquez dentro de mí. Está 
visto; hay en nuestras almas exigencias sin razonar 
que acallan las de nuestra razón. 

A Rembrandt, á Goya, no se les puede meter en 
el potro del sentido común, aunque los dos sean, 
quien lo duda, dos realistas. No hay que irles con 
preguntas tontas. ¿Por qué ha hecho usted esto? 
¿Qué significa tal figura? ¿Cuál es el verdadero sen- 
tido de esta escena? ¿Por qué concentra usted los 
claros en la vuelta de la hopalanda de este perso- 
naje? ¡Dios mío! Hay que ser muy duro de pellejo, 
muy boto de sentido, para no sentir á Goya y á 
Rembrandt. Los dos aguafuertistas son dos brujos, 



LA QUIMERA 451 



y cuando les da la gana, salen montados en su es- 
coba á recorrer el cielo ó el infierno. 

¡Bah! Si se lo propone uno, demuestra por a más 
b que Rembrandt no sabía pintar... Es decir, que 
pintaba imperfectamente. Amiga mía, pensando en 
estas cosas que tanto me interesan, que son las 
únicas que me interesan en el mundo, que no con- 
cibo que interesen otras, temo volverme loco. Rem- 
brandt y otro pintor que yo no conocía, Van der 
Helst, un rival que forma con él un contraste des- 
pampanante, vienen á dar golpe certero á los prin- 
cipios á que me había agarrado, y según los cuales 
pensaba dirigir mi carrera. 

Escúcheme usted y dígame si esto que discurro 
es un desatino... 

Si el trabajo es la condición del triunfo artístico, 
como creí en París; si ese lauro lo conquistan la re- 
gularidad, el método y el continuado esfuerzo, en- 
tonces... Rembrandt no hubiese hecho nada. Y en 
efecto, como labor concienzuda, hizo poco. — Ase- 
gura Limsoe que era un bohemio, que murió en la 
miseria, que vivió entre judíos prestamistas, anti- 
cuarios encubridores de robos y piraterías, corredo- 
ras de alhajas, zurcidoras de voluntades, posaderos, 
bebedores, gente de la hampa, y que las personas 
de cuenta le volvieron la espalda porque sus re- 
tratos no se parecían ni chispa, mientras los de este 
Van der Helst, que ocupa en el Museo de Amster- 
dam el lugar fronterizo á Rembrandt (haciéndole la 
competencia después de muerto, como en vida), 
hablaban, eran la misma persona fija en el lienzo. 
Este Van der Helst— ya le había visto en Harlem, no 



452 E, FARDO RA2ÁN 

renunciando á codearse con Franz Hals,~~no sé" si 
diga que en cuanto á pintar, pintar con la mano y 
con la vista, no tiene que envidiar nada á nadie. 
Su ejecución es un prodigio. iQué caras, qué ma- 
nos, qué trajes de paño y de seda, qué bordados 
de plata, qué copas de vidrio, qué limones, qué es- 
tandartes, qué corazas, qué valonas, qué cuellos de 
encaje! Es la realidad; gente que tenemos ahí delan- 
te, con su edad, su figura, sus humores, hasta los 
achaques que padecían. Dan ganas de tocar ese 
paño, de arrugar esa seda, de dirigir la palabra á 
esos buenos oficiales de la milicia ciudadana de 
Amsterdam. Y aun ahora, si cierro los ojos, estoy 
viendo un portento de abanderado joven, muy gua- 
po, vestido de tisú blanco, elegante, arrogante, ¡que 
debió de trastornar tantos coranzoncitos! No es pin- 
tura; es el abanderado. Respira. Galantea. 

Bien; pues calculo yo que á esto se podrá llegar 
con energía y trabajo, si se tienen algunas condi- 
ciones naturales; sí, se puede llegar, como llegó 
Van der Helst (que, sin embargo, no es lo que se 
entiende por un gran pintor) á pintar mejor que 
Rembrandt Pero á ser Rembrandt, ¿cómo se llega? 
iQué demonio! Siendo Rembrandt. 

Y á los que no lo somos, y, en nuestro satánico 
orgullo, tendríamos por desgracia ser Van der Helst, 
el que pinta estas manos, estos ropajes y estas ca- 
ras... ¿qué nos resta? 

¡Pegarnos un tiro! 

Así se lo digo á Limsoe.— Él me aquieta con una 
especie de murmurio afectuoso, dándome palma- 
das en los hombros y dedadas en la sien. Me va 



LA QUIMERA 



453 



cobrando cariño este sueco. Los extranjeros, al 
pronto, no parecen cordiales; pero apenas se esta- 
blece confianza... 

— Note usted otra verdad muy curiosa- excla- 
ma.— Que la originalidad del asunto falta casi siem- 
pre en las obras maestras (excepción, su Quijote de 
ustedes, que no tiene antecedentes, ni tradicionales 
ni literarios). Mire usted los cuadros de Rembrandt. 
Su famosa Lección de anatomía, á la cual tantas 
significaciones se le han atribuido, es un tema tra- 
tado por infinitos pintores antes que él. Tampoco el 
pensar antes que nadie una cosa vale ni sirve. El 
toque está en pensarla, y, sobre todo, en expresarla 
de una cierta manera.,. 

—¡Que yo no sé cuál es!— fué mi triste comen- 
tario. 



Brujas— Aquí estoy, en Brujas la Muerta; y ten- 
go mucho que contar. 

En primer término, mi conversión al catolicismo. 
He renegado de la pintura protestante; de esa pintu- 
ra de género, civil, anecdótica y nacional; y des- 
pués, las confidencias de Limsoe, que en el tren 
— en el tren la gente se vuelve muy expansiva, con 
sujetos que no hemos de volver á ver probable- 
mente, — me confía (después de renegar de los tre- 
nes holandeses; los suecos son los mejores del 
mundo, los mejor suspendidos, parece que se va 



154 



E. PARDO BAZÁN 



en trineo) — el secreto de su vida y sus convicciones 
estéticas. 

Limsoe está triste á ratos, y no dejará de estar 
triste nunca, porque, sin querer, disparándosele un 
arma de fuego, dejó ciego á un hermanito suyo, á 
quien adoraba; y Limsoe, dentro de su santuario de 
arte, es... prerrafaelista. 

¡Acabáramos! iCómo había de entusiasmarle 
Franz Halsi 

De su desgracia y sus remordimientos habló 
poco, en frases cortadas; después bajó la cabeza, 
me apretó la mano, y le vi una contracción en la 
cara, tan dolorosa, que parece seguro que este 
hombre no se consolará. 

En cuanto á su prerrafaelismo, lo predica con 
unción religiosa. Espera catequizarme. 

Me ha contado los orígenes de la escuela, de los 
cuales, á la verdad, á pesar de ser para mí obliga- 
torio no ignorar esas cosas, ni la menor idea tenía. 

¡Qué demonio! los prerrafaelistas son como los 
duendes; todo el mundo habla de ellos, y nadie los 
ha visto, al menos en Madrid y París. Sus obras an- 
dan tan desparramadas por galerías inaccesibles, 
en países lejanos, que únicamente mediante la fo- 
tografía y el grabado se pueden conocer... mal. 

Pero Limsoe dice que lo capital de esta escuela 
no son sus obras, á pesar de una gran belleza, sino 
sus teorías, que resumen el Evangelio del arte. Por 
la doctrina estética, los prerrafaelistas han abierto 
tanta huella en el mundo. 

Eternos son ya los nombres de Holman Hunt, 
Millais y Dante Gabriel Rossetti. Fueron iniciado- 



LA QUIMERA 



455 



res, y fueron sobre todo poetas; sintieron, se ele- 
varon. 

Hicieron estos tres muchachos lo que infinitos 
hacen sin que les dé fruto: asociarse, fundar una 
Revista, y formar un cenáculo. Algo tendría esta 
escuela, que ha salido a flote, entre tantas como 
naufragan sumergidas por el ridículo. 

No se lo escatimaron á ellos, pero su teoría era 
una perla que ningún malandrín podía cubrir de 
barro. ¡Las miserias, los atropellos, las impurezas 
de la labor de los modernos pintores, les enseñaron 
que era preciso volver á los cuatrocentistas, artistas 
que profesaron el respeto y la dignidad de su arte 
como fervoroso culto! Pintar devotamente, con la 
pulcritud de los místicos, con su atención grave y 
sostenida, sin manchones ni pinceladas rápidas, res- 
petando lo escrupuloso del deber y lo tierno y Cán- 
dido del amor... Pintar santamente, y si no, no pin- 
tar... ¡porque sería indigno! 

Ser santo, y á la vez elegante y superior ai vulgo, 
¿no es un ideal altamente estético? 

Y esto sólo se hizo antes del triunfo de Rafael. 
La prueba de la corrupción del arte, que sigue á 
Rafael y a Rubens, es toda esta pintura holandesa. 
Pintura de zafios, de borrachos, de glotones. ¡Gente 
que se retrata de sobremesa! ¡Gente que se retrata 
despedazando un cadáver! ¡Gente que la reprodu- 
cen devolviendo el vino que bebió! ¡Puach! 

Limsoe se indigna, echa lumbres por sus ojos de 
gato rubio, y prosigue: 

— Se burlaron mucho de les prerrafaelistas, y al- 
guno de ellos, descorazonado, no anduvo lejos de 



456 



E. PARDO BAZÁN 



plantar la pintura y largarse al Canadá á labrar una 
granja... Vino en su auxilio Ruskine, y gracias á él 
no fracasó el movimiento, y sus iniciadores obtu- 
vieron el respeto y la atención de su época. Cada 
uno de los tres artistas se abrió paso, pero, á mi 
ver, lo envidiable es el destino de Rosseíti. Se obs- 
cureció á medida que crecía: cada día tuvo menos 
público, y ese público, más rendido, le adoró más. 
Cada día, los aficionados que adquirían sus obras 
fueron más escasos, más inteligentes, más venera- 
dores y más ricos. Y cada día vivió más inaccesible 
al vulgacho. Es el mito de las Sibilas: cuantas más 
hojas de sus libros se quemaban, más valían las 
restantes... 

Sin embargo, estos elegidos tienen su descen- 
dencia: no demasiado numerosa, porque la misma 
substancia de la escuela repugna á ío numeroso; 
porque, para entrar en las filas del prerrafaelismo, 
se necesita conciencia, humildad, comunión diaria, 
ser puro, ser hermoso por dentro... 

El sueco hablaba así; y de pronto, encarándose 
conmigo, fijándome con sus ojos de felino dulce é 
hidrófobo alternativamente, susurra: 

— Desde que conozco la verdad en la belleza, no 
he cometido pecado impuro; huyo de la mujer como 
de un abismo; mejor diría, como se huye de una 
charca cuando se va vestido de blanco... 

Lo confieso, amiga; en vez de quedarme edifica- 
do, el latino malicioso que hay en mi se echó á 
reir á carcajadas... El sueco no pareció desconcer- 
tarse por esta gansada mía. Hizo un movimiento 
de hombros resignado, encontrando natural mi es- 



LA QUIMERA 



457 



cepticismo, dada mi falta de iniciación, y con sen- 
cillez infantil prosiguió su conferencia. Yo entonces, 
avergonzado, le pedí excusas. 

—No he debido—conf ese— reírme de eso que 
usted me cuenta, puesto que, al fin y al cabo, si yo 
no llego al extremo de abnegación de usted, el 
sueño de mi arte me domina hasta tal punto, que 
me ha privado de la facultad de amar. Y no he 
amado,, ni amaré. 

—¡Eso es peor, más duro, más terrible - exclamó 
Límsoe.— |No saber amar! Yo no estrago mi vida, 
yo evito enlodarme, pero... pero amo, amo de un 
modo sagrado, y les delicioso amar asi! 

Sus ojos de esmeralda clara se perdieron á lo 
lejos, en un vago añorar de cosas tal vez amargas, 
tal vez divinas. 

Luego prosiguió: 

—Hoy, se me figura que el respeto de todos y la 
admiración de las generaciones nuevas rodean á la 
escuela prerrafaelista... Hay ya en torno de ella una 
leyenda de gloria. Entre sus discípulos está el ex- 
celso Burne Jones, que ha hecho revivir, en nuestra 
edad prosaica por bastantes estilos (pues se ha em- 
peñado en que posean todos los hombres, no lo 
bello, sino lo útil), ha hecho revivir, digo, la edad 
de la caballería, el sueño de la humanidad con 
alas... ¡Y qué artista admirable es ese discípulo! 
¡Qué sentimiento! ¡Qué piedad! ¡Qué nobleza! ¡Qué 
altivez escondida en esa pintura tan delicada! ¡Qué 
variedad, sobre todo! Porque usted habrá oído repe- 
tir por ahí — ¡la muchedumbre no sabe juzgar de 
otra manera!—que los prerrafaelistas son monóto- 



456 



E. PARDO BAZÁN 



nos. ¡Cada uno de estos grandes estéticos tiene su 
estilo peculiar! Holman Hunt es más religioso (aun- 
que todos son religiosos, y no se puede ser gran 
artista, digo artista del idea!, sin religiosidad); Ros- 
setti... le gustaría á usted más, porque es un poeta 
encantador, de imaginación católica, y tiene algo 
de la iluminación y del don amoroso de los artistas 
primitivos franciscanos. 

Objeté que ya es vieja la escuela, que ha trans- 
currido tiempo, sin que haya logrado hacerse po- 
pular. 

Me replica mansamente, con fervor de neófito: 

—Ha estado en la penumbra; es una de sus gran- 
des fuerzas. Desde la penumbra ha irradiado sobre 
las almas exquisitas, sobre las conciencias de los 
artistas que la tienen. Una corriente gemela de la 
prerrafaelista ha producido la inspiración del inefa- 
ble Wagner. En el arte digno de este nombre, en el 
arte que no da náuseas, no hay sino religiosidad, 
religiosidad, caballería andante, alma en busca del 
cielo... ¿Sabe usted cuál es la última palabra del 
arte? La misma del amor: el éxtasis. 

Lo que sacó de sus casillas á mi sueco fué que yo 
le dijese, sin mala intención: 

—He oído que los prerrafaelistas son unos histé- 
ricos, unos degenerados. 

Se puso rojo. Le había herido en lo vivo. Pero, 
por lo mismo que es un convencido, no hizo explo- 
sión. Se limitó á pronunciar, conteniéndose valero- 
samente: 

—Sí, conozco todas las críticas, algunas infames, 
que se han dirigido á la Confraternidad y á la Es- 



LA QUIMERA 



459 



cuela.. Los dogmas prerrafaelisías no están cortados 
á la medida general. Por largas que sean las orejas 
de asno de los críticos, el dogma va más lejos. No 
hay que preguntar quién ataca al prerrafaelismo y 
al fecundo movimiento que ha salido de él. Son los 
descendientes de aquel farmacéutico de Flaubert, 
los representantes de la llamada razón... ¡La razón! 
¡Que el Maelsíroom se la trague! 

En este anatema andábamos tan conformes, que 
repetí, como brindando: 

- ¡Que el Maelsíroom se la trague! ¡Amén! 

Y en esta hermandad de deseos llegamos á Bru- 
jas la Muerta... No tenga usted miedo de que le co- 
loque la descripción; ya sé que está usted al corrien- 
te, que ha leído á Rodenbach. 

No; lo único que le diré á usted es que aquí he 
tenido el gusto de ser presentado al señor de Mem- 
ling... y que me encuentro en un estado de ánimo 
que no sé si atribuir á la sugestión de este maniá- 
tico de Limsoe ó á los efluvios de la ciudad (re- 
léase á Rodenbach), y noto que involuntariamente 
pienso y juzgo casi como el sueco. Me acuerdo de 
mis pintorazos holandeses, de sus comilonas, de 
sus trapatiestas y inmaduras, kermesses y tabernas; 
de los burgueses empavesados con trajes de gala, 
de su realidad, de su tremenda verdad, y... siento 
la náusea, el esguince. ¡El alma me pide otra cosa! 

Esta otra cosa es Memling. 

¿Será cierto que el artista murió en un convento 
de España? De todos modos, nuestro misticismo no 
se parece al suyo. 

¡Qué detalles, qué ñor de sentimiento» qué novela 



460 



É. PARDO BAZÁN 



caballeresca es su Urna de Santa Úrsula! No 
acierto á decir si revela un devoto soñador ó un 
poeta con corazón de niño. 

Sobre la historia de la santa, narrada en los ta- 
bleros del divino cofrecillo, se puede hacer un largo 
poema. Ahora comprendo mucho de lo que mi 
amigo me decía en el vagón. El sumo arte asocia 
lo religioso y lo caballeresco, y salva á la religión, 
por medio del arte, de los impuros contactos de la 
multitud. Si me acuerdo de la Santa Isabel de Mu- 
rillo, y la comparo á esta Urna, me defiendo mal 
contra el desdén de obras que admiré mucho. 

No cabe duda: los Velázquez y los Franz Hals 
lian pintado asombros; pero ¿pintaba peor, en su 
estilo, Memling? 

En el mismo Hospital de San Juan, tan sugestivo, 
tan callado y recogido, donde nos enseñan la le- 
yenda de Santa Úrsula, vemos unos Desposorios 
de Cristo y Santa Catalina, en que hay dos figu- 
ras insuperables: la Santa Catalina y la Santa Bár- 
bara. ¡Se descubre allí la firme resolución del ar- 
tista de no conceder su pincel sino á cosas bellas, 
ilustres, ricas de forma y de materia; de no repro- 
ducir sino caras redimidas de la miseria humana, 
vírgenes que son reinas ó emperatrices, y bajo cu- 
yos pies la impureza, la bestialidad y la violencia 
no se atreven á desatar sus ondas de fango! 

Esta parrafada es de Limsoe ante el cuadro de 
los Desposorios... "Vea usted qué dos santas esas. 
Escogidas, ¿eh? No crea usted que están ahí por 
casualidad, por antojo. Son las dos santas filósofas 
que desdeñaron las bajezas materiales del paga- 



LA QUIMERA 



nisino y entraron en el Cristianismo por amor de la 
pureza, pero sin renunciar á su elegancia artística, 
sin confundirse nunca con los ascetas groseros. 
A Santa Bárbara en su torre, á Santa Catalina en 
su palacio, se las puede uno representar leyendo 
un tratado de psicología, coronadas de perlas, ve- 
ladas de gasa, con manos tan lilíales como esas 
que ve usted ahí, las de Santa Catalina; las que 
tiende al anillo del celeste Esposo, y que son la 
perfección de la belleza en una cosa ya tan bella 
como una bella mano de dama!" 

Me acordé de la medalla de Santa Catalina que 
posee Solar de Fierro, y, asociando memorias, me 
avergoncé de haber pensado un día que se puede 
hacer un cuadro con la Recolección de la patata. 
Me desprecio, me desprecio; pequé, pequé... ¡Ven- 
gan vírgenes de talle largo, vengan paladines, re- 
nazca próximo á sus fuentes el sentimiento, el ro- 
manticismo aristocrático y medioeval! Sí, señora; 
todo esto quiere decir que me voy volviendo ro- 
mántico, que me saltan dentro manantiales que ig- 
noraba, y que si por casualidad, hace dos años, me 
pongo á trabajar en Madrid, con el espíritu de un 
fauno brutal dentro de mi cuerpo y guiando mi 
mano inexperta, loh! iah! ¡nada, que yerro la vo- 
cación! 



Gante.— ¡Ultima carta! Es decir, última carta de 
este viaje. Porque retorno á París en busca de cosas 
innobles y prosaicas, el alpiste, el gabán de in- 



Í62 



E. PARDO BA2ÁN 



viemo.— Aquí ya Limsoe y yo estamos arrecidos, 
aunque nos abriga el fuego de nuestras mágicas 
ilusiones.— Y heñios arrostrado la emoción supre- 
ma... ¿Suprema por qué? ¡Justamente esto no se 
razona! Limsoe lo reconoce... á pesar de su chifla- 
dura, que en parte me ha pegado. 

Si no fuese que hemos remontado la corriente 
del arte, que subimos de los holandeses relativa- 
mente recientes hasta los inventores de la pintura, 
y que, por lo tanto, nos cumplía ver á Memling an- 
tes que á Van Eyck, era justo haber guardado la 
apoteosis final para este Memling, que es el puro 
entre los puros, el serafín. Él es quien ha convertido 
á Eva la contaminada en Beatriz la celestial. En 
Van Eyck se encuentran mujeres hembras, lo horri- 
ble del sexo, mientras Memling sólo nos presenta 
princesas Delgadinas como las del romance popu- 
lar, azucenas entreabiertas sobre tallos que ninguna 
mano tocó...— Así poco más ó menos razona Lim- 
soe. Juntos entramos en la catedral, San Bavón... 
El sacristán, agitando su clásico manojo de llaves, 
nos guia de aquí para allí, no nos perdona varias 
capilliías, nos fuerza á tragar los Crayer y los Van 
der Meer... Mi sueco me da al codo, me hace gui- 
ños y señales de impaciencia y de protesta contra 
obtusidad semejante. Por fin nos permite el sacris 
(después de hacérnoslo desear bien) acercamos á lo 
único que buscamos, el tríptico titulado El Cordero 
Místico. 

Por el trecho que media entre el hotel y la cate- 
dral, Limsoe me había explicado detenidamente 
muchas noticias de este tríptico (que es fácil que 



LA QUIMERA 



463 



usted sepa también, á menos que las haya olvidado 
de puro sabidas). En primer lugar, el capricho vio- 
lento que inspiró á Felipe II (lo cual no deja de ex- 
trañarme, porque debemos suponer que si Felipe lí 
tuviese tal antojo, no dejaría de satisfacerlo); los 
peligros que corrió de arder ó hacerse astillas; cómo 
lo escondieron, porque un Emperador se escanda- 
lizaba de la desnudez simiaca del Adán y la Eva; 
cómo es ya difícil saber lo que allí resta de la labor 
de los hermanos, porque, al menos, dos paineles 
consta que no son los originales... Después de todos 
estos antecedentes, que debieron prevenirme en 
contra de la obra de los Van Eyck, apenas me paro 
ante ella, quedo en un estado de arrobamiento, que 
ahora conozco que no me ha causado ninguna otra 
creación artística. 

¿Es que pretendo que sea lo mejor de cuanto he 
visto? No. Probablemente es que está, en este mo- 
mento, más relacionado con mi sensibilidad espe- 
cial, en que tan singular transformación viene pro- 
duciéndose. Habrá que explicarlo así; si no, no se 
explicaría. 

Desde luego se trata de una obra maestra; eso no 
se discute; pero, además, es la obra maestra de 
este momento de mi vida... 

¿Qué pasa en mí?, dirá usted. Sería á veces do- 
blemente curioso verse á sí mismo, verse en plenitud 
de sentimiento, que ver á Van Eyck ni á Franz ííals. 

Bueno; el caso es que me he puesto como loco 
ante El Cordero Místico. Fox supuesto, que sólo 
hicimos caso del painel central todo de la mano de 
Juan Van Eyck. 



464 



É. i 3 ARDO BA2ÁK 



¿Cómo se lo describiría á usted?, porque aquí no 
valen ilustraciones ni monos fantásticos. De esta 
clase de pintura no se puede decir que esté bien ó 
mal dibujada, que sea ó no preferible su colorido á 
su diseño... Diseño y colorido son inseparables y no 
podrían modificarse en un ápice, dada la perfecta y 
sublime unidad de la intención del artista. 

Es preciso no callar nada. Si se ríe usted... mejor; 
ríase cuanto quiera; no me enojo. Figúrese que el 
sueco y yo, que estábamos de pie y cogidos ma- 
quinalmente del brazo, trocamos una mirada, nos 
entendimos, y muy poquito á poco, sin soltarnos, 
arrastrándome él y yo cediendo, doblamos las rodi- 
llas, y así de hinojos sobre la tarima del altar nos 
estuvimos un cuarto de hora, veinte minutos. No 
sentíamos lo incómodo de la postura, y devorába- 
mos con la alzada vista el cuadro. Nos lo quería- 
mos meter más allá de los ojos y los sentidos. Nos 
apretábamos las manos de tiempo en tiempo, fur- 
tivamente. 

Y la del sueco tenia corea, y sus ojos eran un 
lago verde, en que había el misterio de las aguas 
dormidas, pero electrizadas... — Vamos, ya escribo 
como en el manicomio. Todo se pega, y las suges- 
tiones artísticas, en mí, hallan un sujeto admirable. 
—Sin embargo, no fué allí donde nos comunica- 
mos mejor y nos convencimos del cambio de nues- 
tro sér. Fué de noche, después de comer juntos por 
vez postrera, con la efusión de afectividad que tiae 
consigo la certidumbre de que dos personas no han 
de volver á verse hasta sabe Dios, á lo sumo des- 
pués de mucho tiempo, cuando ya el placer de es- 



LA QUIMERA 



465 



tar juntos se haya disipados sin culpa de nadie, por 
la ley de las cosas... 

— ¡Pero qué divino!— exclamaba el escandinavo. 
—Cierre los ojos. ¿Lo ve usted bien? Ya no es el 
fondo de oro de los bizantinos: he ahí el arranque, 
la iniciativa de los Van Eyck, relacionada con sus 
nuevos procedimientos de pintura, y que la hizo 
humana, sin quitarle lo celestial. ¿Ha visto usted 
aquel campo virgen, aquella primaveral vegetación, 
que es la misma de las campiñas de Flandes, y que 
el artista reprodujo tallo por tallo y salpicó de in- 
numerables florecillas que parecen también vírge- 
nes, impregnadas de un rocío tan puro? 

—Sí, lo estoy viendo y lo veré toda mi vida* 
Aquella ciudad que se percibe en último término... 

— La Jerusalén celeste— responde el sueco, per- 
dida su mirada en el vacio,— la Jerusalén celeste, 
patria de las almas. Ese cuadro, entre sus condicio- 
nes asombrosas, cuenta la de ser cifra perfectísima 
de un todo, de una ley universal, y es superior á la 
Divina Comedia (que tiene igual asunto), porque 
mucho más sintéticamente, sin las crudezas de mal 
gusto y la brutalidad pasional del Infierno, nos 
presenta esa ley: la concepción religiosa íntegra. 
Encierra la revelación y la redención, la Iglesia mi- 
litante y la triunfante, y para producirnos la emo- 
ción más honda no necesita recurrir á ningún ele- 
mento dramático bastardo, sino á la simbólica en 
toda su noble serenidad y hermosura. 

—¡Y de qué manera está hecho!— -exclamé.— 
¡Con qué prolijidad sin pesadez están pintadas 
aquellas hierbas mullidas, bien olientes, los bos- 



466 



E. FARDO BAZÁN 



quetes de rosales, mirlos y naranjales en ñor, las 
procesiones de figuras, los mártires, las vírgenes, 
con sus ropajes semi-azules, semi-rosados como 
bañados por los reflejos del éter y de la aurora! Y 
las vestiduras que despiden majestad, y las caritas 
llenas de unción de esos personajes espléndidos, 
profetas, patriarcas, apóstoles, papas, obispos, em- 
peradores de leyenda, solitarios y peregrinos, á 
quienes guía San Cristóbal! ¡Y los ángeles soña- 
dos, que hacen guardia á la Fuente de la vida, 
aquel surtidor tan cristalino que cae en un tazón de 
mármol, y al Cordero, al candido Cordero! 

Callamos un momento, incapaces de expresar 
lo inefable con palabras siempre áridas y pobres, y 
el sueco, recobrando primero el uso de la palabra, 
me balbuceó: 

—Voy á confiarle,.. Porque ya nos separamos, y 
en usted he hallado casi un hermano... Yo no habré 
visto en balde correr el líquido sacrosanto que llenó 
el Grial, yo no habré contemplado estérilmente el 
misterio de la Sangre... Y además... Hace tiempo 
que mi conciencia trabaja, que el remordimiento 
de males que causé me lleva hacia Dios, que mi 
corazón reclama alimento, que necesito sentir mu- 
cho, deshacerme, abrasarme. E! amor me ahogaba. 
W agner me había despertado; Van Eyck espero 
que me dormirá otra vez en exático sueño. ¡Salgo 
de Gante convertido! ¡Soy católico!... Es decir, lo he 
sido siempre. Lo conozco ahora. Mi ideal estético 
ahí tenía que conducirme. ¡Nos hemos encontrado 
en un momento bien decisivo de mi vida! La de 
usted va á seguir su curso.,., pero este amigo de 



LA QUIMERA 



467 



pocas días le dirige un mego: acuérdese de que la 
belleza no es sino lo profundo y refinado del senti- 
miento, y que la flor de la belleza es... lo que lie- 
mos sentido esta mañana en San Bavón: el éxtasis. 
--¡No encanalle su pincel, no manche su pensa- 
miento, sea casto, sea sencillo, vuelva al aríe de los 
cuatrocentistas; y si quiere ser libre, véngase á vi- 
vir aquí, entre Memlingy Van Eyck, guardando su 
dignidad, huyendo y renegando del arte si ha de 
servir para reproducir sensaciones comunes al hom- 
bre y al cerdo! No se deje atraer por el cebo de la 
Naturaleza. La Naturaleza no existe; la creamos 
nosotros; la Naturaleza no es digna de atraer nues- 
tras miradas sino en la hora mística de su comu- 
nión con lo sobrenatural, cuando la acaricia el 
soplo del espíritu. ¡La Naturaleza..., yo diría que es 
el gran cadáver del Paraíso, y los gusanos del sen- 
sualismo, rebulléndose, son los que prestan apa- 
riencias de vida á ese vasto cadáver! 

Sobre este tema, el sueco, que á usted de seguro 
no le parece loco, y á mí hay ratos, no crea usted, 
en que tampoco me lo ha parecido, ni mucho me- 
nos, disertó hasta el amanecer —porque el tren que 
á él había de llevarle á Hamburgo para regresar á 
su patria por el Báltico, salía á las cinco de la ma- 
ñana -y nos perdimos en un dédalo de confiden- 
cias y disquisiciones; en fin, vaciamos el alma. 
¡Hablamos también de usted! Cuando se trató de 
correspondencia, Limsoe dijo: 

— No estropeemos este recuerdo con cartas en 
que va resfriándose la amistad entre protestas y 
mentiras. ¡Démonos un abrazo... y hasta el cielo! 



468 



E. PARDO BA2ÁN 



Le abracé conmovido. No lo estaba menos el 
neófito. 

Momentos después el tren arrancaba, y desapa- 
recía aquel extrañísimo periodista, en busca de sí 
mismo, hacia los nuevos horizontes de su sensibi- 
lidad. 

Yo, después de dormir hasta las tres de la tarde» 
salgo hoy rumbo á París. Ya le contaré á usted mis 
triunfos, mis glorias... es decir, mis pobres retratos, 
y mi lucha, y lo que detrás viniere. ¡Allá os quedáis, 
encantados vergeles de la pintura, Rembrandt enig- 
mático, Franz Hals, dueño de los secretos, Rubens 
imperial, Memling celeste! [Allá te quedas, alférez 
abanderado, todo vestido de plata, todo viviente, 
como cuando enviabas besos á los balcones! ¡Allá 
os quedáis, fantasmas de la Ronda nocturna, gra- 
ves síndicos, meditabundos doctores que anatomi- 
záis un cuerpo muerto! ¡Allá te quedas, Cordero 
Místico! Adjunta una fotografía... ¿Pero quién foto- 
grafía la beatitud? 

El hombre que va á cruzar la frontera francesa 
—diré reproduciendo unas palabras de Limsoe~=-no 
es el mismo que la ha pasado con dirección á Bru- 
selas, hace próximamente dos semanas... 



V 



PARÍS 

Apenas quitado el polvo, tomado alimento, Silvio 
se dirigió á la residencia de la Porcel. Encontró cara 
de palo. La señora, algo indispuesta desde su re- 
greso, apenas recibía. Ya avisaría al señor cuando 
la fuese posible dejarse ver. 

Silvio entonces, alarmado, se encaminó á la gar- 
zonera de Valdivia, muy próxima al hotel de su 
enemiga y señora. Tampoco el brasileño se encon- 
traba visible. Conferenciaba en aquel momento con 
su doctor, y nadie podía distraerle. Ya avisaría..., 
etcétera. 

Lago volvió á su hospedaje con las orejas gachas. 
No sabiendo qué hacer, escribió á Espina un billete 
suplicante y mimoso, de paso que la remitía el con- 
sabido retrato de las rosas, que, encajonado, había 
permanecido hasta entonces en poder del autor. El 
billete era un quejido, una deprecación; todo lo que 
pueden ser los renglones en que un hombre pone 
su esperanza. No se atrevía á mentar el proyecto de 
exhibición del retrato; pero lo anheloso del estilo, 
las reticencias tristes, eran sobrado elocuentes. 

Respondió al punto Espina. "Se encontraba ma- 
lucha; sin embargo, no tardaría en avisar á sus 



K. PARDO BAZÁN 



amigos para que admirasen un retrato muy bello, 
que dentro de poco, si las cosas continúan así, ya 
no se parecerá al original, habiendo que escribir 
debajo: Esta fué Espina... Á la primer racha de me- 
joría, exhibición; y entonces pódré tener el gusto de 
ver á usted, y que me cuente sus excursiones por 
Holanda, y sus aventuras, que no le habrán falta- 
do... ¿Ha ido usted con alguna madrileña?" 

Silvio temió que tan campechana misiva disfra- 
zase una moratoria; duró cinco dias la aprensión; á 
la mañana del sexto, otro billetito, esta vez muy la- 
cónico, le hizo saltar. Se reducía á una invitación. 
"Esta noche, á las diez, taza de té y exhibición de 
retrato". 

El día corrió, como corren igualmente todos; los 
que pensamos empujar á la sima del tiempo con la 
violencia del deseo, y los que quisiéramos eterni- 
zar... y la noche vino, como viene sin falta para el 
día y para el hombre. Silvio sentía impulsos de 
danzar su acostumbrada danza inglesa, al punto de 
dar á un cochero las señas de la morada de Espina 
Porcel; al mismo tiempo estaba rendido; no había 
parado desde que recibió el billete, parte por nece- 
sidad de comprar varias cosillas, parte por entrete- 
ner su fiebre ele impaciencia. Creía ya pasada la 
barra de París, aseguradas subsistencia y fama na- 
ciente. 

Al salir del hotel, acababa de acicalarse despacio. 
Bien ajustado el talle por el frac; el pecho bombea- 
do por la pechera de nieve; el pelo bonito, cenizoso, 
en calculado desorden, con arreglos de peluquero 
que no quitaban el gracioso desgaire natural; los 



LÁ QUIMERA 



471 



ojos cambiantes, brilladores y radiosos de alegría; 
todo su cuerpo confitado en limpieza y perfumes 
del baño largo; las manos claras, pulidas; la blan- 
cura de la corbata haciendo resaltar la fresca pali- 
dez juvenil del semblante, y el reflejo de los dientes 
entre el bigote semidorado,— tenia la apostura de 
un triunfador, cuya exterioridad comenta y confir- 
aa la leyenda de sus obras. Á pesar de la impacien- 
cia, se había retrasado á propósito, para no hacer 
figura desairada madrugando. 

Á la puerta del palacete de Espina, divisó Silvio 
—buen agüero —una hilera de coches blasonados, 
en espera. Eran, en su mayor parte, de esas berlinitas 
egoístas, donde la parisiense, que corretea sola al 
través de la Metrópoli, halla modo de acomodar 
sus bártulos, el espejo donde se mira para arreglar 
un rizo, el reloj con funda de plata, que asegura la 
exactitud á pesar del ajetreo, el frasco de sales para 
el desvanecimiento, el tarjetero y el catálogo de vi- 
sitas y señas... Silvio reconoció el coche y el blasón 
de la condesa de los Pirineos, que había visto á la 
puerta de Faquín. 

Indefinible aprensión ie sa3teó á este recuerdo 
ingrato. Subió aceleradamente los peldaños de ónix 
que conducen al vestíbulo, dejó su cibrigo, entró en 
el salón bajo, que comunica por un extremo con la 
galería de las porcelanas, por el fondo con el jardín 
de invierno, y se encontró cogido en un remolino 
de gente, sin poder avanzar. 

Casi estaba atestado aquel salón,— no muy gran- 
de, como no lo era ninguna habitación en la resi- 
dencia de ia Porcel, é idealmente puesto á estilo mo- 



472 



E. PARDO BA2ÁN 



dernista, con verdaderos primores de decoración y 
mobiliario.— Aunque Silvio no conociese á la in- 
mensa mayoría de los concurrentes, su sagacidad y 
lo observado en Madrid le dijeron que era la re- 
unión lucida y ele alto fuste. Había allí señoras del 
castizo arrabal, alguna celebridad masculina de las 
que mejor decoran, bellezas profesionales, estrellas 
del tonismo, figuras salientes de la colonia espa- 
ñola, con la Embajadora á la cabeza, hartos galan- 
cetes, sportsmen, agregados, hombres de caballo y 
club, diplomáticos, primates de la banca y algún 
periodista de la prensa diaria. Se esperaba á la In- 
fanta, de paso por París, y sobre la hipótesis de su 
venida, que no se juzgaba segura, ni mucho menos, 
giraban las conversaciones. Silvio sorprendió al 
vuelo dos ó tres. "¡Del autor del retrato — pensó 
enojado — no habla nadie; sólo se ocupan de la 
Alteza...!" 

Al pronto, no vió á la dueña de la casa. Consi- 
guió deslizarse entre los grupos, cada vez más com- 
pactos, que obstruían la puerta por curiosidad de 
no perder la problemática entrada de la Infanta, y 
logró divisar á Espina, asediada de gente, envuelta 
en homenajes y almíbares. Al pronto dudó si era 
ella: tal marca de padecimiento había impreso 
aquel corto plazo de dos meses en el espiritual 
semblante, mucho más joven que su edad. Al ob- 
servar el estrago del mal en la fisonomía de la Por- 
cel, Silvio notó que se conmovía, cosa inexplicable, 
pues no creía experimentar por ella nada que se 
asemejase á ternura, sino al contrario; pero hay en 
nosotros un ser, y aun varios seres, instintivos, que 



LA QUIMERA 



473 



nuestro sér reflexivo ignora hasta que salen de las 
umbrías de la selva interior.— Si hilamos delgado 
en nuestros sentires, locos nos volveremos.— Silvio 
acaso se ablandaba, porque había aprendido en su 
reciente viaje á cultivar la emoción, y porque, ade- 
más, no habiendo creído las quejas escritas de la 
Porcel, tenía delante de los ojos su fundamento. 
Mentalmente, repitió la frase de Valdivia: "¡Pobre 
María! ¡Pobre enferma! 4 *' 

Mucho, sin embargo, disimulaba los destrozos de 
la morfina, el artificio maravilloso para adornarse 
y componerse de aquella idólatra de lo artificial 
El tocador de la Porcel, su modistería, encubrían 
—para quien no conociese tan á fondo como Silvio, 
por pericia de retratista, y por haberlos contemplado 
horas enteras, empapándose de ellos, los linca- 
mientos de las facciones y las luces y matideces 
del cutis,— la huella del envenenamiento. Vestía la 
Porcel con más originalidad que nunca: su traje era 
como formado de una nube de pétalos de flor, flor 
de gasa, con transparencia de seda plateada de- 
bajo. Cada pétalo llevaba cosido, al desgaire, un 
diamantito, y flecos desiguales de diamantes for- 
maban el corpiño y se desataban sobre los hom- 
bros. La cola del vestido parecía un copo de fina 
humareda, entre la cual nieva el almendro su flora- 
ción y juega el rocío. Sobre el escote, las sartas, ce- 
rradas con el extraordinario rubí. Silvio pensaba en 
el estigma, en la hinchazón negra. Todo el mundo 
ensalzaba á la Porcel: la toilette era un sueño. Y las 
señoras, en voz baja, se decían que era preciso sor- 
prender, cuando Espina se moviese, sus zapatitos 



Í14 



K. FARDO BAZÁN 



de tisú de plata, con hebilla de diamantes y rubíes, 
—un hechizo.— Era la fuerza de Espina, su autori- 
dad en el mundo— aquella intensidad de elegan- 
cia.- Silvio maniobraba con objeto de llegar hasta 
la señora, cuando le detuvo un conocido, e! viz- 
conde de Lenzano, español muy aficionado al arte, 
que solía pasar temporadas en París. 

—¿No sabe usted?— díjole. — Esta mañana tuve 
un mal rato... He visitado al pobre Vierge... 

— ¿Urrabieta Vierge?— exclamó Silvio con inte- 
rés.- ¡Qué gran dibujante! Es un genio. He visto de 
él cosas que hay que quitarse no digo el sombrero, 
sino el cráneo. 

- --¡Y qué desdicha la suya!— murmuró el vizcon- 
de, arrastrando á Silvio hacia un rincón, para mejor 
desahogar, pues sufría depresión y la aliviaba co- 
municándola. — ¿Usted ya estará enterado?... 

—No sé de Vierge sino que es un dibujante co- 
losal. 

— Sí, pero figúreselo usted paralítico. Sólo traba- 
ja con la mano izquierda. ¡Paralitico, incurable! ¡Y 
si al menos le hubiese acometido el mal en la ve- 
jez! Pero no: era un muchacho, treinta años, cuando 
despertó así una mañana. Precisamente soñaba el 
hombre con subir (no sé si es subir) del lápiz al 
pincel; iba á ilustrar una edición de Gil Blas que 
le pagaban espléndidamente, y con ese dinero y 
algo ahorrado, se prometía hacer lo que se le anto- 
jase, realizar sus ideales... Vea usted en que mo- 
mento cayó sobre él la enfermedad. ¡Qué vida la 
nuestra! —añadió, como si dijese cosa muy pro- 
funda. 



175 



Silvio, aterrado, calló. Sonábale aquella historia 
dolorosa á eco de su historia. El sueño de Vierge, 
el suyo, la Quimera de todos. Al revolver del cami- 
no, como en las estampas de Alberto Durero, la Es- 
queletada con su segur. 

Por un instante se absorbió en sombría medita- 
ción, abatiendo el vuelo y abismando el alma. En- 
tretanto, la gente susurraba, chismorreaba, algunas 
señoras se retiraban, como desdeñosas; la Alteza no 
venía, resueltamente. La mejor señal de que ya no 
se contaba con ella—si alguna vez se había conta- 
do—era que la dueña de la casa empezaba á lle- 
varse á ¡a gente hacia la estufa y el comedor, sin 
preocuparse de abandonar el salón. ¡Fiesta man- 
quee! 

Convencidos de la decepción los invitados, las 
conversaciones tomaban otro giro: la palabra "re- 
trato" zumbaba, repetida en el aire. Á Silvio se le 
enfriaron las manos un poco; el corazón le dió un 
vuelco. Estaban enseñando su obra, y la gente, 
alrededor, hablaba de ella. Su aguda percepción 
ie dijo que, bajo la admiración convencional de los 
salones, era la indiferencia, era cierto hastio, lo que 
se difundía por el concurso, — en gran parte al me- 
nos.— Los inteligentes movían la cabeza; Lenzano, 
que había desaparecido un momento, retornó ceji- 
junto. Varias señoras, sin embargo, se extasiaban. — 
"¡Qué traje! ¡Qué delicioso buen gusto! ¡Qué habi- 
lidad la de ese hombre!"— Y Silvio, clavado al sue- 
lo, temeroso de romper el encanto. Era, por otra 
parte, natural; de suyo se caía que la Porcel viniese 
á buscarle, le llevase ante la obra. Su actitud llamó 



476 



K. PARDO BAZÁN 



la atención á la condesa de los Pirineos, la cual, 
del brazo del Embajador de España, volvía en aquel 
momento de la estufa, murmurando: "Dejo sitio, la 
gente se agolpa allí". Al divisar á Silvio, hizo cor- 
tesía al diplomático, y exclamó: 

—Permítame; hablaré un instante con uno de sus 
compatriotas, artista á quien conozco... 

El diplomático se alejó discretamente, inclinán- 
dose. Silvio, halagado por la iniciativa de la gran 
señora, sin contenerse, preguntó: 

—¿Se dignaría usted decirme, Condesa, qué opi- 
na del retrato? 

—¿Pero no lo ha visto usted aún, señor Lago?— 
respondió algo evasivamente la dama. 

—¡Figúrese usted si lo he visto! Demasiado qui- 
zás. Pero cuando se expone, el juicio de personas 
como usted... 

—¡Oh!— murmuró la dama— Usted me adula. No 
soy inteligente, nada de eso. Por otra parte, mi cri- 
terio disiente poco del de la mayoría. Los inteligen- 
tes verdaderos se muestran reservados, y hasta me 
parece que severos; yo, sencillamente, no me embe- 
leso, pero creo que es un bonito mueble, una pintu- 
ra agradable. Por otra parle, hace tiempo oigo decir 
que el artista desciende. Á mí, su colorido siempre 
me pareció algo falso... 

La cara de Silvio debió de expresar tal extrañeza, 
tal aturdimiento, tal imposibilidad de comprender 
lo que escuchaba, que la dama, repentinamente, se 
alarmó. 

—¿Que tiene usted? — murmuró, inquieta y tur- 
bada. 



LA QUIMERA 477 



—¿Pero de qué artista habla usted, señora?— bal- 
buceó él. 

—¿De qué artista he de hablar? Del autor del re- 
trato que acaba de enseñarme Espina ahí en la es- 
tufa: del señor Marbley. 

—¿El retrato que exhiben es del señor Marbley? 
—barbotó Lago.— ¿Está usted segura? ¿No hay 
mala inteligencia? 

—¡Dios mío!— afirmó la Condesa. — Vengo de 
verlo. ¿Qué mala inteligencia quiere usted que 
haya? ¿Qué sucede para que usted se extrañe 
así? 

—Es para enloquecer — tartamudeaba él — ¡Es 
para dudar de que uno existe! Señora, perdone us- 
ted; voy á cerciorarme... 

—No —exclamó la Condesa, rompiendo á pesar 
suyo la valla de aristocrática reserva, arrastrada por 
Ja simpatía y acaso un poco por la femenil curiosi- 
dad. — No se precipite; ofrézcame el brazo.,. Vamos 
juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácil- 
mente... ( 

Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo 
por entre los grupos se dirigieron á la estufa. La 
Pirineos sentía el temblequeo del brazo de Silvio, 
enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín 
de invierno, donde Espina había conseguido reunir 
plantas muy extrañas, las que prefería. Una luz ru- 
bia, que hacía brillar las hojas bruñidas de los pan- 
danos y las hojas peludas de las dioneas, doraba 
las estatuillas de alabastro, que artísticamente colo- 
cadas se entronizaban sobre el follaje. Sus frías car- 
nes adquirían un acaramelado de vida. La techum- 



478 



E. PARDO BAZÁN 



bre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes 
y diáfanos, que se creía estar al aire libre. En ios 
ángulos manaban fuentecillas, y se escuchaba su 
goteo, entre Jos revuelos del vibrante vals que toca- 
ba la orquesta de zíngaros, invisible en el lumadero 
inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra re- 
gada. El vapor—ya en París empezaba á sentirse 
frío —mantenía dulce temperatura. En el centro de la 
estufa, alrededor de un caballete dorado que era 
una filigrana de talla atrevida, modernista, se agol- 
paba el gentío, tapando la pintura. La Condesa, sin 
soltar al artista, se insinuó, hizo cuña con su perso- 
na prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de 
Espina, obra de Marbley, en efecto,— ¡y tantol Obra 
limada, lamida, resobada, de colorido acromado, 
con antipáticas pretensiones de originalidad supre- 
ma. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de 
una especie de arco iris; un traje estilo Fuller; algo 
que, tratado por mano maestra, hubiera sido estu- 
dio interesante; y su pelo áureo, exageradamente 
flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sa- 
jorna, una especie de aureola solar. El retrato era 
estudiadamente bonito, y sin embargo afeaba á Es- 
pina. Pero en aquel momento no importaban á Sil- 
vio tales pormenores; lo que le espantaba, lo que le 
dejaba petrificado, era la perfidia, era el escarnio, 
era la revelación de un odio tan diamantino, bajo 
un disimulo tan maquiavélico. 

— ¡Inconcebible!~-murmuraba.~~ ¡Inconcebible! - 
Y no sabía más que repetir la palabra mecánica- 
mente. 

— Señor Lago — insinuó la Condesa, — veo que no 



479 



está usted bien. No conviene que se pare aquí. Va- 
monos á la galería... 

Tiró de él, literalmente, y ie condujo á Sa galería 
de las porcelanas, casi solitaria, que tenía puerta de 
salida al jardinetc. Nadie se acercaba allí, donde 
más bien hacía frío; Ja gente que había detenida 
principiaba á repartirse entre el salón para dar unas 
vueltas de vals, y el comedor, abierto y servido con 
espléndidos refinamientos. 

Con viveza, con interés, con algo de maternal en 
el gesto, la señora preguntó nuevamente al artista: 

—En fin, ¿qué Je sucede á usted? ¿Puedo tran- 
quilizarle? 

No sé qué tiene esto de la compasión sincera, 
desinteresada, que no sólo no da lugar á descon- 
fianza, sino que suprime en un gesto, en un parpa- 
deo, distancias de clases, océanos de indiferencia. 
Como en casa del modisto, Silvio fué de un impul- 
so hacia Ja gran señora, que en otro impulso iba 
hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La 
dama, por su parte, había olvidado —ella, la misma 
distinción, la misma mesura— lo que podía tener de 
insólito el aparte con un desconocido de quien sólo 
sabía el nombre y la profesión, que no era de su 
sociedad, ni de su círculo. No hay nada más irre- 
gular, entre las irregularidades sociales, que la acti- 
tud de intimidad repentina con alguien llovido del 
cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no 
ciertamente el descrédito, su buena fama era firme, 
pero esa nota de extravagancia que es el principio 
de la desconsideración. Mas por lo mismo que la 
Condesa de los Pirineos no es una mujer de deca- 



480 



E. PARDO BAZÁN 



dencia, que en sus venas corre, con la sangre glo- 
riosa y heroica de los abuelos, algo de sus energías; 
por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de 
su alta situación, — puede infringir alguna vez el có- 
digo mundano. — Legitimista; sobrina de aquellos 
príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes 
el Conde de Chambord trataba como á amigos, en 
cuya casa conservaba recuerdos familiares de María 
Antonieta — la Pirineos experimentaba simpatía es- 
pecial por lo español. España era para ella— como 
lo fué para muchos hasta la pérdida de las colo- 
nias, y como lo es todavía para algunos,— país no- 
ble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas im- 
presiones vagas y difusas pueden encarnar en un 
individuo capaz de infundir algún sentimiento de 
simpatía. 

La dulce y poética figura de Silvio, su evidente 
consternación ante una misteriosa tragedia, provo- 
caron la expansión con que la Condesa, atraída 
también por una curiosidad emocional, insistió, 
protectora, cariñosa: 

— ¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil? 

—Gracias, señora...-- balbuceó Lago. —Iba á salir 
de esta casa, iba á la calle, temeroso de cometer 
un desatino, porque hay cosas que se suben á la 
cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya 
que tiene usted la bondad de preguntarme, diré la 
verdad. Yo vine avisado por Madama Porcel para 
asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de 
un retrato que en Madrid se convino que lo verían 
gentes conocidas que pueden encargar... Llego, y lo 
que se exhibe es otro retrato del señor Marbley... 



LA QUIMERA 



481 



Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín 
de invierno, á fin de convencerme de que no la en- 
gañaba á usted la vista, cuando afirmaba que era 
de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido ridicula 
mi situación en este sarao donde supuse que se 
reunían para ver algo mío, muy malo, muy insig- 
nificante, pero que podía asegurarme la vida en 
París! 

La Pirineos replicó asombrada: 

— Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse 
cosa tan poco leal, tan poco disculpable... ¿Dice us- 
ted que Madama Porcel le ha escrito...? 

Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y ex- 
trajo el último billetito de Espina. La Condesa lo 
tomó aprisa y lo recorrió. 

—Aquí no dice que el retrato sea el de usted... 
Es una invitación como todas... Taza de té y exhi- 
bición... Verdad que en el mío añadía: "Retrato, 
obra de Marbley". 

Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un 
poco y descubrió la otra misiva, la del sobre gris 
con lacre blanco, fechada en el extranjero, y la ten- 
dió á la Condesa. 

— Estoy siendo indiscreta— murmuró ella como á 
pesar suyo; pero no rehusó la carta: la descifró é 
hizo un gesto de desagrado, el que se hace á la 
vista de una lacra física ó una bajeza moral. 

— No dice aquí tampoco expresamente que el be- 
llísimo retrato que va á exhibirse al regreso á París, 
y que ya casi no se parece al original, sea de usted; 
con todo, ya estoy segura. Las precauciones no se 
han olvidado un momento, la premeditación parece 

3* 



4S2 É, PARDO BAZÁK 



evidente. (Miseria! — murmuró hablando consigo 
misma. 

—Sí - confirmó Silvio,— ¡miseria! Es cosa pensada, 
combinada fríamente. Es la segunda parte de la es- 
cenita, por usted, señora, presenciada y reprobada 
en casa del modisto... 

—Siempre hay algo debajo de estas cosas...— 
murmuró la dama. 

Silvio, en medio de su ¡ra y su confusión, con- 
servaba el sentido del gesto artístico, de la bella 
actitud. Su instinto le dictaba lo que era preciso 
decir y hacer para impresionar favorablemente á su 
repentina amiga. Con sencillez de buen gusto pro- 
nunció: 

— Nada que ofenda á Madama Porcel suponga 
usted, Condesa... Caprichos de mujer bonita, anti- 
patías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso me- 
nos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don 
del interés que me está demostrando... 

—Es usted un hidalgo de su patria— declaró 
afectuosamente la señora— Sea cualquiera el mó- 
vil de la conducta de Espina (no profundizo), esto 
no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras! 

— Señora, yo respeto en medio de todo á Mada- 
ma Porcel, pero no creo que tratándose de usted y 
de ella, pueda decirse nosotras. Cuando una dama 
corno usted dice nosotras, debe mirar lo que dice. 

La audacia no desagradó á la Pirineos. Concor- 
daba con sus íntimos sentimientos, con protestas 
frecuentes de su altivez y su decoro ante ciertas 
promiscuidades y transigencias del mundo. Hay 
desplantes que son homenajes, Silvio lo compren- 



LA QUIMERA 



483 



dio al ver que un ligero carmín se extendía por las 
mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite, 
de su ilustre interlocuíora. 

—Acaso tenga usted razón.. .—articuló.— No he 
dejado de pensar... En fin, vamos, vamos; he de po- 
ner en claro esto... Cuando me acerque á Espina, 
desvíese usted un poco... 

Regresaron al jardín de invierno y al salón mo- 
dernista, tratando de realizar el casi imposible de 
conferenciar con la dueña de la casa, sin testigos, 
en medio de una reunión. La gente se retiraba, 
desfilando discretamente algunos; pero otros se en- 
tretenían en despedidas y felicitaciones, preguntan- 
do por qué el maestro no había concurrido á reci- 
bir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las 
transmitiese. Los íntimos, ó que presumen de tales, 
forman á esta hora piña más compacta, y se arri- 
man á la dueña de la casa, para convertir en tertu- 
lia alegre lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, 
sonriente, carenado por la cura termal, en aparien- 
cia el hombre más feliz del mundo, había abando- 
nado el rincón del fumadero, donde se escondía 
desde la llegada de Silvio. Al ver que se acercaba 
la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina que 
trataba de marcharse, pues solía ser de las prime- 
ras en hacerlo; pero lejos de corresponder al movi- 
miento de la Porcel, que tendía la mano para ex- 
presivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, do- 
minando sus nervios. 

—¿Nos ha enseñado usted, ma belle, todo lo que 
se proponía hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal 
informada al creer que nos oculta otro delicioso re- 



484 



E. PAKDO ÜhZÁH 



trato, que á fuer de amiga del Sr. Lago— y con do- 
ble retintín que en casa del modisto, la gran señora 
recalcó la palabra,— ardo en deseos de admirar? 

Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus 
ojos de ágata, que la enfermedad rodeaba de livor 
disimulado por artificios, se fijaron en Silvio, cor- 
tantes. 

—¿Otro retrato?— silabeó.— ¡Ah! Sí, en efecto; 
perdóneme. 

—Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea 
de exhibirlo al mismo tiempo que el del Sr. Mar* 
bley?— insistió la Condesa, que se decía á si misma: 
—"Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan 
demasiado ciertas infamias...* 

—¡Oh!— dejó caer Espina lentamente.— Para ex- 
hibir, para convocarlas á ustedes, tenía que tratarse 
de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un ju- 
guete, una fantasía... 

-Sin embargo— insistió la Condesa,— el señor 
Lago esperaba, fundado en palabras de usted... 

Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplo- 
mo á fuerza de indignación: 

—Ya sabe Lago que se le protege— declaró alta- 
neramente Espina, que, al contrario, se aplomaba, 
recogiéndose para luchar.— No se puede ir tan 
aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará 
de mí... Le he presentado á usted, por ejemplo... Lo 
demás vendrá á su hora... 

— ¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! 
Desearía ver hoy mismo el trabajo del Sr. Lago- 
Esperaré á que la sea fácil complacerme... 

Se habían vaciado casi por completo las están- 



LA QUIMERA 



cias. Quedaba la Villars-Brancas, que solía navegar 
de conserva con la Pirineos, la joven Secretaria de la 
Embajada española, algunos muchachos adorado- 
res y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre 
todo en las barbas, porque era más divertido) de 
Valdivia, y en un rincón, fiel á la consigna, Silvio, 
haciéndose el indiferente, esperando. El brasileño 
se había evaporado; no se le veía. Espina, escudán- 
dose en sus aniñadas versatilidades, rió, y acercán- 
dose á la Pirineos, murmuró condescendiente: 

—Ya que usted se empeña... 

Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa 
á las damas, y todos la siguieron. Silvio dudó un 
momento; al fin, lentamente, echó detrás. Se diri- 
gían al piso de arriba, por la linda escalera que 
arranca de la antesala y que visten tapicerías sim- 
bolistas, ejecutadas expresamente para Espina á 
cartón perdido. 

Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, 
cuyo tapizado de seda desaparece bajo brochado 
de ramas de almendro en flor, y que precede á la 
rotonda y al tocador de Espina. 

Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á 
deshacerse en excusas verbosas. 

—Siento el viaje que les voy á imponer, pero 
como la Condesa desea ver el retrato ahora mis- 
mo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una maña- 
na; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente... 

—Pues ¿dónde lo ha colocado usted?~-~preguntó 
con sarcasmo fino la Pirineos. 

—Es una desgracia... Como no tiene uno ya pul- 
gada de pared disponible... 



486 



E. PARDO BA2ÁN 



Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! 
exasperado de la Condesa y la risa sofocada de los 
galanes. Silvio, desde la puerta, oyó. No había me- 
dio de no reírse. En todo el salón sólo pendían de 
la pared dos diminutos y lindísimos grabados. 

Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosqui- 
lleo en las manos, ganas de hartar de bofetadas á 
los galancetes de la risa... ¿Por qué no se encentra- 
ba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de 
plata, moduló: 

—Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que lle- 
varles á mis habitaciones enteramente particula- 
res... 

! Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se 
tendía y fumaba sobre la meridiana; después al to- 
cador propiamente dicho. La Pirineos murmuró al 
oído de la Villars: 

—¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me 
figura que tendremos que salir de aquí para siem- 
pre. . 

Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habi- 
taciones eran una delicia: no se parecían á ninguna 
otra. Á su despecho, la misma Condesa reconocía 
el gusto de la dueña, su acierto exquisito. 

Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre 
todo al autor del retrato, á Silvio, rezagado, estre- 
mecido, presintiendo ya, sin comprender del todo 
aún. Iba como entre sueños por aquellas habitacio- 
nes que conocía de sobra, y en cuyas paredes bus- 
caba inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no es- 
tando allí?... De pronto, Espina hirió un timbre y 
apareció la doncella de guardia, la midatíta brasi- 



LA QUIMERA 



4S7 



leña que mi! veces le había servido, de la cual 
había deseado hacer un boceto al pastel Espina 
ordenó, en voz aguda: 
—Bclairez... 

Y franqueada la puerta interior del tocador, se 
vió, al fulgir de las luces eléctricas, una especie de 
ropero, una de esas habitaciones útiles, cubierta de 
armarios de barnizada y sólida madera, y en un 
rincón, medio tapado por los armarios que proyec- 
taban sombra, entre una fotografía de jockey y un 
calendario —evidentemente el museo de la donce- 
lla,— el encantador pastel primaveral, el busto de 
Espina surgiendo del ideal boscaje de rosas, al pa- 
recer recién cortadas. Hubo un instante de embara- 
zoso silencio. La intención despreciativa que seme- 
jante colocación revelaba era patente. Habfa allí 
mofa, bofetón. Nadie sabía qué actitud tomar. Al 
fin, uno de los galancetes rompió á reír, y los demás 
le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó, 
dominando la explosión burlona, 

—La felicito y la doy el pésame— articuló conte- 
niéndose para mejor asestar el golpe. — La felicito, 
por tener tan hechicero retrato; y la doy el pésame, 
por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos 
podemos verlo, sin arriesgarnos á que nos tache 
usted de excesiva confianza. Deploro haberla teni- 
do... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo 
inestimable. Señor Lago— añadió volviéndose hacia 
Silvio, más blanco que enyesada pared,— no cono- 
cía su trabajo. Si la señora Porcel lucha con la difi- 
cultad de no tener sitio en su hotel moderno para 
una obra maestra, yo me alegraría de enriquecer 



488 



E. PARDO BAZÁN 



con ella el viejo palacio de los Pirineos, ó mi casti- 
llo de Alome, que estoy restaurando. Y si usted, 
señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, 
yo no por eso renuncio á poseer un retrato hecho 
por el señor Lago. No soy un modelo tan brillante, 
pero el arte lo vence todo. 

Y con un movimiento de "gran aire", de altivez 
soberana velada en cortesía, la Pirineos tomó el 
brazo del artista, esbozó una ligera inclinación á la 
Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de 
las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la es- 
calera "digna de un zapato de raso", saliendo direc- 
tamente al vestíbulo. Allí dijo á Silvio, con quien 
no había cruzado palabra hasta entonces: 

— Hágame el favor de pedir mi abrigo. 

Mientras el artista transmitía la orden, en su 
cabeza sentía como un estrépito de galera; sus 
arterias saltaban. La excitación nerviosa se des- 
bordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su 
alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se 
asombraba, no de la malignidad de Espina, sino de 
que aquella malignidad la hubiese él saboreado un 
día como extraño confite, y la hubiese tenido por 
signo de elevación en las categorías humanas. Es 
de las cosas menos lógicas, pero más usuales, que 
el desarrollo natural de un carácter que conocemos 
nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. 
Admitimos complacidos, bromeando, un bribón 
teórico, una bribona abstracta, y empieza la indig- 
nación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora 
le parecía á Silvio que lo verdaderamente distingui- 
do y raro es la bondad, la justicia, la cólera contra 



LA QUIMERA 



felones y miserables.— Se recreaba en la majestad 
de una gran señora, que era buena, tres veces 
buena. 

Cuando la ayudaba á subir ai coche, alzó hacia 
ella el rostro, y la Condesa vió que los ojos del artis- 
ta estaban vidriados por un velo de humedad. 

—Niño, niño...— murmuró dulcemente.— Seréne- 
se usted... Esto pasó... Aquí tiene mi tarjeta para 
que sepa mis señas. Me encontrará, excepto los jue- 
ves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle 
á mis amigas. Confio en que retratos no le han de 
faltar. 

Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y 
enternecimiento, la besase la mano con unción, lo 
mismo que en casa del modisto, la Pirineos, firme 
en su preocupación del español creyente é hidalgo, 
añadió: 

—Estamos en una triste época; y al ver lo que 
hacemos las mujeres de nuestra justa altivez, no 
debemos extrañar lo que hacen los hombres de la 
suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor 
en lo sucesivo mis relaciones, y las conoceré, no 
sólo por la apariencia dorada y la vanidad frivola, 
sino por lo que no puede engañar, por su origen y 
sus antecedentes... Usted es extranjero, de un país 
noble, heroico. No crea que este tipo de mujer se 
parecía al de la aristocracia francesa. 

Tomó de los fuelles de piel de su berlina el car* 
net donde apuntaba sus visitas, y buscando rápida* 
mente el nombre de la Porcel, lo rayó con un rasgo 
enérgico del lapicerito de oro. 

—Adiós, hasta lo más pronto posible- añadió 



4fiO 



E» PARDO BAZÁN 



entre una sonrisa y un saludo de la mano; y para 
dar fin á la escena, ordenó al lacayo: 
— IÁ casa! 

Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de 
un gozo y de una esperanza que le movían á alzar 
Jos ojos hacia el firmamento, alto, estrellado y frío, 
con ese gesto que hacemos involuntariamente para 
referir nuestras grandes emociones á algo mayor 
que ellas, á lo verdaderamente inmenso, á lo que 
nos envuelve y protege con su magnitud— La hela- 
da, que parecía descender de la majestuosa bóveda 
salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la 
sensación glacial que recorrió sus venas y sus hue- 
sos se enlazó con la idea vagamente religiosa que 
descendía de los astros, de las constelaciones ra- 
diantes. 



ALBORADA 

Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo cla- 
ro de las acacias en flor, Minia Dumbría no acaba- 
ba de resolverse á abrir el correo, y seguía enfras- 
cada en un libróte, cuya portada rezaba:—i4njros 
Divina.— Nuestra Señora de los Ojos grandes— El 
correo la producía fastidio, con los diarios que 
inunda la contradictoria información telegráfica, 
con las revistas también inficionadas de noticieris- 
mo intelectual, con el epistolario aburguesado por 
las postales; y siempre vaciaba, antes de sufrir el 
chaparrón de papel. 

Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera 
de podar y su navaja de injertar. 

—Tienes ahí exclamó— una carta de Silvio 
Lago. ¿Por qué no la abres? 

—¡Verdad!— respondió la compositora.— Y ya no 
está en Busot. El timbre es de Madrid. 

Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa le- 
tra rasgueada, dibujada, que es la letra de tantos 
pintores. 

—No ha mejorado— advirtió Minia.— Cansancio, 
sudores copiosos, inapetencia, destemplanza... En 
Busot debió de ser alta la fiebre.., Dice que de no« 



402 



E. PARDO BAZÁN 



che sostenía animados diálogos con la caja de ceri- 
Has y la palmatoria... Que se batió tres días con una 
paella amotinada en el estómago. ¡Ah! Que nuestro 
Alejandro San Martin le ha visto y le ordena cam- 
po, tranquilidad... Que te pregunte si permites que 
venga á reponerse un poco, antes de emprender el 
regreso á Francia!... 

Preocupación grave se traslució en el rostro de la 
señora, y su mirada, á pesar de la edad tan viva y 
despierta, se ensombreció un momento, cruzándose 
ansiosa con la de su hija. 

Las dos miradas expresaban un convencimiento 
igual. Minia fué la primera á formularlo. 

—Viene á morir. 

Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. 
Otros años, en el mes de Mayo, habían tenido que 
usar pieles; pero en aquél, la primavera vestía de 
gala, el aire parecía entibiado por un hálito de 
amor. Los tapetes verde manzana de la hierba se 
mostraban salpicados de ranúnculos, cicutas y prí- 
mulas silvestres; las locas gramíneas alzaban sus 
airones y desparramaban su lluvia menuda de mos- 
tacilla temblante sobre invisibles hilos; las biz- 
nagas extendían su blanca umbela; las primeras 
mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, 
revoloteaban nadando en un céfiro benigno, que 
las mecía con halago; y la vida inquieta, rebosante, 
de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de la 
vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del 
surtidor, que recae emperlando de rechazo las hojas 
carnosas, duras, de las últimas camelias. — Minia 
contempla un instante el jardín» el prado» sobre cuya 



LA OUíMEÜA 



493 



linde los rosales en lujosa floración tienden guirnal- 
das Luis XV. Y, pensativa, repite despacio: 

—Viene á morir... ¿Qué le respondo? 

La baronesa, en un arranque, grita: 

—Que venga... Que nos avise, para esperarle en 
la estación con el coche... Y el lunes, á Marineda, á 
comprar mantas nuevas... Voy á enterarme de si 
hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden 
ropa... 



Silvio llegó como diez dias después. En el andén 
le aguardaban muy preocupadas las señoras; sa* 
bían que ningún criado acompañaba al enfermo, y 
temían que viniese destrozado de tan largo y mo- 
lesto viaje. No se engañaban. Para saltar del coche 
hubo que auxiliarle, que suspenderle. No le soste- 
nían las piernas. En cambio, Bobita se disparó de 
la perrera como demente, con brincos de alimaña 
fantástica, con rugientes ladridos, y arrastrando al 
criado que la asía por la gramalla. 

En el cesto, que corría por ancha carretera ha- 
cia las Torres, á la claridad franca del día despeja* 
do, Minia examinó al artista con esa avidez curiosa 
que despiertan las faces humanas donde buscamos 
la impronta del postrer sello. Aun descontando la 
fatiga, la ofensa del polvo y de las partículas de 
carbón sobre la tez, todavía asustaba la cara de 
Lago. 



494 



E. PARDO BA2ÁN 



Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa 
de viaje, sus orejas de cera se despegaban y trans- 
parentaban la luz solar. Sus ojos, cercados de livor, 
mazados, tenían en la pupila esa transparencia 
acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la 
rapidez de las combustiones que, desnutriendo el 
organismo, determinan la consunción. 

Para disimular, Minia charló, chanceó. Al pronto 
Silvio respondía animado; luego pareció abatirse. 
Enmudecieron. Á una revuelta, el artista preguntó; 

—¿Llegaremos pronto? 

—En seguida — afirmó la baronesa, mintiendo 
piadosamente.— ¿Qué, no conoce el -camino? Me- 
dia legua faltará. 

—Es que no veo la hora de estar en Alborada... 
Allí en seguida voy á ponerme bueno. 

—¡En seguida!*.. Es decir, á los pocos días... Le 
daremos cosas muy sanas, muy rica leche. Ya le 
tengo un pellón de manteca fresca, de la que !e 
gusta. Y pollito asado, lirpas y mariscos. 

Silvio sonrió con placer pueril. 

— ¡Es lo único que necesito! Comer mucho, y co- 
sas que me sienten. Lo que yo tengo no es más 
que eso: la picara inapetencia, y, de ahí, la debili- 
dad; ¡pero qué debilidad, Minia! No puede usted 
figurarse. Una desesperación. ¡Ahora que me falta- 
ban manos para tanto retrato como en e! otoño me 
saldría en París! 

— No hable usted mucho; cuidado — advirtió 
Minia. 

Involuntariamente se palpó la falda, hacia donde 
caía el bolsillo. Acordábase de que en él llevaba 



LA QUIMERA 495 



una caria de Alejandro San Martín, el cual, ha- 
biendo reconocido á Silvio, hablaba de pulmón 
atacado ya, de tuberculosis difusa* 

—Va usted á ser juicioso, á dejarse cuidar— 
agregó la baronesa. 

—Sí— asintió él;— pero no me ha de embutir us- 
ted con el atacador... ¿eh? Comeré de lo que se me 
antoje, la cantidad que quiera. Y mejor si no me en- 
teran antes del menú. Estoy muy caprichoso... ¿Se 
acuerda usted de cuando yo decía que ía felicidad 
es una buena digestión? 

Calló, y dejó caer la cabeza, dando señales de 
desfallecer. La baronesa ordenó al cochero: 

—¡Arrea! ¡Aprisa! 

Restalló la fusta, trotó largo el tronco, y un gra- 
nujilla de la aldea, que iba agarrado al juego tra* 
sero sin que le viesen, rodó al polvo, mientras otros 
de su calaña, que diableaban en la cuneta, chilla- 
ban á coro con entonaciones burlescas: 

—¡Tralla atrás! ¡Tralla atrás! 

Silvio, confortado, sonrió. 

— ¡Cómo conozco todo esto! Aquí, y sólo aquí, ¿lo 
oyen ustedes?, está la vida. 

Revolvían ya por el provincial que entre pinares 
y labradíos conduce á Alborada, paisaje más cam- 
pestre, no profanado aún por la promiscuidad de 
tabernas y tenduchos que festonean el real. Desde 
que nos acercamos á Alborada hay más soledad, 
más rusticidad; huele á trementina, á madreselva, á 
lejanas brisas salitrosas, á fiemo de vaca. Se corta 
la cinta de villas, casuchas, molinos, tapias, prolon- 
gación de los arrabales de la floreciente Marineda, 



E. PARDO BA2ÁN 



y entramos en la región aldeana, en la Marina rural 
El aroma resinoso de los pinos que brotan su tierna 
ramalla encantó á Silvio. 

— ¡Qué fresco tan delicioso!— murmuró.— En Ali- 
cante y Madrid, el calor me agobiaba. ¡Sudar siem- 
pre! ¡Derretirse! 

Habían pasado ante quintas antiguas, ante otra 
de enverjado moderno; y á la nueva revuelta sur- 
gieron las blancas Torres, caladas por ventanales 
atrevidos, dominando el valle, resaltando sobre un 
fondo de arbolado sombrío, denso, sin límites visi- 
bles de murallas. 

Minutos después Silvio descendía del coche en el 
patio. Su habitación estaba preparada, su cama he- 
cha. Propusiéronle que se acostase sin tardanza; se 
avino, y del brazo de un criado antiguo destinado 
a servirle, subió las escaleras casi exánime. Pero 
encontró agua templada, jabón, toallas; el servi- 
dor abrió la maleta y le sacó ropa limpia, le cepilló 
la de paño; y aseado, reanimado, quiso bajar, cruzó 
el atrio de la capilla, y por su pie se acercó á la 
mesa de piedra. 

En vez de las sillas de hierro le trajeron una bu- 
taca ancha y cómoda, y se dejó caer en ella, rendi- 
do pero entusiasmado. 

Ansiosamente contempló el panorama. La tarde 
caía; el crepúsculo iba á ser interminable. Era difícil 
explicar en qué se notaba que el día tocaba á su 
fin; acaso en que la claridad era mansa, como en* 
languidecida, velada por misterioso tul que no po- 
día llamarse sombra. Todo reposaba tranquilo. El 
poniente se esmaltaba de nácares deliciosos, como 



LA QUIMERA 



497 



los de las auroras. Los montes lejanos, la ría que 
engañaba fingiendo un lago cerrado por anfiteatro 
de colinas, se teñían de matices armoniosos fundi- 
dos suavemente, de pastel pasado. Bajo la terraza, 
las madreselvas y las grandes daturas venenosas 
aromaban intensas. El humo de las cabañas flotaba 
inmóvil en la paz del cielo y del suelo. Y, de lo alto 
de las acacias, llovían con regularidad, acompasa- 
damente, las blancas florecitas, aljofarando la are- 
na, y se creería que su descenso era una cadencia 
musical, un ritmo de melancolía. El lucero empe- 
zaba á ser visible. De la parroquial de Monegro 
vino el toque de oración. 

Silvio alzó la cabeza transportado. 

—No quisiera ahora haber salido nunca de aquí. 
¡Cuando pienso que me había jurado no poner los 
pies en Alborada hasta ser célebre! 

—No piense ahora en eso... Descanse... Lo que 
tiene usted será agotamiento, Silvio— advirtió la 
compositora. — Ha sufrido usted mil ansiedades,' ha 
padecido mil privaciones, y eso destruye... 

— ¡Ah!... Ya sé que esto no es de cuidado...— 
murmuró él lleno de optimismo. — Pero ¡qué con- 
trariedad! ¡Qué desbarate de planes! Ahora debía 
yo encontrarme en el estudio de Dagnan Bouveret, 
ó en el castillo de la Condesa de los Pirineos, pin- 
tando un techo para el gran salón... Y ipreso! ¡pre- 
so!— añadió, olvidándose de los himnos antes en- 
tonados á Alborada. 

Miraron hacia el camino: por él cruzaban figuri- 
llas pintorescas. Eran, traveseando, pegándose, los 
niños de la Escuela de {as Hijas de la Caridad, fun- 



498 



E. FARDO BAZÁN 



dación hecha por una vieja ricacha; era un cura de 
aldea, de sombrerón de fieltro, caballero en un ro- 
cín; era un inmenso carro de ramalla que atascaba 
el anchor de la carretera; era una pescadora de 
Areal, de retorno, con su patela ya vacía. Y cuando 
se despobló el camino, cuando dejó de pasar gente 
y se extinguió el chirriar de los carros, exclamó 
Silvio: 

—Sale la luna... ¡Tengo frío! 

Se recogieron á casa. Silvio, los primeros días, 
mejoró visiblemente. Una persona inexperta hubie- 
se podido creer que la tuberculosis se batía en re- 
tirada. El júbilo de recobrar unos asomos de fuerza 
hacía que el artista cantase ditirambos al campo, á 
la existencia sin agitaciones, á la ubérrima abun- 
dancia que las Torres ofrecen. Las bellas tardes, 
secas, aromadas, elásticas, del luengo Mayo, se las 
pasaba indolentemente echado entre almohadas, 
ya en la hamaca de cuerda, ya en la butaca de 
persia á floripones, considerando, sin saciarse, los 
juegos de la luz en el panorama extendido frente á 
la terraza, y el espejo azul ó acerado del trozo de 
ría que se columbra á lo lejos, entre el marco de 
felpón de los pinares y los eucaliptus. La paz de 
las cosas recaía sobre su espíritu, y el descanso de 
no tener que pensar en nada material le causaba 
hasta humorísticos transportes. 

Una tarde gritó: 

—-¡Calla! ¡Ahí vienen mis augustos primos! 

Ya llamaba Sendo á la campana de la verja. Su 
frescachona mujer se había parado un poco atrás, 
sosteniendo en equilibrio sobre la cabeza una cesta 



LA QUIMERA 499 



de mimbres, posada en un ruedo de paja y tapada 
con un paño niveo. De su mano derecha colgaba el 
segundo de sus chicos, el que llevaba el nombre de 
Silvio, aunque no fuese su ahijado. El pequeño re- 
sistía un poco el impulso de la mano materna; era 
evidente que entraría contra gusto. 

Abierta la verja, Silvio les miró avanzar por la 
larga calle de magnolias, con un paso medido, ce- 
remonioso. Se acordaba de su llegada á Areal, del 
almuerzo de sardinas saladas á granel y vino pifón, 
y sentía una pena nostálgica, como si aquel recuer- 
do se refiriese á tiempos de gran felicidad, ya des- 
vanecida, imposible de gozar otra vez. Y sin em- 
bargo, entonces estaba en los comienzos de su lu- 
cha, incierto, abandonado, con leve esperanza. En- 
tonces, el ideal hubiese sido lo de ahora... 

La familia penetró en el circuito que sombrean 
las acacias, saludando con premura, insistencia y 
afectado regocijo. Las señoras creyeron deber dejar 
solos á visitadores y visitado. María Pepa no pudo, 
al ver á Silvio de cerca, reprimir un movimiento de 
franca compasión, que le salió á la cara, más que 
nunca trigueña y dorada como el bollo que acaban 
de desenhornar, — mientras Sendo forzaba la nota 
de cordialidad alegre, repitiendo con falsa admira* 
ción: 

—¡Estás muy gordo! ¡Estás más gordo que antes! 
¡Estás rufo! 

El niño se había ocultado—temeroso de aquella 
faz cérea, de aquella morada de señores,— tras las 
faldas de su madre, y ésta, arrimándole un mo- 
quete, destapaba la cesta, descubriendo bajo el 



500 



E. PARDO &AZÁM 



blanco mantel rudo una empanada decorada con 
jeroglíficos de tirillas de masa, el tradicional dibujo 
que tal vez recuerda un arte primitivo. Olor apeti- 
toso se derramó por el aire. La baronesa llegaba en 
el mismo momento precedida del criado, portador 
de amplia bandeja, y en ella bizcochos, manteca- 
das, una jaría de recién ordeñada leche. 

—Aquí trajimos esta pobreza, porque al primo le 
gustan las sardinas en empanada— declaró Sen- 
do excusándose.— No se ha podido arreglar cosa 
mejor... 

—Huele á gloria— afirmó Silvio, engolosinado 
por capricho súbito. 

—Ahora, mejor será que tomen leche todos — or- 
denó la baronesa,— y este pequeño, que se acer- 
que; darle mantecadas. 

—Aquí, nene—suplicó el artista.— Otro día que 
vengas temprano te he de retratar. Eres rubio y bo- 
nito. Y á usted también, baronesa, la retrato seria- 
mente. Ya estoy deseando trincar los pinceles ó los 
lápices... EnBusot nada he pintado, ni estos últi- 
mos tiempos en Madrid. 

—Pero allá en Madrid y en París de Francia, ¿ga~ 
nabas mucho, verdad? —murmuró como á su pesar 
Sendo. Y desmenuzaba atentamente al primo, bus- 
cando en la ropa señales de la ganancia. 

—Lo que gané se fué volando— respondió él con 
alarde de buen humor.— No creas que vengo millo- 
nario... Eran los dineros del sacristán. 

La baronesa sonreía. Sabía que Silvio, para em- 
prender su viaje, había necesitado que le diese mil 
peseüllas una de sus mejores y más desinteresadas 



LA QUIMERA 50! 

protectoras. Y se representaba las ideas que bullían 
en el cerebro de la pareja artesana, visitada por la 
prosaica, pero dulce Quimera del primo poderoso 
en virtud de aquellos santos y aquellos monifates 
que trazaba sobre el papel, y que (no se sabe la 
razón) valían tantos cuartos y tanta honra. 

El panadero sospechó que su primo "se lloraba", 
ocultaba la riqueza por no compartirla. 

—Luego quiérese decir, que todo lo despabilaste 
¿eh?— murmuró en tono reticente. 

—Todo... ó poco menos— recalcó Silvio.- Pero 
¡no importa! Ahora es cuando voy á ganar...™ Y el 
velo de ilusión cubrió sus verdiazules pupilas.— 
Ahora sí que os prometo que el mayorcito... ó si no 
éste, que es tan guapo... corren de mi cuenta. 

Como en aquel momento se acercase la danesa, 
impetuosa, brincadora, ladradora, dispuesta á sal- 
tarle el cuello á su amo— el niño, aterrado, rompió 
á llorar. 

—¡No quiero!— cuchicheó á su madre.— ¡No quie- 
ro que este señor me lleve! ¡Está difunto! ¡Está di- 
funto! 

La panadera le tapó la boca con su mano recia, 
carnuda. 



Los doctores venidos de Marineda mostráronse 
conformes con el diagnóstico de su ilustre compa- 
ñero de Madrid. Tuberculosis difusa.,. La más gra- 



502 E. PARDO BAZÁN 



ve, la más rebelde... Existía, sin embago, una leve 
diferencia de pronóstico. El doctor Moragas, más 
desengañado, no dejó esperanza alguna. El doctor 
Lemasis todavía fiaba un tanto en el régimen, en el 
descanso, en la sobrealimentación, en los cuidados 
de la baronesa, gran enfermera... 

—Al aire libre todo el día... Las ventanas de su 
aposento, que nunca se cierren... Que coma lo más 
posible, platos nutritivos... Si aumenta de peso, nos 
hemos salvado... Tísico que engorda, tísico que 
cura... La tisis es un fenómeno de desnutrición... 
Huevos, huevos, aves blancas... 

Y empezó en Alborada una época de incesante 
preocupación alimenticia. Pilara, la mayordoma, 
excelente cocinera al estilo sencillo y suculento de 
nuestros abuelos, se consagró á aderezar piperetes 
y golosinas, á variar, evitando el hastío. Salieron á 
relucir los flanes, las natillas, los huevos moles, los 
ladrillados trasudando almíbar, el tocino del cielo, 
las mantequillas, los roscones, las torrijas, las com- 
potas balsámicas, el chantilly con su toque de vai- 
nilla negra sobre el armiño de la crema untuosa. 
El doctor había aconsejado "disfrazar" los huevos 
y los lacticinios. La baronesa en persona vigiló los 
asados y los beefsteacks. Las pescadoras que cru- 
zaban ante el portalón eran llamadas, para que tra- 
jesen en el viaje próximo lo más "vivo" y selecto de 
mariscada y pesca. Silvio, antojadizo, rechazaba la 
mayor parte de los platos; pero á veces se entusias- 
maba con un manjar, y de aquel devoraba ávida- 
mente. Hubo almuerzo en que se le presentaron 
doce ó quince platos diferentes en fuentes diminu- 



503 



tas— pues la comida en cantidad le repugnaba.— 
La baronesa hacía el panegírico. ¡Qué bueno, qué 
sabroso! Que comiese, que comiese; el campo haría 
lo demás... 

Y como en el sillón empezaba á fatigarse, se le 
improvisó una camacatre, mullida, coquetona, con 
colcha de pabellones, para que pasase las horas de 
sol echado en el jardín de la fuente. Lo prefería á 
la terraza ahora, por ser, de los jardines de Albora- 
da, el más florido y alegre en aquella estación. La 
musiquita lenta, cristalina, flébil, corno de manucor- 
dio antiguo, que hacía el surtidor, arrullaba al en- 
fermo, le ayudaba á conciliar un sueño menos fe- 
bril que el de la verdadera cama, donde se liquida- 
ba en sudores mortales. Á ratos, dormitaba; á ratos, 
abría lánguidamente los ojos, y su mirada, infinita- 
mente lacia, se posaba, con destellos de placer, en 
la floración que le rodeaba y que halagaba su siba- 
ritismo, envolviéndole en la embriaguez de los eflu- 
vios primaverales. 



Las tres de la tarde serían. No hacía calor: casi 
nunca lo hace en Alborada: una brisa deliciosa- 
mente húmeda abanica siempre á las celestes Ma- 
riñas. Silvio, adormilado, despertó, porque el aire, 
cargado de penetrante perfume de azucenas y de 
gotitas microscópicas arrancadas al surtidor, acaba- 
ba de acariciarle las macilentas sienes. Medio se 



£04 



E. PARDO BA2ÁÑ 



incorporó, suspirando.— Minia estaba allí, en una 
mecedora. 

—¿Por qué se ha vestido usted de un color tan 
obscuro?— refunfuñó el artista. 

Tenía esta exigencia: que el traje de las mujeres 
fuese claro, delicado, y de última moda. 

—¿Pero á usted qué le importa cómo me he ves- 
tido?— protestó ella riendo.— Ahora iré á ponerme 
el traje de batista perla con entredoses, ya que le da 
á usted por ahí... Figúrese que vengo de dirigir á 
los picapedreros y se llena uno de arena y de ba- 
rro... Pero le comprendo á usted bien. El jardín, con 
este océano de azucenas en flor, está muy artístico, 
y usted no quiere nada que descomponga el cua- 
dro... La casualidad se lo va á completar. Mire 
usted... 

—¡Qué hermoso! —no pudo menos de exclamar 
el pintor. 

Por las calles tortuosas, bajo el arco de tupida 
yedra, asomaba un grupo de tres monjitas. Eran las 
Hermanas de la Escuela, cuyo edificio se divisa 
desde toda la posesión de Alborada. Vestían su 
humilde traje, rematado por las tocas, que envuel- 
ven en sombra y calma el rostro; pero una de las 
hermanas se diferenciaba de las demás en extraños 
detalles de su atavío. Silvio creyó soñar, al ver 
sobre el pecho de la monja, al lado izquierdo, un 
ramo de azahar de cera, y sobre su cabeza una co- 
rona de flores hierática y rígida, alta como las de 
las imágenes del siglo xvn. La carita oval, pequeña, 
de una infancia de líneas, digna del pincel de un 
primitivo, la iluminaba la pasión y la radiación de 



505 



dos ojos negros, murillescos, melados. Un júbilo 
candoroso, apenas reprimido, se leía en ellos, en la 
boca bermeja, en la frente reducida, hecha para 
la aureola de la toca; y al divisar á Silvio, la pie- 
dad sustituyó á aquella enajenación de triunfo. 

— ¿Es el enfermito? —preguntó.— ¡Qué jovencito! 
¡Pobre! 

Y las dos monjas acompañantes de la desposada, 
más expertas, se apresuraron á decir: 

- ¡Pero ya está muy repuesto!... ¡Ya parece otro! 

—Es sor Margarita, la parvulista, que ha profesa- 
do esta mañana— explicó Minia. -Hoy está de no- 
via; celebra sus bodas. 

—De novia está servidora, por cierto -repitió la 
Cándida voz juvenil. 

—Refrescaremos luego — advirtió Minia. — Sor 
Margarita, siéntese junto al enfermo, para que la 
vea. 

—¡Nuestra Señora le sane!— deseó fervorosamen- 
te la desposada. 

—¿Por qué la llaman á usted parvulista?— pre- 
guntó Silvio á sor Margarita. 

—Porque servidora es la que enseña á los peque- 
ñitos— contestó la monja.— Los pequeñitos, los pár- 
vulos... 

Hablaba de los niños con inflexiones muy suaves. 
Bajaba los ojos, ruborosa. Silvio la contemplaba, y 
veía temblar sus negras, pobladas pestañas, sobre 
la mejilla sonrosada, de una tersura maciza de ca- 
pullo. Y, detrás de sor Margarita, las azucenas for- 
maban semicírculo, como el fondo de una página 
de misal. Las había muy abiertas; otras no desabro- 



505 



K» PARDO BAZÁN 



chaban aún, escondiendo en su seno de perla pe* 
rallada el oro de sus pistilos. Silvio no se acordaba 
del mal. Absorto en el hechizo de aquella acuarela 
-—la monjita, con su corona hierática y su ramo de 
azahar sobre el pecho, rodeada de las flores inaria- 
ñas, envuelta en el perfume de sus incensarios mís- 
ticos,- -no pensaba en otra cosa. Entre el canto del 
agua del surtidor — no menos pura, no menos musi- 
cal,— escuchaba un acento que repetía: 

.—¡Nuestra Señora le sane! iLe dé lo que más 
necesite! Por el día en que estamos se lo he de 
pedir... 

Dos horas después, Silvio secreteaba á Minia: 
—¿No cree usted que la monjita ha de pensar 
algo en mí, al quedarse sola, aunque no quiera? 

Minia sonrió de la fatuidad candorosa del artista... 
Lo que había exclamado sor Margarita al salir del 
jardín era esto: 

— ¿Se dispondrá? ¿Le ocurrirá cuidar de su alma? 
[Dichoso él entonces! 
Y las dos monjas mayores repitieron: 
—¡Dichoso él entonces! Y se va á quedar como 
un pajarito, á la hora menos pensada... 
Preocupado aún, Silvio murmuraba: 
—¡Qué mona es esa esposa... sin esposo! 
—¿Sin esposo? — repitió Minia. —De las mujeres 
que conoce usted, ¿es ésta la que está sin esposo? 
Piense en las demás... en sus amigas... ¿Es tener 
esposo tener ai lado un señor de bastón y gabán? 
La parvulista tiene esposo; vive por él, con él. 
Acuérdese usted de lo que me escribió desde Ho- 
landa, cuando pudo usted contemplar el Cordero 



LA QUIMERA 



507 



Místico... Hay una verdad, una verdad que no está 
en el barro, ni en la fisiología.., 

Y el artista, riente como niño que olvida sus 
miedos, aprobó: 

—Está tal vez en Jas azucenas... 

—Está de fijo en las azucenas— confirmó Minia. 
- Todo lo demás es bien deleznable. 

—Parece una niña la parvulista—observó Silvio. 

—Joven es, pero no tanto como representa; su 
inocencia le sirve de infancia. iSi supiese usted á 
qué trabajo se dedica! Toda su enseñanza es de 
viva voz. Hay días en que se acuesta despedazada, 
hecha trizas la laringe. 

- Contraerá una tisis— pronunció Silvio, apiada- 
do, sin reflexionar. Y Minia, asombrada de la ironía 
de las cosas humanas, de aquel moribundo vatici- 
nando á un sér todavía sano su mal mismo, suspiro. 

—No suelen llegar á viejas estas parvulistas... 
— dijo.— Sor Margarita, hoy, era una rosa entre- 
abierta, pero á diario está muy pálida, consumida. 
Quiere de un modo infinito á los pequeños, y aun- 
que hagan mil trastadas, no los castiga jamás. Ma- 
dre es, madre entrañable... No diga usted lo con- 
trario. 

—Lo que digo es que quisiera retratarla, sobre 
esta línea de azucenas, con su corona de flores y su 
azahar sobre el corazón. [Qué hermosa es la pri- 
mavera, Minia! ¿Cree usted que se dejará retratar 
la monja? 

—¡Estoy segura de que la superiora no se lo per- 
mite!... 



508 



E* jPAKDO BAÉÁN 



La sacudida se prolongaba en los nervios de Sil- 
vio. Llamaradas breves de arte, de gloria, encen- 
dían su diaria calentura. Habiendo comido un poco 
mejor, reposado algo, recibido la benéfica influen- 
cia del renuevo, de la germinación y expansión de 
la naturaleza, esperanzas, impaciencias, llama- 
mientos de lo exterior le soliviantaron.— Y una ma- 
ñana, al rechazar la bandeja con la copa de leche 
vacía, susurró al oído de la baronesa: 

— ¡Estoy mejor!... ¡Estoy mucho mejor!... He re- 
suelto empezar á pintar, iré por ahí, tomaré apun- 
tes de paisajes- 
Nadie le contradijo. Levantado al otro día más 
temprano que de costumbre, afeitado, aseado, gal- 
vanizado, dijérase que, en efecto, recobraba la sa- 
lud por instantes. En la sala del piano, donde acos- 
tumbraban pasar la velada, sobre anchurosa mesa 
antigua, de caoba lustrada por el uso, dispuso el 
artista que se colocasen y extendiesen los chirim- 
bolos del oficio. De todo había traído en abundan- 
cia: rollos de papel, cajas de lápices, lienzo impri- 
mado, pinceles, tubos de color; la baronesa sumi- 
nistró el caballete. Domingo, el criado que atendía 
al artista enfermo, sin repugnancias n¡ aprensiones 
de contagio, acudió solícito á evitarle la fatiga, á 
arreglar y limpiar tanta menudencia. Mientras el 
servidor frotaba, ordenaba, dejaba la paleta libre de 
cazcarrias de color seco, reluciente de aceite, como 
bruñida, Silvio, desde su sillón, seguía las operacio- 
nes con ansia, pareciéndole que se tardaba mucho 
en terminar. Sobre un tablero extendieron el papel 
gris y lo sujetaron con chinches: Silvio no sabía si 



LA 0U1MEEA 



empezar por un pastel ó un óleo, y también en lar- 
go bastidor le clavaron lienzo... Cuando todo estu- 
vo corriente, formado, en orden los pinceles, las 
brochas, las buretas, el frasquito del barniz secante, 
á buena distancia del caballete, levantóse Silvio, 
rechazó la manta con que la baronesa'le había cu- 
bierto las piernas, como siempre,— y á paso vaci- 
lante se acercó á la mesa, exprimió color de los tu- 
bos, encajó el pulgar izquierdo en la paleta, agarró 
el tiento, un puñado de pinceles... Quería "man- 
char" cualquier cosa...— De repente un vértigo le 
cubrió de sombra las pupilas, una mano de bronce 
le cayó sobre el pecho: era la palma de un gigante 
obscuro, que había entrado por la abierta ventana, 
y que, del manotón le arrancaba paleta, pinceles, 
todo... Y desvanecido, Silvio soltó los instrumentos, 
y recayó en el sillón, gesticulando insensatamente. 
Sobrevino el ataque de nervios, anunciado por el 
primero de los rugidos estertorosos que habían de 
llegar á ser forma usual y aterradora de su queja... 

Desde aquel momento, los trebejos de pintar 
desaparecieron; el artista no volvió á reclamarlos, 
no porqué se hubiese penetrado de la verdad tre- 
menda, sino porque sus fuerzas decaían, y entraba 
en ese período en que el enfermo no atiende sino á 
sufrir. No era su lenta agonía la extinción suave, 
insensible, de la vida del pájaro, que habían pre- 
dicho las monjas; entre todas las formas del mal, 
había tocado en suerte á Silvio la más cruel. Su 
enfermedad empezaba á ascender hacia la cabeza. 
Por momentos, las alucinaciones de Busot volvían, 
pero no humorísticas, sino terribles, delatoras de 



510 & PARDO BA2ÁN 



que un instinto misterioso anuncia siempre á nues- 
tra sensibilidad lo que la razón impotente y torpe 
se resiste á ver. Mientras Silvio creía, despierto, que 
recobraría la salud, dormido el alma le avisaba, 
profética, con graznidos de ave sepulcral 

Sobre todas las demás sensaciones angustiosas, 
percibía una, casi intolerable: la cíe la disociación. 
—Silvio, que tanto había aspirado á sobrevivirse 
afirmando su individualidad victoriosa, sentía va- 
gamente disolverse los elementos que la compo- 
nían. — Era sin duda el trabajo sordo, obscuro, de la 
enfermedad en su cerebro, desbaratando esa traba- 
zón de las percepciones en que se basa la unidad 
de la conciencia; era el soplo del mal, haciendo 
oscilar la luz, columpiándola antes ele extinguirla, 
dispersándola en el vacío. Silvio, como artista y 
sensitivo afinado y refinado, había reconocido 
siempre poderosamente la identidad de su sér; pero 
al presente, horas enteras, bañado en viscoso su- 
dor, molidos los huesos por 3a prolongada estancia 
en el lecho, invadida la cabeza por las colonias mi- 
crobianas, perdía la noción de su realidad, se sen- 
tía hundido, anegado en la naturaleza enemiga, en 
la dañina materia. Era una percepción sorda y con- 
fusa del aniquilamiento de lo único que nos sos- 
tiene y escuda contra el empuje de las fuerzas des- 
integradoras: del yo, esa enérgica reacción de un 
individuo contra lo que no es él.— Y, alzando la 
húmeda y descolorida frente, Silvio repetía con la 
dolorosa sonrisa de los martirizados: 

—¿Sabe usted, baronesa, que esta noche soñé 
que era hierba, y que me pastaban los bueyes? 



LÁ QUIMERA 



511 



—La hierba es una cosa muy bonita— contestó la 
baronesa afectando buen humor —Justamente hoy 
el día está magnífico, y usted se va á poner elegan- 
te y se va á sentar en la terraza, sentadito, ¿eh?, no 
tendido en la cama, sino sentado, porque es usted 
muy comodón, y acaba por perder fuerzas... Ya ins- 
talado allí, tranquilo, verá la labor de la hierba, que 
es preciosa... 

Cumplióse el programa. Silvio, alentado por la 
dulzura aterciopelada del aire, y en una de esas ra- 
chas de leve mejoría que traen á los enfermos de 
muerte repentino engreimiento, se vistió, se acicaló, 
calzó las elegantes botas inglesas que gastaba en el 
castillo de Alome. Y con su presunción de niño, 
murmuró, pavoneándose: 

—Me he arreglado como si estuviese en el mar 
noir de la Condesa de los Pirineos. 

Minia, algo picada, preguntó, con la tolerancia 
que se otorga á los enfermos: 

— ¿Hay una toilette para sus grandes amigas de 
Francia, y otra para las de España? 

Silvio, en vez de responder, tomó la mano de 
Minia, y la besó. El amistoso reproche era fundado, 
y el artista, en su ingenuidad, se acusaba muchas 
veces de cierto esnobismo. 

—Mis grandes amigas de Francia— murmuró ~ 
acaso no serían capaces de sufrir mis chinchorrerías 
de enfermo... Soy un tonto, ya lo sé. 

—Ya lo sabemos...— articuló riendo la composito- 
ra.— Ea, basta de etiquetas, y vamos á ver la corta de 
la hierba, que es una sonatina pastoral encantadora. 

Salieron, apoyado Silvio en el brazo, todavía tan 



512 



E. PARDO BAZÁK 



fuerte, de la baronesa. Costábale trabajo andar; 
arrastraba los pies como un viejo; se cansaba, se 
detenía. Sin embargo, vencida la cuestecilla entre 
el patio y la terraza, respiró un poco mejor, dilató 
con delicia las fosas nasales. Era que acababa de 
inundarlas la bocanada del perfume más idílico: el 
de la hierba, no recién cortada (que entonces no 
embalsama), sino ya medio seca por el sol encima 
del mismo prado, y removida para voltearla. 

En efecto, esta era la labor. A distancia, el prado, 
cubierto de hierba extendida, en vez de su color 
verde tenía tonos de plata tostada, sedeña; y sobre 
el fondo de esta cosecha impregnada de sol, trase- 
gándola con los horcados, nadando, en ella, las mo- 
zas, de refajo grana y pañuelos amarillos, trabaja- 
ban entre risas y canciones. Era imposible concebir 
cuadro más atractivo. 

Se habían elegido por volteadoras rapazas ani- 
ñadas aún, de rubia trenza, de pies menudos, ági- 
les dentro del zueco ó del grueso zapato; y cum- 
plían su tarea jugando, desafiándose á arrojar más 
arriba la desflecada plata de la hierba. 

Alrededor del prado gallardeaban las rosas en 
flor, y en el horizonte, el bosque de castaños tendía 
un tapiz de verdura honda y reciente, sobre el azul 
del cielo lavado y vivo como una acuarela. Silvio 
se extasió desde su butaca. Experimentaba esa im- 
presión de calma y seguridad que produce una re- 
sidencia como Alborada, cuando la animan las la- 
bores campestres. El perfume de la hierba le em- 
briagaba. Y la gran poesía de todo aquello, la for- 
muló con la más vulgar incongruencia, 



LA QUIMERA 513 

—¿No le dan á usted envidia algunas veces los 
jumentos? — preguntó á Minia. 

—Mil veces. No habría cosa más simpática que 
poder soltar la razón, depositándola en una cajita 
bien cerrada, para recogerla cuando á uno se le an- 
tojase. Nuestra tortura viene del cerebro. Las sen- 
saciones plácidas del asnillo en el prado nos ali- 
viarían. ¡Porque, verdaderamente, Silvio, ni aun el 
sueño nos reposa! Entre sueños, se activa la vida 
ilusoria, toman cuerpo las ilusiones, y se sufre tam- 
bién. 

— Entre sueños— aprobó Silvio— es precisamente 
cuando se me ocurren á mí cosas estupendas, y me 
traigo una batalla de desatinos, que se disfrazan de 
concepciones sublimes. Entre sueños pinto cosas 
magníficas, y con facilidad asombrosa creo obras 
maestras. Y las veo, las veo concluidas, radiantes... 
Entre sueños también lucho con endriagos, fantas- 
mas y visiones que me destrozan... ¡El sueño! So- 
bre todo desde que enfermé, el sueño no me res- 
taura: me aplana ó me excita. 

La parte soñadora de nosotros mismos debe de 
ser la que sueña, y la que nos restauraría sería la 
animal, y más aún la vegetativa, el tranquilo cum- 
plimiento de funciones puramente naturales... Por 
esto envidiamos al jumento cuando se hunde entre 
los mullidos tablares del prado. 

—¡Qué bien me hace el olor de la hierba!— de- 
claró el artista. Y en efecto, los tres ó cuatro días 
que duró la labor, la mejoría de Silvio pareció sos- 
tenerse. No era sino un alto en la enfermedad, cosa 
frecuente en estos males de consunción; pero bas- 

33 



514 



H. PARDO BA2ÁN 



taba para sostener el optimismo de Silvio, el con- 
vencimiento extraño de que no podía morir. No ca- 
bía en la cabeza del joven la idea del desenlace. 
Las señoras empezaban á pensar con angustia en 
el momento en que la Esqueletada, llamando á la 
puerta con sus secos nudillos, trajese la terrible y 
bienhechora verdad, clavase negro alfiler á la mari- 
posa del alma... 

Minia había oído hablar mil veces del tenaz opti- 
mismo de los tísicos, pero lo creía una de tantas 
leyendas. Al comprobar la realidad del fenómeno 
se admiraba. 

Silvio (tal es la fuerza del instinto que nos apega 
¿i la persistencia de nuestra individualidad) no 
apreciaba su destrucción. Alentado, asistía con goce 
de los sentidos— de la vista, del regalado olfato- 
ai espectáculo interesante. Lánguidamente miraba 
alzar, remover, orear y volcar la hierba, hasta que, 
seca ya por ambas caras, la apilaban en montones 
de oro, inmensas cabezotas rubias, que surgían so- 
bre el fondo raso, de un verde infantil, del pra- 
do afeitado al rape. Con sus horcados iban las mo- 
zas formando las medas, dándoles la primitiva he- 
chura de las hiittes salvajes, moradas del hombre 
cuando abandonó la ,vida troglodítica. Realizaban 
este trabajo con destreza sin igual, con rapidez gra- 
ciosa, siempre jugando, siempre á carcajadas, en 
labor que tiene mucho de recreo para jornaleras 
habituadas al destripe de terrones, al corte y pise 
del espinoso tojo, al empile del estiércol. Y las exci- 
taba además — con prurito de rústica coquetería— el 
que desde la otra terraza, frontera á la fachada prin- 



LA QUIMERA 



515 



cipal, los canteros y picapedreros las miraban á hur- 
tadillas, comentando vigores, robusteces y gallar- 
días anatómicas... Desde las almenas de la torre de 
Levante, que aquellos días estaban acabando de 
coronar, otros obreros, distrayéndose de su peligro- 
so trabajo, también las requebraban, con caranto- 
ñas y burlas. Á medida que la tarde avanzaba, las 
mozas cantaban más despacio y medaban menos: 
la fatiga, el calor, retardaban el movimiento de sus 
brazos y ensordecían las canciones de sus bocas. 
En vez de coplas maliciosas de desafío, entonaban 
un alalalaaá! prolongado con melancolías vesper- 
tinas y cadencias lentas de resignación, de soledad, 
de ausencia y nostalgia. Cuando por casualidad las 
medadoras (en vez de lanzar ojeadas; á los fornidos 
canteros que silbaban tonadillas como para asociar- 
se al canticio) se volvían hacia la terraza, donde 
yacía, recostado, aquel señorito de cara de cera, á 
cuyos pies se tendía un perrazo de pelo color de 
humo,— su voz se volvía más baja, apagada con 
sordina de respeto y compasión. ¿Qué tenía aquel 
señorito, malpocado? ¿Qué le pasaba, que ni andar 
podía, sino sostenido por otros? Ellas sabían por la 
hermana de Pilara, una medadora, que se le guisa- 
ban muchos platos, que de Marineda venía el mé- 
dico á menudo... Y susurraban bajo: "¡Tan nuevo! 
¡Tan mociño y tan galán! ¡Dios lo remedie!" Des- 
pués continuaban erigiendo sus medas provisiona- 
les de oro blanquecino y seda pajiza. La meda de- 
finitiva se constituiría en la era, cuando se llevasen 
la hierba los carros. Vinieron éstos y se reanimó la 
labor, porque en ella tomaban parte ahora mozas y 



516 



E. PARDO BAZÁN 



gañanes, y !os que guiaban el carro dirigían reta- 
doras miradas, desde el hondo prado que surcaban 
las birtas, á los picapedreros y canteros, cuando 
subían las almenas y lanzaban, al izarlas, un 
ahuum penoso, salvaje. Andaban los de la parro- 
quia -los pocos varones que dejaba la emigración, 
—esquinados con los canteritos jóvenes venidos de 
Pontevedra, que se llevaban á las rapazas de calle. 
Y los aldeanos, jactanciosos, erguidos sobre el ca- 
rro, acalcaban la hierba con los pies para cargar de 
una vez gran partida. Silvio encontraba hermosísi- 
ma la escena, deliciosa la nota de color; sobre el 
prado las yugadas de los corpulentos, pachorrentos 
bueyes rojos, los carros célticos, con sus ruedas ma- 
cizas, sus caimas de mimbre negruzco, y desbor- 
dándose de ellas, el rubio colmo de la hierba en- 
cendido por un rayo muriente de sol y el gañán de 
pie sobre el carro, dorada también su figura y re- 
cortada, sobre el cielo... Raudales de poesía bucó- 
lica le brotaban en el alma, y su sentimiento exqui- 
sito le hacía saborear no sólo el cuadro, sino el pla- 
ñidero toque de oración, que suspendía la labor 
campestre. 

— El cuadro es más hermoso, porque es religioso, 
Silvio - observó Minia. 

— Sí—respondió el artista.— Es la nota de Millet. 
No es religioso un cuadro porque represente una 
Virgen ó un Cristo; puede representar eso y ser lo 
más profano del mundo. Y puede representar esto, 
unas medas, unos carros... y si uno supiese tradu- 
cirlo bien-con el pincel, sería no sólo religioso, sino 
místico. 



LA QUIMERA 



517 



—Me agrada que lo comprenda usted... Cada ba- 
rrera de convencionalismo que usted salve le hará 
más artista y más hombre. 

— Parece que se me han caído de los ojos unas 
escamas — declaró Silvio. — Yo antes fui esclavo de 
la naturaleza en su aspecto material. Ahora, sin sa- 
lir de ella misma, encuentro tesoros de emoción. 
¿Se acuerda usted de mi Recolección de la patata? 
Aquello era sencillamente una vulgaridad, un rasgo 
de ordinariez. El asunto, el modo de tratarlo, el co- 
lorido... Compárelo con esto que tenemos delante, 
tan majestuoso, tan sereno... ¡Y pensar que ahora, 
que veo claro lo mejor, se me caen dé las manos 
paleta y pinceles! 

Persuadido, añadió: 

—No moriré de este mal; pero suponga usted, 
por un momento, que muriese... Es aterrador, Mi- 
nia..: ¿Qué quedaba de mi? Cosas que ya no res- 
ponden á mi sentir. Ideas que ya rechazo... Y lo 
vérdaderamente íntimo, lo que he ido descubrien- 
do... ¡eso nadie lo sabría! ¡Eso iría conmigo al otro 
mundo! 

Interrumpióse para escupir su pobre pulmón des- 
hecho, y con rosetas de fiebre en las mejillas, 
agregó: 

—¿Qué diría usted, si en el techo del castillo de 
la Condesa de los Pirineos reprodujese yo la corta 
de la hierba seca en el Pazo de Alborada? 

El último carro se retiraba chirriando, estridente 
y fatídico; el horizonte era violeta; las hojas se es- 
tremecían. 

La baronesa ordenó; 



518 



E. PARDO BAZÁN 



—Va á caer rodo,.. A casa, á la cama los en- 
ferinos.... 



Se inició un periodo aún más angustioso: empezó 
á faltar el aire á Silvio. 

Por momentos respiraba normalmente; pero de 
pronto, la ansiedad se apoderaba de él, y descom- 
puesta la faz, lívidas las mejillas, principiaba á ja- 
dear, á inspirar y espirar con esfuerzo horrible. Un 
día que, sentado á la mesa, entre desganado y en* 
caprichado, picaba con el tenedor blanco filete de 
lenguado fresquísimo, rociado con limón, se levan* 
tó de pronto llevándose las manos á lá garganta, al 
pecho, á las sienes después; se precipitó hacia la 
ventana, abrió la boca en redondo, aspiró locamen* 
te, y como el jadeo de asfixia no cesase, tamba- 
leándose, se arrojó al suelo, tendido cuan largo era. 
No podían las dos señoras, la baronesa muy forzu- 
da, Minia de endebles puños y delgadas muñecas, 
levantarle en vilo, ni aun con auxilio del criado, 
porque Silvio hacías señas desesperadas, lanzaba 
ayes para que le dejasen asi, como un cadáver, 
aplacado al piso. Y daba horror su cuerpo huesu- 
do, largo, sacudido por el jadeo. Al cabo se logró 
acostarle sobre un sofá. La disnea se calmó, deján- 
dole en abatimiento sumo. 

Pesde entonces no tuvo SUyio comida gustosa, y 



LA QUIMERA 



519 



empezó á cerrársele el pico, á repugnarle todo, has- 
ta esos alimentos que crian fibra y sangre. 

Eran el último refugio, el último baluarte de su 
enfermera, los huevos, los sanísimos huevos, blan- 
cos y limpios como capullos, que la baronesa le en- 
señaba recién puestos, calientes aún del cuerpo de 
la gallina, con transparencias rosadas al través de 
la nitidez de fina escayola de su cáscara. Y, estando 
cenando, vió la baronesa que el enfermo movía la 
cabeza, hacía un mohín de repugnancia á la yema 
batida con azúcar y Jerez, y después, que dos lá- 
grimas se deslizaban, lentas, por las mejillas enfla- 
quecidas. 

—¡Me han repugnado!— repetía Silvio con infinito 
desconsuelo.— ¡Se acabó! ¡Me han repugnado defi- 
nitivamente! ¡Mejor comería cualquier asco! ¡Re- 
pugnado, repugnado los huevos! 

La baronesa también sentía la amargura profun- 
da de aquel vulgarísimo y tremendo accidente. ¡Lo 
más nutriti vo, lo que se asimila mejor! ¡Desgracia 
grande! Y ¿qué darle ahora? ¿qué discurrirle? ¡Per- 
dido ya el estómago! ¿Cómo defender la plaza? Era 
la derrota. 

Y se empeñó la lucha con lo imposible... La en- 
fermedad se cebaba en su presa, triunfaba. Los sín- 
tomas eran á cada paso más varios y crueles. Aflic- 
ciones nerviosas, síncopes, desfallecimientos, dolo- 
res de huesos, molimiento infinito... Una noche, á 
las altas horas, la baionesa, que había trasladado 
su dormitorio para debajo del del enfermo, á fin 
de vigilar la asistencia, oyó la voz del criado de 
guardia, que la llamaba con apuro. 



520 



E PARDO BAZÁN 



—El señorito Lago... El señorito Lago... 

La señora saltó de la cama, se envolvió atrope- 
lladamente en una bata, corrió... Silvio parecía ago- 
nizar. Sobre la almohada blanca, su faz era de tie- 
rra amasada con yeso, sus ojos se retraían, su 
nariz se afilaba, su boca se llenaba de sombra lívi- 
da. Mil veces había pensado la baronesa en la lle- 
gada de aquel instante; empero, sintióse aterrada, 
como ante un caso imprevisto. Se precipitó á soste- 
ner la cabeza del artista, inerte. 

— ¡Silvio!— repetía.-— ¿Qué es esto? ¿Qué tiene 
usted? 

Débilmente, en un soplo, Silvio pronunció: 
—Mucho frío... Me hielo... 
La baronesa, rehecha ya, empezó á dictar ór- 
denes. 

—Calentar una manta... Espíritu de vino... Ron... 
Coñac. El calentador... 

Toda la casa se había puesto en pie, con la alar- 
ma. Pilara reavivaba el fuego, sacaba brasas para 
el calentador; el sirviente empapaba en alcohol 
franelas, y friccionaba el cuerpo flaco, devorado 
por la calentura. 

Silvio volvió á suspirar: 

— Tengo frío... Tengo frío... 

Fuera, la noche era espléndida, estrellada. Llega- 
ba el verano con sus caricias y sus vitales soplos. 
La ventana, por orden expresa del médico, debía 
permanecer abierta siempre. Pero la baronesa la 
cerró, bajo la impresión de aquella queja, y dispuso 
calentar por dentro á toda costa. 

A los labios del moribundo acercó una cuchara- 



LA QUIMERA 



521 



da de coñac. Al principio, Silvio apretaba los dien- 
tes y resistía; pero la baronesa le entreabrió la boca 
con el rabo de la cuchara, y deslizó el líquido. Se- 
gún iba cayendo, oloroso y fuerte, y por las venas 
entraba su virtud, el agonizante resucitaba, sus 
ojos se entreabrían, mirando á la baronesa con 
transporte. 

—¡Dios mío!— murmuraba. — ¡Qué congoja he 
pasado! ¡Qué frialdad tan horrible! ¡Qué bueno es 
tener calor! ¡Qué bueno es tener quien le quiera á 
uno! 

Y con efusión de reconocimiento, repitió exten- 
diendo las manos: 

—Sólo los buenos, sólo los buenos... Denme la 
bondad, el abrigo... ¡Me siento tan bien! Me ha sal- 
vado usted, baronesa. ¡Qué trabajo la doy! ¡Qué 
trabajo á todos los de esta casa! 

—Déjese de eso, y duerma... A ver si concilia el 
sueño un poquito... 

Llegaba tarde la advertencia. Silvio acababa de 
aletargarse dulcemente, aturdido por el bienestar. 

Al día siguiente estuvo animado, fué por su pie 
al jardín, tomó leche con gusto (leche de engaño, 
en la cual la baronesa deslizaba la yema de un 
huevo, afirmando que la vaca daba una leche ama- 
rilla, de un color raro, pero sabrosa, muy sabrosa...) 
Y la idea de la muerte, si es que un instante había 
rozado con ala de murciélago su imaginación, des- 
apareció como desaparecen, en cuanto el sol alum- 
bra, los bichos nocturnos y las mariposas átropos, 
que llevan una calavera en el corselete... 

—Es el problema que tenemos aquí— decía Mi- 



522 



E. PARDO BAZÁN 



nia en conversación con el antiguo capellán de la 
casa, bajo los castaños del soto, en la revuelta don- 
de no podían llegar sus palabras á los oídos de na- 
die, — lEs un problema bien extraño! Cuando más 
avanza la muerte, menos cree en ella, menos siente 
la presencia de esa definitiva realidad. 

—No me sorprende— confirmaba el sacerdote— lo 
que usted dice... En mi ejercicio de auxiliar mori- 
bundos he visto que, aunque estén con el estertor, 
muchos no creen llegado su término... Y en esta 
enfermedad, lo que es en ésta... ¡nunca! 

— Decírselo... ¡No hay fuerzas para decir una cosa 
así! Y por otra parte... yo no sé lo que piensa, yo 
no he calado su alma. Es probable que esté petrifi- 
cado en indiferencia absoluta; quizás no cabe en ¿ 
más que su Quimera... ¡Si es así, y se entera de su 
condena á muerte, y ve que se va sin realizar lo 
soñado, se entregará á la desesperación en vez de 
aceptar el consuelo de las horas supremas! 

— Explórele usted— murmuró el sacerdote, que 
había venido desde Marineda con tal fin.— Expló- 
rele; usted le conoce mejor... Yo no acierto... Estos 
artistas ¡son tan diferentes de todo el mundo! Per- 
suádale. 

— ¡Persuadirle!— repitió la compositora. ~ Me fia- 
ría más en un arranque de sentimiento... 

Entró de mañana en el cuarto del enfermo. Este 
no se había levantado aún. Medio incorporado en 
la cama, intentaba escribir, sirviéndole de pupitre 
un elegante portfolio de marroquí inglés, con can- 
toneras de plata— -regalo de Lina Moros.— Sobre la 
cama, andaban esparcidas diez ó doce cortas, cuyo 



LA QUIMERA 



523 



perfume revelaba la procedencia femenina. Algu- 
nas lucían escuditos heráldicos en oro, plata y colo- 
res; otras mostraban, sobre el papel satinado gris, 
un círculo en que se encontraba inscrito el nombre 
en elegantes caracteres. Las formas del papel eran 
originales, y aquella correspondencia daba sensa- 
ción de vida exquisita, de plena hígh Ufe. Era la 
clientela de Silvio, sus amigas momentáneas, las 
de la sonrisa zalamera, las del galanteo ocasional 
y el repentino capricho, las que se encanallaban un 
día, por variar, hartas de lo monótono del amorío 
sin idealidad con los hombres de caballo y club. Y 
Minia, frente á si, en la pared, vió agrupadas, con 
la peculiar gracia de Silvio, con su coquetería de 
arte, fotografías de las corresponsales, en trajes de 
elegancia rebuscada y efectista, escotadas, hacien- 
do resaltar las bellezas de su cuerpo, en la actitud 
y con la sonrisa que más favorece. 

A ellas es á quienes Silvio quería responder, 
asiéndose á aquel interés frivolo, bastardo, como á 
forma palpitante y ardiente de la vida que le aban- 
donaba... Las otras, las protectoras buenas y serias, 
la Condesa de la Palma, la Pirineos, se habían in- 
formado de su salud preguntando extrajudicialmente 
á la baronesa y á Minia. Éstas, las guerrilleras de 
vanidad y amor, acaso ni sabrían que sus cartas 
iban á caer en un lecho mortuorio. 

Silvio empezó a hacer garrapatos; su mano tem- 
blaba; la letra era ininteligible... Sudor penoso 
trasmanaba de su sien. Agachó la cabeza, suspi- 
rando, soltó la pluma, y exclamó lleno de descon- 
suelo; 



524 



E, PANDO BAZÁN 



— Imposible... No acierto á trazar dos renglones. 
No es el pensamiento, es la mano... ¡Ni pintar, ni 
aun escribir! 

Y al cabo de un instante, buscando el engaño de 
la fantasía: 

—Es la debilidad. No es otra cosa. Así que me 
fortalezca un poco... 

-Entretanto — dijo Minia— ¿por qué no olvida 
usted enteramente este aspecto de su vida? No hay 
nada que descanse, que fortalezca, Silvio, como ol- 
vidar. Nuestro sentir es una especie de mosaico, 
que no debemos mirar obstinadamente en sus pe- 
dazos de piedras de colores, sino en su conjunto. 
¿Le importan á usted las monísimas correspon- 
sales? 

—No las tengo ningún cariño... Al contrario... Ya 
sabe usted mi modo de ser... pero se me figura que 
no nos apegamos á la vida por lo que nos infunde 
cariño, sino por lo que nos causa irritación, picor de 
vanidad... ¡Minia! ¡Qué hermoso será vivir, cuando 
me cure y vuelva allá, á realizar mi ensueño de 
siempre! 

Minia callaba. 

— ¿Cree usted que tardaré mucho tiempo en cu- 
rarme? ¡Usted no tiene fe en que yo sane antes del 
invierno! 

— ¡Quién sabe, Silvio!— articuló ella.— Las enfer- 
medades vienen pronto y se van tarde... Escúche- 
me... La enfermedad tiene algo de serio, algo de 
augusto, algo que nos familiariza con lo inmortal 
que existe en nosotros... ¿No piensa usted así? Un 
enfermo es un hombre que momentáneamente re- 



LA QUIMERA 525 

nuncia á vanidades, concupiscencias, flaquezas... 
La existencia de un enfermo es necesariamente 
moral, necesariamente pura... 

—Sin duda mi enfermedad es más antigua de lo 
que creí-respondió él;— porque hace meses me con- 
duzco como un santo... relativo. Al Doctor Moragas 
se lo he dicho, y se hizo cruces. Él creía que, estra- 
gado por los vicios de París... Y á mí lo que me ha 
consumido, lo que me tiene tan débil, es... mis sue- 
ños... ¡mis sueños, Minia! ¡Eso me ha emponzoñado 
las venas! ¡Eso es lo que me devora! 

—No lo dudo... Pero al mismo tiempo... — La mi- 
rada de Minia se fijó de nuevo en la pared; buscó 
las fotografías, las semidesnudeces, las sonrisas arti- 
ficiosas, — el que entrase aquí creería... ¡Si Moragas 
ha visto todo eso! 

Silvio, otra vez abismado en su almohada, hizo 
un gesto de indiferencia suprema. 

— ¡Bah! He puesto eso ahí como podría poner un 
niño un pliego de aleluyas... 

—Pues desdicen esas fotografías de la dignidad, 
de la nitidez de una alcoba de enfermo, Silvio... Ya 
sabe usted que soy franca. 

— Quítelas; haga lo que considere oportuno. 

Minia recogió los retratos, y por un refinamien^ 
to de delicadeza, no quiso guardarlos ni en la ma- 
leta ni en los cajones. Los archivó fuera, en un 
mueble. No se escandalizaba, ni creía que tales re- 
tratos fuesen reprobables, si allí no estuviese un 
hombre sentenciado. El cuarto era capilla. Y, al 
mirar las paredes blancas de cal, desnudas, pensó 
que todavía no era tiempo de traer allí á la Madre, 



526 



K. PAftDO BAZÁN 



A la que los ángeles rodean y las estrellas coronan; 
á la que tiende su mano, húmeda de lágrimas y 
oliente á incienso, á los moribundos. Ya llegaría la 
ocasión.. .—Por ahora bastaba un violetero, un cua- 
drito, un jarrón con rosas blancas. El cuarto per- 
dería su aspecto bohemio, y se purificaría por la 
hermosura de esas rosas que apenas dan olor. 

El camino tenía que ser insinuar el respeto á la 
enfermedad. No se le podría decir á Silvio que se 
acercaba la gran Acreedora... pero sí cercarle de lo 
que inclina á pensar en ella sin sorpresa, sin incre- 
dulidad, sin escepticismo. 

Él experimentaba, no obstante, repulsión á cuan- 
to podía traerle un pensamiento ascético. Su fan- 
tasía, repleta de formas sensibles, se apegaba A 
apariencias, á los ruidos, á los fenómenos de la vida 
terrestre. 

A pretexto de que "podía inspirar un boceto ó 
un cuadro", llevó Minia á Silvio á la sacristía de la 
capilla de Alborada, donde, sobre la cajonería se- 
vera, lisa y sin adornos, bajo un dosel de terciopelo 
granate franjeado de oro, se alza la efigie del Cristo 
del Dolor. Visten al Cristo unas enagüillas de raso 
violeta y lentejuela, y la larga cabellera obscura, 
como enmarañada por sudores de agonía, que vela 
su faz desencajada y los cárdenos labios, la sujeta 
una corona tejida de ramas de espinos de! monte, 
que rodea su frente salpicada de gotas denegridas 
de sangre. La palidez del Divino Rostro se acen- 
túa en ellas, y son aterradoras las melenas al des- 
cender sobre el pecho de saliente costillaje, hasta 
el costado abierto por la lanza. Es la imagen del 



LA QUIMERA 



527 



más ardiente romanticismo; trágica, sugestiva. — 
Dos cirios la alumbraban, y su luz incierta, amari- 
lla como un diamante brasileño, deteniéndose un 
punto en el Rostro, le prestaba apariencia sobrena- 
tural. Silvio se detuvo impresionado. 

—¿Verdad que es hermoso? 

—Me da miedo— suspiró Silvio.— No comprendo 
cómo usted se rodea de estas imágenes recordado- 
ras de los terrores de la muerte. Allí el arco sepul- 
cral, que ya una vez... ¿se acuerda? [Y aquí, este 
Cristo que expira, y que lleva en la peana la lú- 
gubre advocación del Dolor! 

— iDe la muerte no hay que olvidarse nunca! ¡Es 
nuestra compañera fiel... y cuántas veces bienhe- 
chora! 

Y él respondió, refractario: 

— ¡No me quiero morir, no señor, hasta que rea- 
lice algo siquiera! Hasta entonces, vivir á tragos. 
Es preciso que yo sane. ¿Qué hacen esos doctores 
que no me curan? iSi yo supiese que el Cristo...! 

—Su reino no es de este mundo...— sugirió Minia. 

Regresaron de la sacristía por la sala, llena de em- 
betunadas pinturas, lentamente, apoyado Silvio en 
su bastón, casi arrastrándose, apoyado después en el 
brazo rudo del hortelano. Dejóse caer en la butaca, 
para contemplar, según costumbre, la puesta del 
sol. Aquel día era imperial, esplendorosa. Se anun- 
ciaban calor y tormenta, y el sol se reclinaba en 
cúmulos de púrpura, inflamados, acuchillados por 
toques violentos de plombagina, y esclarecidos con 
luces de erupción volcánica, focos que parecen de- 
latar el flamígero lengüeteo de la llama que mbe. 



528 



£. PARDO BAZÁN 



Era de esos ocasos extraños, amenazadores, en que 
el cielo semeja indignado, y que el pincel no puede 
reproducir á no caer en amaneramiento. Silvio se 
complacía en él con el interés que despiertan en el 
campo los aspectos de la Naturaleza, y con la im- 
presión de grandiosidad que en su alma de inspi- 
rado adquirían fácilmente las cosas. El soberano 
espectáculo le hacía olvidar por sorpresa sus do- 
lores; le sustraía momentáneamente á la enferme- 
dad. Los rubíes vivísimos, fluidos, movibles, lison- 
jeaban su sentido de colorista.— Y, de pronto, en 
aquellas nubes ígneas y caprichosas, entre el in- 
cendio del cielo, la fantasía le dibujó una forma, 
destacándose entre las restantes. Era la de una 
alimaña, mezcla de dragón y serpiente, cuyo dorso 
se dentellaba en agudos picos, cuyas fosas nasales 
espurriaban fuego, cuya cola, de retorcidos anillos, 
se tendía azotando el aire y rompiendo las otras 
nubes á su latigazo triunfal. La apariencia reinó 
algunos instantes; pero cuando Silvio quiso ense- 
ñársela á Minia, ya se desvanecía su colosal figura, 
ya su brasero se apagaba... 

Traído de Marineda, llegó entonces el correo. — 
Quiso la baronesa sustraer una esquela de defun- 
ción, que timbraba sello extranjero. Silvio le había 
echado mano y la abría; y su faz, un momento ani- 
mada por la contemplación de un cuadro, se des- 
componía rápidamente... 

Era la esquela mortuoria de doña María de la 
Espina Porcel de Dión, fallecida en Niza, "Villa 
Plaisirs", según participaba interminable cáfila de 
parientes, rogando que se la concediesen oraciones. 



529 



LA QUIMERA 



El artista dejó caer la cabeza sobre el pecho; la es- 
quela rodó al polvo.-— Los pájaros no cantaban en 
las acacias corpulentas. 



—¿La quiso usted mucho? — preguntaba Minia al 
notar el terrible efecto de la nueva que contenía y 
certificaba aquel papel satinado, con estrechísima 
orla negra, encabezado por una cruz, atestado de 
nombres propios. 

Silvio tardó en responder. Parte, por dificultad 
de respiración, y parte, por incertidumbre ante la 
interrogación analítica. 

— No he sabido nunca - pronunció al fin lenta- 
mente—si la quise, si me fué indiferente, si la de- 
testé. De todo habría á ratos. No he sabido si me 
hizo bien ó mal. Era como la vida: que nos hiere, 
que nos despedaza, que nos burla, que nos hace in- 
fames á fuerza de desengaños y de mentiras, pero 
que... ¡es la vida, qué demonio! Y Espina, Espina 
Porcel, era acaso, en el fondo, más artista que yo. 
Despreciaba más lo vulgar; sí, lo despreciaba. Ha 
muerto de su exaltación artística, de su afán de vi- 
vir de un modo refinado y bello, de agotar el ideal. 
Ha muerto de no transigir con las sensaciones co- 
munes y prosaicas. ¡Pobre, pobre María! 

—Según eso, la ha perdonado usted? 

34 



530 



E. PARDO BAZÁN 



—Y qué, ¿voy á odiarla, ahora que es un puñado 
de podredumbre? 

— Tiene usted la feliz instabilidad de los genia- 
les...— advirtió Minia.— Pero no perdone por indife- 
rentismo... Perdone por amor, por sumisión. ¡Rece 
por ella! 

La campana de Monegro rompió á doblar. No 
era el Angelus. Una casualidad: doblaba á muerto 
por algún aldeano que había terminado su jornada, 
soltado el azadón y empezado el reposo. Como en 
la hermosa poesía de Longfellow, el alma respon- 
día al toque de la campana. Silvio percibió una 
mortaja de sombra que le envolvía y lo envolvía 
todo. Era, quizás, efecto de la impresión repentina 
causada por la esquela mortuoria; era, quizás, que 
el obscuro presentimiento de su propia destrucción 
se concretaba al fin. Imposible es trazar línea divi- 
soria entre ciertos estados de alma, fijar el momen- 
to en que á la confianza sustituye la sospecha, al 
respeto el menosprecio, á la esperanza, el desaliento 
absoluto; á la seguridad el terror. ¿Qué había sucedi- 
do para que aquellos toques, en una parroquial de al- 
dea, en otro caso probablemente apreciados por el ar- 
tista como efecto estético, suscitasen entonces en él 
la percepción trágica, honda, no de la muerte, sino 
de algo á que la muerte sirve de pórtico de mármol 
negro? Y todo se transformó á sus ojos, adquirien- 
do la solemnidad que tiene para el reo la capilla 
donde ha de esperar su gran hora. En un instante 
la realidad se traspuso á la otra margen, que el 
agua del trozo de ría, llena de tinieblas, le repre- 
sentaba vivamente. No fué impresión heroica, sino 



LA QUIMERA 



531 



de espanto; de espanto frío, letal. Los árboles, ya 
borrosos, le parecieron fantasmagóricos; la ría, lago 
siniestro donde rema el barquero implacable; la si- 
lueta de las Torres, temerosa, cual si fuese la de uno 
de esos edificios de la Edad Media, cuyas paredes 
ahogaron sollozos y cobijaron dramas; y el toldo 
de las acacias espléndidas, extendido como regio 
pabellón, un manto plomizo, del cual goteaba hu- 
medad de tumba. ¡Morir! ¡Morir también, como Es- 
pina, como la modernista radiante, la de inimitable 
existencia! ¡No ser, desaparecer, reunirse con la Por- 
cel en la macabra alcoba de la tierra húmeda, ó en- 
tre el informe y caótico silencio de los cerrados ni- 
chos! Y el ataque nervioso vino, fulminante. Silvio 
gritó ó más bien aulló su pavor, su adhesión á los 
fantasmas de la realidad, su voluntad terca de no 
sumergirse en el océano sin orillas, de oleaje monó- 
tono y fatal, donde viene á parar todo... 



Fueron días de prueba los que siguieron á aquél. 
El cerebro de Silvio, por momentos, se desorgani- 
zaba, y sólo lo visitaban las alucinaciones del mie- 
do. No asomaba la resignación, ni aun el estoicis- 
mo con que la juventud suele mirar la muerte. ¡Mo- 
rir ya! — balbucía. — Pero ¿no habrá quién me salve? 
¿No habrá quién me tienda la mano?— Y por una 
de esas singulares anomalías patológicas, en el 



532 



E. PARDO BAZÁN 



agudo ataque de pavura, el miedo á morir le hacía 
intentar arrojarse por la ventana, siempre abierta, 
para acabar de una vez. 

Mientras él sufría como un reprobo, la Naturaleza 
desplegaba galas de fiesta nupcial. Había revol- 
tosos enjambres de mariposas y avispas; en la pla- 
ya arealense las olas se tendían acariciadoras, ti- 
bias ya; pintaban las cerezas, y en la noche de San 
Juan las hogueras, desde lejos, en la cima de los 
montes, recordaban el rito sagrado, la tradición 
adoniaca. Desde la terraza podía verse á chiquillos 
y mozas armar sus lumbraradas rituales, echar en 
ellas brazados de leña recogida en el monte, y sal- 
tar, riendo, por cima de la llama. 

En el patio de las Torres, según costumbre, hízo- 
se la lumbrarada también, más alta que todas, de 
leña más seca; una pira regular y monumental. 

Hundido en su butaca, Silvio la consideró prime- 
ro con ojeada indiferente y atónica, después con 
algo de goce infantil, cuando la llama, chisporro- 
teando, se elevó, y brotó centellas volantes, chara- 
muscas rápidas. Pero asi que notó que iba apagán- 
dose, le asaltó la congoja. — Todo lo que se extin- 
guía renovaba en su espíritu aquel pavor invencible, 
aquel frío de la nada. Fué preciso cebar la hoguera 
otra vez. 

Su terror estallaba á cada instante. Un día el ca- 
pellán, á pretexto de cortesía, de acompañarle, cre- 
yó poder entrar en su cuarto. La negra sotana le 
heló la sangre; la poca, lánguida sangre de las ve- 
nas. No era la persona, era la ropa. Ni Minia ni su 
madre se atrevían á vestirse de negro. 



LA QUIMERA 



533 



™Ea, ¿qué le pasa? ¡no sea chiquillo! - repetía la 
baronesa.— ¿No estamos aquí tcdos? ¿Á qué viene 
ese miedo? Si es un amigo, si no es ninguna visión. 
Tranquilizarse... ¿Un sorbito de leche? ¿No? ¿Y 
cómo quiere sanar, si no come? 

¡Combate, agonía, tortura, la de aquel alma, in- 
crustada en el vivir, como en la encía la raíz del 
diente nuevo! La vida, con su adhesividad de pul- 
po, con sus tentáculos recios, se agarraba; no que- 
ría soltar la presa. ¡Deseos, nostalgias, pena de lo 
incumplido, de lo fallido, de lo vano é irrisorio 
del destino; dolor de las flores no cogidas, de los 
aromas no respirados, de las glorias soñadas; agua 
que se derrama sobre el arenal antes de acercarla 
á la boca; rabia, calentura, disnea, fatiga, cansan- 
cio infinito, miserias orgánicas, la decadencia to- 
tal!... Y, por momentos, otra vez Maia con su velo 
de oro, con su tul que las pedrerías rebordan. 

—¿No sabe usted? Tengo apalabrado taller en 
París... Lo voy á decorar con telas salamanquinas, 
charras; algo original, porque allí eso no se conoce... 
Y me llevaré los muebles de Madrid, mi bargueño, 
la arquilla que Solar de Fierro me ha regalado. El 
taller de Madrid lo dejo resueltamente... ¿Para qué 
quiero gastar? En Madrid está agotado el filón. No: 
Francia, Inglaterra. Después, probablemente, los 
Estados Unidos. Pero ¡alto!... cuando ya haya pin- 
tado algo serio, ¿eh? algo de lo que me propongo. 
En el retrato voy á cambiar de sistema. Es hora de 
salir de cromitos... Y si no lo quieren así... 

—No piense usted más que en la salud... Le hace 
daño formar planes— repetían las enfermeras. 



534 



—¡Vivir!— suspiraba él.— ¡Sanar! ¡Correr por los 
sembrados! 

—No se preocupe de eso de la gloria - murmuró 
Minia. --¿No dice que lo mejor del mundo es ser 
bueno? Dediqúese á ser muy bueno... siquiera 
mientras está malo. 

—Sí— contestaba él, alzando el macilento rostro. 
-Voy á procurar que no me importe el arte ni nin- 
guna de esas sublimes tonterías. Nada más que co- 
mer, digerir, dormir... ¡Qué programa bonito! Vivir 
como los demás hombres, y no como yo, que casi 
no me alimento sino de potingues... ¡La poción de 
Jaccoud! [Puaál ¡Valiente porquería! 



La Torre de Levante se había terminado, y con 
ella quedaba completo el vasto edificio del Pazo de 
Alborada. Cierta mañana apareció izado sobre el 
almena central un pino joven, entero, que á tal al- 
tura sólo parecía una rama frondosa. Era el xeste, 
signo del fin de la obra de cantería. Aquel ramo 
pedía un refresco para los trabajadores. Parecióle 
poco á la baronesa el habitual obsequio de aguar- 
diente y pan, y dispuso un convite en forma. Obras 
como la de Alborada quieren repique. 

Al aire libre, bajo las ventanas del cuarto que 
ocupaba Silvio, se dispuso la luenga mesa, y se co- 
locaron los toscos bancos de madera, afianzando en 



La quimerá 



535 



el suelo sus pies con cuñas. La cocina activó sus 
hornillos, y borbotearon al fuego vastas cazuelas 
atestadas de arroz, carne, bacalao. El festín debía 
principiar cuando el trabajo terminase. Los obreros 
lo abandonaron una hora antes, para atusarse y 
vestir camisa limpia. Era su frac; la camisa como la 
nieve, sin planchar, oliendo á menta y lavanda. 

Llegado el instante, no se precipitaron los obre- 
ros: entraron despacio, charlando, despachando ci- 
garrillos, aguardando el aviso del mayordomo, la 
fórmula de acogida é invitación. Pensaban, sin em- 
bargo, en la comida, sobre todo por curiosidad de 
los guisos de señores. Aquellos trabajadores eran 
campesinos la mayor parte; picaban y sentaban en 
verano, regresaban á sus casas en Navidad á matar 
el puerco, engendrar los casados el chiquillo anual, 
y dejar las heredades labradas. El no despreciable 
salario se lo llevaban casi entero á las mujeres en 
un nudo de pañuelo, porque comían frugalisima- 
mente y no practicaban vicios. Gente buena, hon- 
rada "con vergüenza en la cara", como ellos decían. 
Mantenidos á brona, leche desnatada, pote de ber- 
zas, la idea del convite les divertía, pellizcándoles 
la embotada imaginación. Sin embargo, no querían 
atropellarse; esperaban, correctos y reservados, muy 
en su lugar. 

Ni aun cuando el mayordomo les gruñó, lleno de 
cordialidad: " Vaya muchachos, al xeste, al xeste!*, 
se decidieron á correr, sino que emprendieron la 
marcha con lentitud, la propia pachorra con que 
entran á la labor diaria. Guardaban política y me- 
sura. La vista de la mesa, tan cabal, con sus platos. 



536 



K. PARDO BAZÁÑ 



su pan servido, sus servilletas, sus tazas para el 
vino, sus cubiertos, les impresionó. Solían ellos co- 
mer tumbados ó agazapados en tierra, sosteniendo 
el corrusco de pan con la izquierda y manejando 
con la derecha la navaja que pincha el compango 
de sardina. |Y ahora, aquella mesa servida como 
para caballeros! 

Ya salía de la cocina, remangada, portadora del 
soperón humeante, la mayordoma; y los invitados 
aún no se habían atrevido á llegarse: manteníanse 
en pie. Fué necesario que les animase la misma 
baronesa: 

—A vuestro sitio, ea... á comer, que se enfria... 
Que luego se hace noche... 

Fueron acomodándose, más respetuosos que di- 
plomáticos, y también diplomáticamente atribuye- 
ron el puesto de honor á quien le pertenecía: al 
maestro de la obra, cantero todavía mozo, pero más 
entendido que los restantes. El hortelano, invitado, 
y un asentador viejo, socarrón, decidor, obtuvieron 
lugares de preferencia. Los demás se colocaron al 
azar, sin desorden, poco á poco, y se miraban de 
soslayo á ver quién se atrevía á trasegar la primer 
cucharada del gorduroso pote de berzas con tajadas 
y costillas de cerdo. 

Cerca de un minuto transcurrió así, sin que nin- 
guno se arrojase. Pilara les animaba, alabando el 
caldo, que estaba "que se comía solo"; al fin, el 
viejo, con más mundo y aplomo que los rapaces, 
se llevó la cuchara á la boca, y le imitaron, acom- 
pasadamente, cuidando, como manda la buena 
crianza, de no tragar aprisa. Pero el caldo era man- 



LA QUIMERA 



teca pura, y, con sus tajadas, alborozaba el estómago. 

Los servidores acudieron portadores de jarros, y 
escanciaron negro vino en las tazas, animando á 
que los obreros remojasen las fauces, secas del pol- 
villo de la cantería. Las manos huesudas, recién 
mal lavadas, se tendieron hacia los cuencos de ba- 
rro; y después de beber regaladamente, por falta de 
costumbre de utilizar la servilleta, que habían de- 
jado tiesa y doblada, limpiábanse con el dorso de 
la mano ó con su propio pañuelo de hierbas. 

El pote habíase agotado, y aún no se resolvían á 
hablar sino en voz baja, cohibidos por los señores 
que les miraban, por la novedad del festín. Silvio, 
hundido en su butaca, contemplaba aquel cuadro 
pintoresco, deseando que adquiriese carácter á lo 
Teniers. ¿Por qué ni hablaban, ni juraban, ni silba- 
ban sus tonadillas irónicas, lo mismo que cuando, 
colgados en el espacio, sobre la estadía, izaban 
enorme sillar para asentarlo? Aquellos pájaros la- 
boriosos no cantaban á gusto sino en el aire ó bajo 
el cobertizo, moviendo el pico ó empuñando la pa- 
líela... 

Sin embargo, al aparecer el segundo plato, un 
guisote de carne que trascendía, estaba roto el hie- 
lo. Los cubiertos tilinteaban alegremente. Se cuchi- 
cheaba, surgía alguna risotada. El asentador viejo, 
representación de la experiencia y el mundanismo 
en la cuadrilla, arriesgó un elogio humorístico. ~~ 
¡Que así se volviesen todas las piedras de la obra! 
¡Que así se volviesen cuantas había sentado en su 
vida! ¡Y que cayesen riba de él! — Se celebró. Tene- 
dores y cucharas se activaron; hubo alabanzas á la 



E. J>AHDO BAZÁN 



guisandera. — |Qué guisase asi hasta esfarraparse 
de vieja! ¡Que nunca las manos se le cansasen 
de guisar! 

Entonces fué cuando Silvio, que miraba atenta- 
mente la escena desde su ventana, empezó á sentir 
una tristeza envidiosa. Aquellas fuertes mandíbu- 
las, que masticaban vigorosamente; aquellos hom- 
bres entregados á un deleite hondo, animal, bueno 
y gozoso; aquellos cuerpos ágiles, curtidos, no des- 
gastados por el alma, le causaban la fascinación 
dolorosa de la envidia, la más torturadora de las 
pasiones, porque en ella se sufre de ser quien so- 
mos, tal cual somos, de tener nuestro yo y no un 
yo diferente. Silvio se acordaba del tiempo que ha- 
bía pasado queriendo ser otro, un maestrazo del 
arte... Y ahora, bajo las garras de la enfermedad, 
que tanto humilla el deseo, que reduce las magní- 
ficas ambiciones y los alados sueños á la aspiración 
de una función fisiológica normalmente cumplida, 
— sólo ansiaba volverse uno de aquellos comilones 
embelesados, que saboreaban la fruición grosera, 
franca y deleitosa de un guisote en punto cayendo 
en un estómago virgen. Los rostros se coloreaban, 
los ojos relucían, y la aparición del bacalao á la 
vizcaína, listado de rojo por las tiras de pimiento, 
fué celebrada con explosión de regocijo. Se daban 
al codo, guiñaban el ojo; y, para mayor contento, 
el gaitero entró entonces, seguido efe su tamborile- 
ro, preludiando la muiñeira mariñana. 

—Que no toque, que se siente y coma— ordenó 
la baronesa. Y la gaita reposó; las notas agrestes, 
penetrantes, se cobijaron entre las rosas, entre los 



LA QUIMERA 



539 



saúcos y las madreselvas, porque el bacalao exha- 
laba un tufo... 

Bocado tras bocado, embaulando, vaciaban los 
tazones. Ninguna preocupación debilitaba su fuerza 
digestiva, fuente de alegría, centro de la felicidad 
orgánica. Eran como niños, igual los que en la bar- 
ba hirsuta y sin afeitar mostraban canas amarillas, 
que los mozos de bigotillo naciente. 

Y Silvio envidiaba, envidiaba... como el prisio- 
nero envidia el aire, la luz, el solo bien de poder 
cruzar una calle, de estirar las piernas... Su envidia 
tomaba la forma retrospectiva, que casi siempre 
conduce á mayor amargura, á desolación sin lími- 
tes. ¿Por qué no haber sido un cantero, uno de los 
cortadores que grabaron los capiteles de la capilla, 
de tan curioso estilo romántico? ¿Por qué no haber 
conservado un alma del siglo xm, un pulmón que 
respirase, una sangre pronta á alborotarse ante la 
mujer, un estómago de hierro? JNo quería ser un 
obrero á la moderna, de los que leen y piden rei- 
vindicaciones y adelantos; nada de eso: aquello 
mismo; el cantero de aldea, sumiso, frugal, muy 
sano, que, al bajarse de la 'estadía, rompe á correr 
hacia el baile en la carretera.... 

—¡Qué felices, qué felices!— repetía, moviendo la 
cabeza, ya temblona á [fuerza de desfallecimiento. 
—Y ¡qué rico es eso que comen!— suspiró.— Para 
mí no sazona tan bien Pilara... 

—¿Qué está usted diciendo?— exclamó Minia. - 
¡Si lo oye ella! ¡Poniendo sus cinco sentidos la pobre! 

—No, lo que hacen para mí no huele tan exqui- 
sitamente—insistió el artista. 



540 



K. PARDO BAZÁN 



¿Probaria usted? 
Una luz de esperanza loca brilló en los cambian- 
tes ojos amortiguados.. La mano demacrada se 
agitó. 

—¡Que me traigan un bocado, nada más que un 
bocado! 

Momentos después, mientras los del xeste, ya 
amparados por la penumbra del crepúsculo, que les 
envolvía en velo protector, acogían con carcaja- 
das y gritos de aprobación las soberbias fuentes de 
arroz con leche bordadas de arabescos de canela, 
le presentaban á Silvio un plato con el apetecido 
guisote. El enfermo se incorporó, olfateó.,. La sali- 
va cosquilleaba en su paladar. Tomó el tenedor, 
pinchó una patata envuelta en pebre... y, antes de 
llegarla á los labios, soltó el tenedor, que cayó al 
suelo, y se reclinó, se hundió nuevamente en la 
butaca. 

—¡No puedo! ¡no puedo! ¡no puedo! 
—Un esfuerzo...— rogó la baronesa. 
— ¡No! ¡Asco! ¡Imposibilidad! ¡Queme lo quiten 
de delante! 

Gimió, lloró casi; alzó al cielo las manos, los 
ojos... De súbito, pareció calmarse, aceptar todo, 
despedirse de la vida material, desarraigarse de la 
tierra. 

- ¡Es triste! ¿Verdad que es triste, amigas mías? 
¡Triste no volver á comer, lo que se llama comer! 
¡Si se comprase un estómago! ¿No se compran las 
obras de arte más hermosas? ¿No se compra el 
amor, que dicen que es cosa tan sublime y celestial? 
¿Por qué no se ha de comprar lo prosaico y vil? 



LA QUIMERA 



;Prosaico! ¿Y por qué prosaico? Palabras, false- 
dades, mentiras... ¿Sería prosa bajar ahí y decirle á 
uno de esos bárbaros: "¡Dame tu estómago por mil 
duros! ¡Quiero hartarme, hartarme de ese bacalao á 
la vizcaína!"? 

Sobre este tema divagó buen rato, interrumpien- 
do á veces sus reflexiones congojas nerviosas, des- 
fallecimientos, risas de insensato y quejas tiernas, 
infantiles. Abajo, los obreros ya no se contenían; 
amplios manchones de vinazo deshonraban el man- 
tel, y los comensales empezaban á fumar, á hacei 
trueques y comistrajos con el postre. El viejo asen- 
tador, desdentado, ensopaba en vino su arroz con 
leche, diciendo que era un estilo de cuando mu- 
chacho, que lo había visto comer siempre así. Bo- 
bita había puesto las patas sobre el reborde y zam- 
paba los corruscos de pan sobrantes. El banco don- 
de se sentaba el hortelano se hundió, y la caída se 
celebraba con risotadas, empujones, bromas, aplau- 
sos. El gaitero, hombre corrido, malicioso, contaba 
cuentos, y se apiñaban por oirle. Sonaban vivas 
entusiastas. Las volteadoras de la hierba, los case- 
las, los jornaleros, entraban recelosos; adquirían 
confianza, pero rehusaban probar el arroz, murmu- 
rando que w no tenían voluntad w , según ley de po- 
lítica. Venían, curiosamente, á admirar aquel festín 
cumplido, en el cual, se susurraba, habría hasta 
café y copa. Los servidores repartían ruedas de 
mantecoso queso de tetilla. El sacristán de la pa- 
rroquia disponíase á dar fuego á los cohetes, y Pi- 
lara, fregando una contra otra dos conchas vene- 
ras, saltando, acompañaba á su hermana, que re- 



542 



E. PARDO BAZÁN 



picaba el pandero, entonando una copla allí mismo 
improvisada. 

Silvio, ya tendido sobre la cama, respiraba el 
frasco de antihistérica que la baronesa le acercaba 
á la nariz. Su diestra consumida, de marfil pálido, 
asía una gardenia, una fresca gardenia acabada de 
cortar. Expresión de repugnancia le contraía el 
rostro. 

— ¡Brutalidad! — murmuraba. — ¡Esos guisotes! 
¡Apestan hasta aquí! ¡La bestia humana! 

Vino el criado; le alzó en peso; ayudó la barone- 
sa también; lleváronle de allí á la sala, donde no 
percibiese ni los ruidos ni las exhalaciones de la 
comilona. Había anochecido; el cielo, estrellado, 
puro, era bello dosel colgado muy alto, inaccesible. 
Entonces un cohete de lucería de color rasgó el 
aire. Sus lágrimas lentas, de resplandeciente pedre- 
ría, se extinguieron antes de llegar al suelo. Otro 
cohete salpicó el espacio de chispas de luz, fuga- 
ces, menudas. Al apagarse los fuegos artificiales, el 
firmamento augusto convidaba á abismar el pensa- 
miento en la infinita majestad de su extensión. La 
noche, templada y veraniega, se rebozaba en tercio- 
pelos turquíes, y del mar distante venían soplos 
salobres, la vida de los océanos en que se formó 
tal vez nuestra vida mortal. Los ojos de Silvio se 
alzaron. No dijo nada. Silencioso, arrojaba enton- 
ces al abismo, por siempre, la carga de esperanzas 
é inquietudes, el estorbo para el gran viaje que iba 
á emprender, al través de otros mares mudos y 
sombríos, hacia el país del misterio... 



LA QUIMERA 



543 



No era todavía, sin embargo, la resignación; no 
la nueva razón de ser de un espíritu que se somete 
y renuncia á los fenómenos y apariencias sensibles. 
Eran más bien silencios de pena inconsolable, ma- 
rasmos, tormentas y naufragios continuos, insumi- 
siones en que se destroza el corazón, cual se des- 
troza las uñas el prisionero al atacar las paredes de 
granito de su calabozo. Y sin poderlo remediar, sor- 
das ó declaradas irritaciones contra todo y todos; 
impaciencias transitorias, seguidas de explosiones 
de gratitud, efusiones que tomaban forma de des- 
garradoras despedidas. 

Cualquier detalle, el más leve, exasperaba su sus- 
ceptibilidad dolorosa. Así, los bulliciosos juegos, la 
salvaje vitalidad juvenil de Bobita, habían llegado 
á serle insufribles. Encerraban frecuentemente á la 
danesa; pero con su agilidad y su ímpetu, el animal 
se escapaba, saltaba ventanas, empujaba puertas, 
y de improviso saludaba á su amo con insensatas 
caricias. Después solía entretenerse desdeñosamen- 
te, llena de coquetería, en desesperar á Taikun, el 
japonesillo. 

Era tan chiquitín aquel enamorado, tan inferior á 
la Valkiria escandinava, que ella se divertía en bur- 
larle, en huir, en tenderse en posición de esfinge, 
haciéndose la desentendida, con evidente mofa y 
crueldad. Luego retomaba á halagar á su amo, 
arrojándosele al cuello ó mordiéndole y lamiéndole 
las manos consuntas, estremecidas bajo la lengua 
fresca y violenta del animal. Y entonces Silvio, con 
acento de hastío inexplicable, volvíase hacia la 
baronesa, implorando: 



544 



E« PARDO BAZÁN 



-¡Que se lleven á esta fiera... Que me la quiten... 
Parece una mujer! 



Sólo las flores le agradaban. Las flores, quietas, 
dóciles, que no hablan sino por la insinuación de 
su aroma, le acompañaban; las pedía; siempre con- 
servaba una, ó rara ó bella, al alcance de su olfato 
y vista, ó la revolvía entre los dedos descarnados, 
sin fuerza para sostener el tallo casi. 

—Arriesgándose,— no sin timidez,— el capellán 
entró á veces en el cuarto de Silvio. El negro traje 
talar ya no asustaba al artista. Sus sentidos se ha- 
bían habituado á la sombría mancha. Y el capellán, 
ni era un ergotista, ni un teólogo. Sólo hablaba de 
una Virgen muy amiga de los enfermos, de un Dios 
que distribuye la salud al que le conviene. Asimis- 
mo leía noticias de la Prensa, asombrándose de 
varios telegramas,— que Silvio entendería mejor. — 
No era, sin embargo, constante la serenidad del ar- 
tista. Por momentos su cerebro sufría perturbacio- 
nes. Desvarios calenturientos le hacían revolverse 
en su cama, y la disnea, obligándole á buscar el 
aire puro, el aire sin tasa, le impulsaba hacia la 
ventana con fatal impulso. Pasaba el transporte de 
locura; y después recaía en la cama, palpitando. 

— No es que usted vaya á morirse como cree, 
Silvio— di jóle Minia una mañana en que le vió algo 
animoso.- Sosiegue su espíritu, y entréguese en las 



,545 



Manos que rigen nuestro destino... La vida no es 
ningún tesoro. Dolor en ella, dolor por ella: he ahí 
el fondo, Silvio. ¿Conoce usted el cuento oriental? 
Un camellero descubrió un pozo y se echó al pie de 
él, porque estaba muy fatigado, muy fatigado; ni an- 
dar podía. Se llamaba Pozo de la vida... y este nom- 
bre atractivo ilusionaba al camellero. Con su odre 
.sacó agua el primer día, y el agua era un crista!, 
una alegría de los ojos. Bebió y se refrigeró. Sacó 
agua al segundo día, y era buena aún. Fué sacan- 
do, sacando... y el agua, poco á poco, se hizo amar- 
guilla, amarga, amargota... Hiél, de la hiél más 
horrible. El camellero, ante el desengaño, se arrojó 
en el pozo, y desde entonces, ¿sabe usted lo que 
ocurre? ¡Que el agua del Pozo ele la vida, además 
cié amargar, sabe á muerto! 
. Minia calló. Recelaba haber dicho de más, sus- 
pensa siempre entre el deseo de despertar y reani- 
mar aquel alma temblorosa, asida al vivir como un 
niño al seno de la madre, y el miedo de herirla con 
golpe rudo. Silvio había escuchado el tétrico apó- 
logo sin hacer el menor comentario. Ai fin, gi- 
miendo: 

—La vida... — murmuró. - La vida no es joya de 
gran valer, aunque á veces encanta... Pero ¡el arte! 
leí arte! ¡Minia! 

Y la compositora, derrotada, no pudo sino res- 
ponden 

—¡El arte... sí! El arte... Eso es otra cosa...! 



35 



546 



Como si la proximidad del fin sacase á luz en 
Silvio ese verdadero é íntimo modo de ser que re- 
aparece en las horas criticas, empezó desde aquella 
hora á deplorar especialmente (según la hija del 
gibór hebreo lloraba su virginidad, el bajar al se- 
pulcro infecunda, sin que en sus entrañas pudiese 
formarse el Mesías), á dolerse de lo que no hábia 
hedió, de la obra sin cumplir. Despedíase del color 
que acaricia las pupilas, de la línea soberana, que 
trae á la mente la idea de lo divino, por Ja euritmia 
y la proporción; y cada fonna bella era una elegía 
que dentro de su espíritu brotaba. Al irse (convida- 
do que se alza de su silla sin haber gustado el vino r 
dejando colmada y espumante la copa), sus lágri- 
mas destilaban otro licor que absorbía callado, en 
triste embriaguez. Y el sentimiento de pasar sin 
dejar huella, era también manifestación inconscien- 
te del inexplicable, del victorioso apego vital. 

En torno suyo, todo indiferencia. Ni una hoja dé- 
los árboles, ni un aliento del aire seco, blando, vo- 
luptuoso, se resentían de la agonía de un ser joven, 
de aquel sufrimiento humano, tan largo y mártir! ~ 
zador. En otoño, la Naturaleza parece asociarse al 
sentir del hombre; pero corría el mes de Julio, la 
roja y ardiente luna de Santiago, y olía á hinojo, y 
en el ambiente sonaba la campanillita de oro del 
júbilo de las romerías y fiestas. Las quintas se ha- 
bían poblado de señorío; gente de Madrid veranea- 
ba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un 
florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros tra- 
jes. Ante la verja que domina la terraza de las aca- 
cias, pasaban disparados, alzando polvo, cestos li- 



LA QUIMERA 



547 



gcros, faetones, borriquilíos con sonajas, jinetes. 
Areal reventaba de bañistas; los aldeanos andaban 
contentos, porque la leche y los huevos y la legum- 
bre y el lavado se pagaban bien; los caballeros 
siempre sudan plata. Con frecuencia estallaban 
cohetes, cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose -á 
las parroquias donde se festejaba al santo. Ruidos, 
actividad, regocijo, sol; y el artista se moría allí, en 
la terraza, donde los gruesos corales del gran cere- 
zo viejo, torcido, añoso, caían y se pisaban, dejan- 
do en el suelo amplias manchas, goterones de 
sangre. 

Llegó un momento en que se le hizo difícil salir; 
apenas le permitía moverse de su cuarto la exte- 
nuación. Sobre su cama, á la cabecera, una Mado- 
na rubia, un cobre antiguo de escuela flamenca, 
de esos en que el grupo de la Madre y el Niño apa- 
recen rodeados de tulipanes y jacintos de gayos 
tonos, le sonreía... Silvio la miraba. La, idea de im- 
plorarla, de rogar á la Consoladora, tenía que ocu- 
rrírsele, porque cuando se sufre... Y; en efecto, un 
día en que sintió perderse, esfumándose, todo; en 
que la lucha, el arte, la gloria, cuanto hermosea el 
existir y nos vincula á él, se extinguió cual las mú- 
sicas militares del ejército triunfador se alejan de- 
jando al herido solo en eí campo de batalla, á la 
hora deí ocaso, con los cuervos que revuelan y 
graznan... Silvio secreteó al capellán: 

— ¿Por qué no pide usted por mi, á... á Esa? |Que 
me sane, que haga un milagro! 

La puerta estaba abierta. La conversación era 
franca ya. "Es preciso que no sea yo solo; qué usted 



548 



E. PARDO BAJZÁN 



mismo la implore... 44 ; y así, el artista, impregnado 
de lo inefable, de lo eternamente femenino, recibió 
la consagración de la postrimera esperanza, cogido 
á la túnica de flotantes pliegues de la ¡Mujer divina* 

En voz baja, mezclando veras y esas bromas que 
se gastan con los enfermos para distraerles (porque 
todo enfermo vuelve á ser chiquillo), el sacerdote 
fué derramando el bálsamo. El germen existía, bajo 
capas de guijarro. Faltaba removerlo, con dedos 
cuidadosos, delicados, apacibles, huyendo de con- 
troversias enojosas y pedanterías apologéticas. Fal- 
taba preparar á las efusiones amantes, á los balbu- 
ceos insensibles del alma, cuando recuerda con 
deleite intimo, fresco, la antigua canción de la cuna. 
Ese ardoroso sartal de ternezas que sugiere la más 
sencilla devoción, una mirada á una estampa, una 
onda aigentada de luna que la ventana deja tras- 
bordar, era lo' que convenía no interrumpir, como 
no se interrumpe nunca un diálogo de amor ó una 
meditación grave. La menor intransigencia, la me- 
nor torpeza de catequista, hubiesen irritado á Silvio 
sin convencerle. Dejar manar la fuentecilla. Ya se 
humedecen los heléchos que la cubren; ya filtra 
una gota, perla de vidrio liquido; ya se escucha el 
rumor del chorro que gorgotea... Ya surte, ya em- 
papa la tierra árida del rastrojo... 

Y á intervalos — á las horas en que la cabeza se 
despejaba un instante, en que la fiebre remitía, en 
que la disnea abría sus tenazas, en que los dolores 
se mitigaban y la desorganización se interrumpía 
--la fuente manó. 

— ¡Minia! ¡Qué bueno fuera que hubiese cielo! 



LA QUIMERA 549 

—Si pero un cielo más bonito...-— respondía Mi- 
nia sonriente, señalando al que se encuadraba en 
la ventana. 

Porque el tiempo había dado cambiazo; el bo- 
chorno que suele aportar entre los pliegues de su 
esclavina de peregrino el señor Santiago» el Após- 
tol batallador, habíase resuelto en tormenta, en ven- 
daval y, al cabo, en diluvio — de esos chaparrones 
propiamente galaicos, en que se aproximan al sue- 
lo encharcado y parecen oprimirle con su negra 
masa los desfondados odres de las nubes.— Los ár- 
boles lloraban á hilo; el prado era una esponja; la 
fruta, antes de llegar á madurez, había sido arreba- 
tada y tumbada por eí airóte; los rosales se inclina- 
ban, derrengados bajo la violencia del aguacero; y 
de las gárgolas monstruosas, de abiertas fauces, 
cafa recto, inagotable, un chorro impetuoso, que iba 
abriendo en la terraza hoyas y grietas. Parecían las 
Torres un gran buque náufrago, combatido y azota- 
do aún, á quien las oias persiguen, lobos ensaña- 
dos, hasta la playa misma. Y ía inclemencia de los 
elementos las rodeaba de una soledad eremítica; 
nadie venía, ni de Marinada, ni de las quintas pró- 
ximas, á ver á las señoras, á enterarse del estado 
del enfermo; las labores del campo se habían inte- 
rrumpido; ni pájaros, ni mariposas, ni insectos zum- 
badores, ni aromas, ni ruidos, más que eí desola- 
dor sopeteo y chorreo del agua; hasta las audaces 
palomas zuritas del jardín del estanque, amigas de 
desafiar inclemencias, habíanse acogido á su palo- 
mar del hórreo, y de vez en cuando sacaban por el 
tragaluz la cabeeita. el pico rosa, y giraban los vi- 



550 



E. PARDO BAZÁN 



vos ojuelos de azabaches engastados en esmalte 
coralino. 

Fué en medio de aquel esplín de las cosas sumer- 
gidas, anegadas, hechas papilla; entre el gorgotear 
del agua, lento, fastidioso, plañidero é insistente; 
bajo la monotonía abrumadora de un horizonte al- 
godonáceo y turbio, cuando el artista, en un mo- 
mento de relampagueante lucidez, se volvió hacia 
su enfermera y pronunció alto y claro: 

— Voy á confesarme... que venga el sacerdote... 
¡En seguida! 

Corrió el capellán, reprimiendo mal el júbilo de 
la victoria. Era tiempo; quedaba muy poca hebra 
sin retorcer, y en las descarnadas falanges de una 
de las misteriosas hilanderas, las tijeras rechinaban 
ya, frías y aguzadas, siniestramente brilladoras, dis- 
puestas á dar el corte». Fué un diálogo interrumpi- 
do por la fatiga del enfermo, un cuchicheo ansioso, 
confidencial. Por primera vez en el curso de su exis- 
tir, Silvio se acusaba, no ante su conciencia, arbi- 
trariamente indulgente ó severa, sino ante algo que 
está fuera y por cima de nuestros lirismos. Era en 
aquel instante como ios marinos que tripularon las 
galeras españolas con rumbo á región desconoci- 
da— la última Tule,— y sus ojos, enlanguidecidos, 
expresaban la admiración de que más allá del mun- 
do interior del sueño hubiese comarcas, paraísos 
surgiendo del agitado mar de la realidad. Para ad- 
quirir el derecho de entrar en los nuevos continen- 
tes, bastaba aquello, un murmurio sincero arranca- 
do á lo hondo del sentimiento; bastaba reconocerse 
pequeño, débil, confundirse, humillarse, ser veridi- 



LA QUIMERA 551 



¿o, declarar la miseria y el barro en que se hunde 
nuestro pie enclavado, sujeto á lo terrestre. 

— Pequé. Soy arcilla amasada con fermentos de 
impureza... He palpitado por glorias y triunfos..- 
jEngaño! ¡Polvo! ¡Nada! 

Y como en el horizonte pluvioso se agolpasen 
las nubes, más plomizas, más desfondadas en llanto, 
dejando verterse de sus urnas obscuras el dolor 
universal, la voz estertorosa prosiguió: 

— He pagado con desprecio y mofa á los que qui- 
sieron hacerme bien. Por la dureza de mi corazón, 
una mujer vive encerrada en un claustro. 

— ¡Aleluya! — respondió el confesor. — ¡Aleluya! 
Ella pide por usted. 

— ¡Pide por mí!— -asintió Silvio. —¿Será oída? 

- ~Lo será. Ella le ha precedido a usted en el ca- 
mino de la bienaventuranza. Y así y todo, es posi- 
ble que usted llegue antes... 

Absuelto, Silvio experimentó una sensación de 
alivio, una sedación, refugiándose en bahía de tran- 
quilas aguas, cerca de una costa fértil. El problema 
del "tal vez soñar", el mayor de los terrores del 
morir, no le torturaba ya. Si soñase, soñaría como 
en vida— sueños de aurora, de luz, de desconocidas 
felicidades, — en que se ensancha el espíritu, y ak 
canza lo que nunca ofrece la limitada zona del vi- 
vir terrenal. Y vió— al través del velo de la lluvia, 
que ahora caía mansa, en hilos continuos de carda- 
do cristal, como las lágrimas que bañan una faz 
resignada, dolorosa — á su Quimera, antes devora- 
dora, actualmente apacible, hecha no de fuego, 
sino de brumas suaves y de aljófares líquidos, de 



552 E. PARDO BAZÁN 

vapores transparentes y de claridad aíenuadísiina; 
y, conformándose, sintióse reconciliado con el uni- 
verso, con las Manos que lo guían... Al adormecer- 
se plácidamente las mortales inquietudes, los hon- 
dos espantos; al borrarse la representación del abis- 
mo en que caía, Silvio se quedó sonriente, ilumina- 
da la cara por ese reflejo inconfundible, que se tras- 
luce atravesando las carnes demacradas y los hue- 
sos áridos. 



AI otro día, de mañana, le trajeron al Señor. 

La ventana, siempre abierta, dejaba ver el campo 
que rebrillaba húmedo, bajo la caricia dorada de 
un sol de primeros de Agosto, bebedor sediento de 
los charcos de la diluviada, y dedicado á chupar, 
con avidez de abeja que liba, los rastros de la llu- 
via en la vegetación. Las plantas habían erguido ía 
frente; las flores soltaban tanto aroma, que para 
adornar la habitación del enfermo fué preciso ele- 
gir las casi inodoras, por no enloquecer su cerebro, 
en el fugaz intervalo lúcido. Eran begonias rosa, de 
elegantes hechuras y avelludado follaje; eran don- 
diegos, que sólo al anochecer vierten su pomo; eran 
rosas blancas y té, que apenas sugieren la dulzura 
de una brisa; eran margaritas, que de cerca tienen 
un tufo acerbo, balsámico, parecido á un consejo 
lleno de experiencia; eran salvias carmesíes y mo- 
radas, en cuyo cáliz se mece una gota de almíbar: 



LA QUIMERA 553 



eran cruentas eritrinas y pasifloras cristíferas, em~ 
blemas de la Sangre y la Pasión redentoras, raudal 
de amor... Dispuestas en jarrones, distribuidas so- 
bre los pocos muebles y sobre la cama que adorna - 
ba la hereditaria colcha de damasco color prelado, 
con arabescos de raso enranciado por el tiempo, y 
cuyos tonos armoniosos aún placían á la pupila del 
artista moribundo, — las flores hablaban su lenguaje 
lírico, preparando el alma á recibir al Huésped. — En 
la fantasía de Silvio, acaso por vez postrera, el 
mundo real, visto ya como lo ven los reclusos, 
por el hueco abierto en la pared del claustro, se 
transformaba y revestía de los matices y las reful- 
gentes irisaciones de la hermosura. La campiña, 
impregnada, refrescada por la lluvia honda y cauda- 
losa, que había penetrado hasta sus entrañas; la 
campiña, antes seca, vestida de verdor primaveral 
otra vez, era la misma campiña de Flandes, trasla- 
dada por Van Eyck al paraíso; tierra hecha cielo, 
sin que perdiese los accidentes terrenales, el risueño 
atavio de florescencia menuda, rebosante de jugo 
y salpicada de rocío mañanero. Y por las lejanías, 
sobre el anfiteatro de montañuelas y bosques, que 
prende con broche de turquesa el trozo de ría, avan- 
zaban en hilera los personajes vestidos de rosicle- 
res de amanecer y tintas celestes; las santas, los 
mártires, los profetas, los reyes, toda la gloria de la 
Iglesia triunfante. Entre aquellas santas, una car- 
melita: su veste es de jacinto encendido, su rostro 
parece arder, su expresión es extática, la luciente 
substancia de su ropaje y de su cuerpo ciegan, y 
su voz timbrada, amante, murmura estrofas de poe 



554 E. PARDO BAZÁN 

mas divinos. Detrás de ella, entre las vírgenes» una 
que ostenta corona hierática, toda de pedrería, y un 
ramo de madreperlas, figurando azahar, sobre el 
seno; trae los ojos bajos, las mejillas encendidas de 
rubor... Y cuando se incorporan y funden estas fi- 
guras y fantasmas luminosos en una sola llama te- 
rrible, deslumbradora, en el centro de ella, cercada 
de estrellas de más viva luz todavía,— diamantes 
dentro del piélago de llama,— aparece la única Mu- 
jer celestial, la que espera paciente, al pie de los 
lechos mortuorios, á recoger el soplo imperceptible, 
el último gemido libertador... 



Silvio, cerrando por un momento los párpados, 
sintió que sobre su lengua descansaba la suave 
partícula. El Cordero místico, manso y herido, de» 
Tramando de su costado abierto un río de granates, 
vino entonces á recostársele sobre el hombro. Ba-. 
laba tiernamente; parecía decir: "También muero; 
mira cómo mi vida fluye de mis venas... Muero por 
ti... Por ti, ¿no lo ves? a 



La cabeza del moribundo recayó sobre las almo- 
hadas. La baronesa acercaba á sus labios agua, eí 
sorbo que sigue á la comunión. En el pasillo se 
oían exclamaciones y sollozos de servidores. 

Desde aquel punto el moribundo fué agonizante, 
Cada hora pesó sobre él con peso de losa sepui- 



LA QUIMERA 555 



eral. Su cerebro, un instante iluminado, se ensom- 
breció gradualmente, quedando sólo vigilante la 
sensibilidad afectiva, las efusiones en que, agrade- 
ciendo los cuidados de su enfermera con balbu- 
ciente gratitud de niño, la llamaba, la nombraba 
sin cesar. Algunas veces* en fugitivos lampos, la 
conciencia parecía despertarse, y hasta los ensue- 
ños fallidos, las ambiciones, volvían á rozarle con 
sus alas; después recaía en el estado comatoso, que 
interrumpían accesos de insania, nerviosos ataques, 
ahogos y asfixias pasajeras. 

No se sabía cómo sostener aquella existencia sin 
raices. La leche, los alcohólicos, las pociones, la ca- 
feína... Y la lucecilla temblante chisporroteaba, para 
languidecer más y apagarse. 

Fué en las primeras horas de la mañana cuando 
Silvio se alzó de repente en el lecho revuelto y 
manchado. Sus manos crispadas azotaban el am- 
biente; sus ojos desvariados buscaban en el espacio 
lo que no podían encontrar: aire. Su boca se abría 
en redondo, ávida, suplicante, negra. Fué un se- 
gundo. Aplanóse, jadeando. El jadeo, sin embargo» 
á los pocos segundos, disminuyó, cesó, y una ex- 
presión de beatitud serena se esparció por la cara 
desencajada y cárdena, ahora amarilla. La barone- 
sa se había precipitado á llamar al capellán. Cuan- 
do éste llegó, su experiencia le dijo lo cierto. 

—Agua bendita — exclamó. — Rociaremos el ca- 
dáver... 

La palabra siniestra arrancó á la señora la explo- 
sión de llanto, hasta entonces reprimida. 



556 E. FARDO BAZÁN 

Ya la otoñada se acerca. Minia, á las doce de la 
noche, en el historiado balcón del último piso de k 
torre de Levante, está de bruces, recorriendo senda 
atrás, con la memoria, un ciclo, una vida. Lo que 
ve en las lejanías vaporosas, que la luna aviva con 
toques de gasa de plata, — es un destino humano, 
corto, intenso, que empezó allí mismo, en Alborada, 
y en Alborada vino á concluir. Así sobre el paisaje 
bordamos nuestra emoción del momento, y así la 
materia se transforma, se asimila á nuestro espíritu 
y adquiere realidad en él. 

Le veía llegando á buscar recursos para cebar 
aspiraciones más alias; le veía manejando con su 
genial gracia de inspirado los lápices; le veía en 
Madrid, sin recursos, sin muebles; escuchaba el 
gentil cuchicheo de salón á que debió su rápido 
encumbramiento; le veía afinar su tipo con los re- 
toques de la moda; recordaba á la enamorada Aya- 
monte, al doctor Luz, á Solar de Fierro, con su ro- 
mántica trova; releía las cartas de París, pensaba en 
las perfidias de Espina y fantaseaba en irónica re- 
conciliación, ó en no menos irónico rencor, el en- 
cuentro de dos esqueletos que se pedían cuentas, ó 
desdeñosos se perdonaban... Luego, — en vez de la 
enorme perla gris y nacarada de la luna, rodando 
silenciosa en el esplendor de la noche estival, Minia 
fantaseaba una nube caprichosa, tenue, la forma 
del blanco Cordero redentor y expiatorio, cuyos con - 
tornos se esfumaban poco á poco, borrándose. — Y 
acudía á su imaginación Silvio como en letargo, 
idealizado por la liberación final, vestido de frac, cu- 
bierto de flores— ahora su perfume no le dañaba, — 



LA QUIMERA 557 



depositado en el rincón de un humilde cementerio 
campesino, entre la calma del olvido, lejos de la 
victoria, lejos del hálito de brasa de la Quimera,.. 

—Dichosos los que yacen en paz —murmuró la 
compositora, cerrando un instante los ojos y recli- 
nándose en la columna de granito del ventanal- 
Oyó furiosos baladros: podrían ser de los canes 
guardadores de las chozas. Un soplo de fuego la 
envolvió: unas pupilas de agua marina alumbraron 
la estancia con su reflejo, parecido al de los gu- 
sanos de luz... Y, — ya segura de que el monstruo 
acababa de penetrar por los huecos del balcón con- 
sagrado á las Musas — Minia descubrió el harmo- 
nio, se sentó ante él, y empezó á tantear la compo- 
sición de una sinfonía, tal vez más sentida que las 
anteriores* 



FIN 



INDICE 



Páginas 



Prólogo 5 

Sinfonía,— La muerte de la Quimera 11 

L— Alborada 29 

II.— Madrid , 73 

¡II.— París 341 

IV. — Intermedio artístico 433 

V. — París 469 

VI. — Alborada 401 



i m